Caleidoscopio: «Como un niño de trece años»

Vero llegó hasta la cocina y lo vio a Fran preparando dos tazas de café y una bandeja con tostadas y mermelada. Se apoyó en el marco de la puerta y lo miró un rato. Estaba en calzoncillos, y le gustaba ese cuerpo. Era el físico de un hombre sano que se mantiene en forma, pero que no tenía la inseguridad de los super bíceps marcados, ni la tabla de lavar en el abdomen. Tenía la proporción, el tamaño muscular de un hombre, ¿ochenta y algo de kilos? No llegaba a noventa, pero no era flaco. Sus hombros, su espalda, su cuerpo mostraba que había nacido en el campo. No tenía el físico urbano del que se movió poco toda su vida. Se movía con decisión, con movimientos claros. Como un hombre. Le gustaba. Le gustaba su cuerpo, su manera de quedarse pensando, su fragilidad, y su insistencia para continuar aunque necesitara ayuda. Le gustaba era terquedad, esa pequeña terquedad, le gustaba que no sea tan sólido, que se derrumbara pero que se levantase. Si Fran hubiese sido más fuerte, Vero no habría podido resistirse a competir con él hasta superarlo. No lo amaría, lo enfrentaría ser más duro.

Los tipos como Fran tienen esa fortaleza extraña que reside en su aparente fragilidad. Una mujer como Vero, o lo perdona, o lo subestima, o lo ignora, pero cuando se distrae aparece el hombre. Y es un prototipo atractivo de hombre. Vero se sentía más buena al lado de él, como redimida, y suspiró, y Fran la miró.

—¡Te levantaste! Te estaba preparando el desayuno.

A Vero le fascinaba no responder. No responder era la prueba de que no estaba jugando ningún papel. Las palabras son la representación actoral de las personas, se visten del discurso para esconder lo que no dicen. Es como tirar algo lejos para que crean que la persona está escondida en otra parte. Vero se daba cuenta de que con Fran no hablaba, simplemente era. Su problema, su inseguridad, era que por primera vez un hombre la enfrentaba con lo que ella misma era. Fran hablaba para comunicarse, no para representar nada, y la volvió a mirar.

— ¿Estás bien?
Qué divino, pensó. Me quedo callada y me pregunta si estoy bien. ¿O estará tratando de mostrarse divino…? No, es así. Siempre fue así. Tengo que responderle algo. Y sonrió.
—Hace mucho tiempo que no estaba tan bien.
Fran sonrió y volvió a los cafés, que no le resultaban algo tan simple.
— ¿Sabés hacer café?
—Sí, pero quería hacerte un capuchino. Y no me acuerdo bien… ¿Era con canela, no?
Vero avanzó hacia él y lo abrazó por el costado, Fran levantó un brazo y la abrazó trayéndola de frente a él, y se miraron a los ojos.
—Estás diferente —dijo Fran con una sonrisa.
—Sí —dijo Vero con los ojos entrecerrados—, por fin estoy diferente.
— ¿Por fin…?
—No preguntes todo, Fran —y Vero abrió su boca y le comió los labios suavemente.
—Hoy creo que no voy a trabajar. Tengo que cuidarte.
Vero sonrió, pero a los dos se les borró la sonrisa cuando sonó el teléfono de Fran.
— ¿Vas a atender?
— ¿Eh…? Por supuesto, Vero. Es del laburo.

Vero lo soltó. Le dolió reconocer que los tipos simples tienen actitudes simples. Otro hubiera dicho que atendía de mala gana, que no quería separarse de ella pero lo tenía que hacer, alguno no atendería diciendo que después respondería la llamada aduciendo que estaba en el baño… pero Fran era simple. Era cierto, real, concreto, verídico, y le dijo que “por supuesto” atendería. Estar con él era cambiar muchas, pero muchas cosas.

— ¿Fran?
—¡Rafa! ¿Cómo estás? No reconocí el teléfono.
—No, porque se lo estoy usando a un tipo que acaba de ir al baño del bar, así que tengo muy pocos minutos. Fran, oíme, yo quedé fuera de juego, no podés contar más conmigo. No estoy más en Brewster. Tenés que…
— ¿No estás más en Brewster? ¿Renunciaste?
— ¡Fran…! No, me echaron, pero Fran, no puedo explicarte nada, el tipo va a volver del baño, escuchame, vos tenés que quedarte en Roma, estés o no en Brewster. No te vayas de Roma, y no le digas a nadie que hablaste conmigo. Nadie es nadie, ¿me entendés?
—Sí, Rafa…
—Cuidate mucho de Eduardo Cortés. Mucho. No confíes nunca en él. No hagas nada con él. Va a querer destruirte.
— ¿Por qué?
—Porque en algún momento se va a enterar de vos, tarde o temprano. Vino por mí, pero porque te mantuve escondido. Ahora vas a quedar expuesto y se va a dar cuenta de que no era a mí a quién quería destruir.
—Pero ¿por qué se las va a querer agarrar conmigo…? ¡Todo es de Cortés! ¡Brewster es de Cortés!
—Fran, en Roma vos tenés que… ¡mierda! Te dejo.
—Rafa, ¿dónde te puedo ubicar?

Pero en el teléfono ya no se escuchaba ni a Pranna ni el ruido de las mesas del café. Se tentó en volver a llamar, pero sabía que lo metía en un problema, entendió que si usaba un teléfono ajeno era porque no podía hablar desde el suyo propio. Comprendió que se acababa de quedar solo en un lugar al que llegó puesto a dedo por alguien que la empresa había destruido en cuestión de días. Ahora tenía que mostrarse, y eso implicaría que Cortés lo viera, y lo quisiese destruir. ¿Qué significaría “destruir”…? ¿echar? ¿denunciar? ¿matar?

Se dejó caer pesado en el sillón del living. Y ¿qué sería de Pranna? Fran lo quería a Rafaél Pranna, y su llamado nervioso lo dejó con angustia. Vero apareció con la bandeja con el desayuno.
— ¿Problemas?
—Si.
— ¿Qué pasó?
Pero a Fran la pregunta de Vero le hizo ruido, y la miró.
—Perdoname, Fran, no tenés que contarme nada —dijo Vero pasándole el café—. Pregunté por la familiaridad del momento. ¡Estamos tomando el desayuno!
—No, Vero, no te hagás problema. Realmente es un momento muy familiar este. Muy lindo.

A Vero no se le pasó por alto que él no le contó nada. Vas a terminar contándome tus problemas, Fran, se dijo a sí misma, en una actitud típica de la Vero de siempre, en un desafío nuevo. En una competencia.

*          *          *

Tin salió de su casa nueva, en el pueblo nuevo, y caminó por las calles nuevas hasta la plaza nueva. Todo era diferente. La plaza era parecida, pero más chica que la de su pueblo. La tierra estaba más seca, el pasto más amarillo… Había menos árboles, las veredas estaban más rotas, las casas eran más bajas, y había menos cuadras. Las calles eran más amplias, y había menos semáforos, más cielo, menos construcciones, más pasto, menos plazas, más ruta, menos pueblo, más grandes, menos chicos.

La noticia de que llegaba un chico al que se le habían muerto los padres corrió rápido por todo el pueblo, y los primeros días tuvo que soportar la bienvenida de todos los habitantes. En el colegio un grupito quiso provocarlo, pero Tin era otro, mucha de su inocencia se había consumido en cada minuto que sus padres no entraron por la puerta de su cuarto a buscarlo para llevarlo de nuevo a casa. Tin tenía una expresión más dura en sus ojos. Ya no reía mucho, ni tampoco tenía miedo. O tal vez vivía en un estado de miedo tal, que su cara lo neutralizaba, como se homologan todas las cosas que son cotidianas.

Sus sueños, sus únicas fantasías eran que volvieran sus padres, y le pedía cada noche a Dios que se los devolviese, pero pasaba el tiempo y, además de descreer que sus padres vuelvan, pensaba en que Dios no podía ser tan malo. Probablemente no existiera ningún Dios, sino hubiera evitado que ellos muriesen. Y los rezos fueron menguando, hasta que un día no quiso entrar en la iglesia, y otro día dejó de sentir rabia, y esa tarde, sentado en aquella plaza, ya no pensaba ni en sus padres ni en Dios cuando vio acercarse por el sendero polvoriento a la chica con sus libros en las manos. Y sonrió.

—Hola, Tin.
—Hola, Fran. ¿Por qué traes los libros?
— Es que tengo que estudiar, y mamá…
— ¿Está descompuesta otra vez? —se apuró Tin a preguntar.
— Sí, está descompuesta —respondió aliviada Fran.
— Sabía que vendrías a estudiar, y te traje galletitas —y Tin le mostró el paquete, pero aunque tuviese trece años, Fran era mujer y las cosas se le caían de la boca.
— ¿Sabés algo de Fran?
—¿De qué Fran?
—De Francisco Martínez, tu amigo.
—Ah, Fran… No, no sé nada.

Y la plaza se impregnó de olor a pasto, y el sol se apiadó yéndose entre las ramas de un pino alto, y Fran usó las horas estudiando sus libros, y Tin quemó el tiempo mirándola de reojo y odiando a Fran por estar en su cabeza incluso viviendo en otro pueblo.

—Tin —le dijo ella cerrando los libros—, ¿vas a ir a casa?
Tin estaba distraído, y la miró.
— ¿A tu casa?
—Sí, te pregunto si pensabas ir ahora, a lo mejor ibas a verlo a mi hermano…
—Sí, sí —respondió Tin con tal de seguir estando con ella—, estaba pensando en ir a ver a tu hermano. ¿Vamos?
—No, yo te lo preguntaba porque si vas para allá, ¿te puedo pedir que me llevés los libros? Yo quiero ir a lo de las chicas.
Tin miró el piso polvoriento, el pasto amarillo, odió esa plaza, el calor, la falta de ruidos de chicos jugando.
—Sí, dámelos que te los dejo en el cuarto.
—¡Gracias, Tin! —le respondió Fran, le dio un beso ruidoso en la cara, le pasó los tres libros y la cartuchera, y se despidieron partiendo en diferentes direcciones.

Tin caminaba sin ninguna expresión en el rostro. Ya se le estaba haciendo costumbre. Llegó a la casa, dejó los libros en el cuarto de Fran y se acercó a ver a la madre en la cama solo para ver si se le veía algo. Muchas veces cuando quedaba borracha en la cama, una falda desordenada, algún pecho desencajado mostraban un espectáculo interesante, pero no, solo yacía en la cama, como siempre. Pero no fue al cuarto del hermano, sino que salió de la casa y volvió a la plaza, con el pasto amarillo y la tierra polvorienta. Se sentó ya con la agónica luz azul de una tarde que ya se fue, y por primera vez desde que estaba en el pueblo, por primera vez en meses, se tomó la cara con las manos, y por fin lloró como un niño de trece años que perdió a su mamá y a su papá para siempre.

 

(Continuará…)

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