Bitácora de un viajero: amigos, amores y despedidas.

bolivia

Hace un mes emprendí un viaje, un viaje con un sentido un tanto difuso, que luego pude ir decodificando con mayor claridad.  Un viaje al norte, sin rumbo fijo, empapado de una cultura que poca gente puede disfrutar y que agradezco haber disfrutado. El paisaje, la altura, el color y ese sentimiento tan hermoso, ese positivismo innato, ese compadecerse de los demás mientras los demás se compadecen de uno. Visitando pueblos estampados en el tiempo. Reconociendo a los artistas autóctonos y reconociéndome como un artista con un sello propio.

Conocer gente. Ese fue el objetivo principal del viaje. Yo creo en el aprendizaje recíproco, en ese feed back, siempre que conozcas a alguien vas a aprender algo de él y él se va a llevar algo tuyo. Tantos millones de personas que me quedan por conocer, tanta cantidad de libros que me quedan por leer, tantas experiencias por vivir, sensaciones por experimentar. Es vertiginoso pensar en todo esto, y todo esto de lo que les estoy hablando se vive en carne viva, a flor de piel cuando uno hace un viaje con ese fin, con ese estilo tan hermoso.

Despojado del dinero, que obviamente es necesario, pasa a ser una necesidad secundaria, a veces hasta preferí no comer nada, no gastar en nada, simplemente entregarme al sentir y al experimentar del universo que me rodeaba y me proveía. Porque cuando uno va con buena energía, con buena onda, las cosas salen bien, siempre. Nunca se dirijan de mal modo, no estén mal agestados la vida es demasiado hermosa y tiene demasiadas cosas lindas que disfrutar como para estar con cara de culo.

Seguimos subiendo, salí de mi país, entrando en otro con una realidad totalmente distinta, con una tradición arraigadísima, con un sentido de pertenencia latinoamericana diferente al que se vive en nuestros pagos. De gente con cara laburada, con sudor y con una piel tersa por el paso de la vida, una vida sacrificada. Pero después esas caras, cada tanto se iluminan, ríen las cholitas y es algo diferente, podemos creer en la felicidad incondicional del ser.

Esa gente arisca, hosca, no porque no tuvieran afinidad para con migo sino más bien como costumbre… ¿Cómo no iban a ser así?… cómo no iban a comportarse de forma despiadada ante cualquier personaje que se asemeje a quienes 500 años atrás había asesinado a sus parientes, limado su tierra, estrujado su espíritu y amasado su voluntad.

Sin intenciones de ser un turista, me sentí un turista. Pero había mucha gente en la misma que nosotros, yo sabía por dónde nos convenía involucrarnos y por donde no. Gente en la misma y con la misma predisposición a sociabilizar, a pasarla bien, a compartir un pedacito de empanadita de carne que pudimos pagar a duras penas. Pasábamos eludiendo costumbres arraigando gestos, copiando modismos, orgullosos de ser argentinos, demostrando nuestro sentir. Haciendo música, lejos de ser músicos, poniéndole onda. Guitarra, cajón peruano y flauta dulce. Sonidos particulares que voy a recordar toda mi vida.

Una alianza con un colega español, una alianza profunda, el reencontrarse con un amigo de toda la vida que no sabías que existía.

El adiós es un factor común… el despedirse rápidamente de gente con la que lograste compartir sentimientos, experiencias, personas a las que llegaste a conocer profundamente en escaso tiempo. Se logran conexiones inexplicables, lazos muy fuertes de los que es inevitable deshacerse… esas despedidas que te dejan con la felicidad de haber conocido pero con la amargura de saber que tal vez es la última vez que vas a poder disfrutar un momento de felicidad junto con él, o con ella, o con ellos, o con el lugar.

Hay que seguir moviéndose, conociendo, buscando algo, algo que en realidad no sabemos muy bien lo que es. Uno empieza a descifrar el mensaje enmarañado. Sabemos quiénes queremos ser, pero no sabemos hasta donde vamos a llegar. La búsqueda misma representada en una actividad motriz. Y había que seguir subiendo, o bajando, demos vuelta el mapamundi.

Me encontré en un país en donde éramos bien recibidos, con el cálido abrazo de la sonrisa y el dulce cantico de los encargados de las empresas de colectivos. Un país que arriesgo la vida de su gente con tal de ayudar a nuestra patria cuando lo necesitamos. Perú, los pilotos peruanos, valientes halcones que salieron para Malvinas cuando nadie se animaba a convidar un pedacito de pan, ese encuentro con el audaz piloto y esas lágrimas de honor, acompañadas de sollozos de agradecimiento.

Una cultura indígena, un resto de lo que había originalmente, un despojo que dejaron los conquistadores, un pueblo mágico. Humildad arraigada a la realidad en que se vive. Un folklore de caritas felices y laburadores.

El santuario inca, la capital del imperio, imponente se alza en los cerros frondosos, fértiles de historias, de plantas, de personas con ansias de vislumbrar aunque sea una vez la presencia de una cultura antigua que tenía, tiene y tendrá influencia en nuestra vida y pensar, implícitamente rebuscado.

Fue una experiencia nutrida de historias, de amigos, de amores, de desamores, de despedidas, de estar, de desaparecer, de pasar desapercibido, de apreciar aspectos que antes pasaba por alto, de aprender del lugar, de la gente, de los niños, de las niñas, de los animales, de las artesanías, del dibujo que hago en un papel en blanco, en el que en este momento termino de escribir esto.

Un viaje de transición, de transparencia, de estar, de vivir y disfrutar la vida, de morir en algunas cositas.

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