Mendoza Dixit – Capítulo 20: Serás prisionero de tus actos

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El timbre del portero sonó con un estrepitoso tintinear de campanas. Los dos amigos y la mujer saltaron en sus lugares. Llevaban más de una hora esperando por la llegada del cerrajero, y en todo el tiempo que había transcurrido, no habían mediado palabras. El ambiente era denso, sumido en una atmosfera de dudas y conclusiones sin bases.

El Ruso -que aún estaba con una mano en la nuca sobándose el golpe sufrido tras el desmallo- fue el que se apresuró al tubo del intercomunicador:

-Hola. Sí, es acá. Ahí le abro.-

Camino al exterior pasó por delante de los otros dos protagonistas. Apretó los labios mirando a Tomás, como respondiendo a una pregunta que su amigo nunca le formuló: “Si, es el cerrajero.” Y al pasar frente a Martina, sólo se dispuso a bajar la mirada.

Pronto en el departamento quedaron los dos amantes. A lo lejos se oía el dedo del ruso apretando un botón para llamar al ascensor hasta el cuarto piso.

-No me banca ¿Verdad?- La mujer pronunciaba las palabras con cierto temor, como si la pregunta hiriera a Tomás. Pero en realidad tenía más miedo de la respuesta que de otra cosa.

-No. Vah…sinceramente no sé. Es raro el Ruso. Es un tanto retraído pero es buena gente. Por ahí todavía no terminas de cerrarle del todo. No te preocupes por eso. Creo que hay muchas cosas más jodidas adelante nuestro.-

Martina bajó la vista. La respuesta, sin duda alguna, era lo que había dolido. Pero al mismo tiempo, Tomás miró más allá de aquella persona como amante por primera vez. La vio desnuda en su entereza, y algo adentro de él se encendió como una luz en la oscuridad. Se sintió confundido. Se sintió…

-Gente él es…- dijo el Ruso irrumpiendo por la puerta y señalando a un hombre que caminaba detrás de él.

-Ramón. El cerrajero.- terminó la frase el hombre nuevo de la escena; que ya miraba la cerradura con preocupación.

-Estem… como te dije por teléfono Ramón; tuvimos un problema de inseguridad, por lo visto alguien trató de entrar.- mentía el Ruso intentando explicar la situación de la puerta.

-Si, veo. Patadon que le metieron. La hicieron mierda.- Y ahí mismo agregó mirando a Martina –Disculpe señorita. Disculpe el lenguaje. Uno anda todo el día en la calle y se le pegan las malas palabras, vio.-

-No se preocupe Ramón, estoy acostumbrada- dijo la mujer.

-Bueno. Mire don Adrian. Le tengo una mala noticia- dijo Ramón, ahora de rodillas frente a la cerradura, refiriéndose al Ruso –Esta puerta no sirve más. La patada la quebró justó acá.- las manos del cerrajero apretaban el medio de la puerta, a la altura de la cerradura. –Y yo acá no puedo poner una cerradura nueva.-

El Ruso buscó los ojos de Tomás. Este sonreía con picardía.

-Tiene que haber tenido mucha fuerza la persona que la rompió, ¿verdad?- dijo Tomás en clara señal de poner un poco de humor a la situación que el cerrajero desconocía.

-No se crea- dijo Ramón –Cualquier boludo puede romper una puerta-

Martina soltó una risa. El Ruso la miró con cierto desdén, pero después se unió con una carcajada silenciosa. Tomás sintió el tiro por la culata.

-Lo que yo le aconsejo, es que pongamos unas de esas cerraduras pasador. Esas que tienen la llave como un fierrito redondo.- y Ramón dibujaba en el aíre la forma de la llave. –Con esas va a tirar por lo menos dos o tres días, hasta que cambie la puerta. Eso sí, no le conviene dejar mucho tiempo la casa sola. No es muy seguro que digamos.-

El Ruso se decidió rápido. Si no había otra opción para que los tres protagonistas fueran juntos a buscar a Luna, entonces la respuesta sería afirmativa.

-Bueno- aclaró Ramón –Yo voy a tener que ir hasta la cerrajería a buscar los errajes y un par de otras herramientas. Vuelvo en unos diez minutos ¿Me abre don Adrian?-

El gran hombre y el cerrajero se marcharon por la puerta principal.

-Martina ¿Estas bien?- Preguntó Tomas retomando la conversación anterior, cuando ambos se quedaron solos.

-Si. Es que tengo la cabeza a mil, no te preocupes ¿Vos? ¿Estas bien?-

-Sí, algo confundido no más. Sigo pensando que nos estamos metiendo cada vez más en algo que no se si podamos manejar. Trato de acallar las voces de la conciencia que me dicen que pare. Pero siempre que intento parar, algo pasa para que siga. Como si estuviera destinado a estar adonde estoy.-

-Te entiendo. Me pasa lo mismo a veces.- dijo la mujer –Por eso no te culpo por estar acá. Por haberme metido en este lindo quilombo.-

-Ni yo tampoco- dijo el Ruso que, otra vez, entraba a hurtadillas por la puerta principal.

Tomás Mendoza sonrió y agradeció con la cabeza. Sin pensarlo, se estaba liberando de una mochila muy pesada. Una mochila que había llenado con culpas.

Otro sonido irrumpió la habitación. El de un celular sonando. Era el móvil de Martina. Esta lo miró y moviendo el botoncito rojo para un costado, cortó la llamada.

-¿Quién era?- preguntó inquieto Tomás.

-Del consultorio, seguro quieren saber por qué no fui hoy a trabajar.-

Tomás cayó en la cuenta de que estaba en un día totalmente hábil. Era martes y eran las siete de la tarde. EL crepúsculo empezaba a acaecer y él casi no lo había notado.

-Perdón por arrastrarte hasta acá- dijo Tomás.

-Te dije que no te culpo.- y la mirada de la mujer, se encontró con la del Ruso – Que no te culpamos.- aclaró.

El gran hombre se alejó de la escena y se fue hasta la cocina. De allí volvió con algunos tentempiés. Él también se había olvidado de la hora y de lo poco que había comido en todo el día.

Los tres estaban terminándose los aperitivos, cuando el timbre de la entrada principal sonó.

-Habrá llegado Ramón y le abrieron la puerta de abajo.- comentó el Ruso.

Se paró y fue hasta la entrada donde la destrozada puerta cerraba con dificultad. Al abrir se encontró con la vecina del departamento contiguo, la anciana de la bata.

-¿Qué pasó vecina?- dijo el Ruso con un tono cansino.

-Disculpame Adrian. Pero no pude evitar escuchar que vino el cerrajero. Y que ustedes le decían al cerrajero que les habían entrado a robar.-

-Si…y ¿qué pasa?- hasta el más bueno de los hombres tiene un límite. Eso mostraba el Ruso en su voz.

-Que a mí me dijiste que te habías desmayado y que te habían ayudado tus amigos ¿En qué quedamos? Si hay un ladrón acá, quiero saberlo. Como parte del consorcio tengo que garantizar…-

-Mire doña Gutiérrez, no pasó nada malo. No se haga problema. Vuelva a su casa.- El Ruso estaba al límite de su paciencia.

Antes de que la mujer dijera algo, el timbre sonó. Esta vez era el portero. El cerrajero parecía haber vuelto.

Martina se paró rápido, y agarrando las llaves antes que Tomás, se apresuró a salir.

-Yo le abro a Ramón ¿Es esta de paletas grandes Ruso?- preguntaba la mujer por las llaves al gran hombre, mientras pasaba por el costado derecho de la chismosa colindante.

-Sí, esa.- dijo el Ruso que miraba con picardía como se retiraba la mujer con rumbo al ascensor. Sabía que Martina se alejaba del conventillo de la pesada vecina.

-Bueno, decime, Adrian ¿Qué pasó de verdad? Necesito…no. Exijo saber.

-Doña Gutiérrez, váyase para su casa. No me rompa las bolas. Acá no pasó nada.- La paciencia del Ruso dijo basta.

-¡Cómo me hablas así, insolente!- la anciana de la bata estaba desfigurada.

-Le hablo así por metida, déjeme de romper los huevos. Se rompió la puerta. Punto. Nadie le va a robar. No pasa nada. Vuelva a su casa, hágame el favor.- le dijo el Ruso a la mujer. Inmediatamente dio media vuelta dejando a la mujer parada sobre el marco de la puerta.

-¡Pendejo de mierda!- alcanzó a decir la mujer. Y fue lo último que dijo…

Tomás sonreía al ver a su amigo lidiando aún con la vecina. Pero la sonrisa se transformó en una mueca de pánico. Una mueca de pánico que el Ruso observo con miedo, y que lo hizo voltear para ver por qué su amigo había cambiado de actitud tan horrorosamente.

La vecina estaba aún en la puerta, pero se tambaleaba. Sus ojos emblanquecieron y los parpados empezaron a tiritar. De la comisura del labio, empezó a brotar un hilo de sangre tan carmesí y tan luminoso que parecía brillar. Las piernas se le vencieron, y cayó muerta. En la parte trasera de la cabeza, se observaba un orificio por donde a borbotones, brotaba sangre.

Firme detrás de ella estaba el viejo de “la fogata”. El viejo de la fotografía. Y en una mano sostenía un revolver silenciado que aún humeaba.

Tomás se había puesto de pie, el Ruso estaba a su lado. Ambos parados con las manos en alto, con expresiones de horror en sus ojos. Tomás observó de refilón por la ventana y vio estacionado abajo, en la entrada del edificio, al Renault 12 destartalado. Caminando hacia él, estaba un sujeto totalmente desconocido, arrastrando a Martina hacia el interior. Una Martina que luchaba con todas sus fuerzas para liberarse de las fauces de su captor.

El viejo de “la fogata” entró al Departamento. Los dos amigos retrocedieron hasta donde pudieron.

-Vos grandote, ayudame con esto- le dijo el viejo al Ruso, señalando a la mujer asesinada. Y agregó –Se metieron en lo que no se tenían que meter. Hasta acá llegaron pendejos. Vos flaquito –dijo el viejo refiriéndose a Tomás- No se te ocurra hacer nada porque boleteo a tu amigo y después te boleteo a vos.

El Ruso se acercó hasta la mujer desvanecida. Lloraba como un niño, pero en silencio. Tomás aprovecho a mirar para abajo por la ventana sólo un instante. Un instante que sirvió para observar al auto que capturaba a Martina, acelerar por una calle principal. En su mente se imaginó el grito ahogado de Martina, y se sintió enfermo.

Frente a él, entre arcadas, el Ruso cargaba por las piernas a la mujer; en tanto que el viejo de “la fogata” empujaba desde el hombro el cuerpo ya sin vida de la vecina.

Tomás notó ahí mismo, que el asesino había bajado la guardia. Y fueron en esas fracciones de segundo cuando miro a su alrededor y buscó una salida. Una salida que se presentaba en varias formas. Una salida que tenía que decidir con rapidez. Con la rapidez que una vida se acaba.

Continuará…