¿Opinión? ¡Opinión! Cállense ya, tanto opinar

Se me hace la boca agua. ¡Menudo festín me voy a comer a parloteos! Me froto las manos como las moscas las patas cuando ven un cúmulo de porquería. Escúchenme, mercedes mías, que los deleitaré con la más deliciosa de las opiniones; esto es, la más verdadera, la más vitoreable, sí, esa que aplaudirán y la que los llevará a votar en las elecciones generales convencidísimos del éxito más distinguido. ¡Oigan! ¡Óiganme! Aquí viene, ¡celebren! Abran paso, que por la alfombra roja se enseñorea frondosamente vestida la venerada Reina, la más elaborada de todas, respetable y honrosa, la más véritable et glamour, con todos ustedes, ¡voila! ¡Mi opinión! Oh, no, no, por favor, no aplaudan; ante todo doy a conocer mi humildad, ¿no la ven? Pues véanla, que la tengo y no precisamente escondida, observen ustedes con detenimiento. Pues mi opinión, no es otra que la que no se pueden imaginar, exacto, ¡esa! Esa que ustedes, mis queridos seres inferiores de poca merced, no pueden comprender. ¿Cuál si no? Sin duda, es esa apetitosa opinión de ensueño.

Mi opinión es para paladares maduros, Monseiour, quiero decir, paladares exquisitos, exquises. Oh, pero, ¡esperen! ¡Atendez-vous, mon Dieu! No quieran saber mi opinión tan a prisa, que las opiniones son como el vino, ¡le vin!, ¡Der Wein!, hay que saborearlo, paladearlo, analizarlo, ¿será amaderado, afrutado? ¿De qué tipo de uva estará hecho? Escúchenme reír, incultos, ¡desappris! ¿Qué sabrán ustedes? Seguro que aún siguen preguntándose de qué idioma me saqué der wein, y así seguirán si es que no lo han buscado en Google. ¡Mais bon sang! No me lo puedo creer, je ne peux pas y croire, I can´t believe it, fermentar con tanto ahínco una opinión para compartirla como perlas con los cerdos. No son meritorios ustedes de mi opinión, pero, como he dicho antes, soy de humilde linaje y de modesto corazón y, por lo tanto, desvelaré mi condescendiente misericordia y os revelaré mi tan refinada opinión. Y esta es, atiendan ustedes bien, pues no la repetiré, que… esto… pues eso, que… ¡Lléveme Dios con él! Y si no existe Dios, ¡que me lleven los demonios! Mil vueltas he dado por mi desértica mente y no se me ha ocurrido nada que decir. ¿Opinión? ¡Opinión! Cállense ya, tanto opinar.

Canallas, decid la verdad, y si no la decís, pensadla, ¿quién de vosotros opina con opinión? Muchos saldréis como las hormigas a manifestaros y contestar gritando «¡yo, yo! Yo opino con opinión», sin embargo, yo, os pondré en duda, os cuestionaré, no os creo, no. ¿Por qué? Con gusto os contesto. Por una simple razón, una razón incuestionable, una de esas razones irrefutables que solo los más cultos pueden soportar, aceptar y de la cual exculpar se; saben a lo que voy, ¿no?. Esta os la diré rápido, no os haré esperar. Cuando me meto en un debate, o cuando lo escucho, esto es lo que veo; un enjambre de termitas, insectos comejenes, que salen de un oscuro nido lleno de tortuosos y estrechos canales para devorar cualquier opinión o razón habida o por haber. Como dijo Larra, “una cosa aborrezco, pero de ganas, a saber: esos hombres naturalmente turbulentos que se alimentan de oposición, a quienes ningún Gobierno les gusta, […] hombres que no dan tiempo al tiempo, para quienes no hay ministro bueno, […] vaya usted a saber lo que quieren esos hombres. ¿No es un horror?”.

Canalla fue el primero, vaya usted a saber quién, que dijo “hablando se entiende la gente”, pues no conozco debate alguno en el que se entienda la gente. No conozco a gente alguna que se entienda, ni aun los entendidos se entienden. ¡Qué nos vamos a entender! Si hablamos sin opinión. Seamos honestos y reconozcamos que, la gran mayoría de las veces, nos inventamos nuestra opinión. Admitamos que, aunque cambiemos de opinión a mitad de conversación, somos tan toscos y orgullosos que preferimos anclarnos en el error que retractarnos y mudarnos al acierto. Señores, agachemos la cabeza y saquemos la verdad a la vista del Sol, pues el maldito, y que no se ofenda el Sol, todo lo ilumina; ¿quiénes de ustedes han asentido a todo lo que un hombre dice? Siempre hay una parte de una opinión que no se comparte, siempre. ¡No hay entendimiento, señores, no hay! No hay entendimiento porque no hay opiniones de verdad. Si hubiera opiniones de verdad todos nos entenderíamos, porque una opinión de verdad se prueba con hechos, se prueba con verdades, es decir, se prueba con entendimiento.

No confundan, vuestras mercedes, las opiniones con los gustos, pues los gustos no se debaten, se disfrutan. Aun así, ahí están las termitas debatiéndolos. ¿Por qué? Porque la gente no se entiende. Por eso, señores míos, antes de opinar, obtengamos una opinión. Que, ¿cómo se hace eso? Pues entendiendo, señores, entendiendo. Y, ¿cómo se entiende? Pues escuchando, señores, escuchando a la gente. Ahora, no se atreva a preguntarme que cómo se escucha, que, si no, yo, levantando la mano, le contestaré que se vaya usted a paseo. Una cosa digo, eso sí, antes de cerrar este escrito; esto es que no se enojen ustedes, por favor, que hablando se entiende la gente.

ETIQUETAS: