Mendoza Dixit – Cap19: Una pequeña decisión puede cambiar todo

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El eco de un golpe seco contra el suelo seguía retumbando en los oídos de Tomás mientras dudaba de la opción obvia. Su amigo yacía desmallado del otro lado de la puerta… ¡Qué otra opción que socorrerlo! Fue Martina quien despabiló al adormecido joven.

-¡Tomás, la puerta! ¡El Ruso!-

El joven intentó abrirla, primero girando el picaporte, después apretando con fuerza el mismo. Al ver que nada sucedía, apretó todo su cuerpo contra el portal y golpeó en repetidas ocasiones. Pero la puerta no cedía.

-¡Está cerrada Martina, está cerrada!- dijo a la fémina mientras ponía cara de pánico.

Martina, intentando en vano, empujó a Tomás y trató abrir la puerta por voluntad propia.

-Correte- la oración de Tomás fue unimembre y sencilla. Martina respondió la orden como un soldado. A dos metros de distancia, Tomás tomaba una pequeña carrera para patear como mula justo la cerradura de la puerta. Los pedazos de madera del marco, volaron en el interior.

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Adentro, todo el caos organizado seguía perfectamente desordenado. No había rastros del gran muchacho. Al menos no a simple vista. Sólo cuando Martina se adentró valerosa a la habitación y se aproximó a la ventana, Tomás encontró a su amigo. No fue porque su vista lo hallase, sino fue el grito de la mujer que le dio la certera pista.

Tomás corrió y barriéndose sobre sus rodillas, se abalanzó sobre su amigo.

-¡Ruso! ¡Ruso despertate! ¡Dale la concha de tu madre! ¿¡Estas bien?! ¡Ruso!- el joven sostenía entre sus manos la cabeza de su gran amigo. Pareció una eternidad de tiempo, todo se movía lento para Tomás. Veía a Martina ahogando su grito con las manos, los pedazos de madera esparcidos por el suelo y todo se movía lento, en eterna suspensión.

-Quefpppf- El Ruso reaccionaba. O al menos lo intentaba.

-Ruso, tranquilo. Soy yo. Tomás.-

-Tomi… ¿qué…a donde?-

-Tranquilo. Espera un poco. Tranquilo.- y Tomás agregó –Martina, ayudame a pararlo, pesa una barbaridad.-

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Con las pocas fuerzas de ella y el esfuerzo sobre humano de él, sentaron al Ruso en una silla. Este aún lucia pálido, como si un bajón de azúcar lo hubiese dado el Knock-out definitivo.

-Martina, pasame un vaso con ag…- y la mujer interrumpió a su amante. Sobre los finos dedos de Martina, desfilaba un vaso con agua repleto de azúcar. Una inyección para el maltrecho sistema nervioso del Ruso. Una idea que se les había ocurrido a los dos por igual.

-Toma Rusito, tomate este vaso con agua- y era Tomás quien se ofrecía de enfermero, apoyando con suavidad el vaso sobre la boca del gran hombre, y ayudándolo a sorber el brebaje preparado. Esta escena no hizo más que provocar risa en Martina, quien mezclando lo visto con el estado de nervios, indujo una tímida carcajada. Tomás se apresuró a mirarla, y al verla reír retraídamente, se sumo a la distención con una gran sonrisa.

-¿De qué se ríen, pelotudos?- El Ruso abría los ojos en ese preciso instante.

-Ruso querido ¿Como estas?-

Y haciendo caso omiso a la pregunta, el gran hombre habló:

-Tomás ¿Qué pasó? ¿Los agarraste?-

Tomás miró en complicidad a Martina  y después se excusó.

-Ruso, vos no respondías. Necesitabas saber que estabas bien. Creo que se nos fueron.-

-Si, acá no hay nadie- aseguró Martina que miraba por la ventana dejando en claro que algo había pasado en la calle.

El gran hombre se puso de pie. Increíblemente estaba seguro en sus pasos, como si nada hubiese pasado. Giró la mirada a entrada, y vio la puerta destruida abierta de par en par: -Veo que te las arreglaste para entrar.-

-Si. Siempre quise patear las puertas como en las películas. Y llevo dos puertas pateadas en menos de una semana. Hay que tener cuidado con lo que uno sueña.- dijo Tomás haciendo referencia a la puerta de la extraña casa que tuvo que patear días atrás.

Los tres se quedaron inmóviles por un segundo. Quietos en sus posiciones. Y era para hacerlo, puesto que en la puerta principal, ahora aparecían varias personas.

-¿Están bien jóvenes? Escuchamos unos gritos y después un golpe fuerte.- Una anciana en bata se atrevía a ser la voz del populo. Una anciana que resultaba ser la vecina contigua al departamento del Ruso.

-Si vecina.- contestó el Ruso. -Me desmayé y mis amigos se asustaron. Esta todo bien. Gracias por preocuparse, pueden volver a sus departamentos.-

El gentío caminaba dando pasos pequeños, cuchicheando entre ellos. La anciana de la bata hizo contacto visual con las tres personas adentro del Departamento y después se marchó. Algo no estaba bien con aquella mujer, parecía que no se había tragado la historia de el Ruso ¿O tal vez si?

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Cuando el Ruso se aseguró que todo volviera a la normalidad y que todos los inquilinos retomaran sus vidas, se apresuró a entrar. Lo miró a Tomás, pero se dirigía también a Martina:

-La concha de su madre. Estaban ahí afuera. La puta madre, si el viejo hasta me amenazó con el dedo.- Y posteriormente, imitó el martillar de un arma con la mano. –Además, no sabes lo qué pasó…- cuando se disponía continuar con el relato, la miró a Martina y se frenó en seco: -Tomi, ¿Ella sabe algo de todo esto? ¿Le contaste?-

Pero no hizo falta que Tomás contestará, Martina habló: -Se todo. Habla tranquilo.-

El Ruso lo miró de nuevo Tomás, quien agitando su cabeza de arriba hacia abajo, confirmaba las palabras de la fémina.

-Bienvenida al club. Somos como Sherlock Holmes pero sin el acento maraca y con muchísimo menos cancha.- El Ruso le daba la bienvenida a Martina. En su idioma, pero bienvenida al fin. La mujer agradeció con un exagerado ademan de reverencia.

-¿Qué ibas a contar, Ruso?-Cortó por lo sano Tomás.

-Ah sí. Hablé con Luna. Tengo su dirección.-

Tomás y Martina se miraron cómplices y después lo miraron al Ruso.

-Con ella pensamos en contactarla. Por eso vinimos a tu casa, Ruso. Era para salir a buscar a Luna.- y cuando Tomás decía ella, se refería a Martina.

Eran como tres cerebros conectados. Tres cerebros que ahora parecían funcionar al unísono.

-Vamos, ¿Qué estamos esperando?- era Martina la mas acelerada de los tres. Tal vez porque era la que menos complicaciones había sufrido en la historia, o porque era dueña de un coraje involteable, pero era la que insistió a seguir.

-Y, ¿Como pretenden que yo me vaya de acá? La puerta esta echa mierda, no puedo dejar el departamento abierto. Esta mi vida acá adentro.

Continuará…

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