Mendoza Dixit – Capítulo 8: Hogar ¿dulce hogar?

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Tomás salió solo del departamento. Las luces de las calles empezaban a parpadear para encenderse, pues la oscuridad de una noche que venía, se estaba declarando reina de la ciudad. Las horas se habían consumido entre tantos sucesos vividos en tan poco tiempo, y eso en Tomás pesaba toneladas. Se lo notaba apagado, extenuado. Su cuerpo estaba maltrecho, tal vez por el stress, tal vez por llevar horas sin comer ni tomar nada. Hasta la barba parecía haberle crecido con aceleración sobrehumana en tan solo un par de horas.

“Necesitas un segundo aire” le había dicho el Ruso. Pero por más que Tomas lo pensara y repensara, sabía que eso iba a costarle a raudales.

Se quedó parado un rato en la puerta del desolado edifico, miró a la gente pasar un par de minutos. Con los ojos intentaba encontrarse en las sonrisas de los transeúntes, pero no podía. Tomás no sonreía. Estaba atrapado en ese su propio nudo. Ese del pecho, que aparece cuando la sugestión se convierte en acidez estomacal.

Finalmente dio un paso hacia adelante y empezó a caminar. Su destino: su hogar. Tal vez no había forma de tomarse un segundo aire, pero si había que -al menos- echarle combustible al cuerpo. Un poco de comida, un baño, un poco de sueño y si la mente se lo permitía, un poco de distracción también. Como un alma en pena atravesó la ciudad. No levantaba la mirada del suelo, pero… ¿Quién puede levantar la mirada cuando los problemas pesan sobre la nuca?

1

Le tomó no más de media hora llegar hasta su departamento. Algo céntrico y algo alejado estaba el 3º D del complejo edilicio que ahora llamaba su casa. Empujó la puerta principal con el hombro; recordó que hacia un tiempo que Roberto -el portero- no lubricaba las bisagras, por lo cual la puerta pesaba más de lo normal. Se acercó al buzón correspondiente a su departamento y se sorprendió de encontrar correspondencia. Sin mirar remitente, guardo bajo su brazo las tres cartas que lo tenían como destinatario.

Subió por las escaleras, no tenía ganas de esperar el ascensor. El sudor de la frente denotaba algo más que cansancio, pero poco le importaba: el segundo aire estaba empezando a notarse al llegar a la puerta de su departamento.

Hizo girar la llave dos veces, y se encontró cara a cara con el departamento de dos ambientes. Este no era un lujo, pero sí muy cómodo y sobre todo, perfectamente distribuido: un sillón al fondo se miraba en paralelo con un ventanal que servía de pared. Frente al sillón relucía una antigua tv de tubo catódico (no había mucho dinero para un led o un lcd). Una mesa circular se interponía entre el televisor y el sillón: he aquí el comedor. No había sillas. Extraño, pero a la vez espaciosamente agradable. La cocina de tres hornallas con un horno de dimensiones pequeñas estaba pegada a una mesada de mármol de no más de un metro. En la misma mesada aparecía la pileta con grifería. La heladera a un lado, apuntando contra el ventanal. Todo junto, pero todo irreprochablemente separado, como si una mano femenina hubiese sido la encargada de dejar todo en su lugar.

Desde la puerta de entrada, girando a la izquierda unos cinco pasos, uno se topaba con el baño. Muy holgado para las dimensiones que el departamento poseía. Dentro del baño, el orgullo de Tomás: una bañera. “-Nada de duchas pequeñas-” pensó Tomás cuando salió a alquilar departamento. Y ahí estaba. Una ducha enorme donde fácilmente cabían dos personas se le presentaba ante él. Frente al baño, girando 90 grados, estaba la habitación. No había mucho que decir de la habitación, una cama de plaza y media, postrada frente a un escritorio entrado en años. Sobre el escritorio, una laptop. A la izquierda de la cama, empotrado en la pared, un armario bastante espacioso para una sola persona.

Ese era el Departamento de Tomás, su refugio, su hogar.

Dejó las llaves y la correspondencia sobre la mesa circular, y sin pensarlo dos veces, caminó hasta su habitación para poner a cargar el teléfono, gran protagonista de las experiencias vividas en aquel día. Acto seguido, llegó al baño y puso el tapón en el desagote de la bañera. Abrió la canilla del agua caliente y se alejó, dejando que el agua llenara la bañadera. Prendió la tv en un canal aleatorio, no quería ver absolutamente nada, sólo quería escuchar voces para sentirse en compañía. Mientras dejaba el control remoto sobre la mesa, el estómago le rugió de forma tremenda, el hambre volvía a decir presente.

Se acercó a la heladera y al abrirla no encontró comida cocida alguna. Unos que otros ingredientes le permitían cocinarse algo, pero ¿Era este el momento de cocinar? La puerta se cerró y entre los imanes pegados en la heladera, observó con gusto el teléfono de su delivery predilecto.

Avanzó hasta la bañera y vio como el agua había tomado una capacidad importante. Con prisa, cerró el agua caliente. Fue hasta su habitación, se despojó de toda ropa y caminando pasos de costados para no pisar el frio suelo, llegó de un salto al agua.

2

Quedó tirado en un baño de inmersión por un cuarto de hora al menos, sin mover músculo alguno. Los primeros minutos no pensó en nada, se sintió aliviado de saber que el segundo aire estaba en su plenitud. Pero no tardó mucho en caer a la realidad: los últimos diez minutos, su mente creó extraños personajes y extrañas historias. En todas esas creaciones aparecía ella, la chica de la fotografía como la mujer en apuros, y aquel deformado fotógrafo del fondo, era el villano. Lo extraño era que él también aparecía…en formato de salvador. Mil situaciones de la mujer en apuros, el villano y el benefactor se escaparon de su mente. Y en las mil situaciones, él fallaba y el ruin se quedaba con la mujer. Esto sin dudas lo alteró, por lo cual decidió salir de la bañera con antelación.

Una vez afuera, se secó por completo a excepción del cabello. Se puso la primera ropa interior que el cajón del armario le brindó, unos jeans y se tumbó sobre la cama. Los ojos le centellaron en sueño, pero el hambre era mayor al cansancio y se puso de pie casi al instante.

Mientras que la vista recorría a media luz la habitación, observó a su celular parpadear. Se acercó, lo tomó y se encontró con un mensaje de la compañía telefónica.

-Puto Movistar- dijo al aire.

Tocó botones para volver al menú principal, y al ver el ícono de la agenda, no pudo resistir la tentación. Tenía que llamar a Aníbal, tenía que probar.

Digitalizó su número, y el logotipo de llamada saliente entró en acción.

Sonó una vez.

Sonó dos veces.

Sonó una tercera vez.

-Hola, ¿Tomás?- la voz de Aníbal decía presente, finalmente.

-Hola Aníbal. Al fin, la puta madre-

-Escuchame, ¡¿Qué pasa que me llamaste tanto!?- el tono en la voz de Aníbal denotaba molestia.

-Sí, me cansé de llamarte. Si te cuento lo que me pasó…pero, vos algo sabes. Explicame Aníbal, ¿Cómo sabías que tenía que correr y escaparme de la casa?-

-De qué me estás hablando, Tomás ¿Estas drogado? Me destrozaste el teléfono a llamadas y cada vez que te atendía aparecían interferencias y estática. Al final me rompiste tanto las bolas que opté por no atenderte más.-

Tomás sintió que el nudo de su pecho se apretaba con la fuerza de un gigante.

-Pará, no me jodas. Me llamaste, me dijiste que corriera.- dijo Tomás moviendo los brazos al aire.

-Tomás, yo no hablé con vos en ningún momento. Me parece que se me pasó la mano con la anestesia y estas delirando un poco.- Aníbal ahora dejaba el tono de molestia y sacaba a relucir el mejor de los sarcasmos.

Silencio en la línea de ambas partes. El dentista no tenía nada que decir, y Tomás tenía tanto que decir que no sabía por dónde empezar.

-¿Estas bien? ¿Querés que llame a tu mamá?- El silencio había logrado alertar a Aníbal.

-Aníbal, escúchame…la foto. Esa foto que tenes en tu escritorio, esa con una…- La comunicación empezaba a cortarse y Tomás no podía terminar la frase.

-Hola…¡HOLA!…Tomás…¡Hola!-

Tomás sabía que esto era algo ya normal. Algo o alguien interrumpían la línea telefónica cuando estaba a punto de dar un paso debelador.

Sin gastar fuerzas, Tomó miró el botón para cortar la comunicación, del otro lado la estática reinaba en la charla. Aproximó el dedo para dar fin, cuando la estática fue más fuerte que nunca. Deteniendo la acción, se acercó el teléfono al oído para escuchar de qué se trataba.

-….no abras. No lo hagas….- y la comunicación se cortó.

Una voz clara en el medio de las distorsiones telefónicas le daba una orden, otra vez. Y Tomás, otra vez aterrorizado, identificó la voz como la misma que le indicó correr de la casa abandonada.

Segundos después, la voz del televisor se vio interrumpida con tres golpes duros y seguros en la puerta de entrada. Alguien golpeaba. O peor aún, algo golpeaba.

3

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