Mendoza Dixit – Capítulo 15: La abeja reina

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-¿Qué pensas hacer Tomi? No estarás pensando en ir a hablar con esta mina, ¿o sí?- preguntó el Ruso dirigiéndose a su amigo.

 

Las palabras sobraron cuando Tomás se paró del taburete en el que estaba sentado cercano a la barra, y puso los dos pies en el piso, pisando fuerte y firme como asegurando su acción.

-¿A dónde va este? Esta reventado, miralo.- se mofaba el barman.

Pero Tomás seguía haciendo oídos sordos a las frases que parecían largar al azar los otros dos protagonistas de la escena.

Con el primer paso se sintió cansado. Apretó los ojos fuertemente, agachó la cabeza y mientras apretaba su tabique con dos dedos de su mano, movió la cabeza de un lado a otro como queriendo sacarse el cansancio a las sacudidas. Estaba exhausto de una forma irremediable.

Con el segundo paso llego la visión interior: y es que antes de dar otro paso se observó a sí mismo. Estaba cubierto de tierra, desalineado y transpirado. Después de todo no venia derecho de la ducha, había estado en una persecución. Algo que no había hecho en toda su vida. Y presentarse ante un grupo de mujeres así, hecho una piltrafa, no es plan de ningún hombre por más problemas que tenga en la mochila. Pero no le importó. Había tenido la opción de quedarse en la barra hablando con Álex, pero prefirió encarar a la mujer que había golpeado su orgullo.

Dio un paso, y otro más. Y al quinto paso tambaleo en su eje. Pero aguantó, y siguió.

El grupo de cinco mujeres zumbaba como un panal de abejas asesinas. Todas hablaban al mismo tiempo y todas se entendían: una maravilla de la naturaleza. Martina estaba sentada en el medio de sus amigas, como si el destino hubiese dispuesto el escenario: la protagonista rodeada de un sequito, a la espera de la llegada del condenado. Y el condenado había llegado…

-Ahora decime que estoy rompiendo los huevos, o que estoy paranoico.- Dijo Tomás, irrumpiendo el zumbido de las abejas. Y acto seguido sacó la fotografía de su bolsillo y la arrojo a la mesa, justo en el medio, ante los ojos de la abeja reina.

Por los hombros de Tomás, se observaban los otros dos protagonistas. El Ruso se tapaba la cara, Álex estaba detenido en el tiempo con una copa en la mano.

Martina tardó en reconocer a su amante diurno:

-¿Tomás? ¿Sos vos? ¿Te paso un tren por encima, flaco?-

Las demás abejas del panal rieron cómplices.

Pero Tomás no reía. Tomás no emitía ningún gesto. Estaba cegado con la morocha del medio. Tenía el ceño fruncido y aguardaba todavía una respuesta coherente.

Martina entendió rápido que Tomás hablaba en serio, y tomó la foto con sus manos. La observó una y otra vez hasta que dijo:

-¿De dónde la sacaste? Te metiste a chorearla al consultorio, ¿verdad? Yo sabía que estabas medio loco, no sé porque curtimos esta mañana. Te juro que me arrepiento.-

Otra vez las abejas zánganos zumbaban por la gracia de la abeja reina. Pero Tomás no tardaría en acallar el zumbido. Sacando fuerzas de algún lugar escondido del alma, levantó la mano abierta por encima de su hombro derecho, y la bajó con la furia de un titán. El objetivo fue un golpe seco, fuerte y brusco en la mesa. Un golpe que hizo gritar a dos de las abejas, y saltar a las otras dos.

-Deja de romperme los huevos Martina. Decime quién mierda es esa mina- Tomás jamás había hablado con tanta seriedad en su vida.

El Ruso se había puesto de pie mirando alrededor, buscando quien sería el torpe en hacerse el valiente ante la actitud de su amigo. El bueno del Ruso…

Alex trataba de calmar al resto del bar que se había dado vuelta por el golpe:

-Sigan muchachos, acá no pasa nada. Una pelea de pareja nada más. Ahora lo van a hablar. Sigan, sigan.- decía sin convencerse ni a él mismo.

Tomás giró y vio a su amigo que le daba luz verde para seguir con la charla. La mente del Ruso decía: “Dale hermano, yo te cubro” y Tomás la había leído a la perfección.

Aprovechando el salto de dos de las abejas, Tomás se sentó en una de las sillas vacía. La que estaba pegada a Martina más precisamente. Viendo esa actitud, la abeja reina ordenó a su sequito dejarla sola un instante. Las zánganos obedecieron.

El bar había vuelto a la normalidad, aunque una que otra vista de reojo se posaba sobre la mesa de la “pareja”. Pero las miradas se disolvían cuando se encontraban con los ojos del Ruso, que cuidaba a su amigo como un león.

-Martina, creeme que no te busqué, que estoy acá de pura casualidad. Es más ¡Qué hombre quisiera buscar a una mujer después de las cosas que me dijiste por teléfono!- explicaba un poco más calmado Tomás.

-Ah sí, respecto a eso…- trató de explicar Martina. Pero Tomás interrumpió: -No importa. No es ese el tema. Necesito que me digas de verdad ¿Quién es la mina de la foto?-

Martina tomó la posta: -Tomás, la última vez que hablamos me dijiste que no me podías contar nada, que si me decías algo podía estar en peligro o no sé qué mierda. Y ahora venís con esta foto, preguntándome por una persona que vi una sola vez en mi vida.

-¡Conoces a la mina de la foto!- casi gritó Tomás.

-No me acuerdo como se llama. Pero decime que está pasando por favor. No entiendo nada. Te pregunto en serio, ¿Entraste a la oficina?-

-No estoy tan loco, Martina. Ganas no me faltaron, pero no estoy tan loco.-

-Sabes, le dije a Aníbal que lo buscabas- dijo Martina, y agregó: -No sé si te llamó alguna vez.-

-Si supieras Martina. Si supieras.- La cabeza de Tomás se agachó en un ángulo cerrado, y las manos se entrelazaron sobre la mesa.

Martina dejó la fotografía a un costado, y con su mano derecha agarró los nudillos entretejidos del hombre.

-Y, si vos me dejas, yo lo podría saber. Necesito saber de qué se trata si queres que te ayude, Tomás.- la voz de Martina ahora se había tornado dulce…hasta angelical.

La duda se apoderó de todo el cuerpo cansado de Tomás. Sin levantar la mirada, pero sintiendo el tacto de la fémina en sus manos, soltó una frase entre suspiros: -Sinceramente, ya no se qué hacer…-

Con la decisión tomada, Tomás levantó la cabeza. Juntó fuerzas y separó las manos, dejando que la mano de la mujer cayera suavemente sobre la mesa:

-Mira, Martina…-

El bar brillaba de luces aquella noche, pero los ojos de Tomás veían gris, ese gris que se ve cuando las pestañas se entrecierran delante de la pupila. De repente un sudor frio se apoderó primero de su espalda, después de su cuello y reventó en su nuca. Las manos le empezaron a tiritar y  los labios se enrollaban hacia atrás como una persiana americana. Tomás estaba cumpliendo con las probabilidades, y estaba desmayándose. El stress, las vivencias, el cansancio, los enigmas: todo un gran coctel que terminaba con un desmayo de gran nivel, con tiritones y todo.

Las luces de Tomás se pagaban mientras veía como todo el lugar giraba en una calesita infinita. Y antes de desplomarse al suelo, observó tres caras conocidas: Martina de frente, que gritaba asustada; El Ruso por atrás, que trataba de detener el desplomo de su amigo; y Álex a un costado, con los ojos desorbitados buscando ayuda. Después de eso, todo fue de color negro.

El mismo color vio cuando abrió los ojos. Sólo que ahora el color venía acompañado de silencio. Reconoció por tacto que estaba tirado en una cama. Intentó ponerse de pie, pero todavía no recuperaba fuerzas necesarias para las funciones motoras. Pero si tenía fuerza suficiente para hablar. Incluso gritar, que fue lo que finalmente hizo: -¡Hey! ¿Hay alguien?-

-Tranquilo, estas bien. Te desmayaste.- dijo una voz familiar. Una voz que reconoció de inmediato.

-¿En dónde estoy?- preguntó nuevamente. Pero esa pregunta era un poco más complicada de responder.

Continuará…

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