Los Vendedores de Insultos

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Nunca me comprendía porque me gustaban demasiadas cosas y me confundo y desconcierto corriendo detrás de una estrella fugaz tras otra hasta que me hundo
Jack Kerouac

Improperiomatic, rezaba el cartel de neón amarillo sobre un fondo violeta. Era un letrero de los años sesenta que cuando se lo encendía largaba chispas y prometía convertirse en una explosión termonuclear incontrolable. El interior del negocio era sencillo, sólo un anaquel que cubría una de las paredes, que estaba repleto con las diferentes variedades de pócimas de insultos.

El producto estaba pensado para personas pacatas, vergonzosas o faltas de imaginación. Las capacitaba para poder armarse con el mejor dicterio que la ocasión ameritase. El mecanismo era simple, sólo se debía tomar un poco del brebaje y el agravio brotaría sin control o medida.

Con esa boquita toma la sopa”, “Te voy a lavar la boca con jabón”, “Que te recontra”,”Con la madre no” eran algunas de las opciones que se vendían, existían otras más procaces que eran más onerosos.

Estanislao Rivera había atendido el negocio por décadas, con un éxito superlativo y unas ganancias jugosas y envidiables, pero vivía de una manera paupérrima, en una habitación al fondo del local, con techo de lata, alumbrada con velas y con una cortina como puerta. Siempre se despertaba por las cucarachas y los pericotes que rondaban por la oscuridad de su habitación.

A pesar de todo siempre vestía de una manera impecable, casi de gala, pantalones, y corbata negros, camisa blanca como el hielo y zapatos de charol. Era tan alto que siempre tenía que agacharse al pasar por el dintel de una puerta o para saludar a alguien, una vez le vio las espaldas a las nubes, pero no le contó a nadie, por considerarlo un hecho inverosímil e innecesario. Con una nariz de gancho y unas cejas pobladas e hirsutas, el pelo cano desde los veinte años y unas manos tan pequeñas que de poco le valía intentar servirse de ellas, pero lo mismo lo intentaba.

Tenía un secreto que lo avergonzaba, era un consumidor voraz de mariposas, amaba comerlas, sentir sus linfas desparramándose por su paladar, usualmente mariposas Monarca.

Su socio era Julián Sosa, quien vestía siempre de saco con moño, con ademanes furtivos y mirada invisible, de corta estatura pero con una contundencia de montaña del Himalaya y su rostro estaba marcado por una viruela que nunca tuvo.

Sosa vivía en el otro lado de la ciudad. Viajaba una hora en tranvía para llegar a su trabajo. Durante treinta años arribó a su empleo a las 8 hs, ni un segundo más ni un segundo menos. Pero ese día no llegó, Rivera se preocupó un poco, aunque era posible cualquier evento no esperado, no se angustió y se dedicó a sus tareas cotidianas. Al medio día se decidió por llamar a la casa de Sosa, jamás en sus treinta años de ser socios había llamado a su casa, ni siquiera conocía a su familia. Antes de discar se comió una mariposa, para paliar las ansias. Nadie contestó.

Estanislao Rivera barrió el piso de mármol por décima vez.

Se le cayeron un par de frascos y los insultos se repetían hasta el infinito en el suelo, eran agravios fuertes, de los que se pueden escuchar en el peor de los lugares. Uno reiteraba constantemente malparido y el otro, tomándose su tiempo, balbuceaba hijo de puta, No eran de los preferidos de Rivera, a él le gustaban más sutiles, pero no dejaba de asombrarse por su efectividad y su cadencia. Eran ambos muy difíciles de barrer, se metían entre los palos de la escoba y se quedaban ahí, agarrados firmemente soportando los vaivenes.

Sosa lo tenía decidido hacía años, pero no se animaba a hacerlo. Sabía que era estrictamente necesario para que su felicidad surgiera de alguna manera. Esperó en su habitación hasta que no quedase nadie en su casa, aunque eso significase llegar tarde a su trabajo. Cuando sólo escuchó silencio salió, le costó caminar con tacos aguja, perdía el equilibrio cada dos pasos, pero se sentía glamoroso. Dejó un sobre con una esquela en su interior, explicándole el por qué de su decisión, sabía que su secreto era una sospecha a punto de confirmarse.

Salió a la calle y se acomodó la cartera, notó con disgusto que el maquillaje se le corría por el sudor; no estaba acostumbrado a pintarse la cara, lo hacía subrepticiamente, a la siesta, cuando el mundo dormía.

Se subió al tranvía para ir a Improperiomatic. Era tarde, su socio debía de estar preocupado. Se dirigió hacia un asiento vacío. Se miró en el reflejo de la ventanilla y lo que vio le gustó, se sintió realizado.

Se acomodó la peluca con pelos rubios que le llegaban a los hombros.

Rivera no sabía que hacer ante la ausencia de su socio, entonces entró al negocio el ente más bello que hubiese visto en su vida. No le importó que caminase torpemente o que la sombra de una barba contumaz se le mezclase con el maquillaje.

Era una marisma de ensueños.

Rivera reconoció a Sosa de que estaba vestido de mujer, de que era una mujer. Ese hecho no le importó, solamente quiso tenerla entre sus brazos. Sosa adivinó la soledad que sospechaba en Rivera y supo de la nada que era un ser sensible. Se reprochó el no haberlo conocido más mientras trabajaron juntos, el no haber compartido un almuerzo, una charla. Durante ese tiempo lo único que los unió fue el silencio. Pero en esos segundos dorados todos los momentos perdidos quedaron en el olvido.

El magnetismo fue recíproco,

Se conocieron por primera vez y fundieron sus labios en un largo beso.

Un transeúnte, anónimo y cobarde, les gritó: maricones. Con tranquilidad, Sosa se dirigió hacia el anaquel y sacó un frasco color verde menta. Lo había guardado por años, para una ocasión especial, como por la cual transitaban. Tomó un sorbo, pasaron unos segundos, entonces de su boca salió un hermoso Andate a la puta que te parió, que retumbó por la calle y se metió en los oídos del ofensor ignoto y no lo dejó dormir esa noche.

Sosa y Rivera vivieron felices en la piecita que había atrás del negocio.

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