Paraíso: Sofía y cía

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–Cuando gustes –le dijo Samantha, observándolo por sobre su hombro, montada en cuatro patas sobre alguien que no se dejaba ver, y sin más nada que una cadenita de la Virgen de Guadalupe sobre el cuello.

Desde una punta de la cama, examinaba Víctor cómo se mezclaban las sombras que unas treinta velas reflejaban en la pared del fondo. Comenzó a quitarse la camisa, mientras se sacaba con el taco, de un pie, el zapato del otro; y un botón más, al tiempo que la estiraba hacia afuera de su Levi´s gastado. No dejaba de observarlos. Sentía cuánto le sudaban las manos y la zona baja de su espalda, por sobre todo.

–El bóxer también… –dijo esa persona que no alcanzaba a distinguir, por entre un brazo y el cuerpo de Samantha. Le llamó la atención el tatuaje que tenía en una pierna.

El señor Diéguez respiró profundo. Se miró, y dudó. A las claras estaba que ¨lo¨ tenía en el clima justo para participar. Distinguió a un metro, sobre una mesa, tres vasos y una botella de whisky muy costosa; además de un par de cigarrillos armados para sonreír.

En el cenicero, el cementerio para otros tantos.

–Quizás sea mejor que te pongas esto –le dijo, pasándole un antifaz azul desde un costado, Mayra, como los que se utilizan para dormir–. Yo te ayudo –ubicándose a su espalda–, el mejor ojo es el del tacto para empezar caminar y el de la boca cuando se quiere correr, en estos casos. ¿Viste cómo los bebés cuando quieren reconocer algo? Bueno… igual.

Se entregó a las uñas largas de la señorita que lo rascaban por los hombros, incentivando su violencia, si es que hiciera falta, salpicándole la oreja con susurros, convidándole un trago bien helado de alcohol; se agacho, siempre por detrás, y lo desensilló del bóxer blanco que llevaba puesto. Cada bello de su cuerpo flameó. Lo inclinó sobre la cama y lo lamió sobre uno de sus glúteos, acercándose de a poco al sector donde se entrelazaban; lo mojó con la boca abierta y, al mismo tiempo, lo sostuvo con la mano entera por debajo. Diéguez se mordió el labio y respiró, por la nariz, el vaho que se cultivaba sobre el lecho. Finalmente lo liberó de manera suave al costado de los cuerpos y salió de la habitación con la ropa de Víctor, en sus brazos.

El enólogo no podía emitir sonidos. Sentía el movimiento que coincidía con los jadeos a su lado, entretanto se sostenía del abismo agarrado de la sábana.

–No te muevas –advirtió Samantha–. ¿Nervioso? –al oído– ¿Te gustó lo que viste en la Cava?

–Eh… Fue sin inten…

–¿Te gustó, SI o NO?… No tenés más que esas dos palabras –decretó con ternura.

–Si… –Samantha ya trepaba sobre él.

Alguien le ató las manos.

–Ahora lo vas a sufrir en carne propia, lindo –dijo asegurándose que no pudiera zafarse.

Lo beso apenas, sin rastros de saliva, e inició un movimiento suave con sus caderas sobre el miembro de Víctor, aumentando intensidad, frenando, volviendo a arrancar. No tan lejos se hoyó que la puerta se abría otra vez. La rubia se detuvo y se deslizó como una serpiente hacia adelante, convidándole de su humedad al rostro del señor Diéguez.

Saltó de repente hacia el costado y le arrancó el antifaz con furia. Ambos intercambiaron palabras con la mirada. Ella caminó en puntas hacia la parte más alejada de la cama y amagó con volver.

–No… no –dijo, pícara–. Quizás sea mejor si me aparto –y dirigió la vista hacia la entrada.

De espaldas y contra la puerta, la persona que no había distinguido en un comienzo. Una mujer trigueña, robusta, dibujada sobre una pierna con mariposas y espinas. Víctor sintió pánico, contrajo y estiró las amarras sin éxitos, y esperó. Ya era tarde para huir.

–¡Quieto! –exigió Samantha.

La mujer giró en su eje y caminó sosegada hacia él, con el pelo sobre los pechos, zarandeando los muslos, con los brazos en jarra, dio dos trancos y se abalanzó sobre la existencia del enólogo. Lo capturó con la parte interna de las piernas, incrustándole las uñas en el abdomen. A medida que se acercaba, su rostro tomaba nitidez para Víctor; hasta que la reconoció. Volvió la mirada a Samantha que desde un costado sonreía con goce y gritó para que lo desataran, para quitarse de encima a… Sofía, pero el cuerpo no le respondía. Estaba como anestesiado.

Un sonido lejano lo apartó nublándole la mente y despertó. Se encontraba en la habitación de la casona. Sobre la mesa de luz le avisaba la alarma del Rolex, como todos los días, que eran las ocho de la mañana. Sintió paz. Había tenido una pesadilla, otra con Sofía.

*    *    *

–Sucede algo, Señor –preguntó el chofer, mirándolo por el retrovisor.

–Estoy preocupado. Tengo un mensaje en el teléfono del Dr. López Rivera poco alentador. Han rechazado la oferta que les mandé por el negocio. Al parecer el administrador de la sucesión esta trenzado con los compradores.

Sofía y cía. lo aquejaban también.

–¿Qué piensa hacer?

–No lo sé. Por lo pronto vamos a ir a lo de López a plantear una estrategia.

–¿Hacemos la visita antes? –dudoso.

–Si –contestó Diéguez sin dejar de mirar por la ventana.

Las últimas veinticuatro horas habían tenido condimentos dispares, pero uno en especial lo seguía por cada escape a la vista de sus pensamientos. Sobre el asiento, a su lado, estaba el sobre con la oferta del señor Bernard. ¨No lo veas… ni siquiera mañana¨, le había dicho.

El teléfono de Silvio sonó insistentemente. Así un par de veces más.

–Atendé si es necesario, Silvio.

–Es mi esposa, le llamo en cuanto lleguemos.

Todos los días daba una pasadita por alguna iglesia cercana al lugar donde estuviera en ese momento para rezar, meditar, abstraerse y en cada visita procuraba acercar algunas flores a la Virgen. Estuvo unos minutos sentado, muy cercano a la imagen de Cristo crucificado que pendía sobre un margen lateral de esa humilde capilla. Se irguió cuando la brisa trajo consigo un perfume inconfundible y recorrió los pasillos como un peregrino, contando cada baldosa, disfrutando de la modestia con la que se la había adornado, hasta llegar a una puerta contigua que daba a un patiecito interno. Entró cautivado por los jazmines que, por la época, ya desfilaban sus vestidos blancos, aromatizando el clima que se vivía en el recinto.

Intentó comunicarse con el chofer para avisarle pero le daba ocupado todo el tiempo.

¨Se ha hecho tarde¨, pensó mientras miraba la hora. Una anciana le indicó la salida, por ese mismo jardín, parar al lado contrario donde había entrado. Bordeó una pared que giraba sobre la esquina y vio a lo lejos a Silvio que, apoyado en el auto, no paraba de hablar por teléfono. Justo frente a la entrada. Cuando estaba a unos metros, éste lo descubrió y, sorprendido, cortó rápidamente la llamada.

–Problemas… –consultó.

–No, era mi hermano que había llamado antes y…

–Pensé que era tu señora la que te llamaba.

–Si… también. Luego mi hermano, Germán –comentó mientras le cerraba la puerta al señor Diéguez.

*    *    *

–Si yo te pido que lleves dos ofertas por si la primera fracasa, no podés volverte con las manos vacías, Carlos –dijo Víctor en el despacho del Dr. López Rivera.

Había pasado casi una hora desde su visita a la capilla.

–No podemos quemar las naves en la primera batalla.

–¡Esa es la diferencia! No pretendo que esto sea una guerra. Te arreglé los honorarios de antemano justamente para eso, para que no hicieras una lucha interminable por guita con el abogado de ellos.

–¿Silvio? ¿Dónde está Silvio? –preocupado el abogado, observando por la puerta de vidrio que daba a una recepción.

–Le dije que fuera a almorzar.

–Pero te espera… –abriendo los ojos.

–Sí. Me vuelvo con él.

–OK. Te he pedido que no te muevas sin custodia, es peligroso. Mendoza se ha vuelto tierra de nadie y lo que sucedía antes en el conurbano bonaerense, solamente, ahora pasa en todos lados. Además desconfío de lo que tu familia sea capaz de hacer.

–Yo también; pero no solo de ellos. Hay varias cosas que me hacen ruido.

–¿Cómo qué? –echándose hacia atrás levemente.

–Dejá… Boludeces mías. Avancemos sobre el acuerdo.

El abogado aprovechó que Víctor abría el expediente y mandó un mensaje desde el teléfono, sin notar que éste, en el mismo instante,  y por debajo de la mesa, hacía lo propio con el suyo.

YO
13:27
Silvio, andá a almorzar. Me vuelvo con un custodio de López. Abrazo.

 

Continuará…

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