Margarita | Capítulo 7: Seguis siendo el mismo

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Entrar y verla acostada en ese estado fue lo peor que vi. Mariana, siempre tan linda, tan delicada, tan señorita. Parecía más una persona muerta que viva.

– ¿Qué haces acá? ¿Y Gloria? – dijo Mariana.

– Se quedó dormida otra vez en el sillón, ya te dije que soy grande y me puedo cuidar sola. – respondió Margarita.

– Bueno basta, vamos a hablar después, quiero que salgas un segundo que necesito hablar con este señor que vino a traerme unos papeles del trabajo. – le pidió Mariana a la niña.

– No soy tonta mamá. – respondió mientras salía.

Al salir Margarita pude ver cada detalle de cómo se transformó la cara de Mariana, como un dragón que perdía su princesa, creo que si en ese momento podía prenderme fuego lo hacía.

– ¿Quién te dio el derecho de meterte en mi vida Adrián? – me dijo furiosa.

– Lo que pasa es que…

– No pasa nada, no tenías porque mierda venir hasta acá, ¿no ves que estoy mal? Si necesito ayuda o la preciso quédate tranquilo que no voy a querer tu ayuda ¿Por qué piensan que necesito ayuda? Yo siempre pude sola, siempre logré todo por mí misma. Ni Dios, ni vos me va a decir cuando tengo que morirme ¿Me escuchaste? – sentenció con ira.

En ese momento me di cuenta que no me estaba hablando a mí, sino que se refería al mundo, se ve que tenía personas que la venían afectando hace tiempo, opté por callarme, y escucharla, quizás hacia mal, pero muchas veces las mujeres no necesitan hablar con alguien, sino que alguien las escuche.

-Seguramente te convertiste en un hijo de puta insensible como el resto. ¿No?, si habrás dejado chicas tiradas por ahí, si, si veo que tenes cara de forro, ¿tenes novia? – preguntó.

Solo moví la cabeza hacia ambos lados mientras la miraba

– Ahí está, pirata de mierda que debes ser. Jamás conocí a nadie que hiciera algo por los demás, todos materialistas de mierda, desde que tuve a mi hija solo conocí gente de mierda, todos forros, todos los hombres que estuvieron en mi vida fueron unos forros – escupía furiosa mientras se largó a llorar, lloraba con poca fuerza, como si cada lágrima pesara, yo estaba quieto, no me movía, no podía tener ninguna reacción. – Sos igual que los otros hombres, ¿porque te transformaste así Adrián?

Cuando me preguntó eso, pude liberarme de la parálisis que dominaba mi cuerpo y me senté a la orilla de la cama, le tome la mano, la miré tranquilo, porque eso necesitaba en ese momento, paz, yo de algún modo tenía que darle eso que estaba buscando

– Mariana… yo no soy así, o bueno, quizás sí, es que el mundo y las personas te van llevando a ser quien sos. Es verdad que cambié desde que nos conocimos, pero fracasos y desgastes llevaron a ser quien soy, y creo que a vos también. Lo cierto es que jamás dejé de pensar en que afuera hay alguien para mí, como así también para vos. De todos modos seguís estando igual que cuando te conocí, eras idiota, a todos nos sacabas cagando cada vez que hacíamos algo en frente de tu casa. – le dije.

– Siempre me hacías reír, no sé cómo.

– ¿Y qué queres? Con la cara que porto ¿Cómo no te voy a hacer reír? – le dije con picardía y logré que sacara una sonrisa, todo lo malo que había en ella. Recién ahí pudimos hablar mejor.

– ¿Vivís solo? – cambió de tema.

– Sí, cuesta, pero logré irme a vivir solo hace un tiempo

– ¿Y estas de novio?

– No

– Adrián… ¿Vos todavía amas?

– ¿Y esa pregunta?

– Responde Adrián

– Creo que esto se nos está yendo de las manos…

– Por favor, decime que todavía sos aquel pendejo enamoradizo y con cara de bobo, decime que todavía jugas, que seguís contando cuentos, por favor decime que sos ese que sueña a cada rato con viajar a la luna solo para llegar, decime que todavía haces reír y que solo te importa ser feliz, decime que todavía te metes entre los perros para que no se peleen como lo hacías en el barrio.

– Mariana las personas cambian. – comenté con tono penumbroso.

– Adrián las personas no cambian.

– Recién me dijiste que era un hijo de puta.

– Pero no lo sos, porque te diste cuenta que necesitaba desahogarme y te quedaste, me escuchaste, esperaste a que terminara de hablar, ¿pensas que no me di cuenta? – me respondió serena.

– Últimamente no entiendo a las mujeres.

– Adrián, sé sincero conmigo.

– Ay Mariana… Todavía imagino, todavía veo dibujitos sobre las personas, sigo imaginando mundos, creando, sigo siendo el mismo estúpido de siempre, sigo imaginando que voy a viajar por el mundo. Es más, te cuento un secreto… soy yo quien alimenta al perrito que está afuera de la oficina, por eso no lo pueden correr, porque cada vez que yo llego le dejo algo. Si el tuviera un lugar donde ir ya lo hubiera hecho, pero sé que no, por eso siempre está ahí, saludando a todos los que llegan, incluso al hijo de puta de Juan.

Tomó mi mano muy fuerte y comenzó a llorar. Siempre tan impredecibles las mujeres ¿no?, con lo poco que la conozco sabía que quería escuchar eso, tuve que sacarme la armadura que hace tiempo llevaba, es obvio que la gente no cambia, solo crean armaduras espirituales tan fuertes que nadie puede dañarlas, hay gente tan lastimada que no solo tiene una armadura, sino que se esconde en búnkeres. Y quizás mueran ahí adentro, como Mariana, que al parecer, logré que saliera en ese instante.

– Adrián, te hago una última pregunta

– Decime

– ¿Qué tan fuerte sos?

– Realmente no lo sé, pero hasta ahora de todas las veces que me ha tirado al piso siempre me levanté, y pienso seguir haciendo lo mismo el resto de mi vida.

– Siempre contestando lo que el mundo te pregunta ¿no?

– A los que merecen saber Mariana.

En ese momento entró la enfermera avisando que el horario de visita había terminado. Se quedó mirando la ventana, solo me levanté y salí despacio, afuera estaba Margarita

– ¿Qué estás haciendo? – le pregunté a la nena.

– ¿Por? – me contestó.

– ¿Vos hiciste todo esto?

– Si, pero ¿porque me preguntas?

– Y porque soy re preguntón, contame ¿qué es?

Continuará…

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Capítulo 2

Capitulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

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