Iván, el hombre bala | Cap 2

Fue la primera y única vez que hubo niebla en el pueblo de San Sixto, llenaba todo el espacio del poblado, entraba por debajo de las puertas, se metía en los bolsillos, descomponía los relojes a cuerda y se alojaba detrás de los ojos de las personas, Era indiscreta, invasiva e impertinente. El lugar elegido para el duelo era en las afueras del pueblo, antes de  la selva dorada, cerca del único río.

Las armas a usarse eran un par de pistolas Lefaucheux, propiedad del confitero del pueblo Don Manuel Astudillo, que se vino a América al ser echado por el gobierno de Franco por ser camisa negra. Las pistolas eran de 1882 y habían hecho la guerra en Japón, en la Patagonia y en algunas islas del Caribe. Se perdieron en el mundo hasta que las compraron en una casa de antigüedades de la Ciudad de Panamá, cerca del Canal. Las Lefaucheux  estaban latentes, aburridas, querían  salir del letargo, querían sentir sus vientres llenarse de fuego.

La niebla se ponía cada vez más densa, pesaba sobre los cuerpos, como si fuese una capa de lana blanca. Iván pensaba cómo poder zafar de la obligación moral del duelo, quería hacerlo de una manera que no fuese visto como un cobarde, pero no encontraba la forma. Sólo tenía la certeza de que ese era un pueblo habitado por fantasmas. Un lagarto rojo apareció entre la bruma, era pequeño, sacó su lengua y cazó a una mosca que gritó de miedo.

El padrino de duelo de Iván era Don César Huertas, un militar retirado que nunca tuvo un arma de fuego en sus manos  a pesar de haber tenido regimientos enteros bajo su mando. Era un asiduo concurrente al bar “El Marinero”, un recinto que usaba el eufemismo de bar porque en realidad era un cabaret. Luego de un rato llegó Renato Barrancas, vestido de un blanco impecable, tan blanco que hizo llorar a César Huertas, quien recordó a la nieve que vio una vez cuando era niño, en un sitio que no recordaba.

Renato Barrancas disparó primero, lo hizo  arteramente, fuera de las reglas. Su disparo rozó el hombro de Iván y la bala fue a alojarse en un árbol seco. Por su parte Iván se tomó unos segundos para disparar, apuntó al suelo y el proyectil zumbó entre las piernas de Renato Barrancas. Ahí fue cuando Iván tuvo la epifanía, el cañón humeante del arma le dio la imagen perfecta. El plan era sencillo y una estratagema disparatada, le pareció factible y totalmente realizable. Para ello necesitaba de la Lefaucheux, Nadie se percató de que guardaba la que usó mientras se alejaba rumbo al atardecer, caminando entre la niebla carnívora y saliendo indemne de ella.

Cuando regresó del duelo, Renato Barrancas se recluyó en su relojería por años, sobrevivió gracias a sus ahorros y a las viandas que le llevaban del bar “El Marinero”. Perdió su elegancia innata y la reemplazó por una bata de baño que no se sacó nunca. Se sintió un estúpido por mucho tiempo. Había dejado de tener sueños con su madre por el hecho de que no podía dormir, estaba días despierto para luego derrumbarse en el primer lugar que lo agarrase el desmayo del cansancio. Una noche azul  se encontró con el hecho de que no amaba locamente a Natalia Acevedo Gómez, solamente tenía una especie de obsesión antropófaga con ella, se sintió liberado del yugo de la atracción. Entonces levitó por toda la relojería hasta su dormitorio, se acicaló, se puso su mejor ropa y salió a caminar por el pueblo. Sin quererlo pasó por la pérgola y la encontró vacía de flores y de Natalia. Se sintió libre y sonrió por primera vez en su vida.

Natalia estaba perdida, los millones de rosas que se sentaba a mirar habían desaparecido, sólo quedaban sus espinas sobre el esqueleto que sostenían a los pétalos. Entonces la mujer vagó por el pueblo. Se dio cuenta, en un segundo azul, de que vivía y no respiraba solamente. Descubrió que también podía tener pensamientos, poseía la capacidad de hilar palabras en su mente para tener una idea. Se sorprendió de sí misma por su lucidez, el hecho de sentir el cordón umbilical todavía apretando su cuello la habían llevado a creer de que no tenia inteligencia. Aprendió a ver las cosas del mundo nuevamente. Preparó una maleta, con sólo lo indispensable y lo que se podía llegar a extrañar. Zarpó en un buque rumbo al mundo, rumbo a todo el mundo. Sonrío por primera vez en su vida.

Iván se sentó en la arena mustia de la playa desierta y se dispuso a llevar adelante su anhelo de salir de ese pueblo de mujeres fantasmas y duelos sin motivo, para volver a su circo, a su hogar, el único que había conocido en su vida. Durante el discurrir de su existencia había practicado varios oficios, había sido mago, payaso, equilibrista, hombre bala y el que lo ayudaría a realizar su deseo, contorsionista. Sus huesos crujieron por la falta de práctica, no le resultó para nada sencillo lograr que sus extremidades tomaran formas antinaturales. Con mucho dolor llevó a sus articulaciones al lugar necesario para el fin que tenía en mente, pero perseveró hasta que obtuvo los resultados esperados. Al fin logró que su cuerpo tuviese el tamaño necesario para lograr introducirse en el cañón de la Lefaucheux, que tan diligentemente había robado.

Mantuvo uno de sus brazos afuera del arma para poder manipular los mecanismos de la misma. Miró a las estrellas y apuntó a la constelación que le pareció una carpa de circo, ya que en esa dirección estaría, según su juicio, el hogar añorado. Con mucho cuidado puso el dedo en el gatillo y lo presionó. El estruendo del disparo lo dejó sordo por varios minutos y se le llenaron de humo los pulmones y la vida. Cuando pudo ver se encontró en el aire, a gran altitud.

La Lefaucheux desapareció en el aire, como si nunca hubiese existido.

Cerró los ojos y los mantuvo así durante unos instantes. Entonces con estupor y con un frío que le salió del fondo de sus ojos descubrió que sentía un terror que le apretaba las vísceras. Miró hacía abajo y se asombró de ver al mar tan cerca, podía estirar un brazo y acariciar las espaldas de los tiburones y de las medusas. La aprehensión le tomaba del cuello y lo asfixiaba, no disfrutaba del vuelo, la adrenalina que otrora sentía se convirtió en un doloroso respirar. Cada latido de su corazón lo llenaba de pavor porque le parecía que estaba a punto de explotar. Un miedo sin sentido, pero totalmente justificado lo crucificaba ante su valentía pasada. No podía entender cómo había podido arriesgar su vida en tantas ocasiones. Esta vez el vuelo no tuvo ni misterios ni vueltas ni tirabuzones ni caídas en barrena ni maniobras Immelman, sólo una trayectoria lineal.

Iván lloraba del terror, sus lágrimas eran de sal, de diamantes, del más puro miedo, temblaba mientras sollozaba y rogaba para que todo terminara de una buena vez. Había cumplido, se había alejado de ese pueblo que no existía, de la mujer fantasma, había sobrevivido a un duelo de pacotilla, se había metido en el cañón de una pistola en el cual sólo podía entrar un poco de oxígeno. Pero Iván no quería volar más, solamente deseaba pisar la tierra  y que nunca jamás las suelas de sus zapatos la abandonasen. Quería echar raíces, profundas, abisales, que llegasen al centro de la tierra y se sujetasen al magma interior.

Lentamente fue perdiendo velocidad, demasiado lento para sus necesidades; comenzó a pensar en el aterrizaje, todavía le dolía el cuerpo con el anterior, aún tenía las rodillas magulladas y las palmas de las manos peladas. El suelo se fue acercando, parecía que todo el orbe se movía hacía él. El choque era inevitable. Cerró los ojos para no ver las formas vertiginosas que le acalambraban el estómago Pese a las apariencias fue un golpe leve, un carreteo un tanto tambaleante y quedó de bruces pero indemne.

Le costó reincorporarse, todavía le temblaban las piernas, Miró al cielo y no extrañó a las nubes. No sabía dónde estaba, en qué parte del planeta, en qué planeta, pero se sintió en paz. Observó a su alrededor, estaba en un desierto, muy lejos del lugar de donde partió, muy lejos de su hogar el circo. No tenía equipaje, no tenía plata, sólo tenía libertad. Comenzó a caminar sin dirección fija, sin un rumbo certero, solamente adivinaba su derrotero, iba a la deriva en el  mar de piedritas amarillas. Comenzó a sentir sed, una lengua de fuego le abrasaba su propia lengua en un beso extraño. El sol daba puñetazos en las espaldas y hombros de Iván. Sus pasos se fueron haciendo inciertos y tambaleantes. Cayó de rodillas con la Parca susurrándole canciones de amor en sus oídos. La vista se le nublaba y pensó que veía espejismos. En el paroxismo de la deshidratación vio a una pequeña caravana de carros viejos y destartalados.

El que encabezaba la marcha, una camioneta sin marca ni modelo, llevaba orgulloso un cartel con unas letras casi ilegibles pero contundentes: Circo Romano. Iban en romería por una huella en la mitad de la misma nada, Iván pensó que soñaba en el sueño de la muerte. En el último vehículo de la fila su conductor de pura causalidad apartó su vista unos instantes del camino. Con su visión periférica se percató de un bulto palpitante a la vera de la ruta y detuvo la marcha.

Se acercó al desfallecido y lo arrastró hasta el transporte. En ese momento Iván fue adoptado por todo el núcleo del circo.

 A Iván no le hizo falta contar su historia, fue reconocido como un par, un hombre del espectáculo. Pasó a ser el encargado en la boletería y eso le pareció mucho mejor. Se sentaba con una sonrisa gloriosa en la entrada del circo y con su español inventado le daba la bienvenida a los espectadores. Sonreía por primera vez en su vida.

FIN

Nota del autor:
Entrada libre, salida a la gorra…
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CBU
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