Puertas

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No es amor el amor que se transforma con el cambio, o se aleja con la distancia.

William Shakespeare

Empujé la pesada puerta de doble hoja de la casona y atravesé tímidamente el zaguán que conducía al patio. El lugar estaba repleto de gente, bastante para mi gusto, me sentí desamparada. Era una casa magnífica, antigua, de estilo colonial. Construida alrededor de un gran patio interno, en cuyo centro había una higuera tan añosa como la edificación. Las habitaciones que lo rodeaban y que daban a una galería con piso damero eran cinco, cuyas puertas estaban pintadas de vivos colores, cada una de un color diferente: amarillo, azul, rojo y verde, excepto una que era de color negro. Voy a estar en medio del patio, me había dicho por mensaje, buscame en la higuera.

La gente iba y venía por los corredores. Me quedé parada sobre la última hilera de baldosas de la galería, ante el césped, y lo busqué con la mirada entre las personas que estaban bajo la higuera… ¿Por qué será que la higuera siempre me pareció un árbol triste…? Desde ese ángulo no lo encontré.

Caminé por la galería, abriéndome paso entre la multitud, siempre con la vista hacia el centro del patio, buscándolo ansiosamente entre la gente, avancé un poco más y me detuve en seco. Por poco se me desboca el corazón. Ahí estaba, como me había dicho, parado bajo la higuera, tangible y hermoso, y de repente la noche cobró sentido. El estómago se me estranguló de la emoción y los nervios. Su presencia se me imponía de un modo tan surrealista, que me parecía un sueño. Lo examiné maravillada de pies a cabeza. Con una mano sostenía un vaso y la otra en el bolsillo. Ladeado por un hombre a su derecha y una mujer pequeña a su izquierda. Los tres mantenían una conversación tranquila. Me separaban de él unos cuatro o cinco metros. Me quedé mirándolo por un largo rato, sin poder apartarle la vista de encima. Tenía un pantalón negro y una camisa blanca. La mujer le hablaba y él sonreía, con esa sonrisa mansa de hombre bueno y esos ojos que parecen decir todo el tiempo que la vida es hermosa. Su rostro es una oda a la alegría. Lo miro y me convenzo de que él es todo lo que quiero.

Las personas pasaban alrededor de mí, como si yo no existiese. La mujer pequeña volvió a hablar, él se inclinó y acercó su oído a la boca de ella. De repente dejó de pasar gente, alzó la vista y me vio. Abrió tanto los ojos y su sonrisa fue tan amplia, que pude ver su emoción al verme. Le sonreí. Puse un pie en el césped y luego el otro. Él dejó de prestarle atención a la mujer, apoyó el vaso en el cantero de la higuera y avanzó hacia mí con paso majestuoso, parecía un ángel envuelto en su resplandor. Nos aproximábamos felices de volver a vernos. La distancia, aunque corta, me pareció inmensa. Los dos nos apresuramos y cuando estábamos por dar el paso que a cada uno nos faltaba para fundirnos en un abrazo, una mano me sujetó con firmeza el brazo y me jaló con un fuerte ademán. Giré la cabeza y el rostro de mi prima Norma apareció frente a mí. ¿Qué hacía ella ahí? Me volví hacia él y lo vi darme la espalda y volver sobre sus pasos. Mi prima comenzó a hablarme, no entendía qué me decía, pero, con mi mejor disposición, soporté estoicamente su monólogo. Por fin Norma desapareció y volví a mirar hacia la higuera. La mujer pequeña hablaba con el otro hombre, pero él ya no estaba. Giré la cabeza para un lado y para el otro conteniendo el aire, di media vuelta y lo vi, sentí cómo el alma me volvía al cuerpo y exhalé aliviada.

Estaba parado en el umbral de la puerta amarilla, mirándome sonriente. Me hizo una seña con la mano para que lo siguiera y se perdió en la habitación. Enfilé apurando el paso hacia la puerta amarilla. Seguí por el interior de la habitación y ahí lo encontré sentado a una mesa redonda de madera, en cuyo centro un jarrón con margaritas recibía la luz mortecina de una lámpara que pendía del techo. Detrás de él un antiguo mobiliario de cocina. Me aproximé y justo en el instante que estoy por sentarme a su lado, se me acercó el dueño de casa, me saludó y me ofreció una copa. Intenté negarme con un leve gesto de mano, no deseaba beber nada, sólo anhelaba estrechar en un abrazo al hombre por el que me encontraba en ese lugar; pero la copa estaba frente a mí, era una obligación tácita. Un sorbo, me dije, tan sólo por no ser descortés. Intenté tomar pero el líquido que, a juzgar por el aroma era un cabernet, estaba congelado, era un bloque contundente. La copa estaba helada y el frío me quemaba los dedos. El dueño de casa me sonrió, con una sonrisa cínica que me hizo estremecer y comenzó a hablarme. Le aparté los ojos, dejé la copa sobre la mesa, junto al jarrón de margaritas y me volví hacia él. Aún permanecía sentado. Su rostro viró de la alegría a la tristeza y, en cuestión de segundos, se levantó con expresión lastimosa y, visiblemente molesto, salió de la habitación perdiéndose entre la multitud de los corredores. El anfitrión continuó hablándome y por segunda vez en la noche tuve que soportar desinteresada otro discurso. Por fin alguien lo llamó interrumpiendo su obstinada charla y disculpándose se alejó. De inmediato salí de la habitación y emprendí su búsqueda de nuevo.

Caminé, desesperada, la mitad de la galería, el corazón me galopaba en el pecho, cuando una mano se me posó en el hombro y me impidió seguir avanzando. Era la de otro hombre que también comenzó a hablarme, no supe quién era ni qué me decía, tal vez ni siquiera emitía palabras, sólo veía que sus labios se movían. Me detuve inerte, fastidiada, sin voluntad de escuchar a nadie, mis ojos continuaron buscándolo entre el gentío con determinación irrenunciable, mientras el hombre desconocido me retenía. Me di vuelta, indiferente, y de pronto lo vi que venía hacia a mí y recuperé otra vez el alma.

Al aproximarse no se detuvo, pero al pasar junto a mí me deslizó algo por la mano. Sentí apenas el roce de sus dedos. Era un pequeño papel doblado en dos. Lo presioné con mi puño mientras lo veía de espaldas alejarse. Se movía como si conociera el lugar, era obvio que había estado allí antes. Finalmente el hombre que me hablaba desapareció. Ansiosa desdoblé el papel, “PUERTA ROJA”, decía. Localicé la puerta al otro lado de la galería. Con el corazón en la garganta atravesé el patio corriendo, con la sensación de traspasar a las personas como si fuesen fantasmas. Me detuve en el umbral de la puerta y caminando ingresé a la habitación. Él estaba parado al lado de un piano de cola blanco. Una mujer de largo pelo rojizo tocaba una hermosa melodía, me pareció una sonata de Mozart. Cuando me vio me sonrió como sólo sonríe él, con dulcísima ternura. Por fin los dos fuimos aproximándonos, la distancia se iba acortando, tres metros, dos metros, un metro, él me extendió los brazos, yo extendí los míos, la felicidad me invadía, todo mi ser pulsaba por el inmenso deseo de sentir su cuerpo junto al mío. Tenía la sensación de que estábamos los dos solos en el Universo, que todo el espacio era nuestro, y cuando sólo nos separaba medio metro, en fracción de segundo sus brazos se convirtieron en alas, unas alas profusas, blancas y vigorosas que lo elevaron alejándolo de mí. Horrorizada di un salto y estiré un brazo con la intención de aferrarlo, de atraerlo, pero otra mano anónima me lo impidió sujetándome del otro brazo, y él emprendió vuelo por la puerta abierta.

Irritada, conseguí liberar el brazo que me sujetaba y corrí hacia él. Sentí una punción de bronca y me atraganté de impotencia y dolor por tanta injusticia, todo sucedía como si no me fuera permitido alcanzarlo. La idea de que él fuera perpetuamente inalcanzable se me antojaba macabra.

La gente que iba y venía, fue abriéndome paso ubicándose hacia los costados de la galería dejando el centro libre, entonces lo vi. Se encontraba a unos diez metros de distancia, esperándome, con los brazos extendidos que se iban despojando de las plumas. Comencé a correr para alcanzarlo y conforme avanzaba, una especie de neblina iba borrando su figura. Temí que desapareciera entre la niebla que cada vez se hacía más densa. ¿Dónde te encuentro?, le pregunté suplicante apunto de romper en llanto, antes de que se desvaneciera por completo. En las puertas de colores, siempre están abiertas, me gritó con una mirada triste, una mirada resignada a lo imposible.

De pronto una luz brillante me lastimó los ojos obligándome a cerrarlos. Luego levanté los párpados pesados y el sol de la mañana me inundó de realidad. La escenografía onírica había desaparecido. No había ninguna puerta abierta de color. Desconsolada volví a cerrar los ojos y sólo vi una puerta negra que estaba cerrada. Caminé en su dirección mientras sonaba la sonata de Mozart y ante la puerta, en el piso, una pluma blanca y huérfana, parecía esperarme.