A un lado del convento

Mil veces me dijeron que no me bajara en esa esquina. Que digo mil, un millón, pero yo… Y no es que no me hayan pasado cosas, por lo contrario, tal vez demasiadas, pero pareciera que uno no aprende, no escarmienta.

El asunto es que esa noche, o bien hice caso omiso a las recomendaciones, o bien me bajé ahí de puro distraído, por bajarme nomás.

A esa hora de la noche los negocios de Arijón ya bajaron las persianas, distinto a los de Ayacucho, ahí el súper de los chinos está como hasta las diez de la noche, yo no sé como aguantan los tipos éstos. El único que permanece abierto es el que está en la esquina, el kiosquito. Dicen que vende falopa, que sé yo…

En el negocio donde trabajo el día había sido verdaderamente aterrador. No había entrado una sola persona en toda la tarde.Esos días son los peores, cuando hay movimiento por lo menos tenés la cabeza ocupada en algo, aunque fueran problemas, pero cuando no pasa nada por afuera, todo pasa por dentro.

En la cuadra esa donde está el costado del convento nunca hay luz, y si a eso le sumás la mugre que siempre dejan abandonada, no hay que pensarlo mucho para bajarte en la otra. Dicen que una vez a una mina que pasaba por ahí le apareció un ratón y se le subió por la botamanga del pantalón hasta metérsele dentro de la bombacha. También dicen que la mina terminó internada en un psiquiátrico, por el shock, no sé cuánto tiempo.

Las paredes del convento son altas, muy altas, y, a lo largo de la cuadra, hay dos portones metidos en la mampostería.

Tal vez de uno de esos desniveles en la pared salió el tipo. Realmente no me di cuenta hasta que lo tenía frente a mí, casi pegado, apuntándome con el cuchillo.

No sé quién tenía más miedo de los dos. Si bien yo me había quedado paralizado, él temblaba como una hoja. Los ojos le brillaban en la oscuridad como los de un gato y la luna se reflejaba en su pelo grasiento. Ninguno dijo nada, permanecimos así enfrentados no sé por cuánto tiempo. Pensé en los viejos, en la flaca, en las chicas, en todo aquello que me había hecho sentir orgullo. Pero no eran individualidades, era una mezcla de todo y a la vez no podía pensar en nada.

De repente el tipo lanzó un grito como el de un animal herido y se abalanzó contra mí. Yo estaba tieso, sabía que el final estaba próximo, no podía mover músculo alguno. Pero no fue lo que yo esperaba. Me abrazó. El tipo me abrazó. Yo estaba sumido en una mezcla de terror y desconcierto de la que no podía salir. Me abrazó mientras el grito se le transformaba en congoja y después en llanto. De esos llantos que llevan tanto tiempo contenidos que las lágrimas tienen hasta olor a descomposición cuando salen de los ojos. Sentí como el cuchillo caía en el suelo y él usaba sus dos palmas para apoyarlas contra mi espalda y atraerme más contra él. Nunca me habían abrazado así, ni mi viejo en el velorio del abuelo, ni Carlos cuando vino a ver a mi primera hija recién nacida. Ni ella.

Yo permanecía ahí, inmóvil, con los brazos caídos; ya no con miedo, pero sin saber qué hacer.

Con la misma fuerza con la que me había abrazado me separó, empujándome contra la pared. Dio media vuelta y se fue caminando despacio por la calle oscura.

Me quedé ahí, quieto. El cuchillo permanecía en el piso .Creo que pasó un auto iluminando la calle, pero no me acuerdo bien.

Escrito por Alejandro Guarino para la sección:

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