Un camión en el colectivo

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Me crié entre libros de ciencia y pastillas DRF. El glamour era tema de los libros de los anaqueles que no solía revisar. Hasta que algo falló, el mundo se corrió, y quedé solito en la sociedad comunarda, entre “los de afuera de la biblioteca”. Al principio me sentí solo hasta que encontré un sitio, una identidad social, a la cual asistí y me afilié casi de inmediato. Nos llamaban “los nabos” y nos la pasábamos genial hablando de pensadores y ajedrecistas que opinaban desde la originalidad del problema de Fermat hasta lo escandaloso de que un átomo pretendiera la división.

Todo anduvo bárbaro, nos divertíamos a lo grande, hasta que un día… un día pasó lo que nunca dijo Fischer sobre el rey y la reina… se me paró. Y no fue en un trabajo práctico, ni en un ensayo de anatomía, sino que fue en el colectivo. Un momento trágico para mí ya que no conocía la manera de resolver la tesis. Una morocha sensacional subió al colectivo e hizo algo rarísimo que no correspondía al sexo femenino hasta donde yo conocía: me miró. Ahí supe que la mujer tiene varias miradas. El lector podrá decir que es evidente, pero no. Hay dos miradas que la mujer no usa, sino “aplica”. Esa mirada de la morocha cambió el humor del colectivo entero, ya que todos la mirábamos, todos notamos las hormonas salpicando el caño del techo, todos olvidamos la estación del año, pero ese haz tibio e invisible regó mis ojos.

Un negro tamaño placard me miró con desprecio y habló de una ley, la del embudo, que después de buscar horas en las leyes de Newton y Díaz Vélez, supe que era una ley que me cabía a la perfección. Había una ley sexual que me contenía ¡y yo no lo sabía! La morocha, metro sesenta y largos, pradera en sus ojos, labios de cereza, el pelo revuelto oscuro como el pecado, hombros desnudos y una remerita de rayas coloradas y blancas que se curvaban como ondas de radio sobre sus pechos, avanzó empujando a la gente (que se dejaba empujar feliz de la vida) hasta ponerse a mi lado.

En ese momento yo no entendí por qué no siguió de largo, ya que en el fondo había más lugar que en el medio del pasillo donde el placard moreno ocupaba tres cuartas partes de la torta del metro cuadrado en el que estábamos. Pero ella, mirándome, alimentando un rugido desconocido que empezaba a nacer dentro de mí (que yo pensé en ese momento que sería hambre porque había almorzado gomitas de menta nomás) giró y me regaló la exhibición más excepcional que ningún museo ni anticuario me había revelado: “el orto del día” (así lo llamó el tipo que se bajó conmigo al final del viaje). El pantalón estaba diseñado de manera tal que la Melpómene contemporánea pudiese caminar, lo cual ya era un espectáculo de la ingeniería moderna.

Después, lentamente, y a la vista de todos, empezó a retroceder. Era asombroso. Su movimiento era lento, pero sin pausa. Todos mirábamos ese culo que, marcha atrás, se movía con la suavidad del talco decantando en el aire. Alguien me codeó “flaco, te quiere apoyar el culo”. ¿Cómo me iba a querer apoyar el culo? ¿¿¿Para qué???, pensé, hasta que, como un crucero monumental toca el muelle y lo sigue tocando, el culo rozó primero, presionó un poco más después, hasta que lo sentí hundirse en mi… bueno, en ese momento lo llamaba “el cosito ese”.

Desesperado empecé a descubrir que el cosito ese, como si estuviese bajo la acción del Abtronic del Llame Ya, empezó a corporizarse, a tomar forma, la sorpresa era la misma que si me hubiese crecido una melena de sesenta centímetros en menos de un minuto!! El corazón empezó a latir como si nos fuésemos al descenso, comencé a transpirar lo que tomé en seis años, hasta que algo empezó a hacer gorgoritos en mis testículos, que hasta ese momento pensaba que eran la papada del cosito ese, y decidí escapar, huir, correr.

Las reuniones con mis amigos nabos ya no fueron iguales. Fischer nos explicaba cómo hacerle jaque mate al rey y yo solo buscaba sorprender a la reina, perdía siempre. Empecé a mirar las casas de ropa femenina, empecé a mirar a través de las vidrieras de las casas de ropa femenina,  salía de noche a cualquier parte con cualquier pretexto, hasta que se dio. Se dio como se dan todos los procesos sabios de la vida.

Se dio que en ese buscar “no sé qué” terminé anotándome en un curso para aprender a hacer flores de papel, donde había una rubia tetona que me reventaba la cabeza. El primer día, para mi sorpresa, participaban dos mujeres (la tetona y una pelirroja lavada que se había olvidado la calentura en alguna parte) y diecisiete varones. Cuando salimos con nuestras gardenias de papel manteca en la mano un tipo se me acercó y me dijo: “che, nos vamos todos al seminario de diseño de indumentaria que parece que hay como ocho minitas”.

Ahí, recién ahí, lo supe. Yo estaba caliente. Ardía. ¡Eso era lo que me pasaba! Después de varios cursos de encuadernación y velas aromáticas, entre los calentones más constantes nos hicimos amigos, y como ahora éramos amigos, organizamos un fútbol los miércoles. Y ahí, en esa canchita de fútbol, en esa llanura de pasto sintético y arboleda de alambre, entre cervezas y maní húmedo, aprendí todo lo que sé sobre las mujeres. Lo cual fuimos poniendo en práctica, desglosando en cada intentona los errores y los aciertos de cada enfrentamiento, y con las colaboraciones infaltables de Carozo, el del mostrador, Juani, el buscapelotas, y Teresa, la inmaculada moza que… que por fin me sacó de la academia de nabo y me metió en la tecnicatura de Calentón con Dignidad (título nacional).

El año pasado escribíamos:

Mendolotudo aconseja sobre hacer deportes extremos en la nieve