Preguntas sin respuestas aturden mi cabeza

Preguntas sin respuestas aturden mi cabeza. El cielo está nublado y no permite que la luz del sol llegue a mi ser.

Me siento…y pienso. Decido abrir ese baúl en el que durante mucho tiempo guardé «cosas»; como recuerdos, cartas viejas, fotos, instantes, momentos.

¿Te has sentido perdida, a la deriva, caminando sola hacia los costados?

¿Te has sentido encerrada en tus propias ideas, con miedo a cruzar la barrera?

¿Por qué…? Esa es mi pregunta hoy.

Por qué buscamos permanentemente el tan de moda «autoboicot»

¿Por qué no elegimos aquello que nos hace bien?

¿Por qué no hacemos aquello que sentimos?

¿Por qué no elaboramos los duelos de lo ya vivido y decidimos avanzar?

¿Por qué nos quedamos ahí?

¿Por qué decidimos callar?

¿Por qué releemos ese libro y no tomamos otro?

¿Por qué no escogemos la vereda del frente?

¿Por qué circulamos en el mismo sentido?

¿Por qué no soltamos las cadenas?

¿Por qué no decimos adiós?

¿Por qué no decimos «bienvenido»?

¿Por qué tenemos esa maldita manía de revolver la mierda vieja?

¿Por qué no decidimos hacer de cada día, El día?. Ojo y no voy a la trillada frase de «Vive tu día como si fuese el último». Puaj! me repugna ese dicho. Y no porque no lo crea fundamental para el vivir, sino porque para poder llegar a hacer eso, debemos replantearnos y preguntarnos todos estos por qué (y seguramente muchos más).

El tiempo pasa, las nubes van abriendo el paso. Y me animo a escuchar la respuesta.

MIEDO. Definido habitualmente como una emoción que vaticina peligro.

Pff… Fui neofóbica, soy hipocondríaca y le temo a los ovnis. Y descubrí que el miedo paraliza. Sólo ESO, paraliza.

Ahora, ¿Miedo a qué? un día leí que nadie le teme a lo desconocido, porque cualquier persona es capaz de conquistar lo que quiere y necesita. Sólo tememos perder aquello que tenemos.

Buscamos “autoboicotearnos”, por miedo a sufrir. Por temor a revivir ESA historia que nos dejó mal parados, intentando levantarnos.

No elegimos aquello que nos hace bien, por miedo a perderlo. “Nunca hubiese escogido tener algo que no soportara perder”.

Evitamos hacer aquello que sentimos, por temor a quedar al descubierto. Esta soy, esto doy. “Has conmigo lo que desees”.

No elaboramos los duelos de lo ya vivido porque tememos olvidar el aprendizaje de ello y tropezar con la misma piedra.

Nos quedamos ahí, por no ir más allá.

Decidimos callar, para no chocar.

Releemos ese libro y no tomamos otro, por miedo a reencontrarnos en otro personaje que, en ese maravilloso final, decide ir tras sus sueños.

No escogemos la vereda del frente, porque al desconocer lo que en ella sucede, podemos equivocarnos.

Circulamos en el mismo sentido, para no cruzarnos con nadie más.

No soltamos las cadenas, por miedo a que nos suelten alguna vez.

No decimos adiós, porque deseamos que no se vayan.

No decimos «bienvenido», porque sería una manera de exponernos. Y ¿Quién quiere exponerse a lo desconocido? Así, sin escudo, sin nada?

Tenemos esa maldita manía de revolver la mierda vieja, porque aún no pudimos aprender lo suficiente de eso.

No decidimos hacer de cada día, El día, por miedo. Miedo a decidir. Qué vereda tomar, qué recuerdos revivir, qué cadenas soltar, qué “Adiós” ya es necesario gritar…

Pero, ya ves. Es simple, la cabeza no puede desenrroscarse como una tapita de gaseosa; y el latido del corazón no puede callarse.

Sé, y lo sé, que da miedo. MUCHO miedo. Pero… y ¿Si nos animamos?, ¿Y si luchamos?, ¿Y si decidimos dejar de aletargar en nuestra propia vida?, ¿Y si decimos SI, convencidos de querer decirlo?, ¿Y si negamos, con su debida convicción?. ¿Y si nos agarramos fuerte de “Ella”, de mi Yo, de mi parte natural, de la que aún no logro censurar y asustar con los diarios y noticias?

No estaría nada mal… Quizás, lo que nos espere del otro lado, sea mucho más, mucho mejor.

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