Caleidoscopio: “Alle cose belle”

Fran parado delante del obelisco en Piazza del Popolo miraba ambas iglesias. Eran tan parecidas… Sopló una brisa con aroma de comida caliente, era el mediodía pero no tenía hambre, y siguió mirando las dos cúpulas, los frontis, las columnas, las dos torretas sobre la vía del Corso, no entendía. No entendía por qué sintió alivio al venirse para Roma y alejarse de Cami. Y no entendía por qué Cami lo tomó de tan buena manera, casi con ánimo de que me fuera lo antes posible. No entendía lo que pasó un día, lo que hizo que de estar bien empezaran a estar… así. Las cuatro columnas, la puerta de entrada, las iglesias parecían iguales. Y bajó la cabeza. Las iglesias no podían ser iguales porque las esquinas en donde estaban emplazadas eran levemente distintas. Trataba de pensar qué diferencia había entre el antes y el después con Cami. Cuándo había empezado a cambiar algo. Levantó la cabeza y las volvió a mirar. La cúpula ovalada de Santa María di Montesanto desde el obelisco egipcio parecía igual de circular que la de Santa María dei Miracoli. La diferencia con Cami sería así, un engaño aparente. Necesitaba pararme en otro lugar para descubrir qué cosa en la relación aparentaba ser una cosa y era otra.

-No esperaba encontrarlo de otra manera que admirando el arte de esta ciudad museo.

Fran giró y la vio a Verónica llegando. Habían quedado en encontrarse en esa plaza para organizarse para la reunión. Pero Roma es Roma, y Verónica caminaba por el solado de la plaza con una pollera flameando dibujos de gardenias blancas y coloradas, una camisa suelta con cuello de punta larga que resplandecía con el sol del mediodía como las paredes a la cal de las casitas de la isla de Mykonos, su pelo suelto quebraba el contorno negro con mechones que jugaban con la brisa tibia impregnada de sabores de las tavolas caldas de los alrededores, y unos aros grandes cobrizos, unos zapatos con base gruesa que se hacían tacos en los talones, una cartera con los mismos ocres con que está pintada toda Roma donde apoyaba el antebrazo izquierdo, y con su mano derecha pendulando pulseras lo mismo que las glicinas cuando cuelgan sus ramos al viento. Fran pensó que si se descuidaban el gobierno la podía cercar y declarla “monumento alle cose belle”. Ella reía, de nada, de estar ahí, con él, reía. Y él sonrió. No sintió nada de culpa por borrar de un plumazo el nombre de Cami y dejarse atravesar por cada dardo que le lanzaban los ojos de Vero. La morocha cuando vio esa expresión de Fran, conociendo como buena mujer los alaridos de la mirada masculina, dejó volar una risita, estiró su boca llenándolo todo de su sonrisa, hizo un revoleo con sus ojos hasta que la corta distancia le permitó clavarlos en los de Fran y se detuvo a cincuenta centímetros.

-Nunca lo había visto tan contento…, Martínez.

El “Martínez”, la pausa antes de nombrarlo, el aire tibio, el murmullo turístico canto del paisaje feliz de todas las vacaciones, la sonrisa, las ganas de reír, las ganas de reír de los dos hicieron que una de las manos de Fran se moviera sola hasta casi tomar la mano de Verónica, pero volvió inmediatamente a su cintura acompañada de la mirada sorprendida de ella que volvió a los ojos de él y rió con más ganas.

-Sí, Vero, estoy muy contento. ¿Vos cómo estás?

-Bien, Martínez –dijo entre risas-. ¿En qué hotel está parando? Me dijeron que no fue al hotel que le ofreció la compañía.

-Sí, preferí uno más simple y sin tickets que cuenten lo que hago.

Vero lo miro con la misma expresión sonriente. Ganaba tiempo. No se esperaba encontrar a un Francisco tan desarmado y no sabía si era bueno bajarlo esa misma tarde. Fran parecía ebrio de sensaciones, demasiado confundido. Y cuando un hombre actúa confundido siempre gana la culpa. Y la culpa era el primer enemigo al que estaba combatiendo Vero desde el momento en que supo de una “Cami” que se encargaba de los mimos y placeres del señor Martínez, aquel chico que años atrás la marcó por tanto tiempo y ahora tenía a su servicio simplemente porque la vida es así, porque el plato caliente que no comemos a la mañana nos espera frío por la noche.

-Ya hice lo mismo, no quise ir al hotel y estoy en un convento en vía Flaminia, muy lindo.

-Pero en un convento tenés que volver antes de medianoche, ¿no pensás disfrutar de la noche romana?

-¿Sola? Prefiero dormir.

Lo malo de los códigos del sexo es que un error puede tapiar una entrada. Y a Fran se le pasaban los segundos permitidos para responder la carta que acababa de jugar Verónica. Por suerte para él Verónica tenía el ancho (y el siete de oro, no sé si lo mencioné antes), así que decidió ignorar el envido y se fue al truco.

-Si salgo con alguien tendré que esperar hasta la madrugada para volver… o dormir en otra parte.

Fran tampoco dijo nada, y Verónica no esperó. Iban demasiado rápido.

-¿Quiere que empecemos a preparar la reunión de mañana?

-Sí, Vero. A ver… vayamos a ese café de allá, ¿qué te parece?

-Lo que usted diga, Martínez.

-Oíme, Vero, en la oficina está todo bien, pero afuera no me trates de usted, ¿sí? Me jode.

Fran giró y empezó a caminar hacia el café relojeando la famosa plaza, y Vero bajó la mirada, sonrió, volvió sus ojos al saco que cubría las espaldas de Fran, las espaldas sólidas, proporcionadas, y caminando detrás de él miró las arrugas que dibujaban sus hombros a cada paso, miró el cuello, el pelo semi despeinado y prolijo, el brillo del sol en esas finas hebras oscuras, el movimiento de su cabeza, el ritmo de sus pasos, sus brazos desfilando decididos, sus manos sólidas y entreabiertas… Suspiró y lo dejó irse un poco. Se detuvo. De pronto necesitó una bocanada de aire y mirar alrededor. “Roma… con Fran… los dos”, pensó. Y volvió a caminar, lento, y lo vio a Fran lejos, y vio que la gente lo miraba pasar, y lo vio pedir permiso, y lo vio pasar entre unas mesas, y lo vio…, y lo vio…

*            *           *

Apenas ella lo miró con la cara franca hacia el rincón de la ventana en donde él estaba, instintivamente se agachó. Un rayo de terror le atravesó el cuerpo y se sentía absolutamente vulnerable. Todo se había terminado, ella lo había descubierto, él había entendido todo mal, ella no se desnudaba para él, su mamá lo mataría, lloraría angustiada, su padre se desilusionaría de él, lo meterían preso. No sabía qué hacer, si correr a su casa o irse, irse a cualquier parte, irse del pueblo. Pensó en ir a verlo a Tin, pero no podía mentirle a Tin, y él también se desilusionaría. Todos sabrían que era un hijo de puta, un degenerado, un mal tipo… Pero todo eso fue unos segundos tal vez. Enseguida el ardor del pecho y la imagen de ella frente al espejo, y ella que estaba ahí, y ella que… y sin pensarlo volvió a incorporarse hasta llegar con sus ojos hasta el paño de vidrio. Ella ahora envuelta en una toalla en el cuerpo estaba sentada en la cama de espaldas a la ventana. Fran respiró aliviado. La imaginaba pidiendo auxilio, corriendo, pero no. Tal vez sí se desnudaba para que él la viera. Empezó a sentir una puntada de culpa en la espalda sabiendo que ya era hora de volver a su casa. Pero ella movía sus brazos, giraba su cabeza, ¡su pelo se movía por su espalda y era… tan lindo! ¡Y tan secreto! Era algo suyo, solo suyo. Ella era para él. Estaba para él. Ella le quería regalar ese secreto solo a él. Ella estaba sent… la puerta del cuarto se abrió de golpe y la figura enorme de Don Tomás apareció en la puerta y pareció sorprenderse al verla a ella que, al mismo tiempo, se sobresaltó en la cama, y Fran se quedó como de piedra. Tenía terror de moverse y que lo descubra. Don Tomás se mantuvo unos segundos de pie en el umbral mirándola, mientras ella se quedaba en la misma posición. Fran no podía verle la cara. Don Tomás, mirándola, cerró lentamente la puerta, y Fran se agachó y escapó corriendo bajo la copiosa lluvia de la noche.

*            *           *

Se abrió la puerta del ascensor y Eduardo Cortés salió al lobby del lujoso hotel romano.

-Eduardo –le dijo un hombre de traje oscuro que estaba de pie en las puertas del ascensor-, ya está todo arreglado, mañana se van a encontrar en Brewster para la firma.

-Bueno, será así entonces.

Se quedaron mirando.

-Decime, Chango, ¿crees que también me comprará las empresas de insumos?

-Seguro, Eduardo, pero te las va a comprar el año que viene, cuando ya no valgan nada.

-Sí, claro…

Eduardo Cortés bajó la mirada y salió para el salón mientras que Chango lo siguió caminando desde atrás. Los ventanales a la calle del lobby eran tres rectángulos incandescentes que rebalsaban de la luz potente de las calles de Roma. Les abrieron las puertas y ambos salieron. Cortés dobló a la derecha y Chango se detuvo. Cortés también paró y se volvió para mirarlo.

-¿A dónde vas, Chango? ¿No me acompañás a comer algo?

-No, Eduardo. Mucha suerte mañana.

-Pero vas a venir a la reunión, ¿no?

-Sabés que no puedo, Eduardo.

-Oíme, Chango…

Pero Chango salió caminando hacia la izquierda entre el chillar de sirenas y el caos del tránsito delle strade della città.

 (Continuará…)

Fuente de las imágenes:

http://www.hoteleconomici.roma.it/monumenti/piazza-del-popolo.asp
http://www.cerebropublico.cl/dos-mujeres-con-belleza
http://booked.es/hotel/hotel-roma-syracuse-334414

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