Aguantate los trapos

“Todo cuanto sé con mayor certeza sobre la moral y las obligaciones de los hombres, se lo debo al fútbol.            “

Albert Camus

            Uno se llama Juan y el otro también se llama Juan. El primero tiene una camiseta del club  de sus amores; el otro tiene una del mismo modelo. Los dos conservan el recuerdo de que su padre lo llevaba a la cancha cuando era chico y se aburría con el partido y se hacía amigos efímeros.

Ahora, uno de los Juan hace la fila eterna con su hijo para sacar las entradas y tiene que aguantar al otro Juan que le pide una moneda para la hinchada, que en realidad es para el vino. Le pide, le pide amenazante; el hijo del Juan que hace la fila mira un tanto asustado. Entonces el primer Juan le da al segundo veinte pesos, y éste se va a seguir pidiendo a alguien más, que no se llame Juan, otra moneda para la hinchada.

Juan continúa haciendo la fila para entrar. Es atropellado por los caballos de la policía, es sometido a un cacheo que raya con el abuso sexual, le encuentran un encendedor y se lo sacan en la requisa y lo empujan para que avance como vaca al matadero. Por su lado, el otro Juan entra sin ser revisado, con pirotecnia escondida en los trapos de las banderas, con un encendedor que lleva en el bolsillo, quizás con una faca – la tribuna es un sitio peligroso. Todo esto amparado por los mismos policías que le sacaron el encendedor al otro Juan.

Juan le compra una Coca Cola rebajada con agua a su hijo; el otro Juan se mete entre la hinchada, se sube a un paravalancha y comienza a vociferar: Griten putos, cagones. Ese Juan no sabe con quién juegan. En cambio el otro Juan está nervioso porque si sacan un mal resultado las cosas se complican. Y se complicaron nomás, el equipo perdió.

Entonces un Juan comienza a irse con su hijo rumiando bronca contra los jugadores, los dirigentes, los puntos perdidos y la cercanía con el descenso. Y el otro Juan rompe todo lo que se le pone ante su paso, tira piedras a diestra y siniestra, parte un par de cabezas y la policía, que primero lo dejó pasar sin entrada y con todos los bagayos, ahora lo reprime a puro gomazo. Y es que la autoridad no distingue entre un Juan y otro.  Así es que el que pagó entrada tiene que correr con el niño esquivando balas de goma, mientras el otro sigue enfrascado en una batalla contra la policía y el mundo mismo, tirando piedrazos sin importar las consecuencias: si le rompen la cabeza a alguien o si les quitan los puntos. Solo importan las entradas gratis, la plata para los viajes, el negocio narco, la convivencia policial y dirigencial.

Vuelan los cascotes, las postas de goma, los gases lacrimógenos y las puteadas, mientras el fútbol muere entre las corridas de la infantería y los hinchas. Se va entre el humo de los gases la ilusión de ver correr a la redonda sobre el pasto. Tierra de nadie. Esto ocurre en todas las canchas, con todas las camisetas.

Juan y su hijo no van más a ver al equipo de sus amores; el otro Juan sí sigue yendo, es más,    se mantiene económicamente con eso. Aguantate los trapos, colgalos de la tela porque estamos de velorio. El fútbol ha muerto, bienvenida la guerra que ya lleva 263 víctimas. La guerra contra la alegría. Aguantate los trapos, que son más importantes que la vida de una persona.

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