El primer milagro del Diego

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Una situación escalofriante y estremecedora a la vez se vivió el miércoles en el Hospital Italiano de Mendoza. Un hecho que ha sido mantenido en secreto y a su vez está siendo investigando con el más cauto recelo y seriedad.

Las altas autoridades del nosocomio más dos enviados del arzobispado están reunidos desde entonces.

— Estaba en el túnel, me encandilaba la luz, una inmensa claridad que no sabía de dónde provenía —Comenzaba el relato Roberto para luego proseguir — Siempre fui de pocos amigos,  soy joven dentro de todo, pero todo me caía mal, como viejo odioso e inaguantable. Tenía pensamientos despreciativos y un trato arbitrario con los demás, prejuzgaba demasiado y lo peor de todo es que lo disfrutaba.

Por dar un ejemplo: me daba por las bolas cuando veía a mi vecino hacer el asado en cuero adelante de su familia, ¡qué mersa! pensaba yo.

Tenía listas, las películas más estúpidas, la ropa más ridícula para vestir, la comida, etc, etc. Y lo peor que todo lo relacionaba para mal. Las películas de humor simple y vulgar eran vistas por personas sin inteligencia, claro, no podían lidiar con una trama bien elaborada o un policial bien intrincado. Con la ropa igual, el ridículo, la tilinga, el pendeviejo, el suavecito; eran adjetivos que yo asociaba con las personas que vestían cierta clase de vestimenta.

Tenía por supuesto una lista de hombres y mujeres que no encajaban en mi criterio exquisito, los odiaba sigilosamente, en el anonimato, porque tampoco me convenía expresar mis pensamientos tan abiertamente.

Políticos,  actrices, deportistas; no se salvaba nadie ni ningún estrato social.

— Maradona me caía mal, mi balanza se inclinaba por ser lo negativo en él lo más pesado, lo más contagioso. Su manera de ser, sus vicios y su mar de  fanáticos ciegos que lo adoraban me ponía mal. No era legal ni justo en mi escala.

Podría hablar por horas de sus defectos.

Uno de los enviados del Arzobispo interrumpe el relato de Roberto colocando en su cuello un Rosario — está bendecido por el Papa Francisco, susurra bajito el cura.

Luego Roberto continúa, nadie lo obliga a hablar y es más, está ansioso por terminar el relato.

— Como les dije,  estaba en un túnel muy iluminado y no podía distinguir demasiado pero habían otras personas también, uno en especial se me acercó y comenzamos a hablar, me preguntó mi nombre, si tenía familia, de qué equipo era y porqué estaba yo ahí, en ése túnel.

Comenzamos la charla muy animadamente, en algún momento me desconocí, estaba siendo amable y quería sinceramente caerle bien al desconocido preguntón.

El tipo me confesó que era feliz pero que lo hubiera sido más aún si no hubiera tantas personas que lo criticaran tan maliciosamente.

— No le caigo bien a muchos —se lamentó el tipo para luego proseguir — Me critican mi manera de ser, mis vicios y hasta se la agarran con mis fanáticos, cuando hice hasta lo imposible por todos sin importar las consecuencias, hasta arriesgando mi propia salud traté de caer bien y que fueran felices, las lágrimas comenzaron a bajar por sus mejillas.

Algunos no entienden que yo tengo mi propia personalidad, mala o buena pero mía,  hablan de mis vicios cuando en realidad son mis propios defectos y enfermedades. También despotrican a mis amigos y seguidores, cuando ellos son para mí lo más valioso que tengo y siempre tendré.

— Yo no podía creer, quería ver la cara del desconocido pero era imposible —contaba asombrado Roberto —yo creo conocer a este personaje, yo lo odiaba ¿por qué ahora lo amo? ¿Será él?

Roberto se puso serio y su cara comenzó a preocupar a los doctores presentes — la línea del túnel comenzó a avanzar y sentí algo que me tiraba hacia atrás, agarré la mano del tipo para que me ayudara a caminar hacia adelante y él me la soltó —dijo Roberto —yo no entendía pero otra luz a mis espaldas se estaba visualizando.

— Hey, pará, no me dejes aquí sólo, ¡esperá! — le grité al tipo, él lo único que hizo fue aminorar el paso y me dijo con una sonrisa llena de paz…

— Robertito, fiera, no es tu hora, volvé, el Barba te está dando otra oportunidad, no la patees a la tribuna, haceme caso.

— Al menos decime tu nombre, loco —gritó Roberto.

— Diego Armando, pero podés decirme «el Diego» nomás.

— Cuando desperté, estaba rodeado de muchos médicos y uno de ellos me estaba dando corriente en el pecho, eso fue lo que pasó —finalizó Roberto con la presión arterial casi en niveles normales.

Los facultativos del Italiano están sorprendidos por la gran evolución que tuvo Roberto tras su operación,  nunca habían tenido un paciente que tuviera una recuperación tan rápida, mañana le darán el alta después del mediodía, pero no sin antes advertirle que nunca más mencione la historia que les terminaba de narrar, que se había llegado a la conclusión que todo fue un delirio de su imaginación producto de un leve exceso de anestesia.

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