Mendoza Dixit – Capítulo 11: La noche recién comienza

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La noche citadina los cubría con su manto. Tres personas paradas en triangulo, una mirándose a la otra. Las tres con un sinfín de preguntas.

-Luna, perdón que te haya agarrado así, medio en bolas como decís vos y de sorpresa. Pero creeme que es muy complicado todo lo que ha pasado y está pasando. Necesito que me cuentes todo lo que sepas.- Tomás otra vez quebraba el silencio.

-No entiendo, te repito, no entiendo nada. No puedo contarte mucho. Ni siquiera sé como llegué acá.-

Luna respiraba con dificultad mientras hablaba. Si un médico hubiese tomado su presión arterial en ese momento, la hubiese encontrado por las nubes. No fue sino el Ruso quien se percató del estado de nerviosismo de la mujer, y antes de que alguno de los otros dos protagonistas dijera algo, se adelantó en las palabras:

-Luna, vamos al departamento de Tomás. Necesitas calmarte, tomar agua o algo.-

Esas palabras no hicieron más que alterar la confusión de la señorita. Empezó a transpirar de golpe; los ojos se le desorbitaron casi por completo, a la vez que giraba la cabeza horizontalmente de un lado a otro, con velocidad, encontrando en cada mirada los ojos de los dos hombres que tenía enfrente.

Tomás miró al Ruso, y pensando fuerte, como si el receptor pudiera captar el mensaje de sus ondas cerebrales, dijo: “¡¿Qué haces Ruso?! ¡Estás loco! A la mina le va a entrar pánico. Ni siquiera nos conoce y vos la invitas a un departamento”. Lo extraño fue que desde la otra parte hubo respuesta. Como si el Ruso hubiera leído la mente de Tomás, levantó los hombros y arqueó la boca en señal de disculpas, aceptando el error que había cometido minutos antes.

-Déjenme ir, por favor. Déjenme ir. No me hagan nada- Atinó a decir Luna mientras hacía fuerza para no llorar.

-No Luna, está bien, quedate tranquila. Está todo bien. Nos quedamos acá afuera, pero por favor no te vayas todavía. Dame un segundo. Contame algo, lo que sea.- le dijo Tomás alejándose un paso hacia atrás, mostrando su real inocencia. Entonces, como golpeado por la mejor de las ideas agregó:

–Ruso, por favor, anda a pedirle al portero un vaso con agua.-

Ni lerdo, ni perezoso, el Ruso corrió por la calle ahora desierta en dirección al pórtico central. Desde el otro extremo de la calle, Luna vio como el hombre de gran porte hablaba con un tercero, en este caso el portero; y de la nada se sintió un poco más aliviada. Había alguien ajeno a ellos dos que ahora sabía de su existencia, y eso, de una forma extraña, la relajaba.

El Ruso volvió a por ellos caminando a prisa. En su mano derecha holgaba el vaso de agua. En el fondo de la escena, apoyado en la entrada y mirando con cara de curiosidad y extrañeza; reposaba el portero.

-Toma flaca, te va a hacer bien.- El Ruso extendía el vaso de agua con la gentileza de un caballero de dorada armadura.

Tomás, que ya conocía a su amigo por demás, notaba que el Ruso había sido flechado por la belleza de tan semejante morocha. No pudo evitar sonreír a ver al grandote desesperarse por calmar a la mujer, como si acudiese al rescate. “¿Será que el amor adolescente vive hasta en los octogenarios?”, pensó.

-Gracias- dijo Luna. Y bebió un sorbo que parecía eterno.

-Luna, está bien. Entiendo que no te acuerdes de nada, pero ¿Podes contarme qué es lo último que te acordas?- Le dijo Tomás acercando nuevamente el paso que había alejado.

-Es todo muy confuso sinceramente, yo estaba con…con Mercedes. Si, Mercedes, mi amiga. Estábamos cenando en un restaurant, y después ella se levantó para ir al baño. Mercedes…sabrá ella que me fui. Tengo que llamarla, tengo que comunicarme con Mercedes. Tengo que ver que ella esté bien.- Mientras terminaba las últimas cinco palabras, metió su mano al bolsillo y rebuscó con desesperación. Lógicamente un teléfono era lo que buscaba. Y finalmente de su bolsillo, apareció el aparato.

-No prende, mi celular no prende.-Otra vez Luna empezaba a ponerse nerviosa. Pero el Ruso, en su dorada armadura, aparecía con la palabra justa para calmarla.

-Toma un trago más de agua, no te pongas nerviosa. Todo va a estar bien, seguro que tú amiga está bien y te está buscando.-

-Si, buscando. Eso. Yo estaba buscando algo en mi cartera mientras ella estaba en el baño, y un hombre se acercó a la mesa. No….no puedo….no puedo acordarme quien era, ni siquiera como lucía….no, no puedo.- levantó la mirada y buscó los ojos de sus oyentes, como intentando encontrar empatía. La cual sólo apareció en los ojos del Ruso.

-Luna, escuchame.-dijo Tomás -¿Dónde estabas? ¿Dónde era el restaurant?-

-El primero de la Arístides, a la izquierda, no sé bien como se llama. Es nuevo creo. Mercedes lo eligió. Necesito avisar que estoy bien. ¿Qué hora es?-

-Son las doce pasadas-

-Las doce…es tardísimo. Yo me junte con ella a las diez, no me acuerdo bien a qué hora perdí la memoria. Dios, estoy muy asustada ¿Me habrá hecho algo este hombre?-

Luna empezó a tiritar, casi a temblar. Su mente estaba dándole vueltas en todas direcciones y todas las conclusiones que sacaba eran trágicas.

-Tengo que irme, por favor, por favor, tengo que irme.- La voz de Luna aumentaba decibeles.

-Dame el número de tu amiga que la llamamos- El Ruso hablaba. El Ruso al rescate.

-No me lo sé ¿En qué parte del centro estoy? Ya sé donde estoy.- La mente de la mujer funcionaba así, sumida bajo un vaho de confusión y claridad. Una rueda de realidades donde estaba atrapada hacía ya varias horas.

-Te llamo a un taxi ¿Queres?- El bueno del Ruso…

-Si, por favor, tengo que ir a mi casa.-

Tomás le echó una mirada a su amigo, ambos hablaron nuevamente con la mente: Tomás le decía que no la dejara ir. El Ruso simplemente le respondía con insultos; cosas como: “No te das cuenta de que está en estado de shock, boludo.”

Alejando la mirada de Tomás –y dando por terminada la charla mental-, el Ruso sacó su teléfono celular y llamó a un taxi.

La escena de fondo se tornaba más oscura. La noche ya no los tapaba, los devoraba. Las personas no deambulaban ya por las calles. Incluso el mismísimo portero se había encerrado en la portería, olvidándose tal vez para siempre del vaso prestado para portar agua. Todo estaba más que confuso. Las cosas no hacían más que empeorar sobre el camino de Tomás Mendoza.

Los minutos que esperaron los pasaron como pudieron: Tomás estaba sentado en el cordón de la vereda. Sus pies ahora completamente sucios, se regodeaban sobre el frio cemento. Luna tenía la mirada en el horizonte, esperando el taxi. Y el Ruso intercambiaba miradas cruzadas con la mujer y con su celular. Lo que siguió a continuación, se veía venir.

-Disculpame Luna ¿No me das el número de tu celular? Digo, esto no es nada normal, y estoy más que seguro que vamos a tener que cruzarnos en algún momento. Ya sea porque vos nos vas a necesitar, o porque nosotros te vamos a necesitar.- El argumento del Ruso era más que convincente. Pero la decisión era sólo de la mujer.

Con la decisión tomada, el tiempo prosiguió. Otra vez, como tantas veces ese día. Un taxi apareció en la lejanía. Luna se acercó varios metros antes de que el taxi llegara ante ellos.

-Luna.- Dijo Tomás –Por favor, cuidate. Y cualquier cosa ya sabes dónde estamos. El Departamento es el 3º D.-

La mujer se subió al taxi y se marchó. Cuando estuvo a un par de metros de ellos, giró sobre el asiento y los miró. Finalmente la mirada reflejaba algo diferente. Tomás leyó agradecimiento. El Ruso leyó de nuevo empatía. Los dos estaban parados a la mitad de la calle, hombro con hombro. Nadie circulaba por los páramos cercanos, solamente el ruido del motor del taxi alejándose, irrumpía la calma de la noche.

-¿Ruso?- dijo Tomás mirando al horizonte.

-Ya se Tomi. Algo tenemos que hacer.- El Ruso le respondía con la mirada al mismo lugar.

La noche no había hecho más que empezar. Y el dúo de amigos, ya estaba preparado para lidiar con ella.

 

Continuará…

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