Nuevos comienzos | Fin

– Tengo el corazón roto – le advirtió Anabella cuando yacían los dos desnudos en la cama después de hacer el amor.

– Bella, ¿Quién no lo tiene roto en estos días? – Le respondió él, y luego la besó. Habían muchas cosas de las que ella estaba segura, pero Joaquín había llegado en el momento justo cuando necesitaba, más que nunca, escapar. Quizá así sería mejor, fuese lo que fuese.

Todo empezó, de a poco y lento. En la facultad se mandaban mensajes y se daban besos en los recreos. – Parecemos dos adolescentes – le dijo ella en el baño del tercer piso, mientras él le besaba el cuello.

Empezó a pasar el tiempo y, con ello su relación se fue haciendo más fuerte. No podían salir todos los fines de semana porque ambos estudiaban, pero quizá, la que más quería seguir había empezado a ser Anabella.

– El sábado no me podes decir que no – le dijo Joaquín por teléfono. – He planeado una noche muy buena, va a valer la pena – y ella, intrigada, le dijo que si.

Fueron a la nave cultural a ver un tributo a los Guns, banda que, a los dos, les gustaba mucho. En él solo de guitarra de “november rain” él le dió uno de los mejores besos que le habían dado en su vida, de esos más íntimos incluso, que muchas de las relaciones sexuales que ambos habían tenido en su vida.

Salieron los dos en un éxtasis, y se fueron a comer a un resto en la Arístides, con cerveza, como siempre, de por medio. Joaquín no dejaba de mirarla, con una mirada de quien te desnuda solo con verte, y cuando salieron de comer se fueron de la mano por la vereda, hacia el auto de Joaquín, que estaba estacionado solo a unas cuadras.

Se dirigieron a uno de esos lugares en donde el amor se paga por horas. Y cuando él la vio desnuda en la cama no se apresuró. Se dedicó, primero, a besarle cada uno de sus tatuajes en un ritual delicado, que incrementaba la pasión con cada roce de sus labios sobre su piel.

– Esta noche es de los dos – le susurró Joaquín al oído, para seguir besando su cuello.

Sus cuerpos, de pronto, se trenzaron en una danza hipnótica en donde eran uno del otro, y no hubieron en esa noche, amantes más apasionados que ellos dos.

Cuando él la dejó en su departamento pasadas unas cuantas horas, no se imaginó lo que iba a ocurrir. Se acostó a dormir, pero, una hora después su teléfono sonó, era un número privado. Algo en su interior le dijo que no atendiese, y no lo hizo, pero de pronto alguien tocó el timbre del departamento, y se fue a fijar quién era. Alguien, del otro lado de la puerta, intentaba abrir la cerradura con una llave que ya no andaba. En ese momento algo a Anabella le dijo que no abriese, que aquella persona pensase que no había nadie, pero no, ella abrió y se vio ahí de pronto con Matías.

– Cambiaste la cerradura – Le dijo él, visiblemente alterado.

– ¿Qué hacés vos acá? – Le respondió Anabella.

– Te extraño. Y si no me dejás pasar me voy a mandar cualquiera – le respondió.

– Vos acá ya no vales más, andate por ahí por favor, no estamos más juntos nosotros dos.

– Te vas a arrepentir de esto Anabella, vos seguís siendo mía – le dijo él.

– ¡Yo no soy ni tuya, ni de nadie, entendé eso de una vez! – Le dijo ella, e intentó cerrar la puerta pero él le puso un pie entremedio que se trabó y dejó la puerta abierta. Y cuando él empujó la puerta para terminar de abrirla y tiró a Anabella al piso, ahí fue que ella sintió una puntada de dolor en el muslo derecho.

– ¡Si no sos mía no vas a ser de nadie! ¡Entendé eso! – Le gritó Matías en una ira que le puso rojos los ojos, se le abalanzó y empezó a asestarle puñaladas en los brazos y un tajo en la cara. En ese momento mientras ella luchaba para que él se le saliera de encima, unos vecinos que volvían de bailar los vieron y los separaron. Ella se desmayó.

Se despertó en el hospital, con vendas alrededor de sus piernas, y una que le cubría la cabeza y parte de la mejilla de forma circular. Y a su lado, Joaquín sentado dormitando. Le dolía todo el cuerpo.

– ¡Estoy horrible así! – Se dijo a sí misma y se largó a llorar de la impotencia que le generaba que ahora llevaría marcas espantosas por un psicópata que no podía aceptar que la relación se había terminado.

Y, cómo leyéndole la mente, Joaquín se despertó, y le dio un beso suavemente en los labios. – No, no te voy a dejar así por tener marcas en la piel. Todos tenemos marcas, pero lo que vivimos la otra noche no lo he vivido nunca con nadie más. Esto es real. Y quiero que veamos a donde nos lleva, sin poner nombres, trabas, ataduras, sino simplemente sentirnos libres de estar juntos. ¿Qué te parece?

– Así y todo, ¿Cómo estoy ahora? – Le dijo ella mientras que algunas lágrimas terminaban de caer por sus mejillas

– Te voy a decir un secreto. Esto que siento va más allá de las apariencias físicas. Porque lo nuestro, si es que se le puede decir así por ahora, no tiene que ver con la apariencia. Los mejores momentos se viven con los ojos cerrados. – Y, acto seguido le volvió a dar un beso, solo que esta vez fue más profundo.

Era el comienzo. Un nuevo comienzo que se veía calmo, y, sobretodo, lleno de esperanza.

FIN