Sonrisas de Libertad – Cap. 5

Camina entre los arbustos de un campo virgen, haciendo a un lado y al otro el alto pastizal con su mano izquierda. La bicicleta negra le hace compañía en silencio. Debe ser tan raudo como pueda, la estrategia pasará por su astucia, para salir ilesos de la Villa.

La recuesta, escondida a las afueras de mi casa, piensa, duda, inhala y exhala dos veces, una vez más, cruje sus manos entrelazadas, toma un par de piedritas y salta la verja.

El segundo lanzamiento da en mi ventana. No pasa demasiado hasta que aparezco. Si, el brillo de la miel de sus ojos me recuerda instantáneamente, entre el escalofrió que lo recorre en segundos. Tan decidido en su porte, no hago más que regalarle sonrisas de libertad, tal vez dudó que aun lo esperase.

– ¿Estás lista? Hoy te cambia la vida para siempre –cede lo más fuerte que puede, entre sus manos haciendo de alta voz en su boca.

Mientras tomo algunas cosas, sale de la vista de mi ventana, agarra unos cuantos leños que mi padrastro siempre tiene al costado del horno de barro, se mueve como una gacela y atraviesa en el ventanal que sale a la galería, de la alcoba de mis padres, uno de los palos. Repite lo mismo en la cocina, y en el portón que da al patio externo del caserón.

“Estoy lista”, me cuenta mi conciencia. No puedo creerlo, cuando me toman de atrás de la cintura ferozmente, con la otra mano tapando mi boca. Dejo de respirar.

–Sentí un ruido –susurra su voz, sacando el hielo de mí sangre–. ¿Tenés algún diario íntimo, o un lugar donde anotés tus cosas personales? –Le señalo con la mirada, sobre la mesita de luz un cuadernito rojo, que en su última página escrita anoche tiene la palabra Juan.

Él lo abre, se frena en ese párrafo, sonríe sin quitar sus sentidos de la última frase y sin levantar la cabeza me hace un guiño encantador. Toma la pluma, el tintero, y me dicta unas cosas.

–Escribí con tus palabras lo que te voy a decir…

Luego lo sigo por la casa, en un momento pensé que nos fuéramos por donde vino el, pero no digo nada. Voy tras sus puntas de pie por el pasillo, llegamos a la cocina y me pregunta por las llaves del auto de mi padre, las agarra y las deja en el medio del mesón del comedor. Fuerza la cerradura de la puerta principal y saca  de la visagra la ventana de contigua, con el cuidado que un experto, pone la combinación para abrir una caja fuerte ajena.

Me sube de la cintura y me siento sobre ella. Salimos dejando todo tal cual estaba.

Contrariamente a lo que imaginaba, habíamos estábamos fuera en un abrir y cerrar de ojos. Busca su bicicleta que estaba oculta –Esperame cinco minuto, ¿sí? –Se sube y sale dejando marcas sobre la tierra unos veinte metros, frena, y subido, se adentra por el pastizal del campo vecino. Se me estruja la boca del estomago, no entiendo nada.

Cuatro minutos y medio pasan hasta que lo veo corriendo hacia mí, aguanto el llanto, y voy a chocarlo cuerpo a cuerpo. Mis piernas cuelgan, sus brazos tensos me hacen volar en el perfume que siento en su cuello.

–Esperemos que las huellas los dispersen un poco –dice como un zar de los escapes–, vamos que el tiempo nos persigue más que nadie.

Damos rienda suelta al galope de las piernas, la presión de su mano me da algo de seguridad, pero es inútil desviar el pensamiento de todo lo que vendrá. Entramos en el centro de la Villa, y nos dirigimos, ahora sin levantar la perdiz, a la estación de ferrocarriles.

Córdoba dormía toda.

Son aproximadamente las cuatro de la mañana, necesitamos tres horas más, hasta la llegada del próximo tren.

“La vida es una puerta abierta, que nos invita a cumplir nuestros anhelos, que nos ayuda a ser plenos, desde la felicidad resultante de seguir nuestros sueños. Nunca imagié que llegara este momento, conocer Buenos Aires y mucho menos con el hombre que quiero a mi lado, por siempre”. Me había redactado Juan, aunque el final había sido por mi cuenta.

– ¿Conocés Mendoza, Cecilia? –matiza con picardía, al tiempo que recorro con la mirada la sospecha de su trama, como cuando vas leyendo un libro y las ramas de la historia, nos permiten especular un poco.

–Solo la ciudad, fui cuando era pequeña con mis padres, para la época de la vendimia. Negocios de mi padrastro –al tiempo que apoyaba con nostalgia mi cabeza sobre la pared.

–Espero que te gusten las manzanas…

–Me encantan –incorporándome, ahora no le corro la vista, el me juega indiferencia, yo insisto.

–Mejor, porque Tunuyán nos espera con los brazos abiertos –hay orgullo en su última frase, ahora si descubro el canto de su tonada. Sin que le pregunte, me ilustra a pleno el pueblo ubicado a ochenta kilómetros al sur de Mendoza Capital, sobre el vino con especial acento, y en el naufragio del relato, me da asilo en las costas de la gesta Sanmartiniana.

Yo muero de amor entre anécdotas, planes y estrategias. Costumbres mendocinas, mates, payadas, gauchos e ideales. La marea del océano que eran sus conocimientos y su intelecto, derretían las pocas barreras que me impedían entregarme a sus ojos marrones.

En casa, mi madre grita desde mi habitación cerca de las seis de la mañana. Corre a buscar a mi padre y empieza la cacería. Las salidas se dificultan, los leños no ceden, la cerradura trabada termina de histerizarlos, al tiempo que mi padre destroza una silla contra el ventanal de la habitación.

Sale al patio y regresa a buscar la llave del auto, se arrodilla un segundo en medio de un dolor furioso en el pecho. Mamá revisa mi habitación y cajones, nota que no falta nada y toma mi diario del dorso. Lee rápidamente mis últimas letras y rompe en llanto.

Corre hasta mi padre, que se levanta justo en ese momento, le cuenta entre sus insultos a la madre de Juan, y miles de promesas letales. Toman las llaves y suben al auto.

No arranca, no responde a los intentos fallidos. Juan había hecho de las suyas por ahí, también.

Salen a la calle. – ¡Mirá esa huella, Carlos! –alerta mi madre. La siguen hasta los pastizales y se internan en el mismo. Cada vez necesitamos menos tiempo.

En la estación, Juan me mira extrañamente. No logro descifrarlo. Me transmite por primera vez una lluvia de dudas frías. La gente sube al tren, Mendoza en ese entonces era uno de los puntos que recorrían, los dieciséis mil kilómetros de vías que abrazaban al país. En la cola de ascenso, Juan me mira cien veces, sin dejarme hacer contacto directo.

Mete la mano al bolsillo de su camisa y saca un boleto. Antes de que respire brama…

–No dejes de confiar en mí mi vida, en Mendoza te va a esperar una mujer muy alta, de pelo blanco, Estela. Ella va a cuidarte hasta que nos volvamos a encontrar.

–¡No! –suelto y me niego desde lo más profundo–. Sin vos no me voy Juan. No, por favor… ¡No me hagas esto!

No hay vuelta atrás.

–Es imposible irnos juntos, tengo que hacer algunas cosas acá para mayor seguridad. –dice mientras el tren deslizaba nuestras manos alejándose, mis dedos no lo retienen, nos distanciamos en la marcha que se inicia.

Un metro, tres, ocho de distancia, estaba patitiesa. Juan reacciona, corre, corre, ¡corre…! …da un salto y se toma de la baranda de la subida. Me mira a centímetros, con mi pelo sobre su cara, y nos besamos como dos nenes sin pestañar, sin perder un instante de la despedida.

Se deja caer hacia atrás, y da un trote sobre la inercia. Subo los tres escalones, y viajo por un pasillo interminable hacia el final del tren. Pasan a mi lado asientos y personas, en una nube borrosa, hasta que doy con el vidrio del fondo. Atónitos se inundan nuestros lagrimales, estamos lejos otra vez…

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