Manteca: “…tal vez nos esté mirando”

De pronto la luna se cubrió de nubes y solo se podía ver donde alguna lamparita o algún fuego tardío. Lo que parecía una brisa se tornó viento y tomó más fuerza. Las ropas olvidadas en las sogas flameaban como estandartes en combate y empezaron a escucharse baldes rodando y las ramas de los árboles agitarse.
— ¿Y si entramos, Negro? Es tarde ya.
— Aguantá, Normi. Mirá qué linda la noche…
— Es que ya no está linda, Negro. Son la una y veinte, mañana no me levanta nadie. ¿No querés que cojamos?
¡Demonio de mierda! ¡Tenía que ser un espíritu impuntual! ¿O Fifilín se habría arrepentido? Un corpiño grande pasó volando por el patio embolsando dos paracaídas siameses.
— ¡Mirá, Negro, un corpiño de doña Elvira! Ojalá que no le caiga a nadie en el parabrisas porque hasta que lo saquen se matan…
El corpiño al girarse embolsó una copa en sentido contrario a la otra y se quedó sobre ellos girando como una veleta enloquecida.
— ¡Guarda, Normi, vamos a la galería!
Pero el corpiño, misteriosamente tomó más velocidad sin alejarse ya del patio. Una suerte de doble corriente de viento atrapó ambas copas con la misma intensidad y el corpiño parecía un helicóptero amenazante que los vigilaba. Un zumbido comenzó a sentirse levemente.
— Normi, vamos para adentro.
— Esperá, Negro. Yo sabía que los corpiños de la Elvira eran una obra de ingeniería, pero jamás creí poder ver todo su potencial, la voy a llamar a Teresa.
— Normi, son la una y media…
— ¿Hola? ¿Teresa? Perdoname la hora pero tenés que venirte ya mismo para casa. Tenemos en el patio un corpiño de la Elvira girando en el aire como molino sin patas. ¡Venite porque hay que averiguar de qué género hicieron esta maravilla…! Es el corpiño de lunares…, sí… Venite, dale.

A los diez minutos apareció Teresa envuelta en una descolorida bata con el marido que, al ver el fenómeno abrió los ojos desvelado totalmente y borró de su cara cualquier mueca anterior de desgano.
— Traje unos salamines con queso —dijo Teresa.
— Qué bueno, entonces voy a abrir un vino —respondió divertida la Normi.
— Le dije a la Cecilia y a la Pandora. La Cecilia venía con los chicos.
— Perdonen pero es un poco tarde…
— Negro, olvidate de la hora, ¡mirá lo que es esto! Si a eso le colgásemos dos bidones de pesticida… ¿no reemplazaríamos los aviones fumigadores? ¡Manso negrocio, Negrito! Tendríamos que…
— ¡Ernesto, es un corpiño atrapado por el viento! ¡Jamás podríamos saber dónde cruzan dos corrientes contrarias y con la misma fuerza! Apenas una corriente sople más fuerte la tetera se va al carajo.
— Pero si a lo mejor…
— Ernesto, no me jodas más. Es muy tarde y…
Sonó el timbre y aparecieron Cecilia, Pandora, Elena, la petisa Tuméz con Juan Gallardo, amante de la petisa, todos con sus familias y chicos. Desplegaron sobre la mesa del living empanadas, sandwichitos de mortadela y queso, chizitos, papas fritas y se sentaron en la galería viendo el excepcional fenómeno. Las mujeres hablaban alegres y le hacían coritos de “Ay” a la petisa ya que se estaban enterando en ese mismo instante de que el Juan era su chongo. “Es para pasar el rato”, dijo la petisa mirándolo a Juan mientras este miraba con Ernesto, el Negro, Leopoldo marido de la Elena, el Suncho concubino de la Pandora y el ingeniero Belladonna queseyoqué de la Cecilia que a cada rato tenía un pretexto diferente para andar con un tipo distinto, al tiempo que comentaba: “¿Y si a cada copa le atamos un bidón de pesticida…?” En el living Pandora y Teresa se reían espiando entre las cortinas. “¡Desde las casas de enfrente nos están mirando! Seguro se preguntan por el alboroto…”, y los chicos daban vueltas en el patio jugando a la mancha. “¡Chicos, salgan de abajo del corpiño!” les gritaba una de las madres mientras arrasaba con el plato de sandwichitos.

De pronto Teresa y Pandora aparecieron serias en el patio y detrás de ellas entró Curuchet con la cara pálida como si hubiese visto un fantasma.
— ¡Curuchet! ¿Qué pasó?
— Me tenés que ayudar, Negro…
Pero no terminó de decir nada que un frío polar pareció descender del cielo clavándose como alfileres en los cuerpos de todos los presentes. “Leopoldo, vos tapate que andás mal del corazón”, le alcanzo a decir la Elena a su marido. Un silbido extraño pareció pasearse por la casa y todos pudieron observar cómo, de la nada, empezó a formarse una nube oscura en el medio del patio. La nube crecía, nadie pronunciaba palabra, un fuerte olor a azafrán y comino lo copó todo, la nube se tornó púrpura y, sorpresivamente frente a los ojos de todos, se disipó rápidamente y Fifilín apareció elevado veinte centímetros del piso con las manos caídas y la cabeza inclinada hacia abajo tocándose el pecho con la pera, como colgado de un perchero invisible.

El silencio absoluto y frío se mantuvo unos segundos hasta que un lento aplauso seguido de otro, y otro rompieron el clima expectante.
— La verdad que si el Moneda va a hacer estas apariciones merecido tiene el chupar gratis —dijo Juan con cierto orgullo en su sonrisa.
— Es que cada uno tiene que ser el mejor en lo que hace —agregó Leopoldo—. Subestimamos la vocación al alcohol que tiene el Moneda. Es el mejor. Ernesto, abrí el Toro Viejo que tenés al lado.
— Mejor abro el López…
— No, Ernesto. La cirrosis lo va a matar esta noche, la semana que viene a más tardar. Dale el Toro y diluílo con el alcohol Porta del botiquín…
— El Porta no que lo uso para hacer licor —dijo la Norma.
— Tengo gasoil en la caja de la camioneta…
— Dale, traigaló, ingeniero. Al Toro Viejo hay que cortarlo con una tercera parte de gasoil.
— ¿Cómo sabés eso?
— Trabajé unos años vendiendo choripanes abajo del puente. Si al Toro lo cortás con más gasoil que eso puede o intoxicar al que lo consume, o, si resiste, puede explotar al prender un cigarrillo.
— ¿Un cigarrillo? —exclamó sorprendida Pandora— ¡Una bruja predijo que el Moneda iba a explotar al prender un cigarrillo!
— Háganme caso, corten el Toro Viejo con un tercio de gasoil… Ni se va a dar cuenta. Además le da un toque dulzón que queda muy rico.
Pero antes de que el ingeniero se mueva la cabeza del Moneda se levantó como un resorte y sus ojos amarillos se clavaron en una pared.
— Soy… ¡¡¡Fifilín!!! —dijo tronando la voz cavernosa del espíritu usurpador.
— ¿Qué es esto? —preguntó Ernesto.
— Esos ojos amarillos… —dijo Leopoldo—. Quédese, ingeniero. Me parece que el Moneda ya anduvo tomando Toro con gasoil.
— Soy… —en ese segundo todo se tornó más oscuro y un halo naranja vivo iluminó la espalda del poseído— ¡¡¡Fifilín!!! —y un trueno retumbó por el firmamento—. ¡Dónde está la Normi…!
— Acá estoy, Moneda…
—No soy Moneda, ¡soy Fifilín, pelotuda! ¿No sabés castellano, la puta que te parió?
El Negro se acercó a la Norma, “el Moneda está poseído, Normi, por eso te dice así”.
— ¿Poseído? Qué quilombo, y ¿va a jugar igual poseído?
— No, este… después te explico. Ahora escuchalo, creo que viene a hablarte a vos.
— ¿Cómo sabés?
— No, no… No sé… Bueno, hacé lo que quieras, me pareció nomás…
— Negro, ¿vos estás insinuando que yo atraigo a los demonios? ¿Ni cuando se aparece un tipo volando en una nube podés dejar de pelearme?
— Normi, perdoname, no quise…
— Séh, séh… Sí quisiste. Negro, sos un forro.
— Normaaa… A vos te vine a veeerrrr… —el demonio llenó el aire con sus palabras opacas y graves, pero en el mismo momento las risas nerviosas de los chicos quebraron el ambiente sórdido, y Juan reaccionó.
— ¡Moneda, cuidado que estás muy cerca del corpiño!
— ¿Qué corp…? —y al mirar hacia arriba Fifilín bajó un escalón invisible y se alejó del lugar sin sacarle los ojos de encima al cinético sostén de doña Elvira—. ¡Es una maravilla…!

No pasó un minuto que de pronto el viento se detuvo y la luna apareció radiante entre unas nubes apuradas por despejar la noche, y el corpiño como palma seca cayó inmóvil en el patio.
—¡Uy, uy, me desconcentré! —gritó Fifilín a lo que, acto seguido, volvió a hacer reaccionar el escenario natural cubriendo con nubes la luna y haciendo soplar el viento fuertemente. Para tristeza de todos, el corpiño remontó vuelo con el sonido potente con que se eleva la spinnaker de un velero frente a un viento poderoso y se perdió entre las nubes llevándose en sus breteles ramas y antenas de los techos. Uno de los chicos lloró y la madre le pidió al Moneda si podía aflojar un poco con el frío. Fifilín estaba desolado.

— Negro, perdoname que te interrumpa, pero necesito tu ayuda.
— ¿Qué pasó, Curuchet? Creí que venías por el tema de Fifilín…
— No, no…, ojalá. Tengo este problema —dijo, y levantó en su mano izquierda el medio kilo de carne que le había sacado a Paloma de la cocina aquella misma tarde.
— Pero, Curuchet, ¿no le devolviste la carne a Paloma? ¿No se la habías sacado para que yo pudiera sobornar a Fifilín?
— Sí, Negro, pero cuando fui a devolvérsela encontré al Bufoso en la puerta y a Paloma señalándome.
— ¿El Bufoso? —preguntó el Negro y en toda la casa se hizo un silencio sepulcral.
— Sí, Negro. Esta carne… es medio kilo de nalga para las milanesas a las que es adicto el Bufoso.
El living de la casa del Negro reventó en un murmullo desesperado.
— Andate de acá, Curuchet, salí. Salgamos, digo —y mientras el Negro lo empujaba empezó a gritar a los invitados— vuelvan a sus casas con las luces de sus autos apagadas, no hablen ni silben. ¡El Bufoso está despierto, y tal vez nos esté mirando!
Todos juntaban algunas cosas mientras la Norma decía que las busquen mañana, que se vayan ahora. Los chicos se agarraban de los pantalones de sus padres y las mujeres con sus ojos vidriosos le ofrecían refugio a la Norma. “Si me voy a dormir a otra parte y el Bufoso se entera va a creer que yo tengo la carne”, se lamentaba.
— Negro, ¿y si llevamos la carne a la plaza y la colgamos de un palo? Tal vez el Bufoso la ve y…
— Se la van a comer los perros, Curuchet. Tenemos que llevar esa carne a lo de Paloma.
— ¡Pidámosle a Fifilín!
— Ya se fue, cuando dije “Bufoso” se volvió a hacer humo y se fue. Además no sirve ni para abrir la heladera. ¡Qué espíritu de mierda!
— ¿Y si la llevamos a lo del Bufoso…?

El Negro se detuvo y lo miró desorientado. Curuchet continuó.
— Nadie va a pensar que nos vamos a animar a ir hasta su casa a devolverle la carne…
— …y le dejamos unos chocolates también…
— …y una carta disculpándonos…
— …y un dibujito…
— ¡Listo, vamos para allá!
— ¿Y el perro? Tiene un perro que es como la Normi pero que además come carne cruda.
— No sé, Negro, pero no tenemos otra alternativa…

 

 

(Continuará…)