Caleidoscopio: «El vestidito»

—Cami, no te puede quedar tan bien ese vestidito.
—Gracias, Miguel.

La galería de arte mostraba desde afuera tres esculturas de Miguel y a él ya le empezaba a molestar. Él no era un estafador, el era un creador de mundos imaginarios. Para Miguel la imaginación era algo así como una cuarta dimensión donde se podían hacer las cosas que normalmente no tenían importancia… para los demás. No tenían la relevancia que él le veía. Su característica era poder estar en cualquier parte, y que esa cualquier parte sea un reino feudal, un lago perdido en la montaña, una cabaña… Estaba incómodo con que la gente pagara por esas esculturas. El plan era otro, las esculturas eran una manera de ser artista, pero en esa dimensión imaginaria, y como su poder era importante, la gente vio su sueño, sintió su sueño, y hasta compró su sueño.

Hilando más fino, él sí hacía esas cosas, y vendía universos imponentes por dinero, pero a gente que sabía que buscaba eso, que lo necesitaba. Eran sueños a medida. Esto lo sentía como una estafa, “esculturas del alma de los personajes relevantes de la historia”, y el tema era tan subjetivo que no tuvo que ni imaginar nada, lo que salió era lo que supuestamente él sentía que era el alma de Stalin, o de Marilyn Monroe, o de el quiosquero de la esquina, daba igual. Volvió a mirar la vidriera pero quitó rápidamente la vista. Le resultaba humillante.

—¿Cómo hacés para caminar con tacos y ese vestidito sin que se te vea el culo, Cami?
Cami lo miró con sorpresa. Imaginó que Miguel estaba pensando en cualquier otra cosa antes que en ella y su cuerpo. Y se rió.
—Soy mujer. Practiqué toda una adolescencia cómo llevar bien un buen vestido, y cómo sacarle provecho a un par de tacos, o a cualquier otra prenda.
—Pero es que siempre se te está por ver el culo y… y no, no se ve.
—Soy buena en esto, ¿eh?
—Estás buena, que es diferente.
Cami ya lo conocía bastante a Miguel, lo conocía en la cama, que es lo que abre la puerta de la mente, en el sexo está el lado oscuro de la luna, aquello que no podemos ver, y le siguió la charla por donde ella sabía que conducía a algo interesante, por el humor.
—Sí. Estoy buena. Lástima que mi arte de que no se me vea el culo a veces no consiga que la mano que yo quiero se sumerja por debajo…
—¿La mano que vos querés?
—Sí.
—Yo tengo un problema parecido. No puedo ver el culo que mi boca quiere morder. ¿Será por eso que dos imanes del mismo polo siempre se repelen? ¿Por qué son del mismo polo?
—No sé si me va el polo en esto, no sé, lo dirás por montar una yegua… No sé si me banco una comparación tan barata. Lo que decís tendría sentido si fuesen del mismo palo más que polo, trébol con trébol, por ejemplo.
—No hablemos de palo, no empieces con eso…
—Bueno, yo empecé. Lo importante es quién acaba… Quién acaba con esto…
Miguel de pronto, como si acabase de advertir algo, la miró. La miró con los ojos clavados en su cara. Le había seguido la charla hasta dejarlo tan caliente, en tan poco tiempo, que ni lo advirtió. Y ahora la miraba encontrando cada frase en el deseo de aquellos ojos simples y buenos que portaba Cami en su cara. ¿En qué momento había cambiado tanto?
—Tenés los ojos sin seguro, se te puede disparar una mirada fulminante. Tené cuidado.
—No sirve poner el seguro en la mirada, porque lo que no dispare ella lo mastica mi boca.
—No digas masticar, decí morder que es más sugestivo…
—Morder.
—Decí chupar que es…
—Chupar.
Con la cabeza semi inclinada hacia adelante y los ojos mirando hacia arriba bajo los párpados que dibujaban como rayos sus pestañas Cami jugaba. Se daba cuenta de que Miguel no era tan difícil como pensó. A veces la inteligencia no es sinónimo de complejidad del juego, sino de amplitud de tablero. Todos los caminos llegaban al paquete que se hinchaba en su entrepierna cada vez más.
—Che… Oíme, Cami…
—¿Qué?
—Te voy a tener que coger.
A cada frase de Miguel Cami buscaba el sendero imaginario por donde sentía que andaba Miguel, y lo sintió brioso, apremiado, sus manos inquietas, su cabeza buscando… sí, voy por ese sendero.
—Hoy no estoy tan fácil, Miguel —y no pudo contener una sonrisa tentada.
—No se trata de que estés fácil o difícil —dijo mirando de un lado para otro—, se trata de intentar encontrar un lugar reparado antes de que te viole en la vereda, no quiero fotos de telefonitos de peatones en internet.
—Pero mirá que a lo mejor no me convencés…
—Allá, vení.

Miguel de traje azul oscuro, zapatos negros brillosos, camisa blanca y corbata ilustrada de bordó, y ella con su vestidito suave negro, con la espalda desnuda y el pecho cubierto hasta el cuello, con sus altas piernas y su cuello largo, con su rodete, doblaron por una servidumbre, un pasillo inusual entre dos casas. Esquivaron en ese pasillo de menos de un metro de ancho unas cajas vacías de verdura, la carcasa de un lavarropa, una puertita semi derrumbada de alambre de gallinero y apareció la pequeña profundidad del vano de una vieja puerta.

Miguel la tomó de la cintura, la puso en el hueco y hundió sus labios en los suyos. Cómo le gustaba sentir la tibieza del interior de la boca de Cami. Su mano subió por la nuca de ella y se enterró en ese pelo lacio y rubio, por esa cabellera frágil, liviana, agarró con toda la mano la cabeza de ella y mientras saboreaba el jugo de su boca imaginaba que podía sentir en la palma de su mano todos los pensamientos de Cami revolverse, empujó la cabeza más fuerte hacia la suya para que sus bocas se encastrasen más, y la nariz de Cami se pegó contra su pómulo izquierdo. Sintió las manos de ella llegar tarde a su espalda, débiles, idas, como si no supiesen dónde se hallaban. Hervía. Miguel hervía. Un aroma de buena salsa de fideos llegó hasta ese pórtico pero no importaba, al contrario, sumaba al vértigo de estar en un lugar donde nadie coge.

Con sus labios Miguel subió por la cara de Cami besándola con la boca abierta, empujando su cara hasta que su cabeza hizo tope con la puerta. Una brisa más fría de lo esperado corrió por el pasillo con bastante fuerza, pero Miguel disfrutó que algo le calmara tanto ardor. Le tomaba la cabeza, la giraba, Cami se dejaba hacer con sus ojos cerrados y su boca siempre semi abierta, se sumergió en su largo cuello y sintió la sal de su piel con el dulzor de su perfume y el agreste olor de la madera sucia de la puerta. Sin saber cómo ni cuándo lo pensó, sus manos tomaron de los hombros a Cami y la bajaron suave pero decididamente a Cami agachándola frente a él. Se quedó mirando los bastidores marrones, casi grises por el hollín y el polvo, frente a frente, mientras su sangre recorría su cuerpo y la lengua de Cami se sentía suave como algo acuático y tibio. Y constante. Y constante…

El deshielo, esa sensación de que se desmorona un dique, y que en ese estado de calentura se empieza a sentir en la espalda, hizo que Miguel la levantara. Cami seguía etérea, con sus ojos cerrados, su boquita a medio cerrar, y sus labios enrojecidos e hinchados. Tomó un forro del bolsillo del pañuelo del saco, se lo puso, abrazó a Camila que parecía borracha, levantó su falda y la tomó del culo, Cami casi por instinto levantó sus piernas y ni en los primeros golpes contra la puerta frunció una ceja o movió la comisura de sus labios. Nada. La puerta empezó a sonar evidenciando que Miguel entraba cada vez más fuerte. Un rocío de polvo del travesaño de la puerta les nevó las cabezas, los hombros, los brazos, a cada golpe contra la puerta, como un fuelle la puerta soplaba una humedad rancia de su interior y la espalda y la cadera de Cami hacían un bombo con el bastidor amplio al que no notaron su crujir hasta que cambió el ruido y Miguel sintió que con el empujón seguían de largo.

“¡Crack!”, y Cami esta vez abrió grandes los ojos. Al notar que Miguel no paraba trató de poner su mano para no atravesar el bastidor ya vencido de la puerta, pero él siguió, el ruido de cada golpe se hizo casi imperceptible, y el temblor de sus piernas por cada empujón la volvía a dejar exhausta, y sus ojos se cerraban, y el vértigo de atravesar la puerta se desvanecía, y otro golpe, y su cadera empezaba a estar un poco adentro de la casa, y un vaho denso de aire rancio los rodeó, y otro golpe, y las piernas, y su cuerpo se aflojaba, y sus ojos se perdían, y su cabeza que golpeaba contra la madera, y un abrazo fuerte, un cuerpo tenso, duro la apretó, la pegó hacia él, y sus piernas empezaron a ceder, a bajar lentamente. Cuando Miguel la quiso soltar Cami casi cae, y la volvió a abrazar. Con una mano él le acomodó un poco la ropa, se acomodó la suya y salieron del pasillo muy despacio hasta que los bañó la luz del sol de la tarde.

El tráfico en Roma es insoportable, y Miguel estaba parado esperando que se destrabe un congestionamiento. La miró a Cami acostada en el asiento del acompañante, hecha un bollito con sus piernas, tan dormida… ¡Cómo había cambiado! O ¿cómo era Cami antes? La mujer tiene entre sus estrategias la de la espera, algo que el hombre tiene que ejercitar la mujer lo tiene casi como algo establecido, natural. ¿Y si Cami había esperado, había calculado que él se iría involucrando con ella lentamente…? La volvió a mirar. Esta Cami le gustaba. Recordó una frase que le había dicho una mujer hacía tiempo: “Las mujeres nos conocemos reflejándonos en el otro”. Muchas veces una mujer se encuentra estando con otro, y tal vez Cami se estaba descubriendo en él, y a él le gustaba esta Cami. Le costó imaginarla tan astuta como para un cálculo tan preciso. No era frecuente que él sintiera estas cosas. Recordó a la Cami paralizada, la que terminó con Fran por teléfono, muerta de miedo, recordó cómo fue adquiriendo confianza a su lado, le gustó, le gustó verse al lado tendiéndole la mano a cada paso. El tráfico cedió un poco y avanzó unos metros, la volvió a mirar. Miguel creía en los quiebres de la vida, en esas cosas que aparecen y lo corren a uno del camino. Así le había pasado desde su infancia, cuando conoció a su mejor amigo… bueh, su mejor amigo… Ya no lo reconocía, había cambiado mucho.

La volvió a mirar. Cami era muy linda. Parecía frágil, una dama elegante y frágil, pero acababa de comprobar que no lo era, acababa de saborear su pasión, su entrega, diferente a las otras veces en que hicieron el amor. Las bocinas le hicieron darse cuenta de que los autos habían avanzado, y avanzó. Pero que le gustase Cami era un problema, uno grande. Primero tenía que sacarla del plan de Eduardo. Vital. Y segundo tendría que contarle a la misma Cami todo el plan en el que había participado. Se lo tenía que contar porque Miguel no necesitaba una pareja, una novia, Miguel necesitaba una cómplice, alguien con quién conquistar sus mundos. La volvió a mirar. ¿Qué tenía diferente Cami a otras mujeres? ¿Qué era? Los autos cedieron y la calle volvió a circular. ¿Qué es?, se preguntó. La volvió a mirar, y se dio cuenta de que todo el tiempo la quería mirar. Sus piernas desnudas sobre el asiento, sus ojitos dormidos, su pelo revuelto, su vestido, ahora sí, desprolijo y con medio culo afuera… y sin embargo en apariencia frágil. Qué lindo polvo acababan de tener en ese zaguán…

Llegó al hotel y antes de bajarse del auto, lamentó no tener una casa a dónde llegar con Cami en ese mismo instante. “Tal vez lo pueda charlar con Eduardo, o tal vez me compre finalmente algo por acá, si es que a Cami le gusta…”, y la volvió a mirar. Abrió la puerta y Cami se desperezó. Sin decir nada, apenas mirándolo con una sonrisa pachurrienta, gateó entre los asientos de adelante y se echó en sus piernas como un gatito indiferente. Y ahí lo supo. Cami era diferente en eso. En que a él le gustaba. Y nada más.

 

*          *          *

 

En Las Mellizas el sol parecía estar enojado por algo. El calor era agobiante y la luz enceguecía a donde se mirase. Los primeros días Pranna anduvo desconfiado, probaba poca comida —solo la que veía comer a otros—, y dormía con un ojo abierto. Pero con el paso del tiempo, las celebraciones, las fiestas, los discursos… comprendió que Las Mellizas realmente estaba agradecido con él por las donaciones que hiciera en su momento Brewster. Pranna al principio se quedó “guardado” en la casa que le dieron (tres cuartos, jardín y cochera) que había sido de un tipo muy querido que había muerto sin hijos, y las casas en Las Mellizas… abundaban. Los jóvenes escapaban, sino a Santiago del Estero, a cualquier otra provincia. Las Mellizas era un pueblo en silencio. Todo era silencio. Al poco tiempo Pranna ya pidió “algo para hacer”, y le empezaron a dar funciones. Nadie se animaba a ofrecerle trabajos menores, o de baja categoría, pero son los que solicitó Pranna, y al tiempo estaba juntando hojas en la plaza o basura de las calles.

Por las noches, los primeros días, mucha gente lo iba a visitar a la casa con el pretexto de ser un vecino, o el dueño de la turbina que usaba en la plaza, etc, y poco a poco fue poniendo pretextos y excusas hasta que nadie pudo visitarlo más… por la noche. Las noches de Rafael Pranna eran sentarse en el jardín, hacer un fuego en el asador, y mirarlo arder por horas con una caña de durazno en la mano. Había vuelto a fumar, por desprecio porque no fue por ganas, y quemaba sus cigarrillos como quien come grisines. Le preguntaba y le repreguntaba a la noche qué era lo que estaba haciendo ahí, qué era lo que había pasado, pero no buscaba respuestas porque ya lo sabía todo. Su pregunta era sobre su cabeza, su estado mental, su derrumbe, sobre su nuevo vagar como un adolescente desmotivado.

Una noche llegó Carlocho, el más hablador de los dos que lo rescataron de la calle. Pranna estaba sirviéndose caña de durazno, su bebida predilecta, o tal vez la manera más dulce y aburrida de matarse, a la par de la agonía con que moría ese pueblo.
—¿Cómo se siente en el pueblo, señor Pranna?
—Bien, Carlocho. Bien, gracias.
—No, señor Pranna, mi pregunta no es una formalidad. ¿Cómo se siente? Me imagino que un hombre que usted que lo tuvo todo, de pronto encontrarse en la pobreza de nuestro pueblo…
—No lo tuve todo, Carlocho.
—Bueno, pero ah sido muy rico.
—No lo tuve todo… Tuve mucha plata, mucho poder, Carlocho. Estuve cerca de los más poderosos… de los más poderosos del mundo, pero no lo tuve todo.
—Claro… —dijo Carlocho sin saber qué responder.
—Nunca tuve una familia. No sé cómo hay que hacer, como es que se hace para que una mujer lo ame a uno.
Carlocho sin darse cuenta, al ver a ese hombre tan abatido que simulaba no sentir nada, se levantó sin miramientos, se sirvió caña y dejó por ahí el “señor”
—Pranna, yo no sé mucho sobre las mujeres, pero mi madre me decía que para que una mujer se enamore de un hombre, este tenía que ser como era. Que en el mundo había una mujer para cada hombre.
Pranna lo miró hasta con cierta piedad.
—Ojalá fuera tan fácil, Carlocho.
—Tal vez usted quiso a otra mujer, a una que no lo amaba.
—Y ¿cómo sabemos si nos ama o no nos ama?
—Cuando una mujer se enamora se pone molesta —agregó con entusiasmo Carlocho—, empieza a criticar la ropa que usamos, cómo tomamos la caña, que si cortamos el pasto, que no levantemos la voz, que no nos emborrachemos…
Pranna sonrió como si aquello fuese un chiste.
—Si es así prefiero no conocer el amor, Carlocho.
Y el santiagueño rompió en una risa con ganas, y volvió a beber la caña en silencio.
—Y ¿cómo sabés que ese es el método que funciona, Carlocho? ¿Cómo sabés que ella está enamorada?
—Bueno, no… no lo sé, pero sí sé que después de un tiempo cuando ella se va uno la extraña.
—La extrañás porque te acostumbraste al ruido.
—Puede ser —dijo Carlocho y volvió a beber del vaso.

Después hubo un silencio largo, bastante largo de dos hombres mirando una mesa.
—Puede ser —dijo Carloncho levantándose para irse—, pero uno la extraña.

Los días continuaron. Cada uno que se cruzaba con Pranna lo saludaba como si fuese el Presidente de la República el que anduviese juntando botellitas y papelitos, y no él. Una tarde dejó de pinchar vasitos de plástico y se sentó en un banco en la plaza. Estaba solo. La plaza también. Todos lo querían, lo trataban con respeto, ¿por qué no aceptaba ese cariño y dejaba de envenenarse con caña cada noche? ¿Por qué no hacía algo por Las Mellizas con el conocimiento que él tenía? ¿Por qué no aceptaba su nuevo lugar en el mundo? Era necesario esperar años para poder aplicar lo que hizo durante toda la vida a favor de un pueblo que ¡lo fue a buscar para sacarlo de la calle! Ni se dio cuenta, pero estaba de pie apretando el pinchapapeles. “Sí”, se dijo, “voy a darle a Las Mellizas lo mejor de mí, ellos me amaron primero, y ahora yo los voy a amar a ellos”. Después estuvo un rato pensando en que había usado dos veces la palabra “amor” en una frase. Algo estaba cambiando dentro de él. Y le gustaba. “Eduardo Cortés puede sacarme del sistema, pero no borrarme del mundo”, y sonrió. Y se fue caminando por el sendero de la plaza, apoyando el pinchapapeles como un báculo poderoso, y sin arrastrar las alpargatas.

 

*          *          *

 

Fran y Vero caminaban por el Tíber y se detuvieron frente al Castel Sant’Angelo, la antigua residencia de veraneo de los papas, fuera del Vaticano, pero a no muchas cuadras de allí. Vero no se daba cuenta de si estaba mirado el castillo o lo miraba a Fran. Su simpleza lo abrumaba. Era una simpleza de hombre, llena de carácter, llena de decisión…

Fran miraba el Castillo pero pensaba en Rafa, en el llamado. No quería hablarlo con Vero porque se ponía aburridísima con el tema del trabajo, pero se quedó con lo que le dijo de Cortés. ¿Cómo iba a evitar a Eduardo Cortés si todo era de él? ¡Era imposible esconderse!

Vero lo tomó del antebrazo y recostó su cabeza como siempre vio que hacían todas las mujeres enamoradas. Le gustó, pero solo lo soportó unos minutos y luego volvió a su posición standard.

Fran trataba de comprender si la escultura que coronaba el castillo sostenía un mástil o un pararrayos. Vero lo volvió a tomar del brazo y quiso sentir el olor de su piel, ¿o era el olor de la camisa? Fran Se rascó el pecho que le picaba. Vero le soltó el brazo y miró cómo se estiraba el género de la manga. Fran se apoyó con los dos codos en la baranda, Vero le cruzó una mano por la espalda, Fran sintió el pelo moverse por la brisa, Vero le apoyó la cabeza en la espalda, Chango salió del puente y empezó a bordear el Tíber, mientras miraba la estatua con la espada, que se yergue delante del pararrayos en el Castel Sant’Angelo. 

 

(Continuará…)

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