Caleidoscopio: «Cuarenta cuadras»

Pranna cerró los ojos e intentó dormir, aunque ya sabía que no lo iba a conseguir. Cada vez que lo hacía su cabeza volvía a repasar todos los últimos acontecimientos. Y otra vez lo hizo, y recordó cuando le dijo a su mujer que le había cedido todos sus bienes porque los iba a perder, y que le pedía si podía guardarle una parte menor para él, y recordó que la mujer le dijo que no le iba a ceder nada de lo que le dé, y también recordó cuando le dijo que no lo quería, y que su verdadero amor era el que ahora le estaba quitando cada uno de sus bienes. Recordó cuando esa noche se despertó en un bar desconocido a las seis de la mañana, y recordó que hizo unas valijas, dejando muchas de sus cosas, y se fue sin saber a dónde solo con diez mil pesos en el bolsillo.

Recordó cuando paró en un hotel de baja categoría, y también ese primer día que habló con un gran estudio de abogados y le dijeron que no se iban a meter contra Brewster. Y recordó cuando fue a otro estudio menor, y le dijeron que lo harían si les pagaba antes. Y recordó que fue a dos estudios más, y que ya no insistió con el tema legal. Recordó que empezó a planificar hacer un emprendimiento con algún conocido, y cuando para gastar menos se cambió de hotel y se fue a uno desastroso, con un cuarto sin ventana donde nunca se ventilaba el olor de la lavanda del spray que tiraban tres veces al día, limpiando una vez por semana.

Recordó que le daba miedo dejar la plata en el hotel, y recordó cuando dos tipos lo encerraron en un local abandonado y le quitaron los ocho mil seiscientos pesos que le quedaban, el reloj y el anillo de casado que aún llevaba puesto. Recordó que llegó al cuarto del hotel tenso pensando en cómo irse de allí sin pagar. Recordó las trompadas, y que pagó con dos trajes de siete mil pesos cada uno. Recordó también cuando empeñó los otros seis trajes con los zapatos y corbatas y que le dieron dos mil pesos. Y recordó vagar ahora con un bolso con algunas pocas cosas, y también que esa noche que durmió en unos bancos de la terminal de ómnibus. Sintió que lo movían del hombro, y abrió los ojos. Un policía de pie lo miraba, detrás de él los edificios crecían hasta recortarse en un cielo urbano rayado de cables y palomas tristes. Los sonidos de los autos aparecieron de golpe.

—Disculpe, agente. Ya me voy.

Agarró su bolso que yacía bajo su cabeza, y no evitó mirar la vereda marrón ennegrecida de roña tan cerca de su cara. Se levantó. Otra semana más en la calle. Pensó en ir hasta la parroquia de Santa Rita, a cuarenta cuadras de ahí, que sabía que le darían algo para comer. El policía hablaba cosas, pero él no las quería escuchar. Cuando un hombre baja los brazos las voces se ponen opacas y las luces pierden su brillo. Echó su bolso al hombro y empezó a caminar. El policía gritó, y él ya había recibido una paliza importante la primer semana de dormir en la vereda, así que, sin mirar, empezó a correr.

Mientras saltaba a los otros indigentes vecinos suyos que lo vivaban y aplaudían volvió a pensar, como lo hizo tantas veces en esos días, que la miseria le había devuelto la salud física, y había recuperado una agilidad que había quedado sepultada en sus años de adolescencia. Más gritos, dobló en una esquina y corrió contramano. Al escuchar la lejana voz del policía cruzó la calle y continuó por la vereda del sol. No se cansaba, sus piernas respondían a amagues y saltos. Otra esquina y volvió a zambullirse entre los autos contramano. Los bocinazos le impedían escuchar los posibles gritos del agente, y antes de llegar a la cuarta cuadra sintió el cansancio. Ya sabía qué tenía que hacer. Dobló en la esquina, otra vez contramano, y empezó a buscar locales con gente. Vio un café repleto, pero sabía que de ahí no saldría. Vio un grupo grande en un local de celulares, y enfiló derecho. Una vez que se metió entre la gente buscó si tenía otra salida, los lugares dónde esconderse, si había seguridad… y esperó. Esperó a que llegase el policía, o a que pase una hora y ya pudiera irse. Sabía que no lo buscaban por un delito, sino que la cana cada tanto agarraba a un indigente y lo usaban para cualquier cosa: para imputación de algún delito, para que cobre plata de alguna coima, para divertirse un rato, o lo que sea. No es que fuera algo frecuente ni que todos los policías fueran así, pero entre los que vivían en la calle sabían que no se podía correr el riesgo de averiguarlo. A la hora salió del local sin ningún temor. Era de manual: el cana ya no estaría por la zona. En la parroquia le darían algo de comer.

Caminó varias cuadras, ocho cuadras, las contaba porque sabía que a la parroquia eran cuarenta y con eso ocupaba el infierno en que se había transformado su cabeza. A veces podía percibir el permanente peso que sentía en el pecho. Era como una presión leve, una angustia ahora leve pero constante que se le había hecho costumbre. Si bien se sentía ágil, nunca se había sentido tan débil. No tenía fuerzas. No tenía ganas. Ya no había metas ni motivaciones. Trataba de recordar su posición en Brewster donde hacía un mes y una semana atrás estaba sentado hablando de viajes y dinero, pero lo veía como una historia ajena, algo que le había pasado a otro. No importaban la cantidad de años que estuvo haciendo eso, las últimas tres semanas fueron tan intensas, tan demoledoras, tan destructivas, que veía su antiguo trabajo como algo a lo que había llegado por casualidad. Él no era nadie, nunca había tenido ningún poder real. Cuando quisieron sacarlo, lo borraron, y hasta su familia se desmoronó como un castillo de arena. Había nacido pobre, y ahora era indigente, y esa era la realidad. Nueve cuadras. Sintió vergüenza al recordar cómo trató a tantos empleados de la empresa, él, él que no era nadie. Sintió vergüenza. Todo el tiempo su mirada buscaba los rincones, los zaguanes, los lugares apropiados para poder dormir sin que lo echen. El miedo a que lo quieran cagar a palos era permanente, perpetuo. No le asustaba ni le alarmaba el miedo, era algo propio, un sentimiento con el que estaba aprendiendo a convivir. Cuando lo miraba alguien bajaba la vista, o lo miraba fijo, depende de cuán fuerte se sintiera. Diez cuadras. Pero tres semanas en la calle es poco, Y Pranna no había llegado a aprender que la policía conoce los caminos de los indigentes, no por ellos, sino por sus necesidades. No hubo “once cuadras”. Una mano por atrás le tomó el hombro y cuando quiso correr un peso muerto, un cuerpo entero le cayó encima y se derribó en el instante.
—¡Pará! ¡Quedate quieto! —gritó una voz claramente policial.
—Sí, sí, me quedo quieto.
El policía lo dio vuelta.
“¿Es él?”, preguntó el agente, y dos tipos con carotas redondas y de piel oscura asintieron. Pranna sintió crecer la angustia del pecho. Lo estaban involucrando en algo, y eso significaba pasarla mal por bastante tiempo, pero no se animó a abrir la boca. El policía lo miró sorprendido.
—¿Cómo es su nombre?
—Santiago Pérez —dijo Pranna.
El policía volvió a mirar a los dos hombres.
—Señor Pranna, ¿no nos recuerda?
Pranna se quedó helado al escuchar su apellido. Los miró con los ojos llenos de miedo.
—No… eeeh…
—Señor Pranna, somos del paraje Las Mellizas, de Santiago del Estero.
Pranna no alcanzaba a pensar con claridad. No entendía qué podría haber hecho que molestase a gente de Santiago del Estero.
—Usted mantiene, bueno, mantuvo hasta el mes pasado la escuela y la enfermería del paraje. Usted desde Brestel —intentó pronunciar el nombre de la empresa.
Pranna no recordaba ningún paraje, pero sabía que la empresa colaboraba con varias poblaciones en donde tenía intereses. Él se ocupaba de eso, pero jamás le había dado importancia. Los miraba. Temió que ellos también viniesen a descargar su furia ahora que estaba en el infierno, pero no se animó a decir nada.
—Vinimos a buscarlo, señor Pranna.
—¿Quiere comer algo? —preguntó el otro santiagueño.
Mientras las dos personas hablaban, Pranna no podía dejar de mirar la parrilla a la que lo habían invitado. Un lugar donde antes ni se hubiese acercado y que hoy temía que lo echasen. La carne cocida, caliente, la ensalada, las papas fritas… su cuerpo se movía interiormente, se comprimía, se hinchaba, reaccionaba a ese placer. El vino con soda en su boca era miel.

—…y cuando llegamos a Brestel hace unos días nos contaron de lo que le pasó, y uno de sus compañeros nos contó que lo había visto durmiendo en la puerta de una iglesia.
Pranna sintió su pecho hundirse cuando supo que en Brewster lo habían visto en la calle, y la luz del lugar se oscureció un poco más.
—Nosotros nunca nos olvidamos del incidente con el intendente.
Pranna los miró.
—¿Qué incidente?
El santiagueño que no hablaba bajó la mirada, y el otro lo miró como para que cambiara la actitud. Volvió a mirarlo a Pranna.
—Nosotros sabemos que no recuerda nuestro pueblo, usted colaboraba con varias localidades de la zona, y vaya a saber uno con cuántos pueblos más, pero un día usted increpó al intendente en nuestro pueblo, en pleno acto, y le reprochó la falta de cumplimiento en poner agua potable en el pueblo.
Pranna tuvo un fogonazo mental. “Larrabide”. El intendente era Larrabide y él lo increpó en el acto porque Larrabide había pedido una coima muy alta, y eso fue parte de esa pelea. Y Larraide fue víctima de Brewster. Tal vez andaría como él, en alguna calle de La Banda, en Santiago…
—El patio de la escuela lleva su nombre, señor Pranna —y el santiagueño sonrió.

Después de los cuentos, las historias, y las explicaciones de Pranna sobre cómo un tipo como él terminó en la calle, enterándose que no tenía a dónde ir, los tres se subieron a un colectivo, los santiagueños pagaron su pasaje, y se fueron a Las Mellizas, en un horizonte largo de calor, amarillo de sueño, y eterno de tiempo.

 

*          *          *

 

Eduardo Cortés revisaba una lista de gastos de mala gana. No le correspondía a él hacer un trabajo tan rutinario siendo el presidente de la empresa, pero una discusión en el almuerzo de la semana pasada con algunos directores lo comprometió sobre el destino de ciertos gastos, y se comprometió con una cifra que ahora debía corroborar. Igual tampoco estaba dejando de hacer nada, su puesto de presidente era una figura inexistente, y por eso no dejó ni un solo día de revisar los gastos diarios, labor que le llevaba cuatro horas. Esa tarde el trabajo le llevó una hora y media, y como no estaba cansado, tomó los gastos viejos anteriores a la discusión y los empezó a ojear. Un poco lo humillaba estar haciendo ese trabajo mientras sus propios directores estaban decidiendo sobre millones de dólares, pero al mismo tiempo nadie lo veía, y él se sentía ocupado.

La tarde empezaba a amarretear el sol cuando se detuvo en una boleta. La volvía a mirar mientras se le habrían grandes los ojos. “¿Francisco Martínez?” Largo en el aire las demás boletas y llamó a su secretaria.
—¿Usted sabe quién es este Francisco Martínez que viajó para acá con el boleto pagado por Brewster Argentina?
—No, señor, pero si quiere se lo averiguo.
—No, no, deje, gracias.

Eduardo se quedó un rato mirando la boleta hasta que se le ocurrió mirar la fecha de la compra. “Claro, Pranna…”. Sabía que no podía hablar de este asunto con cualquiera, era un tema muy delicado. Así que levantó el teléfono y llamó a la única en el que podía confiar.
—¿Hola? ¿Claire…?
—Eduardo, ¿cómo estás?
—Bien, ¿vos cómo andás? ¿En Venecia?
—No, estoy en Assisi, vine a ver a una amiga antes de ir para Buenos Aires.
—¿Te estés yendo a Buenos Aires? ¿Algún problema?
Si bien Claire lo quería a Eduardo, lo conocía bien.
—No, cada tanto hago un viaje para allá.
—No te vas por lo de Pranna, ¿no?
—No. No me gustó lo que pasó con Pranna, como a muchos de la empresa, pero ueno, esa es su historia. Yo voy a ver viejas amigas.

Eduardo no se esperaba esta situación en la única persona en que sentía que podía confiar. ¿Estaría yendo a ver a Pranna? Se llevaban muy bien. De hecho esa era otra de las tantas cosas que le molestaban de Pranna. Sabía caer bien con el que se le cantaba la gana siendo tremendo hijo de puta. Pero este viaje inesperado de Claire a Buenos Aires le dejó un gusto amargo en la boca y una gran inseguridad.

—¿Qué andabas necesitando, Eduardo?
—No, bueno, en realidad estaba pensando en ir a Venecia y te llamaba para verte si andabas por ahí, pero no hay problema, nos veremos la próxima vez.
—Sí, yo me estoy yendo esta noche.
“¿Esta noche?”, pensó Eduardo. ¿Por qué tanta prisa en un viaje relámpago para ir a ver viejas amistades?
—Bueno, Claire, que te diviertas mucho. Te mando un beso.

—Un beso, Eduardo.

Claire cortó y aprovechó el teléfono en su mano para volver a intentar con el número de Pranna. Otra vez el mensaje de teléfono fuera de servicio. Enseguida marcó otro número. “¿Hola? ¿Margaux…?”
Eduardo ya no tenía a Claire para que le averigüe sobre este Francisco Martínez que ahora andaba paseándose por Roma. Al principio se sintió como traicionado, sintió como que no lo respetaban, como que algo tan importante no se lo habían comunicado, pero después empezó a atar cabos. “Claro…, ahora entiendo por qué Pranna investigaba a Robles… Debe saber quién es Robles, y seguramente él mandó a Francisco Martínez a Roma, si es el Martínez que yo pienso que es. Pranna tiene que saber de todo esto. Pranna… Creo que debería hablar con Pranna antes de que Claire se ponga en contacto con él. Pranna va a saber explicarme de Martínez. Y más vale que lo haga”.

Levantó el teléfono y llamó a los abogados de la empresa.
—Quiero una reunión con Pranna. Ya sé que vive en la calle, pero quiero que lo encuentren. Necesito hablar con él. Y necesito hablar con ustedes porque tal vez Pranna tenga un accidente fatal.

 

(Continuará…)

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