Caleidoscopio: «El Rayo»

Fran entró al dormitorio y Vero, tapada, lo miró llegar.
—Te traje la comida, Vero. Es todo sano, te va a hacer bien.
Pero la cabeza de Vero era un lavarropas que iba y venía sin descanso, llena de ruidos que le hacían vibrar la mente. Apenas Fran se apersonó en el dormitorio y vio la proporción de su cuerpo, la mirada de antaño, las manos masculinas sintió que otra vez empezaba el lavarropas a moverlo todo. Ya había conseguido neutralizar el miedo, pero no acertaba con su inseguridad, y mientras Fran se acercaba con la bandeja ella, al contrari de sus actitudes anteriores, levantó la sábana hasta el cuello.
—Gracias.

Fran salió del cuarto y ella miró el bodrio de la bandeja. La mentira de la descompostura la iba a pagar caro, ya no se la bancaba mucho. Movió los alimentos del plato inspeccionando la carencia de cualquier cosa rica, pero sintió en su entrepierna el desborde tan solo por recordar las manos de Fran sosteniendo la bandeja. No daba más. Quería tirarse arriba de él, pero no se animaba ni a provocarlo ahora. Para hacerlo antes tuvo que prepararse, sentirse irresistible, tomar coraje… pero una cosa es ir al ataque, donde una se puede retirar y reordenar todo si algo sale mal, y otra cosa es estar en el rincón, indefensa, y que llegue la tropa. Fran acababa de salir y Vero pensó en atacar. No iba a saber qué hacer si él volvía. Y decidió, bah, su mente recurrió a una estrategia natural, tanto que ni se dio cuenta de lo que hacía, y pensó en que Fran no era nadie, era un empleaducho cualquiera sin rango ni jerarquía, y se empezó a sentir más fuerte pero su mente le trajo las palabras de Pranna “…todo esto se trata de Francisco Martínez”. ¿Se trata de este tipo? Y apareció.

Fran se sentó en la cama y prendió la televisión.
—¿Te molesta?
—No, no —contestó Vero que volvió a sentirse insegura—.
—Si te molesta, avísame.

Se sacó el pantalón y la camisa y se metió en calzoncillos en la cama. Vero hizo como que se recostaba pero abrió los ojos y se quedó mirándolo. Fran tenía la estampa de los hombres de pueblo, hombres de manos reales, de miradas enfocadas en algo, de mentes vacías pobladas de aire fresco, de polen, de olor a pasto cortado, y sin entrelíneas. Era tan simple que hacía todo más complicado. Se parecía a sus primeros amores, sus primeros besos, sus primeros suspiros. Creyó que eso en los hombres se consumía con los años, o se estancaba en tipos fracasados anclados en la chatura de algunas calles de tierra. Tipos sin mail, pensó, y sonrió tentada de su propia ocurrencia. Gente básica que solo sabe de la tierra, de la verdura, de tractores, de autos o de su municipalidad. Fran tenía esa esencia, sin embargo estaba en Brewster, y era importante. Pranna movía cielo y tierra por él. Era absurdo. Algo no entendía. Bah, no entendía nada, ni de Fran, ni de lo que le pasaba con él. Levantó los ojos y le miró la cara celeste en la oscuridad. Sus ojos clavados en la tele a pesar de tener una mina en bolas al lado. Era un misterio. ¿Qué cosas le interesaban? Tenía tantas ganas de hablar con él, pero diría estupideces, y eso mantenía su boca cerrada. Sorpresivamente Fran bajó la mirada y descubrió los ojos de Vero.
— ¿Estás bien?

Su voz le sonó a Vero como un bálsamo. Lo preguntaba de verdad, Fran hacía preguntas reales. Sintió que su cuerpo se relajaba más, y aprovechó eso para apagar su cabeza y no pensar. Sospechaba que ese era el camino que debía seguir con él. Volvió a mirarlo pero esta vez Fran la estaba mirando.
— ¿Estás bien, Vero?

Vero empezó a gozar con no responderle. Podía sentirlo como muy familiar, lejos de ser un enemigo o un competidor. Lo sintió como alguien que estaba ahí para mimarla, para cuidarla, y era cierto, era así. Nunca le había pasado algo semejante. Y se siguió relajando, sabía que el no responderle no lo iba a hacer enojar. Fran la estaba cuidando en su baúl de “cosa femenina”, esa caja que tenía bien cerrada a resguardo de cualquier hombre que la quisiera encontrar, esa caja llena de debilidades que hacía tiempo no abría, y que Fran tenía en sus manos. Y que a pesar de tenerla a su disposición, tampoco abría.

Todos los hombres buscan esa caja, poseerla es poseer las debilidades de la mujer, pero solo unos pocos saben que esa caja debe estar en sus manos… cerrada. Si la abren estará vacía, o será la caja de Pandora. En cambio, cuando la mujer realmente decide confiar en ese depositario que mantiene la caja en sus manos, como empoyándola, dándole su calor sin forzar su cerradura, entonces ella la abre, y sus mieles se replican infinitas veces. Vero entregó miles de veces esa caja, ese cofre sellado, hermético, y nadie pudo abrirlo jamás, aunque ella simuló mil veces esa entrega, para después reprochar arrogante el “haberse entregado”, sabiendo que los hombres no entendían esa dualidad, la entrega hermética, el darse cerradas. Hoy, acostada junto a él, mirándolo con la caja en su poder, sereno guardián de su salud, de su bienestar, con tanto poder sobre ella y ninguna actitud invasiva, necesitaba abrir esa caja y darle todo. Necesitaba abrir el portón de su fortaleza para que él pueda conquistarla. Cada pensamiento la relajaba más, y la hacía sentir más cerca de Fran, hasta que un pensamiento la sobresaltó: él no tenía ganas de conquistarla.

Se dio cuenta de que su inseguridad estaba distraída, o se había esfumado momentáneamente, porque sin ningún problema puso su mano sobre el muslo de Fran. Y apretó. ¡Qué gozo! ¡Qué dicha! Sintió su tibieza, la tersura de su piel, sintió los pelos de su pierna, el músculo que enseguida se tensó, la reacción inevitable de un hombre al que no le es indiferente una mano de mujer. De mujer… Vero empezaba a sentirse otra vez mujer. Se sentía débil y protegida al mismo tiempo. Podía confiar en Fran. Quería confiar en Fran. Necesitaba confiar en Fran. Necesitaba que Fran la tome y que no le permita pensar, que la mueva, la sacuda, la lleve, la traiga, sin que ella decidiera nada, absolutamente nada. Y su mano subió más por el muslo, pero la mano de él la detuvo aplastándola contra la pierna.

Vero no quiso ni mirar. Siguió con sus ojos cerrados imaginando esa pierna, imaginando esa mano sobre la suya. Sintió terror de que Fran le quitase la mano, pero ella no hizo nada. La dejó ahí. Tenía miedo de que Fran le pregunte qué hacía, y su excitación y su debilidad quedaran expuestas. Tenía miedo de que de un golpe torpe se cerrara la caja, pero Fran aflojó la mano y al ratito la retiró, y Vero sintió que la sangre volvía a correr caudalosa por todo su cuerpo, y la subió un poco más, y sintió sus piernas dormirse, y subió más la mano, y el tope le hizo dibujar en su mente la ingle de Fran, y la sangre se volvió chorros de agua, y su cuerpo ardía. Mientras la palma de su mano seguía tomando el muslo en la ingle, su dorso sintió algo hirviendo, algo suave, y de inmediato una mano pesada se apoyó maciza sobre su cabeza y las caricias sobre el pelo la desbordaron, y levantó su mano y, mientras la sumergía en su entrepierna, Fran se inclinó sobre ella, como un cedro que cae sereno y sin violencia sobre la frondosa pastura de su espalda. Intentó levantar su cabeza, pero el abdomen de Fran la aprisionaba contra la almohada y se entregó a esas manos que ya estaban explorándolo todo y el aire en ese hueco se volvió rancio y seco de transpiraciones sofocantes. Su cuerpo se anestesiaba en cada lugar por donde él pasaba sus manos, sus labios, su boca, sintió el peso de su cuerpo hundirla en la cama, sintió toda la sangre recurrir a su cadera, sintió el ariete llamar al derribo de sus portones, sintió la tropa penetrar su fortaleza, se sintió invadida, libre, conquistada, completa. Sintió cuando su cuerpo entero se irguió como un mástil al que levantan, y sintió el encastre repetido, el pelo sacudirse en lo alto, y volvió a sentir cómo caía derrumbada sobre la cama, y otra vez la invasión, la recepción, la visita, y otra vez un giro, y nuevamente arriba sin que ella pensara absolutamente nada más que en lo que sentía. Y abrió los ojos. El sol de la mañana entraba rabioso por la ventana. La cama estaba vacía. Y oyó ruidos en la cocina.

 

*          *          *

 

— ¿Es verdad que Pranna está fuera de Brewster, Eduardo?

—Sí, Chango. Y sabemos que la mujer lo va a dejar, y que él le va a tener que dejar su fortuna porque los abogados ya armaron la causa para quitarle hasta el último peso.
— ¿Cómo saben que la mujer lo va a dejar?
—Porque la mujer está con un tipo de Brewster. Bueno, ella no lo sabe, pero está ahí para esto. Hace año y medio que el tipo está laburando para que se ocupe de quitarle a Pranna la otra parte de su vida.
— ¿Cuál?
—Su familia. Pranna no es un tipo que lo echás y se queda viendo tele en su casa, Chango. Pranna es un peligro y hay que destruirlo.
—Pero, Eduardo, me parece que es mejor matarlo antes que hacerle esto.
—No. Estoy seguro de que esto va a hacer que el que se mate sea él mismo. Tiene un tema con su familia, fue huérfano a los ocho años y lo crió un tío. Él laburó desde entonces y la carencia afectiva la volcó en el trabajo, pero su punto débil es ese refugio a donde vuelve cada noche. Su casa, aunque ya solo queden escombros de ese lugar.
—Che, Eduardo, no me gusta esto. Yo puedo resolverlo, dejame que me ocupe.
—Perdoname… ¿Te estás poniendo tierno, Chango?
Chango no supo qué decir.
—Chango, ¿puedo seguir confiando en vos, o algo está cambiando?
—Nunca hicimos algo así.
—Pero hicimos muchas cosas por primera vez, Chango. Esta es una más.
—Sí, pero nunca algo como esto.
—¿Puedo seguir confiando en vos, Chango…?
—Sí —contestó—.
—Bien. Porque de esto se trata todo el trabajo que estamos haciendo hace dos años, Chango. Y no puede fallar por un arrebato de ternura.
— Y ¿por qué Pranna? ¿Qué hizo el tipo?
—Pranna no hizo nada. Pranna es el lugar donde cae el rayo. El rayo es el importante, pero el lugar donde cae… es una elección del rayo. Nosotros solamente estamos eliminando el lugar donde cae el rayo. El rayo no debe caer nunca más.
—¿El rayo es un delito? ¿Es algo que pasó con él?
—El rayo es una persona, Chango. Pero te confieso que hoy me hiciste dudar de tu confianza. Cuando te vuelva a sentir como antes te lo explico mejor.

 

(Continuará…)

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