Margarita | Capítulo 4: Mujer

– Y, ¿estás de novia? – le pregunté a Cintia

– ¿A qué viene esa pregunta? – contestó con muy poca onda.

– A que sos una chica joven, y no es por ser mal educado per…

– Sos un maleducado Adrián, de eso no hay dudas – me cortó en seco.

– Bueno, pero como te decía, sos joven y sos más o menos linda. – me dí cuenta del error de mi frase al terminar de decirla.

– ¿Cómo más o menos linda? – preguntó indignada.

– Bueno en realidad sos linda, nada más que no quise ir tan de repente – la acomodé.

– Estaba… – por fin respondió.

– ¿Fue hace mucho?

– No, fue muy reciente.

– Me vas a contar bien o ¿voy a tener que sacarte las cosas con miles de preguntas? – le dije en tono más picante.

– ¿Para qué queres saber?

– Porque me dijiste que fue reciente, y yo soy muy curioso, por lo tanto quiero saber. – respondí firme mientras dejé las facturas sobre el escritorio y me senté cómodo para poder escucharla, obviamente no quería contarme nada, pero le dió cierta risa mi postura como espectador para saber qué había pasado en su relación, dejó también los papeles y se sacó los lentes, que por cierto le quedaban tan bien, me miró.

– Era un buen chico, soñador, muy alegre y vivía hablando pelotudeces, me hacía sentir mmm no sé, seguridad y aventura al mismo tiempo. Nos gustaban las mismas cosas y era muy muy divertido salir con él, aunque eso sí, celoso como todos los hombres que conocí en mi vida, me cuidaba y le interesaba mucho lo que yo hacía. – me dijo pensativa.

– Si era eso… ¿por qué lo dejaste?

– Adrián, vivíamos lejos, y el tiempo, la monotonía hicieron lo que le hacen a toda relación, yo empecé a juntarme con los chicos de la oficina y lo veía poco, dejó de interesarme, estoy pegando mucha onda con un chico de acá, y constantemente vienen abogados y clientes que me dicen cosas, que para nada te digo que son feos (emitió una risa) y bueno, pasó lo que tenía que pasar, lo tuve que dejar. – contestó.

– Que hija de puta – me reí – pobre pibe, pero sigo sin entender, ¿Cómo es que él te provocaba tantas sensaciones y lo terminaste dejando por cosas tan comunes?

– Sos tan joven Adrián… – dijo subestimándome.

– Vos y yo tenemos casi la misma edad. – le aseguré.

– Joven y mal educado, no me interrumpas, no sé si esto te lo habían dicho pero lo que yo te voy a contar ahora no te va a servir absolutamente de nada. – me dijo – Nosotras las mujeres somos personas que buscamos descargas eléctricas, que nos enamoren, que se mueran por nosotras, que nos pregunten a cada rato que estamos haciendo y que nos digan a toda hora que estamos bonitas, porque somos coquetas, queremos estar divinas para todo el mundo, para todos es todos, queremos enamorarte y decirte al mismo tiempo que te vayas, porque amamos nuestra libertad, nos encanta soñar y enamorar, somos tan imperfectas y tan perfectas que te volverías loco de solo entendernos, mi ex era un divino, era mágico y lo va a seguir siendo por toda su vida, pero lo olvidé porque otras emociones golpearon más fuerte que él en este momento, no te voy a mentir pero en un tiempo voy a extrañarlo, porque nos pasa a todas, voy a recordar todo lo lindo que me daba, y voy a buscarlo, voy a querer saber cómo está y que hace, seguramente cuando lo encuentre sea feliz, porque así es él, me enojaré o quizás trate de volver con él, solo el tiempo lo dirá.

– ¿Y si ya está con otra mujer? – pregunté y noté que no le gustó nada.

– Lloraré, me voy a culpar y voy a desear haber muerto, luego de unos días me voy a levantar, maquillar y seguir con mi vida buscando las mismas descargas Adrián, porque así somos las mujeres, nada nos va a parecer eterno, nada jamás nos va a complacer, porque si algún día pasa eso vamos a dejar de ser mujeres, siempre te vamos a enamorar, escucha lo que te voy a decir “Cuando pienses que estas enamorando a una mujer, es todo lo contrario, es ella quien te está enamorando poco a poco”, siempre, pero siempre es así. – me dijo.

Me dejó perplejo con sus palabras, no podía emitir sonido y se me llenaba la cabeza de preguntas, porque me había dado cuenta que jamás iba a entender a una mujer, tan crueles, tan hermosas, tan superficiales y profundas, no había poesía que describiera lo que acababa de escuchar.

– Adrián, Adrián ¿Estas bien? – me preguntó.

– Si, si, seguí hablando que te estoy escuchando… – le dije colgado.

– ¿Qué más queres saber?

– No sé, realmente no sé si quiero saber.

– Me das mucha risa Adrián, ahora ¿qué pensás de mí? – dijo riendo.

– Que tendrías que estar en la cárcel – me reí – maldita rompecorazones.

– A medida que vayas creciendo te vas a dar cuenta de tantas cosas. – me dijo superada.

En medio de la charla apareció desde el pasillo Mariana, con el maquillaje corrido y lágrimas en sus ojos, nos miró a ambos y salió caminando como si nada

– ¿Y a ésta qué le paso? – largué el comentario.

– Hace meses que viene así, no sabemos si es Juan o la hija. – respondió Cintia susurrando.

– ¿La hija? – pregunté con cara de susto.

– Si, tiene una hija, debe tener unos 7 o 10 años, por ahí, no habla mucho de ella, pero una vez vino a buscarla, imaginate todos en la oficina cuando vemos entrar una nena preguntando por su mamá, todos nos morimos de ternura, tuvo la mala suerte de que apareció Juan y pregunto de tan mala manera quien era esa niña. Mariana vino por el pasillo deprisa y se llevó del brazo a la nena hacia afuera. Seguro es un calco del padre, porque igual a Mariana no era, flaquita, con un pantaloncito de jean y una remera de Andrés Calamaro, me morí de ternura, bueno el caso es que luego Martin nos contó que la nena no está bien, es decir, como te explico, creo que imagina cosas o las inventa, y eso la debe tener mal a ella.

– Que loco, nunca me imaginé a Mariana con una nena. ¿Y cómo se llama? – quise saber.

– Margarita, su nombre es Margarita – respondió Cintia.

Nos quedamos conversando un poco más, pero se había hecho tarde, dejamos las cosas ahí y me fui contento, ya que pude hablar con Cintia y entablar una buena relación, iba tan pero tan feliz que no me di cuenta que ya estaba en mi casa, me asusté y fui a la cocina, después a la habitación y nada, estaba curado, al fin estaba curado, solo necesitaba ser un poquito feliz para que se fuera, en ese momento pasé justo por la puerta del baño, y ella salió por la puerta, se había estado bañando, llevaba una toalla blanca en el pelo y otra toalla azul con dibujitos en el cuerpo, pasó frente a mí y me sonrió, fue hasta la habitación dejando gotitas por todo el suelo, se sentó  en la cama y comenzó a secarse, yo caminaba de un lado a otro en la habitación. Comenzó a ponerse crema en las piernas.

– Pensé que te habías ido, me puse feliz por un minuto, ¿hasta cuándo vamos a seguir haciendo esto? ¿Te das cuenta que ya no quiero venir a mi propia casa por esto? Necesito ser feliz, por favor te lo pido. – le dije.

Terminó de arreglarse y se acostó, doblo la almohada, se acomodó, cuando vio que yo me iba a acostar arreglo la almohada y me la pasó. Me acosté y ella lo hizo sobre mi pecho, miré el techo por una hora, deseando morir en ese momento, sabía que no era ella, porque no roncaba. Si, roncaba, y ¿cómo podía amar un ronquido? Porque hay cosas en la otra persona que amamos como también odiamos, pero cuando dejan de hacer esa cosa que odiamos, comenzamos a extrañarlo, y juro que  si no escuchaba un ronquido me iba a comprar una esposa coreana y poner en la solicitud que ronque muy pero muy fuerte. Terminé durmiéndome sin darme cuenta, al día siguiente me desperté y no hice mucho ruido ya que ella seguía durmiendo, me había levantado con muchas dudas ¿Por qué Mariana hacia días que estaba tan mal? ¿Qué le estaba pasando?, me vestí, salí y fui decidido a hablar con ella.

Al llegar vi que…

Continuará.

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