Mendoza Dixit – Capítulo 18: ¡Bang, bang! Estas acabado

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El bueno del Ruso se mantenía de buen humor después de haber cortado la conversación telefónica con su amigo. Es que hacía un par de horas que Tomás se había desmayado, y juntos los tres –él, Alex y Martina- habían decidido llevarlo al departamento de esta última para que se recomponga. Y hacía un instante también, que su amigo había despertado en un hogar extraño, y lo había llamado para avisar que todo estaba bien.

Paralelamente a lo que Martina y Tomás estuvieran haciendo en el departamento de la fémina, el Ruso continuaba con su vida normal. Bueno, decir normal es un simple formalismo, ya que la mente del Ruso –coprotagonista por fuerza mayor- también estaba inquieta con respecto a la historia vivida por Tomás.

Y con cada segundo libre de vida normal, aparecían los pensamientos. Y decir que el Ruso no pensaba en Luna en cada segundo libre que tenía, sería una mentira. La frágil y asustada mujer se había quedado guardada en la retina del gran hombre, y en cada sinapsis que recibía, aparecía Luna. Es que pasaba algo más allá de lo explicable, pero tampoco rosando lo inexplicable: el Ruso sin saberlo, estaba encontrándose con sentimientos que nunca había experimentado.

Lo que sucede es que el gran hombre siempre tuvo los papeles flojos si hablamos de amor. Él había abierto su corazón un par de veces, pero sólo obtuvo portazos como resultados. Dolido como estaba, juntó un poco del orgullo que no tenía y se juró no volver a amar. Por lo menos no forzar absolutamente nada. Dicha actitud lo había dotado de un gran sentido de la amistad, y una personalidad digna de ser estudiada por el mejor de los antropólogos. El Ruso era bueno, no era necesario decir más.

En la charla telefónica, su amigo le hizo saber que no necesitaba aún de su compañía. Señal que el Ruso logró interpretar a la perfección a sabiendas del ego dañado de Tomás. A raíz de estar desocupado, el grandote se dispuso a matar un poco el tiempo. Después de todo, merecía un descanso, es sabido que él también vivenciaba, en gran parte, la “aventura” de Tomás.

Se tiró en un desalineado sillón que servía a veces de cama de huéspedes, se quitó las zapatillas y se acomodó para dormir un buen rato. Pero no podía pegar un ojo. Luna estaba ahí, presente, mirándolo con la cabeza media volteada mientras el taxi se alejaba aquella noche de confusión.

Suspirando como un oso, se reincorporó. Las manos apretaban los cojines del sillón, mientras que la cabeza gacha buscaba la nada en el maltrecho suelo. Y de repente, la valentía estúpida. Esa valentía que nos hace cometer los más tontos de los actos. Esa valentía que no se piensa dos veces, porque si lo meditamos un poco más, descubriríamos la estupidez del acto. Esa clase de valentía es la que le brotó al Ruso como un escalofrío que empieza por la espalda y acaba en la nuca. La valentía de buscar su teléfono celular, marcar el número de Luna, y aguardar…aguardar la estupidez de un acto imbécil.

El segundo ring sirvió para despertar el letargo de sonsera del gran hombre. Como un niño asustado que marca el 911 para bromear, el Ruso cortó la llamada. Golpeó su frente con la palma de su mano desocupada, y dejó escapar un: “-¡¡Pero que flor de pelotudo!!-“ Se había dejado engañar por la falsa valentía. No, mejor dicho, se había dejado llevar por los sentimientos. La dulce condena de los sentimientos.

Se quedó un rato mirando la pantalla apagada de su teléfono personal, pero nada pasaba.

-Seguramente no alcanzó a entrar la llamada. Menos mal.- pensó.

Dejó el teléfono sobre una mesa, y se orientó a servirse algo para pasar el mal trago. Y el celular sonó.

Ver esos casi dos metros y 120 kg de persona paralizados, creaban la imagen perfecta de un titán petrificado. El Ruso no daba crédito a sus oídos. Así como no dio crédito a sus ojos cuando el identificador de llamadas mostraba el nombre: “Luna: llamando”. El teléfono volvió a timbrar.

El Ruso lo levantó, y esta vez juntando valentía –de la verdadera, no de la estúpida- apretó el botoncito verde.

-Hola- espantado pero ocultando bien el temor, hablaba el Ruso.

-Hola- dijo la mujer del otro lado de la línea. –Recibí una llamada de este número, pero no se quien sos.-

-Sí, disculpa, te llamé yo sin querer. O queriendo, bueno…la verdad no se.- Hasta aquí llegaba la máscara del Ruso.

-Pero ¿quién habla?-

-Soy el Ru… Adrián.- Obviamente, el Ruso había adoptado su apodo como primer nombre, cosa que la mujer no sabía –Soy Adrián, de la otra noche.-

-¿Adrián? No conozco ningún Adrián.-

Como una imagen capturada de un dibujo animado, el corazón del Ruso se rompía en mil pedazos. La mujer no lo registraba. Pero los verdaderos hombres mueren luchando, y el grandote no iba a ser la excepción. Es por eso que insistió:

-¿Te acordas la otra noche que fue muy extraña? ¿Qué apareciste sin saber cómo en el departamento de mi amigo? Yo te pedí tu número de teléfono y vos me lo diste.

-Sí, ahora me acuerdo. Como olvidarme de la otra noche, mi vida cambio después de aquella noche.- y sin dejar que el Ruso metiera bocado, Luna siguió hablando –Menos mal que llamaste, pensé que no iban a llamar, ya estaba pensando en ir al departamento aquel, pero tampoco me acordaba bien donde era.-

-Pero ¿Estas bien? ¿Necesitas algo?-

-La verdad no sé qué quiero.- la voz de la mujer se quebraba y daba lugar al llanto.

-Espera, tranquilízate Luna.- El gran hombre se había puesto nervioso. Había dejado de lado sus sentimientos y estaba tratando de hacer algo imposible: tranquilizar a alguien a través de un teléfono. –Contame que te pasa ¿Estas bien? ¿Te ha pasado algo?-

-No, no…- Luna casi no podía hablar –Estoy bien, pero…pero… –

-Tranquila Luna. Tranquila. Escuchame, dame la dirección donde estas y caigo.-

El Ruso sabía que lo que estaba pidiendo era algo muy complejo de aceptar. Después de todo era un perfecto extraño, en una de las situaciones más extrañas de la vida que le ha tocado vivir a cualquier persona. Pero valía la pena intentarlo, valía la pena ver si la mujer bajaba su guardia.

-Bueno, quédate tranquila por favor, cualquier cosa te vuelvo a llamar.- dijo el Ruso.

Un simple “-Bueno-“mezclado con llanto se escuchó del otro lado de la línea. Y un “-Chau-” manchado de lágrimas puso fin a la conversación.

El Ruso dejó el teléfono nuevamente sobre la mesa, y por unos instantes lo miró distante. Esperando que volviera a sonar. Pero eso no ocurrió.

Se apuró a la ducha para relajarse, pues la charla lo había dejado helado de nervios. Si había algo que el Ruso no soportaba era ver sufrir a alguien, y Luna denotaba sufrimiento en su voz.

El bueno del Ruso…

Cuando salió de la ducha, se cambió velozmente. Ya había tomado una decisión: Sabía que su amigo le había dicho que no lo buscara. Pero de esa charla habían pasado ya dos horas. Y ahora el Ruso tenía entre manos un problema grave, un problema que se llamaba Luna. Y era un problema que sin dudas necesitaba de Tomás para resolverse.

Se estaba terminando de cambiar cuando empezó a deambular nervioso por la habitación. Esas caminatas que lo hacen a uno rebotar contra las paredes. Sólo que en lugar de pared, el Ruso contaba con una ventana que daba a la calle. En una de esas vueltas de nervios que estaba transitando, el Ruso se detuvo en la ventana. Necesitaba contemplar la calle, ver que todo era real, que afuera la gente seguía viviendo sus vidas.

Pero si hubiese sabido que observaría lo que observó, el Ruso hubiese decidido mirar eternamente las paredes.

Desde el 4º C -el departamento del Ruso- había una buena vista de la calle. Una vista que reflejaba a un Renault 12 desvencijado estacionado con el motor encendido. Y desde ese Renault, asomado por el asiento del acompañante con un pie afuera y otro adentro, apoyado sobre el techo mirando fijo al Ruso, el “viejo de la fogata”. Esta vez la mirada del “viejo” no era una negativa, la expresión en su cara reflejaba regocijo. Ese regocijo malévolo. Ese regocijo que hizo que el “viejo” levantara la mano derecha, apuntara de canto hacia la ventana, cerrara los tres dedos inferiores y haciendo el gesto de un revolver con el pulgar levantado y el índice recto, “gatillara” dos veces en dirección al Ruso. Acto seguido, se subió al auto, y arrancaron.

El Ruso sintió como si una bala ficticia lo golpeara en el medio de la frente. Sintió el frio golpe de la muerte alcanzando su cerebro, matando su sistema nervioso central y dejándolo duro para siempre. Pero todo era un sentimiento, un asqueroso sentimiento provocado por el terror.

Se creyó aletargar una eternidad en ese dormitorio, pegado a la ventana. Hasta que la puerta sonó por tres golpes. Tres golpes acompañados de un pregón que lo hicieron volver en sí:

-Ruso, abrime soy yo, Tomás. Estoy con Martina. Necesitamos hablar.-

-To…Tomi ¡¡Tomás!!- el Ruso se despegaba de la ventana, pero porque estaba desmayándose. Los nervios le jugaban una mala pasada y hacían que sus funciones motoras se apagaran. Con el final de las fuerzas antes de caer al suelo, sólo alcanzó a gritar: -¡Tomás! ¡¡En la calle, el viejo, el Renault!!-

Atrás de la puerta, en el pasillo, todo era confusión para Tomás y para Martina. Confusión por los gritos del Ruso y por el golpe seco de un cuerpo que caía al suelo. Tomas se desesperó y sabía que,  sin duda alguna, debía resolver algo rápido e inmediatamente.

Continuará…

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