Paraíso: La Cava

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La geografía de Chacras de Coria se hidrataba con el agua que caía incesante. Su mix entre calles de asfalto y tierra, escondían cualquier referencia y en cada esquina renacía el cacheo para la siguiente cuadra. Ni pensar en consultarle a alguien. Una que otra luz de frente les recordaba que no estaban solos divagando por aquel barrio desierto. La sensación de estar pasando por el mismo lugar se repetía con cada viraje, mientras el sol cerraba su gas tras la cordillera de Los Andes.

–Con esta lluvia, imposible – dijo ofuscado–. Volvamos.

–Tenga paciencia, Señor, estamos cerca –tranquilizándolo, el chofer, mientras giraba a la izquierda al mando del Corolla perla.

Silvio observaba por su retrovisor cuán preocupado estaba el jefe.

–Las Acacias, Señor.

–Bien, es al 2.799 –con la ñata en el vidrio para ver mejor.

Una cortina de agua, de esas que solo el verano en Mendoza sabe pigmentar, los alejaba de la numeración de las casas.

–Frená acá –ordenó y bajó la ventanilla lo más que pudo, sin salpicarse–. No alcanzo a ver si es un nueve o un siete…

–Es un nueve, Señor –deseando que así fuera.

Al mismo tiempo desenfundó el paraguas y tiró de la manija de la puerta; aligeró su caminata para no mojarse, cuidadoso de algún resbalón, y esquivó charcos hasta que hizo pie en la vereda. Tres saltos más y se cobijó bajo el techo del hall de entrada. Era un nueve, efectivamente.

La lámpara de la entrada amagó con bostezar y desde el sur un refusiló anticipó al estruendo que trajo a continuación el viento. Chispeó y se apagó. Víctor sacó apurado el teléfono del bolsillo.

YO
19:38

Hola, estoy en la puerta. No funciona el timbre o se cortó la electricidad.

Su chofer lo conocía a la perfección. Un clima tormentoso como ese era, quizás, el mayor de los pánicos de los que padecía Víctor. Dudó entre regresar al Toyota o quedarse a esperar; si llamar por teléfono o… y se escuchó a lo lejos el ladrido de unos perros.

–¿Víctor? – del lado de adentro.

–Hola, si… Víctor.

Le cerradura giró y se abrió la puerta. Era Claude.

–Mil disculpas, Claude, tomé la male…

–Calla, hombre. A cualquiera puede pasarle. Entra.

–No, te agradezco. Estamos apurados por volv…

–Con esta tormenta ni lo sueñes –interrumpió otra vez el francés.

Su imagen atemorizaba por sí sola. Porte esbelto, voz tajante, y la manera imperativa con la que lanzaba sus comentarios. El señor Diéguez hizo un ademan con la mano al chofer para que bajase la maleta, intentando distraer la oferta de Claude. Este se sacudía como un perro el cabello haciendo una cascada sobre su torso desnudo.

–…pero Ami, así no pueden regresar. Séquense al menos –cada vez más insistente.

–En otro momento –contestó al tiempo que estalló otro trueno, golpeándole el pecho, y apretó sus puños contra la espalda de Silvio que se ubicaba, ahora, entre el anfitrión y su jefe.

Sosteniendo la puerta que empujaba el viento, Claude observó cómo Silvio le esquivaba la mirada; entendió que estaba siendo inoportuno por lo que entró pisando el césped descalzo. Sin demora volvió con la maleta y dos toallas. Los observó subirse al auto, otra vez, inmóvil, intentando descifrar algo de este hombre que se rehusaba en dejarle un mero espacio de arribo. El auto no se movía. Aceleraba a fondo pero ni un solo metro avanzaba. Desde atrás, para todos lados, saltaba barro al tiempo que Bernard se acercaba para darles una mano.

–Está atascado –le dijo por la ventanilla a Víctor –. Cuando diga «ahora», acelera; voy a intentar poner algo por debajo de la rueda.
El Toyota estaba enterrado en uno de sus costados y a medida que aceleraba se anclaba aún más.

–¡Ahora!

No hubo caso. El enólogo ayudaba también a empujar, mientras el cielo parecía empecinarse en evitarlo. Los dos se estrujaban de barro, empapados, y poco veían con el viento que doblaba los árboles.

–¡Vamos adentro, Señor! –gritó el chofer mientras lo arrastraba de un brazo, Claude.

Corrieron, haciéndose visera con las manos, tras el rastro del francés que los guió hasta el interior de la mansión.

–Un toallón, Sami –dijo a su novia, ni bien entró –. Qué tormenta, Dieu.

En la media hora siguiente intentó, tozudo, Víctor, dar con alguien por celular para que lo vinieran a buscar; pero las líneas estaban colgadas. Decidió resignarse mientras tomaba una ducha caliente.

–¿Qué quiere hacer, Señor? –preguntó mientras su jefe acomodaba la ropa mojada sobre una silla.

–No sé, Silvio –observando lo que le había pasado Samantha, del francés, para que se cambiaran–. Tal vez debamos quedarnos y pasar la noche acá.

Cuando llegaron a la sala principal de la casa, se encontraron con que la mesa estaba servida.

–La comida está casi lista –apuró Samantha–. Perdón por lo poco elaborada, no esperaba gente a cenar hoy.

Una mujer les acercó una bandeja con algo de fiambre y pan. Uvas, queso y dulce. La mansión se teñía con velas. Los ventanales soplaban una suave brisa que flameaba levemente las cortinas, diluyendo, apenas, la humedad.

–Ella es Mayra, una amiga –dijo Claude que venía desde la cocina– En un rato va a estar la carne.

Durante la cena pudieron conocerse mejor. Víctor sintió cómo se aflojaban sus barreras introvertidas y se propuso disfrutar la noche. Silvio era un sabio en el arte de contar chistes, por lo que las risas marcaron el compás de la velada.

–¿Más vino?

–No, he tomado más de lo habitual –contestó el chofer al dueño de casa y se le acercó al oído a Víctor.

–No hay problema –señaló éste por lo bajo.

–Gracias por la comida, debo ir a descansar –los saludó uno por uno y se retiró. El día para Silvio llevaba más de veinticuatro horas frente al volante.

Mayra revolvió los hielos de la frapera y, metiendo la mano, acarició la botella de champagne que se hallaba adentro.

–A punto caramelo… –agregó sin quitarle la vista a Claude, que se ubicaba diametralmente opuesto.

–¿Hasta cuándo pensás quedarte en Mendoza, Víctor? –mientras le servía en una copa espumante.

–Mirá, quiero ver la posibilidad de quedarme definitivamente… –notó cómo Samantha le acomodaba, por detrás, el pelo a Mayra, mientras ella, con su mano izquierda, le rascaba tímidamente la pierna que, desde su posición, podía ver el enólogo. Ambas lo observaban al detalle.

–… No depende de mí –sintetizó.

–¿Hay algo que pueda hacer para ayudarte? –hubo el silencio que duró el trago que Víctor le daba a su copa –Quizás no dependa de vos, pero pueda depender de mí. Voy a ser claro –encendió un cigarrillo–, Ami. Arranco el mes que viene con diez millones de dólares en el Valle de Uco. Para cerrar un acuerdo hoy, con tus hermanos, el dinero es importante. No me mires tan mal, Víctor, no soy un investigador privado ni nada que se le parezca; pero buscando referencias tuyas para hacerte una oferta me han contado, esta tarde, lo que te tiene preocupado.

El francés levantó la mano hacia donde estaban las mujeres, y éstas se retiraron sin comentarios del salón.

–No lo veas ahora –dijo pasándole, por sobre la mesa, un papel doblado a la mitad–, ni cuando llegues a tu habitación, ni siquiera mañana. Tienes asuntos mucho más importantes como lo es la familia; pero al despertar de la noche de mañana sabrás que aquí dentro se encuentra la razón para que dependa mucho más de mí, que de cualquier otro tu estadía en Argentina.

Víctor había pasado de la sorpresa a la intriga a medida que Claude hablaba; su tonada se tejía con cada palabra bordando una seducción tan pura como efectiva. Las manos le transpiraban al enólogo, como nunca antes. Sintió algo de miedo, trató de no aminorarse y aceptó la propuesta.

–Quiero que sepas que no existe la oferta perfecta para mí y si desisto, lo puedas aceptar –Claude no pudo ocultar la malicia que acompañaba con la sonrisa. Sintió que el chivo estaba enlazado.

A mil quilómetros por hora, suponía mientras caminaba rumbo a su habitación. Sacudiendo el papel lo acercó hasta su boca, al tiempo que estiraba las piernas por aquel el amplio pasillo circular que unía las distintas salas con las habitaciones. La mansión tenía un diseño confuso que muchos criticaban, pero cada rincón de la misma tenía su intención fundada. Como al mismo Engaño, había que conocerlo para entenderlo. Nada era azaroso en aquel lugar. Confundido, pensando en lo «otro», probó con una puerta que le respondió cerrada; dudó si se había pasado, o si debería haber girado a la izquierda luego de subir la escalera. Tanto dudó que se volvió hasta el salón principal.

Leyó en un cartel tallado sobre madera. Imaginó el dinero que una persona exuberante como Jean Claude Bernard podría tener encerrada en ese lugar y observó hacia ambos lados del pasillo si alguien lo veía. Le despertaba gran interés cada vez que visitaba una cava personal. Se tentó y empujó despacio la chapa maciza que se deslizó como un villar sobre el parquet. Dos metros cercados y un espejo en una de las paredes, hasta dar con una escalera, caracol, de hierro, iluminada en sus escalones de manera difusa. Saboreó las ganas de seguir y bajó lo más calmo que pudo. Casi llegaba a la parte donde el techo permite anticipar el lugar, cuando empezó a sonar un violín pausado, envolviendo por completo la atmósfera de aquel lugar. Continuó uno, dos y tres escalones más. El sitio lo extasió.

Era perfecto. Se ordenaba según los varietales y por bodegas; alto, cómodo por lo amplio. Paseó cercano a las botellas acomodadas contra las paredes, arrastrando una mano contra ellas, como quien acaricia el trigo en el campo. El violín no paraba de sonar. Detuvo la marcha en un juego de sillones individuales y se sentó; sobre la mesa una copa vacía y un destapador. Presumió que había sido demasiado rotundo con respecto a Claude y se echó hacia atrás posando sus pies sobre la mesita.

Casi acostado, el ángulo de visión le varió los grados suficientes para notar tras las botellas ciertos movimientos. La luz desde ese costado dejaba ver que la pared no era de material, sino que se trataba de un vidrio; que lo que en principio parecía una pintura era una imagen real de fondo. Acercó medio paso y otro entero, arrimó la cabeza entre dos botellas y se quedó tieso. Se adosó prácticamente a la estantería que aglomeraba el alcohol expuesto y no pudo dejar de gravar lo que sucedía tras ella.

Samantha besaba, sobre una cama, a Mayra, inmovilizada con brazaletes de sus manos contra el respaldar… En la boca una mordaza le impedía expresar claro lo que gruñía. Víctor sintió que debía irse, giró un poco y arrastró uno de los sillones que tenía encima. Se inmutó otra vez tras el ruido.

–Amor… –preguntó Samantha. Ambas miraban para el sector donde él estaba.

No tenía escapatoria. Samantha tomó la fusta y separó, con ella, las piernas de Mayra. Ninguna tenía ropa interior. Comenzó a lamer los pies, luego en las pantorrillas hasta llegar a los muslos… Víctor transpiraba todo lo que en la boca se le escurría. Siguió recorriéndola con la lengua hasta llegar a su entrepierna. Mayra bramó como pudo tirando de las amarras.

–¡Silencio! –contestó Samantha, dominante. Se quitó el corsé que llevaba puesto y aferró con otra cuerda sus manos –Si te resistes, llamaré al Amo –la escupió en la vagina y siguió lamiéndola sin reparar en los gemidos que, acostada, hacía su víctima.

Era suficiente para el señor Diéguez, se agachó y gateó hasta llegar a la escalera; escalo de a uno hasta el último peldaño, y salió desesperado por el pasillo. La puerta de al lado estaba abierta, era su habitación. Justo al lado de la Cava. Necesitaba aislarse.

–¿Todo bien? –escuchó desde la otra punta del pasillo. Era Claude que se acercaba para ser visto.

–Si…

–Mejor así… –extremadamente serio– Qué descanse, Diéguez –Víctor cerró con llave y se sentó en el suelo, donde durmió toda la noche.

Continuará…

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