Mendoza Dixit – Capítulo 13: Nada es lo que parece

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Grandes paredes de vidrio -que servían en ambigüedad de puerta y ventanas- manifestaba la entrada de “La Fogata”. Una pequeña marquesina resaltaba hacia afuera, en ella se podía leer el nombre del lugar, escrita con una de esas tipografías de word que ya nadie usa. Todo eso denotaba los límites de lo que era la entrada al lugar: una puerta enorme de doble hoja. Cerrada. Todo estaba cerrado. Y apagado.

Delante del local, parados como dos niños frente al vidrio de una juguetería, se encontraban Tomás y el Ruso. Ambos se movían en varias direcciones, arqueando los hombros, apoyando las manos en el vidrio y acercando la cara a las ventanas, tanto como para que las narices golpearan el frio cristal.

-No se ve nada Ruso, acá no hay nadie.-

-No puede ser. En serio ¿Qué local en la Arístides está cerrado a esta hora?- refunfuñaba el Ruso, con las manos en la cintura.

-Qué queres hermano. No hay un mango en la calle…-

Y antes de que la charla se tornara seria y aburrida sobre economía, el Ruso actuó por instinto. Buscó en sus bolsillos una moneda. Una simple moneda que colocó entre su dedo índice y su dedo del medio, dejando un poco sobresalido apenas un cuarto de la misma. Se acercó a la puerta de vidrio, y golpeó. Utilizó la moneda para crear una resonancia estridente. Y lo logró. El eco de un golpe seco sonó estrepitoso en el interior, rompiendo el silencio de la noche.

-¡Para loco, vas a romper todo!- le gritó Tomás.

-Que se cague Tomi, ya me estoy poniendo los huevos de corbata.- le contestó de mala manera el Ruso, repitiendo el golpeteo contra los cristales.

Una pareja que iba por la calle de enfrente, apuró el paso al sentir los golpes. Un perro asustadizo se sintió ladrar en los fondos de alguna casona. Todo daba indicio de que los golpes eran efectivamente fuertes. Pero nada parecía inmutar el pernoctar de aquel lugar. O al menos eso reflejaban las caras de los dos amigos al notar que los golpes del Ruso contra los vidrios, no habían causado efecto alguno.

-Vamos Tomi…acá no hay nadie.- dijo el Ruso.

-¡Pará!- exclamó Tomás poniéndole una mano en el pecho al Ruso.

En el fondo del local, una pequeña y tenue luz se encendió. Y así también se encendían las expresiones faciales de los dos protagonistas.

Después de la luz, se vio una puerta -la más lejana- abrirse; y tras ella, aparecer una figura. Un hombre muy entrado en edad se acercaba a la entrada. La escena ahora era un figurín de alguna comedia nacional: Tomás y el Ruso parados como dos pequeños niños que llaman a la hora de la siesta en la casa de algún vecino porque su pelota ha caído en el patio. Así estaban parados, y así avanzaba el hombre.

A medida que se aproximaba, los rasgos de la cara del hombre del local se dejaban ver: era un anciano…o algún adulto con una vida complicada donde los años habían hecho estragos en su ser. De pelos revueltos canosos y barba de varios días haciendo tono al color, vestía una camisa a medio prender y un pantalón de fajina. Un anciano desalineado, eso se podría decir que era un perfecto sinónimo.

Se aproximó a la puerta con un manojo de llaves, y buscando exactamente la que abría, dejó que “La Fogata” viera el exterior por unos segundos.

-¡Qué mierda pasa acá!- Gritó el viejo mientras una de las hojas no terminaba de abrirse del todo –¡¿Quién mierda son ustedes y por qué golpean así?!-

Las expresiones del anciano (ambos habían llegado a la conclusión de que era un persona de la tercera edad, no cabía duda) eran de una rabia incontrolable. Expresiones que denotaban que si hubiese tenido unos años menos, hubiese caído a golpes de puños tanto para el Ruso, como a Tomás juntos. Expresiones que hicieron retroceder a los dos amigos, por lo menos unos tres pasos.

-Disculpe señor…no queríamos molestarlo…- dijo Tomás. Pero el anciano interrumpió.

-No me vengan con pelotudeces. Diganme ya que quieren… ¿Cómo van a golpear así? Podrían haber roto el vidrio. Más vale que sea importante.-

Los amigos se miraron por un instante, pero fue un instante donde entendieron que ya no debían guardar secreto alguno:

-Señor, discúlpenos. Es que estamos exasperados. En este lugar, esta noche, ocurrió un secuestro.- El Ruso hablaba con tanto dramatismo, que era merecedor de un Oscar.

Cuando el anciano escuchó la palabra “secuestro”, borró toda facción de enojo de su cara, y se transformó en una mezcla de incertidumbre y miedo. Las llaves que llevaba en la mano, empezaron a tintinear, señal de que los nervios de su mano se habían activado.

-¿Son…son policías?- dijo tiritando el anciano.

Otra vez, las miradas de los dos hombres se cruzaron, y entendieron que ante tal estado de nerviosismo por parte del tercero, podían hacerse pasar tranquilamente como oficiales de la ley. No era moralmente correcto, pero con esa charada tendrían acceso ilimitado en “La Fogata”.

El anciano se movió a un costado al escuchar la respuesta de los amigos. Y así, con sólo llamar a la puerta con una simple moneda, ambos se encontraron con el lugar completamente a su merced.

¿Por dónde empezar? El lugar parecía tener incontables rincones. Pero sobre todo ¿Qué debían buscar? Tomás y el Ruso caminaron con pasos sigilosos por todo el salón. Movían sillas, hurgaban el suelo. Se alumbraban como podían con sus teléfonos y aprovechaban las luces de la calle que se colaba por los cristales. Para colmo de males, por la pulcritud que el lugar mostraba, se podía adivinar que hacía menos de una hora que había sido limpiado.

Estuvieron 15 minutos caminando en círculos y mirando los lugares que ya habían mirado. Para abarcar más lugares se invertían los polos; cuando uno buscaba en el sur del lugar, el otro lo hacía en el norte. Cuando el otro estaba en el este, el contrario investigaba en el oeste. Miraron por sobre mirado. Pero el resultado fue el mismo en todos los casos: nada.

-Tomi, acá no hay un carajo…- dijo entre suspiros el Ruso.

-Parece que no hermano. Por lo menos acá en el salón no hay nada.- respondió Tomás sin ganas.

-Disculpen, pero yo tengo que hacer un llamado. Esto es muy raro y si viene algún dueño del lugar o algo, puedo tener problemas- era el anciano el que interrumpía a los dos sujetos. –Ustedes si quieren quédense buscando un poco más. Pero cuando vuelva, se van a tener que ir. Me están comprometiendo.- dicho esto, el viejo se marchó sin esperar respuesta. Se lo vio entrar a la piecita aquella donde se encendió la primera luz después del brusco llamado a la puerta por parte del Ruso.

-Che Tomi, este viejo ¿Qué onda?- preguntó el gran hombre.

-No se hermano, debe ser el sereno. Esta echo mierda. Me parece que va a ser mejor que nos vayamos-

-Ni en pedo- dijo con sigilo el Ruso –Voy a aprovechar que el viejo se fue y voy echarle una mirada a la cocina y esos lugares por ahí.-

-Bueno, fíjate. Yo me quedo un rato acá sentado, me está empezando a pesar el día.-

El Ruso se marchó caminando prácticamente en puntas de pie. Tomás apoyó la espalda con exageración sobre la silla, y levantando el cuello, dio un suspiro de cansancio mientras miraba el techo. El trajín del día se le estaba prendiendo a la espalda como una pesada mochila. Estaba empezando a cabecear de sueño, cuando un ruido fuerte lo asustó. Giró sentado como estaba, y buscó a su amigo. Este estaba paralizado atrás de la barra.

-¿Qué rompiste, pelotudo?- le preguntó eufórico pero en silencio, Tomás a su amigo.

-¡No fui yo, boludo. No fui yo!- contestó el amigo.

Las miradas de los dos se centraron en la piecita adonde el viejo había ingresado. Tomás se paró en el aire, y salió corriendo. Empujó la puerta y preguntó:

-Señor, permiso ¿Esta bien? Escuchamos un ruido-

Cuando la puerta se abrió en su totalidad, la luz dejó al descubierto una habitación. Pero completamente vacía. Sin rastros del anciano.

La habitación era la típica de una conserjería. Dos metros por tres que enloquecerían a cualquiera que pasara ahí más de 5 horas. Las paredes estaban repletas de posters añejos, excepto una de ellas que poseía un ventanal de esos que no se abren. Un ventanal ahora roto, causante del ruido sin ninguna duda y medio de escape del anciano, pero… ¿Escape de qué? Semblante a eso aparecía un televisor entrado en años frente a una silla que prometía incomodidad. Y finalmente, en un rincón, una pequeña mesa con una pila de revistas –en su mayoría pornográficas- desordenadas, un juego de mate, algunas herramientas y un teléfono. Un teléfono con el tubo descolgado. Un teléfono que emanaba una voz. Tomás acercó la oreja al tubo, más bien no lo levantó:

-Señor, señor…hola. No se mueva, la policía va para allá ¡Hola señor, señor!…-

Los ojos de Tomás Mendoza se desorbitaron. Levantó el tubo y colgó con violencia. Cuando se preparó para dar la vuelta y advertirle a su amigo, una oleada de viento se coló por el cristal roto, una oleada de viento que levantó las hojas de algunas revistas. Y entonces Tomás la vio: una cámara polaroid maltratada, y bajo la cámara, la misma fotografía que había conmovido a Tomás desde el principio: Aníbal, el dentista, abrazado a la misteriosa mujer. Y de fondo, más nítido que la primera vez que lo vieron: el hombre de atrás. Aquel que no pudieron divisar bien cuando los dos amigos se juntaron frente a la computadora.

-¡Adrián!- Tomás llamaba al Ruso por su nombre de pila. Los nervios reinaban su cuerpo. –¡Adrián, es el viejo! ¡Es el viejo!-

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