Paraíso: El Asesino

Las ganas de volver al pueblo nunca habían coincidido con las posibilidades concretas de hacerlo, para Víctor. Su buena posición laboral, la valorización de sus conocimientos en el exterior y algún romance frustrado, eran excusas para socavar sus intentos por emprender el regreso. En la ventanilla del avión que lo traía de vuelta a casa se proyectaban, perdidos, difusos, diez años de recuerdos.

–…En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo…–agradeció ni bien detuvo su marcha el Boeing 737-700 de Aerolíneas Argentinas-. Amén.

Si bien el vuelo había sido tranquilo, no era de los que disfrutaban de viajar en avión; aunque la suma de millas, producto de su profesión, lo habían habituado a un clima poco feliz para él.

–¿Y, Diéguez, tiene en qué ir a la ciudad? –le dijo, en un castellano afrancesado, un hombre, mientras esperaba el equipaje en la sala de pre embarque.

Éste había viajado desde Madrid, a su lado, junto a su novia, una muchacha veinte años menor que él. Quizás aquello fuera lo único incómodo en gran parte del vuelo. Las muestras de afecto, en exceso, por parte de la pareja, obligaron incluso a que la azafata les llamara la atención ante las quejas de algunos pasajeros. Lejos de aceptarlo, las caricias y sonidos sigilosos continuaron sin ningún tipo de estupor. Víctor no tuvo más remedio que recurrir a su iPod para alejar de su mente lo que ocurría a su lado, sin mayor fortuna en el cuerpo…

–Sí, Claude, me viene a buscar un familiar, le agradezco. –sintetizó, tajante.
–OK. –contestó entendiendo la distancia, el francés. Le hizo un gesto con la palma de su mano para que esperara un instante; sacó una tarjeta del bolsillo interno de su saco gris plata y, sin éxito, siguió buscando en los demás –Sam… Samantha –exclamó, subiendo el tono, hacia las espaldas de Víctor; quien los observó atento encontrarse.

Dijeron algo, se besaron y volvió, nuevamente, el francés a su lado.

–Disculpa, no he encontrado mi bolígrafo; quería dejarte mi número de móvil personal por si puedes ayudarme con lo que te he comentado en el avión y la dirección donde pienso parar. Es intención mía invertir en viñedos, bodegas, y me ayudaría estar asesorado por alguien como tú, Ami.

Claude le entregó una tarjeta a la que, sin mirarla, guardó en un bolsillo trasero del jean. Uno de los mayores aprendizajes que había obtenido en el viejo continente, Víctor, era que, en materia de negocios, más allá de que la viabilidad de un proyecto fuera poco probable, nunca se debían cerrar las puertas; por lo que se mostró profesional, forzó una amable despedida y devolvió el gesto entregándole una identificación de las suyas. Tomó las maletas sin perder más tiempo y, tras despedirse inclinando su cabeza, apuró el tranco hacia la entrada principal del aeropuerto El Plumerillo.

Al tiempo que Claude leía el reverso de la tarjeta, lo observaba caminar minucioso, detallando en cada paso una idea. Contuvo una mueca amigable que delataron sus ojos, exhaló suave por la nariz y dio media vuelta hacia donde estaba su novia.

La posibilidad de que un familiar lo fuese a recibir al aeropuerto era una gran mentira… Su familiar nunca le perdonó el alejamiento durante esos años donde mas unidos habían estado luchando contra la enfermedad de su madre. Ni hablar cuando supieron que volvía justo cuando el dilema por la herencia estaba en puerta. Su regreso a Mendoza estaba teñido de sospechas.

Por entre la hendija de una puerta maciza apenas abierta, se dejaba ver la luz de la galería principal de la casona. Del lado de adentro, en la habitación principal y sobre el somier de dos plazas, yacía Víctor recostado sin siquiera quitarse la ropa. Estaba exhausto. Los nervios lo noqueaban cada vez que volaba; pero este era uno especial. Recuerdos que rodaban como bolas de fuego por su cabeza sin una salida de escape a la vista para encontrar una idea fresca… Hasta que decidió poner en blanco todo su contexto. Se irguió, apoyado en los brazos, y desató lentamente sus botas negras; marcó en el interno del inalámbrico un número y esperó.

–Susana… –refregó sus ojos con dos dedos–. Si…, bien, muy bien por suerte. Prepáreme, por favor, el baño que voy a tomar una ducha.

Acumuló la ropa sucia, transpirada por tantos nervios, a un costado del pasillo que comunicaba su habitación con el antebaño y se afeitó antes de ducharse, como le era costumbre.

–Señor Víctor –dijo Susana, tras la puerta.
–Si… –elevando sus cejas, sorprendido.
–Llegó una carpeta con la documentación que usted solicitó, con otras cajas más. Se las dejo en su habita…
–No, no… Déjelas ahí nomás –ordenó nervioso–. Y puede retirarse. Si necesito algo le llamo, Susana.

Suspiró mirándose atento en el espejo, mientras la caída de la ducha llenaba de espuma la tina; destapó una botella de agua mineral y la bebió hasta más de la mitad. Se sostuvo con ambas manos contra la mesada y dejó caer su cabeza lo más que pudo. Le crujieron todos los huesos a la altura del cuello. La toalla que llevaba en la cintura también sonó contra el parquet del piso.

De repente se le vinieron algunos recuerdos a la mente. Sintió que se relajaba por fin, que el día era uno de los casilleros tachados del almanaque y se entremezcló con la neblina de vapor. Sumergió los pies lentamente, sintiendo que el calor le caminaba como hormigas por las piernas… hasta que tocó fondo. Las imágenes no cesaban y encontraban la libertad que prestaba la voluntad de Víctor para ver, como si estuviese sucediendo, su último encuentro con Sofía.

Sometió un arrebato moral que quiso sembrar raciocinio en su cuerpo y se abocó simplemente a vivir lo que ocurría en su mente. El agua lo anestesió desde el abdomen hasta la ingle y en su mano derecha atrapó la dureza que lo ancló, otra vez. Caminó con las uñas contra la loza, se torció, se quebró y maldijo con ternura los movimientos que ya vertía en su entrepierna. El ahogo no tardó en llegar y como un cuchillo le arrancó desde la espalda la carne.

¨Tanto tiempo sin asesinarme de esta manera¨, pensó.

Respiró con miedo el aire que le había quitado el deseo y enlizó su pelo bajo el agua, sin soltarse, con dos dedos, la nariz.

Lejos del naufragio vivido una hora antes, se ponía al corriente con las demandas de las obligaciones, el enólogo. El esqueleto de una manzana verde y un puñado de uvas, su preferidas, alimentaban su vicio de comer sano; mientras sonaba de lleno Pearl Jam, en la casona.
–…Organizá una reunión con el abogado de ellos… para la semana que viene –ordenó por celular–. No quiero dejar pasar mucho tiempo porque en caliente van a querer cerrar algún trato.
Fruncía, inquieto, el seño. Dos uvas morían juntas en su garganta y con ellas nacía una idea. Del otro lado, su asesor legal.
–¡Me chupa un huevo si puedo tener más de lo que voy a terminar negociando! –Bramó y empinó un trago de Malbec de su autoría–. Me extraña, Carlos, conociéndome, ciertos… planteos de tu parte –con una mano en el aire, buscando un justificativo para lo que oía. El iPhone le vibro sobre la mesa–. Dame un minuto, me están llamando desde el del laburo. Hablamos, Carlos, pero sacate el cuervo que te corrompe, por un instante, si querés que sigamos trabajando juntos.

El teléfono no dejaba de saltar sobre el vidrio de una mesa de roble inglesa. El número le era desconocido, pero aún así decidió atender.

–Hable… –nadie contestó–. Hola… hola.
–¿Víctor?
–Sí, Víctor habla.

Del otro lado una voz femenina se entrecortaba, en suma con un delay que hacía imposible el diálogo; hasta que se cortó la comunicación. Al instante le llegó un mensaje de WhatsApp.

153590324
17:21
Tenemos una maleta equivocada que es suya, Víctor. Suponemos que usted tiene la mía. Samantha.

Dejó la copa en la mesa y fue hasta la sala de lavandería donde había dejado las maletas, Susana, y efectivamente, había una parecida, casi igual, a la suya. Buscó alguna identificación para saber de quien fuera, sin abrirla, pero nada. Amagó con el cierre y se detuvo al ver el seguro, con clave de acceso, en el reverso.

YO
17:38
Hola. Tengo una maleta negra, Troley. No es la mía, seguramente he tomado la equivocada.

 

153590324
17:45
¡Gracias a Dios! La combinación es 2714285. Por favor, dígame si en el bolsillo de adentro hay un sobre que dice ¨Claude¨. Él ha ido al aeropuerto desesperado y encontré justo una tarjeta con su nombre.

En cuanto comenzó a poner la clave le vibró nuevamente el teléfono. Era el número de Samantha, otra vez; pero casi tenía la clave puesta por lo que lo apoyó sobre un planchador y continuó hasta destrabar el seguro. La tapa rígida, del modelo más sofisticado de la marca, se deslizó suavemente sobre su brazo hasta abrirse por completo. Al tiempo que perdía equilibrio la maleta, cayendo muy cerca del lavarropa, desde adentro rodó un rollo pequeño de tela de razo, golpeó contra el suelo y giró, apenas, hasta tocar uno de sus pies. Víctor se agachó y lo tomó con la mano, suponiendo, pensando, rechazando cualquier tesis al respecto; sin demorarse desligó los dos trozos de cuero que encerraban al objeto tras la tela.

Tanteó, sobre la suavidad del razo, la consistencia gomosa del objeto. Destapó una parte y a continuación otra hasta dar con el tesoro en su interior. Los ojos del enólogo se dilataron como si estuviese oliendo ácido y, sujetándose en la pared, se hizo un paso largo hacia atrás. Un vibrador se encontraba en una de sus manos. Se sonrió mientras lo volvía a amarrar tal cual estaba.

Aún preso con la sorpresa, fue directo al bolsillo indicado en busca del sobre que, efectivamente, se hallaba allí. Casi encima de la maleta, despertó su interés en un pedazo de cuero que sobresalía por entre la ropa y se tentó a tomarlo. Y se dejó llevar. Y tras ese pedacito de cuero, que salía a medida que el tiraba, continuaba una varilla, también negra, de unos treinta centímetros de largo con un mango en el otro extremo.

–¡Fusta!–Señaló dándose dos golpes en la palma de la mano derecha– Interesante… –agregó mordiendo risas.
La luz intermitente, roja en su teléfono, lo alertó.
– Samantha –esbozó.

153590324
17:47
Perdón por lo que encuentres adentro. No le cuentes a Claude porque no me perdonaría. Necesito saber cuanto antes si traje ese sobre.

 

YO
18:03
Tengo en mis manos el sobre, quédese tranquila. Hoy mismo mando una persona para que intercambiemos equipaje. Saludos.

 

Continuará…

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