Manteca: “Una mala sensación”

Y así continuaron los días. Manteca hizo una presentación del equipo en un amistoso con otro equipo de un pueblo vecino, donde los titulares locales jugaron de traje. Fue una exhibición impresionante porque cuarto jugadores terminaron el partido con el traje impecable, incluso con la camisa aún planchada, lo que evidenció que ni la tocaron. Entre ellos estaba Fifilín que adujo usar un conjuro para la elegancia que lo mantenía siempre prolijo, y puso de ejemplo a varios legisladores y hombres de la justicia que estaban extrañamente siempre impecables y con los cuales compartían sarcófagos en el infierno. Los otros fueron reemplazados. Entre los nuevos por fin entró la Norma que humilló a varios defensores con una gambeta… una gambeta común y corriente, pero unas piernas que causaron furor. “¿Y esas piernas?” le preguntaban al Negro, pero el Negro confesó que la última vez que había tenido intimidad con la Norma fue cuando tuvo que hacer un análisis de orina hacía ocho años y la Norma sostenía el frasco. “Me sentí intimidado”, dijo.

Los entrenamientos se hacían en el vado del arroyo, con una superficie cubierta 12 cm por el agua. Fifilín estuvo por quedar en el banco por las complicaciones que tenía de pisar el agua, al principio diciendo que tenía alma de gato, luego acusando al curso de agua de ser estar bendita, y luego confesando de que en el infierno no está bien visto andar en el agua. A la Norma le explicaron en repetidas oportunidades que el agua llegaba a los tobillos y tuvieron que amenazarla con sacarla del plantel si no se ponía la camiseta: “Te ponen amarilla si andás sin camiseta”, le decía el cura, pero ella aducía que los contrarios se ponían locos si jugaba en bikini, que era mejor y más divertido. La relación entre Curuchet y el Negro tuvo un momento de tensión después de la octava vez que Curuchet le hizo foul accidentalmente a la Norma. El enojo del Negro no era tanto porque los tres eran del mismo equipo, sino que en cada falta ambos rodaban, se quedaban en el piso, y se iban en camilla a los vestuarios, en ocasiones, por horas.

Después de repasar las jugadas Manteca los hacía acostarse sobre tierra y los manguereaba “para que las charlas den su fruto”, decía, y a eso de las cuatro y media de la tarde paraban todo y se sentaban alrededor de una mesita con mantelito de flores, y tomaban té con polvorones, budín de naranja y amarettis debajo de una parra fresca donde dos perros, un cocker negro y un labrador gordo, dormían una siesta patria. Muchos cuestionaban los métodos de entrenamiento de Manteca, incluso por los bacanales que se daban las noches de luna llena a orillas del mismo arroyo donde se entrenaban. Tal vez por la presencia de Fifilín en esas fiestas fue que comenzaron a llamar al equipo “La Salamanca”, aunque muchos creen que se la llamó así por la ironía de que Gabriela Sala estuviese de suplente como arquera cuando le faltaba un antebrazo, desgracia ocurrida años atrás cuando el Gordo Sinetri tuvo un cocodrilo llamado Palapucho y que una vez que se perdió ella lo encontró en su placard mientras buscaba su corpiño de cocinar guiso de chorizo y cebolla. Pero a Manteca no le importaban las críticas y con fé ciega continuaba con su itinerario de actividades.

Una vez avisó en el pueblo que iba a dar a conocer la lista de veintitrés jugadores seleccionados para el partido, pero fue desacertado porque nadie sabía que La Salamanca eran veintitrés personas. Manteca aclaró que él se enteró hacía dos días cuando todos levantaron la mano para pedir empanadas de carne o de jamón y queso. Se investigó con un abogado de una localidad vecina y se descubrió una maniobra de corrupción con los quesos y salames que se entregaban al equipo para el almuerzo. Descubrieron que el equipo eran once titulares más cuatro suplentes, y los demás eran supuestos asesores que se llenaban sus barrigas con copetines donados por el pueblo. Pero Manteca seguía firme en su decisión de llevar al equipo a la gloria.

Hasta que llegó el día.

 

Era una mañana diferente. En el aire se paseaba el aroma amargo de las hojas que se quemaban en la plaza desde temprano y el frío humedecía las narices. La piel quemaba. El día sin sol aclaraba celeste y se escuchaban las camionetas y autos encender sus motores y quedar regulando en las veredas con sus vapores blancos saliendo del caño de escape y el olor de la nafta quemada acompañando las neblinas de las combustiones. Saludos secos de una vereda a la otra, y grandes y chicos tapados de gruesas camperas se subían a los vehículos para esperar con menos frío. El Juglar salió a su calle azulada de frío y de sombra y miró hacia el costado, a la esquina, y vio que por aquella calle la pintaba de tinta amarilla el sol. Dos bocinazos y encontró la camioneta del doctor a unos metros suyo. Se subió.
—¡Llegó el día, Juglar! ¿Cómo te sentís?
—Me siento igual que la noche
que entrenamos en el río.
Estoy cansado, con hambre,
y re cagado de frío.
—Padre, tengo una mala sensación…
—¡Tordo, sacate eso de la cabeza, vamos a ganar, vas a ver…!
—Es que yo también creo que vamos a ganar, padre, pero tengo una mala sensación.
—Bueno, ahora le ´preguntamos a Fifilín.
—Pero Fifilín me va a decir una mentira.
—Pero antes que no saber nada a saber una mentira, ¿qué prefiere…? Hoy se me vino complicado, Tordo.

Fifilín se subió y la camioneta se llenó de un olor intenso a azufre.
—Fifilín, ¿por qué olés a azufre…?
—La verdad, padre… Estoy re cagado.
—¿Cuándo te cagás olés a azufre?
—Padre, tengo una mala sensación…
—Pero, ¿será posible…? ¡Fifi, vamos a ganar, quedate tranquilo!
—Es que estoy convencido de que vamos a ganar, padre… No sé, tengo una sensación fea.
—¿Qué crees que pueda ser, Fifi? —le preguntó el doctor haciéndole un guiño al cura.
—Para mí que ganamos, todos nos ponemos contentos, pero a vos te va a pasar algo.
—¿A mí? —preguntó el doctor.
—Sí, a vos. No sé, tal vez me equivoque.
—Tenías razón, Tordo. Fifi, cerrá el orto y no te quiero escuchar más en todo el viaje.
—Pero, padre, solo respondí lo que…
—¡Que te calles!
—Padre…
—¿Qué tordo?
—Tengo una mala sensación…

Manteca se subió por la puerta del lado del conductor.
—¿Cómo están, amigos?
—¿Cómo estás, Manteca?
—¿Qué cómo estoy…? —Manteca se rio con estridencia— ¡No puedo estar mejor, padre! ¿No sienten la victoria?
—Sí —dijo el doctor—, si la sentimos, Manteca.
—Bueno, así estoy —se hizo un breve silencio raro—. ¿Y la Norma?
—El Negro y la Norma van con Curuchet.
—¿Eh? ¿No viene con nosotros?
—No, van con Curuchet.
Manteca se agarró la cabeza mientras suspiraba unos “no, no, no” .
—¿Qué pasa, Manteca?
—Es que estaba seguro de que la Norma venía con nosotros, y me vengo haciendo esa fantasía desde que me levanté. Bah, ¡por cómo me levanté diría que de antes! Pucha…
—Bueno, pero ¿tanto te afecta eso?
—No, me da rabia. Es que de alguna manera me lo imaginé. Tengo una sensación fea desde esta mañana.
—¿Cómo?
—Sí, es que me moría de ganas…
—No, no, Manteca. ¿Decías que tenías una sensación fea?
—Sí…
—¿Y la tenés todavía?
—Sí. Ya se me va a pasar. Creo que la Micaela iba a estar en el puesto de bebidas, no sé, algo voy a hacer…
—Manteca, escuchame, el Juglar y el tordo también tienen una mala sensación.
—¿También?
—Sí, también.
—Pero qué raro…
—Sí, es muy raro.
—¿Y usted, padre?
—No, yo no.
—Qué raro…
—Sí. Es raro.
—Estamos llegando —dijo el doctor y doblando salió de la ruta y se metió en un camino de tierra—. Es en aquel montecito de allá.

Mientras hacían el camino el doctor vio por el espejito el auto de Curuchet que traía a la otra parte del equipo. Volvió a doblar a la izquierda, cruzó una tranquera abierta, anduvo por una huella de pedregullo, volvió a doblar a la derecha, y lo hizo una vez más, y anduvo entre los árboles. Cada tanto podía ver el capot blanco del auto de Curuchet más alejado del suyo. Volvió a doblar, y otra vez más. Los árboles estaban muy juntos y el camino casi estaba en penumbras, y de pronto el auto comenzó a trepar por una subida. Volvió a doblar pero siempre ascendiendo. Y lo hizo una vez más antes de que se terminaran los árboles.

El doctor frenó lentamente hasta que el auto se detuvo. Nadie podía creer lo que estaba viendo. Uno a uno, despacio, iban bajándose del auto. Detrás llegaba Curuchet, y aunque ninguno lo miró llegar, por el parabrisas se podían ver las caras asombradas y el auto que se detenía lentamente.

 

 

(Continuará…)

 

Sensacion 3