Bla bla bla bla bla bla

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De la boca de la niña salían las mismas palabras que del resto de los millones de millones de habitantes del planeta: bla bla bla. Y a pesar de que todos los bla sonaban iguales, la gente se entendía universalmente; no hacían falta traductores y los políglotas eran una fantasía. Por ejemplo, para nombrar a una vaca hacía falta un bla, así como para nombrar a un planeta lejano, a millones de años luz, recién descubierto, hacía falta otro bla. Un oso de peluche azul era bla y una posición sexual otro bla. Todo era puro bla. Bla eran las poesías y bla los gorjeos de los niños; bla las declaraciones de guerra, que terminan en hongos atómicos, y bla los susurros de amor dichos en cercanías de la luna verde y las nubes de plata.

Bla, bla, bla.

Pero había una persona que no entendía nada, para él sí todo era puro bla bla. Sobrevivía en un mundo de palabras que no entendía. Sin embargo se esforzaba por entender, lo deseaba. Y entendía, pero no por el idioma propiamente dicho, sino por ademanes, indicios, huellas, parpadeos, lenguaje corporal que iba rescatando. Inclusive él dejaba escapar un par de bla bla, con óptimos resultados. Durante su existencia iba aprendiendo.

Bla bla se llamaba, algo así como Ricardo Longobardo. Trabajaba de boletero en un subterráneo, encerrado en su casilla 10 horas al día. Tenía un talento especial al saber reconocer el destino de las personas. Sabía si iban hacia el Norte o hacia las selvas con témpanos, a Gutiérrez o a Budapest; a esa esquina de Quito, en un cerro de noche. Él vendía boletos a cualquier lugar, sin saber cómo los vendía. Veía llegar a la gente y tenía una epifanía, muy, certera, sin metáforas. Un cuadro blanco aparecía en su entrecejo, adentro, con una tipografía negra que, veloz, marcaba las letras, corría para dar el destino. Y así con el siguiente, y con el siguiente. Pero eso le ocurría solo en la venta de pasajes, en sus relaciones cotidianas todo era puro bla.

Un día hubo una explosión eléctrica, azul, y apareció ella. Se paró y le pasó un papelito con unos bla, bla escritos con una caligrafía hermosa y una tinta barata; su destino. Entonces ocurrió lo imposible. Él no entendió nada. Nada, absolutamente nada, nunca le había pasado. Desde el primer día que se sentó dentro de la boletería, desde el primer pasajero le ocurrieron las revelaciones de los destinos. Con cara de estupor se quedó helado. Ella lo miró extrañada y le mostró el papelito nuevamente, con el mismo resultado. Nada.

A él no solo lo impactaba el hecho de desconocer los bla, sino el fulgor azul eléctrico, que lo impregnaba todo: a sus manos, al tren que estaba arribando, al sombrero del señor que estaba tercero en la fila, a todo. Subía como remolinos, acariciaba los avisos de publicidad de bla y otros productos de las paredes. Emanaba, en apariencia, de las pupilas de la chica

La fila de gente detrás de ella empezó a crecer y a mostrar síntomas de impaciencia, a tal punto que llegó el supervisor y se armó terrible lío. La chica fue indemnizada, él despedido y la furia de los que esperaban saciada con una pronta atención por un nuevo boletero, que sí sabía entender los bla.

Ricardo Longobardo se sintió perdido, sin trabajo, perdido entre tantos bla, sin sus revelaciones sobre los destinos de los demás. Todavía no pasaban dos minutos desde su hecatombe laboral que ya estaba desolado. Miró a la chica alejarse y sintió que debía dar por lo menos un gesto de disculpa, ante tanto azul eléctrico, que hiciera que la catástrofe no fuese tan grande. Ella se detuvo al sentirse seguida y se dio vuelta. Lo miró. Él, confusamente, intentó explicar gestualmente que lo sentía. Ella sin saber qué quería decir lo observó intrigada. Los envolvía un halo azul eléctrico que giraba como un carrusel, vertiginoso, secreto. Entonces ella pareció comprender algo, lo miró pestañeando, sonriendo. Tomó aire y habló. Dijo un suave y azul hola, entre tantos y tantos bla.

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