Manteca: «Nada cuesta veintiocho»

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El siguiente pueblo estaba bastante más lejos. Apenas llegó la camioneta pararon en una estación de servicio a cargar gasoil.

— ¿Lleno, padrecito?
— Sí, por favor. Dígame una cosa. ¿Usted es de acá?
— No, yo soy de Baltimore, Estados Unidos.
— ¿Eh? Y ¿cómo fue que vino a parar acá? ¿Por qué está trabajando en esta estación de servicio perdida en el medio del campo?
— Sí, muchos me lo preguntan, no sé, es como una vocación.
— ¡Pero, habla perfecto castellano! ¿Hace cuánto que está acá?
— Desde que tengo dos años y tres meses. Apenas llegué me enamoré de este lugar.
— Ah… pero entonces es de acá.
— No, soy Baltimorense.
— Claro, entiendo… Y dígame, ¿conoce algún buen goleador en la zona?
— ¿Goleador? En la zona hay dos goleadores insuperables.
— ¡Qué bueno! ¿Quiénes son?
— Al que puede acceder es a Comanche, que está en el pueblo que sigue por esta ruta, si va derecho…
— Sí, sí, conozco al Comanche…
— ¿Vio lo que es ese hombre?
— Sí, pero jugamos un picado y le ganamos.
— ¿Cómo? ¿Al Comanche?
— Sí —dijo el cura mirando para otro lado.
— ¡Pero es la primera vez que escucho que…! ¿No me estará mintiendo, no…?
— No, por eso le pregunto por el otro. ¿Quién es?
— Bueno, el otro es el Juglar, es de acá.
— ¿El Juglar? Y ¿dónde lo puedo encontrar?
— Naahh… Es que el Juglar es otra cosa… Es muy bueno. Entrena los miércoles jugando contra dos equipos juntos. Y guarda, ¡le hablo de dos arqueros! Siempre hace diecisiete, veintidós goles. Es imparable.
— Me interesa. ¿Dónde lo puedo encontrar?
— No, tiene que hablar con el manager. Él está escondido.
— ¿Manager? Bueno, y ¿dónde anda este señor?

La casa del “manager” del Juglar estaba cerca del cruce del ferrocarril, donde unos árboles añosos escondían un camino polvoriento que, después de un par de vueltas llegaba hasta una casa de techo de teja, linda, bien cuidada. Nos salieron a recibir primero unas gallinas curiosas y enseguida una jauría de perros hambrientos. El susto fue tan grande que a Fifilín no le salía la voz de ultratumba. “¡Laputajuiradiahi!”, dijo un gordo petiso en camiseta y los perros huyeron despavoridos ante la visible envidia de Fifilín a tanta pavura.

— Buenas, señores, ¿en qué los puedo ayudar? —dijo el gordo estirando en su amplia cara las esferas redondas de sus pómulos.
— Buenas tardes —dijo el cura—, estamos buscando al Juglar.
— Ah, bromistas. Me parecía raro que vengan todos juntos en la camioneta. Miren, no tengo ganas de perder el tiempo…
— No, no, espere. Yo soy el padre Gustavo y perdimos al goleador de nuestro pueblo. Tenemos un partido muy importante y estamos buscando a un goleador para no perder ese encuentro decisivo.
— Nos jugamos un sulky histórico en ese partido —dijo Curuchet—. El sulky en el que solía pasear el fundador del pueblo.
— Un sulky… Así que perdieron al goleador… —el gordo inspeccionaba al grupo con la mirada—. ¿Y cuánto ofrecen?
— Un asado completo —dijo el cura.
— Un asado completo… ¿Con achuras?
— Achuras, vino, pan, y un flan con un dulce de leche legendario.

El gordo estaba pensativo.

— Dos.
— ¿Dos qué?
— Dos asados completos.

El cura se dio vuelta y lo miró a Curuchet. Lo miró al Negro. Volvió a mirar al gordo.

— Un asado completo con vino para dos —dijo el cura.

El gordo se llevó la mano al mentón.

— ¿Y flan para cuatro?
— Flan para dos.
El gordo bajó sus manos.
— No, no hay trato.
El cura miró a Curuchet.
— Yo le doy mi parte —dijo Curuchet.
El cura miró al Negro, pero este siguió inmutable.
— Tres. Tres flanes. Con dulce de leche.
— ¿El asado con ensalada?
— Con ensalada.
— ¿Con ensalada de qué?
El cura miró a la Norma.
— La ensalada —dijo la Norma dando un paso al frente— sale de papa y arveja con mayonesa, también de lechuga, tomate y huevo. Se va a preparar una salsa con perejil fresco, chicharrones y aceite de oliva para mojar el pan, manteca derretida y limón para el matambre…
— ¿Queso? —preguntó el gordo.
— No, queso no. También va a haber…
— Queso. Para dos.
— No, queso no —dijo la Norma y volvió a su lugar.
— Sin queso no hay trato.
— Morrones a la parrilla —dijo el cura—. Para dos.
— ¿Morrones…? —dijo el gordo—. A ver… ¿En lugar del queso?
— Sí.
— Morrones y cebollitas a la parrilla. Para dos.
— Hecho.
— Me falta resolver una porción de flan con dulce de leche —dijo el gordo.
El cura volvió a mirar al Negro y le hizo un cabeceo.
— Pongo mi parte de dulce de leche del flan —dijo el Negro.
— No me alcanza —dijo el gordo.
— Esa es nuestra oferta —dijo el cura.
El gordo llevó nuevamente su mano al mentón.
— ¿Serían tres porciones de flan y una con doble ración de dulce de leche?
— Sí.
— Bueno, está bien. Cerramos trato —dijo el gordo y le dio la mano al cura.
— Ahora nos gustaría ver jugar al Juglar…
— Sí, sí, por supuesto.
El gordo anotó algo en un papelito, se acercó a unas jaulas que colgaban de un árbol y sacó una paloma. Le colocó el papelito en la pata y largo la paloma al cielo.
— Díganme dónde van a estar que cuando tenga una respuesta del Juglar les aviso.

Al tercer día en el pueblo el cura, Curuchet, el gordo Sinetri y Fifilín estaban en un bar-almacén-venta de repuestos de maquinaria-casa de lotería. Ya habían hablado de la oferta, de cómo sería el Juglar, de qué harían si el goleador no aceptaba, de la paloma mensajera, de la panza del gordo, del baltimorense, y esa tarde comentaban lo fuerte que estaba la que les vendió los bizcochitos de grasa en la panadería el día anterior cuando se abrió la puerta y entró un tipo flaco y petiso que se acercó al mostrador.
— Digamé señor, usted,
que en este almacén trabaja,
¿cuánto sale aquella yerba?
La grande no, la más baja.
— Veinte.
— ¿Veinte pesos esa yerba?
¡Entonces la colorada,
si esta mierda sale veinte,
costará una millonada!
— Veintiocho.
— Nada cuesta veintiocho.
Debe tener marihuana…
¡A usted le hace falta un viaje
a la concha de su hermana!
El hombre del mostrador permaneció imperturbable.
— Me llevo la más barata,
la que adentro tiene pasto.
Veinte pesos, acá tiene.
¡Tengo plata y me la gasto!

Los cuatro en la mesa miraban asombrados.
— ¿Será cierto que se nace poeta entonces…? —comentó el gordo Sinetri.
— ¡Un momento! —dijo el cura—. Pero ¡claro! El “juglar”… ¡Ese tiene que ser el juglar!

— ¡Si reencarno en el infierno
sé que no va a ser peor
que vivir en esta tierra
atrás de tu mostrador!

“ ¡Juglar!”, le gritó el cura desde la mesa. El tipo giró, vio a los cuatro de la mesa que lo miraban, agarró el paquete de yerba y salió corriendo. “¡Vamos! ¡Sigámoslo!”, gritó el cura. Pero cuando salieron solo quedaba la quietud de una tarde estática y fría de un pueblo en donde nunca pasó nada. El tipo flaco y petiso parecía haberse esfumado en el aire.

 

(Continuará…)