Mendoza Dixit – Cap 17: «Redimido»

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portada

 

A diferencia de la vez anterior, Tomás no se vio sorprendido por la actitud de la mujer. Sabía que las idas y venidas de todas las situaciones, podían acarrear una situación como la que estaba por pasar. Y ya era hora. Era hora de limpiar su hombría, de sanar su dañado orgullo.

Martina insistió:

-¿Cómo sigue esto, Tomás?- la picardía en su voz, ahora se elevaba al cubo.

Y Tomás consideró que tenía todas las de ganar. Sintió conseguir una escalera real en la primera mano. Ya no podía perder, no iba a dejarse perder. Después de todo, estaba nuevamente en juego el herido orgullo de un hombre.

Se puso de pie sin decir una palabra, empujando con fuerza la silla hacia atrás, al punto de casi hacerla caer al suelo. La mujer permanecía sentada, con una sonrisa que se acrecentía a cada paso que el hombre daba. El joven llegó por su costado derecho. La mujer miraba la nada y el hombre la miraba a ella. Tomás ya sabía en qué momento largar las cartas sobre las mesas. Y ese momento era ahora:

Con gentileza, pero con rudeza, Tomás agarró a la fémina por la altura de los pechos. Solo los pulgares hacían contacto con los turgentes senos de Martina, mientras que el resto de la mano, apretaba suavemente los costados del cuerpo de la mujer. Todo estaba calculado. Absolutamente todo era un plan que se escribía y se concretaba al mismo tiempo.

Cuando la tuvo frente a frente, Tomás juntó los dedos de su mano, apretó la tela de la remera de Martina, tiró hacia arriba y le quitó la prenda a la mujer. Las dos hermosas tetas que había contemplado la mañana anterior, quedaban ahora ajustadas apenas por un brasier que pedía a gritos libertad.

Lejos de dejar escapar los pechos de una Martina totalmente entregada, Tomás clavó la mirada en ella. Los ojos hablaban el idioma del fuego, y Tomás era el perfecto traductor. Con movimientos serenos entre tanto mar revuelto, el hombre acercó los labios a los de la mujer y la besó con tal entrega que el mundo parecía detenerse en ese preciso instante.

Martina estaba de pie, estática. Sumida a los mandatos del hombre, que de a poco, demostraba el error en la frase hiriente de la mujer.

Sin despegar los labios, fue que Tomás empezó a bajar, primero el cuello, por una orilla, por la otra. Después un pecho, después el otro. Y como surgido de un movimiento mágico, el corpiño se desprendió y cayó rendido por el suelo. En ese preciso instante, fue que Martina dejó escapar el primer suspiro cubierto de placer. El primero de muchos más.

Tomás, enceguecido por el éxtasis, se reincorporó, y mientras besaba nuevamente a la mujer, bajó su pantalón. Martina, sin notarlo, hizo lo mismo. Siguieron besándose por cada rincón de piel que encontraron, al mismo tiempo que ambos se inclinaban para terminar con Martina apoyando los codos sobre la mesa. Todo el paralelismo de la lujuria, se había torcido encontrándose en un big bang de perfecto sexo.

El viejo acto de hacer el amor. El perfecto momento del coger por coger.
adaxcz

Y besos. Y caricias. Y fuerza. Y gemidos. Y sudor. Y gritos. Y seguir, seguir, seguir…hasta culminar en esa supernova que parece llevárselo todo. Suspirar en ese instante que parece no terminar nunca.

Ambos cayeron rendidos por el suelo del comedor. Martina no hablaba, parecía que intentaba, pero no podía. Aún gemía entre agitados suspiros de aire. Tomás sonreía, incluso se podía decir que reía. Tomás había redimido completamente su ser para con la mujer. Completamente.

-No tenes un pucho, ¿no?- La expresión salió de la boca de Tomás. Ambos rieron ante la broma del hombre.

Después de que Martina se pusiera de pie, corrió al baño intentando taparse con la nada misma. Corría con ese pudor hermoso que tienen las mujeres al terminar de hacer el amor, ese pudor que las vuelve perfectamente bellas en su total vulnerabilidad. Tomás aprovechó el momento para levantarse, y acomodar un poco las cosas. Se vistió a medias, esperando su oportunidad para entrar al baño. Juntando una que otras cosas, notó que arriba de la mesa, había quedado la fotografía que tantos problemas le trajo: la tomó por un costado, la dobló nuevamente, y la dejó dormir en el bolsillo trasero de su pantalón.

Se dispuso a ir a la cocina, hasta que se encontró con algo que llamó su atención: al lado de un viejo teléfono y arriba de una guía, descansaba una agenda telefónica. Una de esas que tienen el noventa por ciento de las mujeres, donde anotan hasta el grupo sanguíneo de la persona que conocen. Tomás no pudo evitar pensar en buscar al tan renombrado dentista. Buscar al “hijo de puta de Aníbal” -como había pasado a llamarse ahora- y fijarse si la dirección de su casa descansaba en tinta, escrita por el pulso de Martina.

Teniendo la decisión tomada, esperó sentado -con un vaso de agua servido para la dama- que Martina saliera del baño. Para cuando lo hizo, Tomás se coló corriendo por detrás de ella. Ambos rieron ante la urgencia del hombre. Al cabo de unos instantes, los dos estaban vestidos, sentados otra vez frente a frente. Martina intentaba no sonreír. Tomás intentaba retomar las riendas de todos los problemas.

-Martina, hay algo que no me cierra ¿Por qué si es una “amiga de la familia”, tiene una foto en un portarretratos?- cortó al tensión el joven.

-Ahora que lo decís, suena rarísimo. Nunca le presté demasiada atención a las boludeces que tiene Aníbal en su consultorio.-

Tomás apoyó la cabeza sobre la mesa, dejando que sus brazos cayeran por los costados, totalmente rendidos:

-Estoy en bolas. Completamente en bolas. Es desconcertante esto.-

-A mi hay algo mucho más jodido que me desconcierta, Tomás- Martina se ponía seria y se rascaba la nariz en señal de un claro tic nervioso – ¿No te has puesto a pensar en las llamadas esas que aparecen como de la nada, donde te habla una mina? O en esa otra mina…Luna. Que apareció como, no sé, decir poseída es muy fuerte; pero no me sale otra palabra. Bueno, apareció así en el departamento, mirándote, sin acordarse de nada. ¿Te has puesto a pensar?-

-¡Luna!- exclamó Tomás. -Me había olvidado de Luna… Es verdad lo que decís, Martina. Hay cosas con explicaciones totalmente sobrenaturales. Totalmente inentendibles. Pero si me pongo a pensar en eso, me voy a volver completamente loco. Lo único que me queda claro es que tengo que desenmarañar el misterio del hijo de puta de Aníbal, creo que una vez que tenga eso; tengo lo otro totalmente cocinado.-

-Y… ¿No se te ha ocurrido pensar que tal vez Luna conozca a la mina de la foto?-

Como si Tomás estuviera viviendo una epifanía, todo se volvió claro. Tuvo la siguiente pista delante de sus ojos, pero no se hubiera dado cuenta nunca si Martina no hubiese hablado.

-A la mina no creo, pero al hombre si.- vociferó Tomás.

-¿Cómo es eso?- Preguntó Martina.

-Si, está todo muy claro. Luna nos dijo –al Ruso y a mí- que ella había estado con un hombre aquella noche que “perdió la memoria”. Dimos rápido por entendido que esa hombre era el viejo de “La Fogata”… pero ¿Y si no era? ¿Y si era el hijo de puta de Aníbal?-

Martina se mostró entusiasmada, se puso de pie de un salto. Buscó en un rincón el encendedor y lo cigarrillos, los metió en su bolsillo, y se dirigió a la puerta:

-¡¿Vamos, qué estamos esperando?!-

Tomás se paró, dio unos y se detuvo de golpe. Su cabeza obviamente estaba tirando hipótesis por cada rincón que su cerebro tenía vacio. Estaba la pista recién descubierta, estaba el hecho de que iba a ser la primera vez, después de mucho, que iba a investigar algo sin la ayuda de su gran amigo el Ruso, estaba también latiendo fuertemente la duda implantada por Martina de aquellas llamadas misteriosas. Estaba todo, y estaba la nada.

El ceño se le frunció por unos instantes y dejó escapar entre suspiros:

-¿Vos decís che? No te parece que podríamos…-

Continuará…

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