Fue Foul: Voz de Sirena

Después de las clases que me dio Traviata en el Club no pude negarme a invitar a la Elisa. Pienso que con demasiada premura el Tano me consiguió su teléfono y ahí me encontraba ahora yo, con el celular en la mano, el número ya anotado en la pantallita celeste y mi dedo a corta distancia del botón “send”. No podía apretar el botón, me daba terror. “Vous avez… fait… une pouliche” repetía mentalmente intentando recordar las frases en francés que me había impuesto el hijo de puta de Traviata. ¿Y si querían decir otra cosa? ¿Y si Traviata me estaba metiendo frases con malas palabras y guarangadas…? Bueno, guarangadas eran… Apreté el botón.

– ¿Hola? –respondió.

¡La flauta! ¡Qué linda voz tenía! Me había partido la cabeza. Era como escuchar la lluvia en un jardín de hortensias en flor. Su voz me animó más, me encantó su voz…

– ¿Hola? ¿Elisa? Soy Marc…

– No, no. No soy Elisa. Soy Jimena. Elisa se dejó el teléfono en casa. ¿Quién habla?

Jimenaylaput…! No lo podía creer. Me empezaron a temblar las piernas. Los muchachos no me prepararon para una circunstancia de este tipo.

– Je… ¿Jimena? Cómo estás.  No, yo… yo soy Marcos Valencia…, la llamaba a Elisa… ¿Sabés dónde la puedo ubicar?

– Elisa se fue a Córdoba, está en un seminario sobre las calidades diferenciadas del  espectro general en las tapitas de gaseosas. Si querés te paso el teléfono del seminario. La llamás y allá, por un altoparlante que hay en la sala, detienen la charla y le pasan tu mensaje…

– Ah, claro, no, no… No te preocupes…

– Pero mirá que no hay problema, ¿es por alguna monografía?

¿Monografía??? ¡Por Dior! ¡Si la Elisa no estuviese tan fuerte, es para tirarla al pozo de los cocodrilos!

– Por favor, no la molestes… yo… no, no era para un trabajo… este…

– ¡Qué raro! Porque este teléfono es solamente para sus temas laborales. Cuando alguien la llama para otra cosa se pone furiosa… ¿Marcos Valencia me dijiste que era tu nombre?

Listo. La cagué. Ya estaba esculpido mi nombre en su libretita forrada en papel araña donde anota a los forros que llaman a su teléfono con la atrevida intención de querer cogérsela. Estaba listo.

– Sí, este… mirá… no, no la llamo por un trabajo, este… ¿Vos no sabés si ella tiene mi lapicera Mont Blanc? La perdí en un seminario sobre las extrañas pigmentaciones que presentan los renacuajos que nacen sordos y…

– ¿La pigmentación del cuero del ganado vacuno en tiempos de Luis XIV?

– Este… sí, sí, ese. Me confundí porque después hubo uno sobre los renacuajos… ¡Ahhh! Claro, entonces ahí la perdí. Bueno, me equivoqué de seminario, je, je… Bueno, Jim…

– A ver… esperá. Acá está –dijo Jimena sin dudar.

– ¿Cómo que ahí está?

– Sí, acá la tengo. Porque cuando vino Elisa a casa, que se olvidó sus cosas, me comentó que había encontrado una Mont Blanc, y no cualquiera tiene una Mont Blanc, así que es la tuya. ¿Querés venir a buscarla ahora?

– Es que no creo que sea la mía…

– ¿No me decís que perdiste una?

– No, no, sí, sí, claro, pero…

– Acá está, ¿pasás ahora?

– Bueno, es que yo…

– Pasate en veinte minutos, que me estaba por meter a la ducha. Anotá: Almirante Probara… 467… 12vo B. Te espero, Marquitos…

El Marquitos me hizo picar los pies de los nervios. ¡No me había aprendido todavía las frases en francés! Aunque, bueno, eran para la Elisa… No tenía los forros colorados… Pero, ¡qué idea me estaba haciendo, por Dior! ¡Porque me dijo Marquitos yo ya me estaba haciendo la película de que me quería coger! ¡Qué imbécil que soy! Es que a veces ando tan caliente… Pero ¿qué iba a hacer con la Mont Blanc? Sale mil, mil doscientos… no puedo robar esa lapicera que es de otro pelotudo que ni sabe que tiene la estrategia perfecta a su favor… bueno, no debe saber frases en francés… No creo que cualquiera sepa frases en francés…

Busqué la dirección en la guía y… no. No… Vivía en el orto del mundo, a la izquierda. ¡Qué garrón! Volvió a sonar mi celular.

– ¿Hola? ¿Marquitos? –era la voz de Jimena.

– Sí, ¿Jimena?

– ¿Te molesta si te pido que pases por un almacén? Me harías un favor enorme.

A mí ya se me estaban yendo las ganas de la Elisa. Jimena era almíbar. Y estaba yendo a su casa, que estaba sola, que estaba por bañarse, que estaba…

– ¿Querés que lleve un vino y comemos algo? –se me cayó de la boca.

– Ah… Este… bueno, sí. Dale. Dale. Se conocen con Elisa, ¿no? ¿Son amigos? –preguntó cauta.

– No, no –la tranquilicé–. La conozco apenas. Solo su nombre, nada. Es más, ni me acuerdo la cara… Sé que va a algunos de los seminarios que voy yo…

– Ah… bueno… Bueno, dale. Venite.

Bajé y, sin dudar, fui al almacén de la otra cuadra que tiene el destacado galardón de ser el cuarto almacén más caro de América Latina, pero no tenía ganas de salir a buscar ofertas así que ahí fui. Caminé por la alfombra roja hasta las góndolas de los vinos y compré un vino de cincuenta pesos… a ochenta pesos. No importaba. Me iba a tomar el colectivo pero iba a llegar pasado mañana, y ni siquiera es coche-cama, así que elegí volver a invertir fuerte y me tomé un taxi. Cuando llegamos no sabía si pagar en efectivo o con cheque a treinta días. Pagué otro toco y llegué a la puerta. Una brisa un poco fría se llevaba el áurea hirviendo que emanaba de mi piel. Toqué el 12vo B.

– ¿Marquitos? Subí.

El ascensor era tan chiquito que mis huevos quedaron afuera y así subí, miedo, áurea hirviendo, vino de cincuenta y… ¡Los forros! Lareputísima… Abrí la puerta tijera del ascensor  que ya estaba en el piso 10 y toqué planta baja, pero al empezar a bajar, una canción, el canto de una sirena recitó “¿Marquitos? ¿Estás bajando?”, y otra vez abrir la puerta y volver a subir, me estaba esperando en el palier. Ya estaba jugado, después vería cómo lo manejaba al asunto.

Llegué, abrí la puerta y vi en el palier la puerta del B abierta. Mientras llegaba transpiraba pensando en que el único forro que llevaba era yo. Puse mi mejor sonrisa, aflojé mis hombros y crucé la puerta cerrándola a mis espaldas.

– ¿Jimena?

Y ahí la vi, envuelta en una toalla blanca, el pelo tomado por otra toalla naranja… Todavía no sabía si eran dos o seis toallas, la gorda se me abalanzó y me dio un abrazo que me hizo sonar la espalda. No lo podía creer. Cada tanto miraba los ochenta pesos que tenía metidos en esa botella de mierda y no lo podía creer. No me molestaba tanto que tenga dos veces mi cintura como la cara que llevaba adherida en la cabeza. Era algo espectral. ¡Cómo no lo pensé antes! ¡Por qué iba a ser linda una amiga d la Elisa, si esta andaba entre seminarios de quéseyocuanto…!

– Me encantó que seas tan atrevido, Marquitos…

Su voz era robada. No era de ella. Esa mujer jamás podía hablar así. Era tan linda su voz que cuando hablaba una parte de mí me perdonaba un poco.

– Le conté a Elisa de tu invitación…

– Y ¿qué te dijo? –ya estaba bloqueada cualquier intentona para con la Elisa.

– No sé, después me va a llamar. Le dejé un mensaje que se lo pasan por el altoparlante del seminario.

– ¿¿¿Con mi nombre???

– Claro, tontín…

Pensé en que por meses no debería ni jugar a la lotería. No podía ser que todo saliera tan mal. Nos sentamos en un sofá, que denotaba una existencia difícil y el límite de su vida útil, frente a la tele. Ella amagó a abrir la toalla entre sus piernas, pero instintivamente le coloqué dos almohadones y clavé los ojos a la pantalla.

– ¿La prendo? –me preguntó, y ahí noté que la tele estaba apagada.

– Sí, sí, dale.

Sonó el teléfono y era la Elisa. La risa de Jimena me parecía algo así como una sentencia. Todo estaba perdido. Cortó.

– ¡Me dijo la Elisa que te ubica! –dijo con una amplia sonrisa Jimena– ¡Pero no de los seminarios, sino de una fiesta en que te vio, y le pareciste muy atractivo! Me felicitó y me dijo que de ahora en adelante resignaba con tristeza el hecho de poder salir con vos… Lo resignaba para siempre –dijo y su sonrisa se abrió más, hasta mostrar la extraña curva que tomaba la dentadura dentro de su boca. Mi amargura era inmensa. ¡Cómo haría ahora para volver al Club…! Las frases en francés, la receta de las putas empanadas de humita que me costaron noventa choclos de mierda… Todo al carajo…

– Oíme, Jimena… No me siento bien…

– ¿Querés irte…? –preguntó con una seguridad impactante, y una penosa amargura en la voz, al punto que estuve a punto de mentirle… pero mi miseria fue más fuerte.

– Sí, Jimena. No me siento bien…

Sonó el teléfono, y Jimena, sin pronunciar palabra ni decir nada, se levantó a atender. Al rato, volvió.

– Marcos… decime una cosa… ¿de qué color es tu Mont Blanc…?

Uh… lo que me faltaba. ¡La Mont Blanc!

– B… bordó –arriesgué.

– ¿Bordó o colorada?

– Bueno, para mí siempre fue bordó, pero un amigo mío dice que es colorada…

– Colorada. Acaba de llamar otro tipo preguntando por su Mont Blanc, que dice que le prestó a Elisa en un debate sobre si la termocupla de las cocinas es cancerígena. Y dijo que era colorada.

– Ah, no, entonces es como te digo. Yo perdí mi Mont Blanc en el otro seminario…

– ¿Dónde fue el otro seminario…? –preguntó Jimena con la casi plena convicción de que me estaba por revelar como el peor pelotudo de todo el Cono Sur. No supe qué hacer. Miré para un lado, para el otro… arrugué la frente, saqué mis labios como haciendo la seña del dos, cerré los ojos y, llevando mis manos a la cara, rompí en una patética imitación de un llanto. Jimena, mujer, no se resistió y se acercó a mi lado.

– Marcos, ¿decime qué te pasa?

– Nnumdipriocups –sonaba mi voz filtrada entre mis dedos–, Jimena. Es que esa Mont Blanc era de mi tío abuelo Evolustaquio y la quería mucho… ¿quién será el ladrón que me la ha quitado de mis entrañas, de este mismo corazoncito que late llenito de tristeza…?

Me consoló como buena mujer que era y, con la dignidad y entereza femenina, que tenía como mayor virtud, me dio un beso en la frente y me dejó ir ya sin importarle el triste episodio que había protagonizado. Mientras cerraba la puerta del palier oí, con tremendo estupor, que decía por lo bajo…

– ¿Mensaje de Traviata? ¿Qué querrá mi primo ahora…?

Y cerró.

(Continuará…)

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