Caleidoscopio: “Plan B”

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Dejó los cubieros y juntó sus manos en un puño iluminado por las llamas de las velas y cubriendo su boca, dejando asomar entre los nudillos sus ojos verdes. El sonido del murmullo y de los golpecitos de los cubiertos de otras mesas eran como música clásica. No le podía quitar los ojos a ese Fran nuevo, distinto al que había reencontrado en Brewster. Fran comió un bocado y la miró. La mesa parecía una isla blanca en un océano de penumbra e intimidad. “¿Estás bien?”, le preguntó, y Vero asintió bajando una sola vez sus gruesas pestañas y subiendo sus pómulos.

No fue como lo hubiese planeado. Después de las risas en piazza del Popolo ella se quedó insegura, como temerosa, y en lugar de irse juntos a cualquier parte quedaron en esa comida a la noche, en un restaurante cercano a la misma plaza. Hace mucho que no sentía esa inseguridad. Ninguna misión se la había provocado desde hacía años, ninguna meta, ningún objetivo la había puesto en un lugar emocional donde se sintiese perdida, pero la diferencia, la gran diferencia, era que el que había logrado provocarle ese sentimiento estaba de su lado. Sentía que no tenía por qué temerle. Al contrario. Ese al contrario era el que le daba miedo.

Ya habían hablado de lo que estaban pensando antes de encontrarse, de lo que sintieron con aquel beso primero, él de Camila, ella de una historia falsa que inventó para parecer una mujer promedio que tiene historias largas, comprometidas y emocionales, él de lo que sentía en Roma con ella, ella repitió más o menos lo mismo para que haya una coincidencia, como veía que pasaba en las parejas del cine… y se dio cuenta de que era la primera vez que hacía cosas solo para dar una buena impresión y no para un fin posterior. Se dio cuenta de que se estaba aguantando hacía rato las ganas de pregntarle “¿En qué pensás?” porque siempre odió esa pregunta pelotuda de las películas. Invariablemente respondía frente a la pantalla “descubrilo, pelotuda, te va a mentir”, sin embargo moría de ganas de preguntárselo. Y no podía. Y se moría de ganas. Y no podía.

Cada tanto lo podía ver desnudo. Era más que imaginación, era casi real. Lo veía desnudo: el pecho, los abdominales… no, no veía abdominales…, pancita. El pecho, la pancita, sus brazos, sus hombros, el color de la piel, lo veía casi con claridad, incluso veía pecas y marcas que su imaginación colocaba sorprendiéndola. Veía sus músculos moviéndose bajo su piel en cada movimiento como aplanados domos rodantes que se desplazaban por su piel como si fuese bajo una sábana. Sentía una excitación rara. No podía resolver si eran más las ganas de estar con él que la calentura. Y le daba miedo. Todo esto le daba miedo. Fran no era un tipo de muchas luces, y ella se estaba entregando a ojos cerrados. Si definitivamente lo hiciese quedarían desprotegidos… Quedarían, se repitió sorprendida por estar hablando en plural. Y desanudó el puño de sus manos, y tomó sus cubiertos, y enterró su mirada en el plato, y trató de relajarse.

— No comiste nada —dijo Fran, y Vero lo miró callada sin levantar la cabeza.
Tenía miedo. Fran no tenía todas las luces, y eso era algo que siempre hab´pia despreciado en los hombres. Bueno, tampoco había conocido a ninguno que le pareciera una luminaria, pero había tipos despiertos, o que intentaban serlo al menos.
—Estoy comiendo, Fran.
—Sí, pero como tenés el plato casi intacto…
— ¿Quisiste decir que estoy comiendo lento, no?
Y Vero se arrepintió de responderle así. ¿Qué quería demostrar? ¿A quién? Y lo volvió a mirar y sintió que su mirada se perdía en otras mesas fuera de ahí, y que no le estaba buscando los ojos como hacía un rato. Y sin darse cuenta giró un poco su cabeza buscando encontrar lo que Fran parecía estar mirando. ¿Estaría viendo a otra mujer?

A Fran no se le pasaba el desagrado que le causaba esa actitud de Vero. Vero era la lava y la nieve, pasaba de la paz al odio en segundos. Su belleza aumentaba cada vez que la volvía a ver, lo que le confirmaba que le gustaba mucho, pero esta vez la Vero que tenía en frente era una Vero nueva, diferente. Una Vero demasiado pasiva, pero al acecho, a la defensiva, atenta a cada cosa, a cada detalle. No respondió a la pregunta de Vero. Le cayó tan mal que hasta perdió un poco el deseo. Él había querido quebrar el silencio con cualquier boludez, pero Vero evidentemente tenía otros códigos. Y no le parecía algo menor. La vio comer, con la cabeza gacha, con esa camisa semi desabrochada depositaria de dos tetas épicas, sus manos suaves y decididas… Había mucha decisión, como siempre, en los movimientos de Vero, pero había una distancia que no podía llegar a comprender. Y eso a Fran le estaba empezando a aburrir.  De repente Vero se enderezó un poco, su cara cambió a la actitud usual, la de siempre, y se entusiasmó. Vero lo miró con los ojos de ella, los que él ya conocía.
—Decime, ¿sabés algo de Pranna?
¿Me habla de laburo?, pensó Fran y bajó la cabeza. Se convenció de que si esa noche intentaban algo sería un desastre.
—No… No, no sé nada, Vero —dijo de mala gana.
Vero empezó a transpirar. Se sentía una novata. Había querido cambiar su postura temerosa y recurrió a lo único que le daba seguridad: el juego. Su juego, el trabajo, las metas… pero cada vez se daba más cuenta de que era una mujer atípica, y que a los hombres les gustan las mujeres, las mujeres típicas, las comunes. Volvió a sentirse insegura. Tenía una tremenda necesidad de decirle que no sabía qué hacer, que no sabía hablarle, que no sabía de qué quería que conversasen, pero no podía mostrarse débil. No. No podía y sintió ganas de llorar, y su mecanismo ante esa situación se activó solo.
— ¿Me esperás? Voy al baño, ya vengo.
—Sí, Vero.

Se quedó parada al espejo, y se vio insegura. “Se nota mucho”, pensó. Se acomodó la camisa, se desabrochó un botón, pero era muy obvio, quedaba casi con las tetas al aire. Volvió a abrocharse la camisa. Sus ojos se llenaron de reflejos, se amontonó el líquido sobre sus pestañas inferiores, pero antes de que se derramen las lágrimas tomó un papel y los secó. No sabía ser mujer. Simplemente no sabía serlo. Competía con los hombres, no los amaba. Nunca los había amado. Y para competir con los hombres hay que usar el método de ellos: el que menos siente, gana. No sabía permitirse sentir, y lo podía ver con claridad, y entendiendo de que esa postura lo estaba alejando de su objetivo más deseado, el más aspirado, sintió vergüenza. Vergüenza por aquellas mujeres tontitas de las que se había burlado, pero que hubiesen manejado esta noche con absoluta soltura. Hasta temió que ahora, mientras ella estaba en el baño, apareciese alguna y le hablase, y lo seduzca, y Fran al fin se harte de ella que le preguntó ¡por Pranna! Pero ¿cómo pude ser tan pelotuda?, se dijo sacudiendo obstinadamente la cabeza. Voy a ir y le voy a decir que me enseñe, que me enseñe a ser mujer. Es que Fran quiere una mujer, no me va a querer si se entera que no sé serlo. Y sintió una puntada en el pecho cuando se hizo una pregunta que no se hacía desde niña: “¿Y ahora qué hago?”.

Fran pensó que en realidad no le gustaba tanto Vero, seguramente erala necesidad de dar vuelta la página con el tema de Camila. E involucrarse con Vero iba a ser un quilombo, laburaban juntos. Lo mejor era terminar con eso. Cuando ella llegara le iba a decir que se sentía mal, y que quería dormirse temprano. O mejor le diría que mañana madrugaba. No habían hablado de lo que harían mañana, sí, eso le diría.

Vero se cansó de sentirse así. Si voy a perder a Fran, que sea con actitud, y no con miedo. No. Lo perdería rotundamente, al fin y al cabo, ella no sabía ser una mujer como las otras, y ese era su defecto. Alguno tenía que tener, pensó, y dejó brotan una sensual sonrisa en el espejo.

Fran vio en una mesa del fondo que la rubia que estaba con un señor muy mal vestido lo miraba. El tipo… ¡qué genio! ¿Cómo se va a poner un saco amarillo fuerte, una camisa rosa y una corbata colorada? Parece ¡Ronald McDonalds! Y la rubia lo miraba a Fran y le sonreía. Qué aburrida que es Vero.  La rubia mirándolo erró el bocado a su boca y lo impactó en sus comisuras, casi en su cachete. Fran se rió, ella sonrió, y el acompañante reventó en una carcajada exagerada y triste que hasta asustó a su… ¿compañía? Fran bajó la mirada. Ese hombre no tenía herramientas para esa rubia, y le dio pena. Lo imaginó en su casa, anudando su corbata colorada y eligiendo el saco amarillo entre el bordó, el verde clarito… Esa carcajada histérica. Qué aburrida que es Vero…

Sacó pecho y su camisa reaccionó como debía, dibujando de arrugas rectas cada botón de sus tetas, se palmeó el culo, y se rió. ¡Qué carajo me importa Fran, ya está! ¡Qué se vaya a la mierda! Mañana voy por mi casa en Pescara. Y agregó en voz alta, “¡Cuidate, Chango!”. Y se rió bien, divertida, y empujó con arrogancia la puerta del baño, y cruzó entre las mesas sabiendo que su cadera se hamacaba como lirios en el viento, y escuchó los rumores enojados de las mujeres de las mesas de los hombres que no se estarían resistiendo, y miró a uno, a dos, y era así. La miraban algunos furtivamente, otros sin pudores, y las mujeres hablaban, ellas, las que supuestamente sabían cómo conquistar a un hombre. Que se vayan al carajo, pensó, y sonrió más. Y de puro placer al sentirse nuevamente segura se tocó el culo al pasar por otra mesa, y volvió a escuchar el reclamo femenino. Gozaba. Y dobló y vio a unos metros la mesa con Fran sentado. Y lo notó aburrido, cansado, lo vio relojeando las otras mesas, lo vio harto, e infló el pecho, pero no se infló lo suficiente, y su cadera no se balanceaba ahora tan bien, y llegó hasta la mesa con sus tacos sonando casi como pantuflas en una cocina.

— Vero, ¿te parece que vayamos a acostarnos? Mañana madrugo y…
Vero sintió un violento temblor en el pecho, no estaba preparada para un rechazo tan inmediato. Fran no tenía ni ganas de mirarla. Sintió que todo le temblaba.
—…estuvo muy lindo. ¡Qué buen lugar este!
Vero otra vez perdió el control. Sus ojos le hicieron sentir que a la cuenta de tres se llenarían de lágrimas y reventarían en un llanto esta vez sin la posibilidad de atajarse con un papelito. ¿Por qué no podía tenerlo a Fran? ¿Por qué si era lo único que le interesaba realmente? ¿Qué mierda tenía este tipo? ¿Qué carajo ten…? Las lágrimas. Ya había contado uno, dos… Y Vero, sin decir nada se paró y volvió a caminar hacia el baño.

Fran se dio cuenta de que algo andaba mal en ese segundo en que Vero se sentó, lo escuchó y se volvió a parar, y salió detrás de ella, ella intentó caminar más rápido con sus tacos, pero él la alcanzó y la giró.
— ¿Vero?
Y ella lo miró y sus lágrimas rebalsaron. Pegó un tirón, se liberó de Fran y siguió su camino. Fran se quedó de pie en la puerta. Al rato ella salió con sus ojos colorados y repintados. Su cara pálida.
—Vero, ¿me decís qué te pasa?
— Sí, Fran, te lo voy a decir. No sabía cómo decírtelo, pero bueno, no te lo puedo esconder más…

 

Cuarenta minutos después les tocó el turno en la guardia del Sanatorio, y Vero pasó. “Esperame acá, Fran”.
—Dígame, señorita —le preguntó en italiano el médico dentro del consultorio—, ¿qué le pasó?
—Mire, doctor, me pasó que se me estuvo por arruinar la noche con este señor que me trajo y que me interesa mucho, y necesito que me dé un papelito membretado recetándome reposo y comidas livianas.
—Pero, señorita, yo no puedo…
—Tome —le dijo Vero dándole un rollito de billetes—, solo le pido que me declare una descompostura por stress y me recomiende eso. Ni droga ni nada complicado.
—Pero, señorita…
—Tengo otros métodos para que me de lo que le pido, pero le aseguro que su carrera de médico se verá severamente afectada.

— ¿Y? —preguntó Fran en cuanto vio salir a Vero.
— Por suerte era una descompostura nomás. Pero me dijo que era seria, que por eso me sentía tan mal. Necesito hacer reposo. Que voy a seguir estando débil un tiempo.
— Bueno, menos mal que no era serio, Vero. Bueno, te llevo al hotel.
—Y, sí. Y ¿me acompañás al aeropuerto? Voy a tener que volverme a Buenos Aires.
— ¿Volverte? ¿Por qué?
—Fran, no puedo hacer reposo sola en el hotel. Voy a estar haciendo cosas todo el tiempo, además el médico me dijo que estos días me iba a sentir muy débil. —Y agregó mirando al piso— No sé cómo voy a hacer.

Vero no se esperó ese silencio que siguió a su última frase. Fran no contestó enseguida y otra vez sintió miedo. No lo quería perder. Su desesperación no era solo por lo que sentía, sino que no se perdonaría nunca perderlo por novata, por ignorante, por hija de puta. Y Fran no lo decía, y el silencio continuaba, y ella muda, y él nada, y se le empezó a revolver el estómago de verdad, se sintió rechazada, y al segundo siguiente más rechazada, y al otro segundo humillantemente rechazada…

— Che, y ¿no querés venir a casa? Yo puedo acompañarte la mayor parte del día.
Vero no podía separar el alivio del desprecio, la paz de la rabia. ¡Cómo lo había pensado el hijo de puta! Pero esta vez reaccionó según el plan, por eso le salió bien.
— ¿Seguro? Pero vos tendrás cosas que hacer…
—No, voy a estar en casa, y no tengo problema.
—Pero a lo mejor querés invitar a un amigo, a alguna chica…
—No, no.
—¡Ay, gracias, Fran! De verdad, te agradezco mucho.

Buscaron ropa y las cosas de Verónica y fueron para el nuevo departamento de Fran. Se acomodaron y Fran salió a comprar comida. Cuando volvió a su casa dejó el pollo con verduras en la cocina y fue a ver cómo estaba Vero. Ella se había quedado dormida. Con sus manos agarrando la sábana, cubriendo su pecho, y con la espalda y parte del culo desnudos. Fran se quedó mirándola. ¡Vero estaba tan fuerte…! Iba a ser complicada esta estadía de Vero. Pero se fue para la cocina. Sabía que esa mujer apenas se despertara le hablaría de Brewster. No sabía hablar de otra cosa. Sacó el pollo de la fuente descartable, lo puso en un plato con las papas con orégano, lo metió en el microondas, preparó una bandeja, un vaso, la botella de agua mineral…
—¿Ya volviste?
Fran se asustó y miró la puerta. Vero se tapaba solo con una almohada.
—Perdoname, es que escuché ruidos pero no creí que hubieras vuelto. Me debo haber quedado dormida.
Fran no hablaba. Vero era una cabecita, hombros, brazos, y largas piernas desnudas, todo detrás de una almohada hecha casi a medida de aquella imagen perfecta.
—Te dejo hacer tranquilo, Fran. Me voy a la cama.

Y giró y dejó ver el perfil de una cola impecable, clara, redonda, que se perdió detrás del marco de la puerta de la cocina.

(Continuará…)

 

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