Caleidoscopio: «Porque yo te quiero a vos»

Margaux abrió la puerta del cuarto del hotel pero Fran le hizo un gesto para que pase, y Margaux pasó. Fran ya no se sorprendió, no dudaba más de que la amiga de su infancia era la dueña de un imperio. El cuarto tenía el copetín sobre toda una larga mesa de comedor.

—Ahí tenés el traje. Me imagino que si me lo hiciste traer te lo vas a poner…
Se rieron y Fran se puso el traje en una habitación y se sentó en la mesa de los copetines. Margaux le había servido un vino. Ella estaba más excitada que si firmase la compra de un país entero.
—Siento como que traje mi niñez a mi mundo de hoy —dijo Margaux bebiendo de su copa.
—¡Lo que me impresiona es la casualidad de que yo esté trabajando en una empresa tuya!

Margaux se llevó la copa a la boca para no hablar y mientras lo miraba. Ahora que lo veía, que lo sentía igual que siempre, tenía nervios de contar todo. Creyó que sería más leve el encuentro, menos impactante. Lo que más disfrutaba era sentirse humana. Hoy no existía presidente de ningún país que le produjera la emoción que le estaba provocando Fran, que no era nadie, que incluso era un empleado suyo. No imaginó sentir miedo de hablar y que se arruine ese encuentro.

—Así que Chango es empleado tuyo…
—Sí —dijo Margaux—, desde que hice Brewster.
— ¿Era una sorpresa? ¿Vos le dijiste que no me cuente nada?
Margaux se dio cuenta de que si no contaba todo ahora más tarde Fran se lo tomaría mal. Era inevitable hablar. Dejó la copa.
—No, Fran. No era una sorpresa. Chango no es tu amigo. Te odia.
— ¿De qué estás hablando?
—Te odia, Fran, desde que se fue del pueblo. Pero no es responsabilidad tuya. Chango es así, envidioso, inseguro, miedoso…
—Pero… ¿qué estás diciendo?
—Mirá, Fran, vos no estás acá de casualidad —Margaux miró al piso, tenía miedo—, yo te traje —y levantó la mirada.
— Perdoname, pero a mí me contrató Rafael Pranna. Me vio en un…
—…en una librería, te dijo que le gustaste para trabajar en su empresa, volvió a aparecer… Te esperó…
—No entiendo, ¿por qué decís que me contrataste vos?
—A ver… ¿Me dejás contarte como fue todo?
—Eso quiero.
—Bien… Fran, nunca dejé de pensar en vos. Nunca. He estado con muchos hombres, con modelos, actores… Cuando se iban pensaba en vos, en vos con doce años.  Doce, Fran. Con doce años y jamás conocí a alguien como vos. Me preguntaba qué era lo que había visto en vos, incluso siendo tan chiquito, y entendí que tenés una pureza, una simpleza poco común. Tal vez como la de mucha gente simple, pero vos no eras simple. Eras más. Cada cigarrillo en la ventana, en Dubai, en Tokio, en Washington, en Londres… cuando fumaba mi cigarrillo sola pensaba en vos. En qué sería de tu vida, en si me gustarías, en si te gustaría yo, en dónde trabajarías, lo pensaba vagamente pero siempre…, y una noche, una noche que me sentía muy vacía, que estaba cansada de todo, cansada hasta de mí, volví a recordarte, pero esta vez te pensé como un salvavidas, incluso te pensé como algo posible. Yo podía buscarte, podía intentar acercarme.

Fran estaba inmóvil e inexpresivo. Su mente era todo lo contrario.
—¿Pensabas en mí?
—Sí, en vos, Fran. Vagamente, entre varias cosas que pensaba, pero siempre estabas ahí.
—Pero, teniendo todo el poder que tenés, todos los medios qué tenés…
—¿Por qué no te busqué antes?
—¡Claro!
—Fran, la plata no hace a nadie superhombre. Solo nos da una visión diferente del mundo, de la gente, de las cosas. Del poder. El poder no está en la plata, aunque sea una frase trillada, y aunque la mayoría de mis pares millonarios digan o piensen lo contrario, no está en la plata. Y yo lo puedo decir porque llegué hasta acá buscando otra cosa. Bah, más que buscando, yo llegué hasta acá escapando. Escapando de una vida sin red. Una vida donde todo el tiempo tenía que estar vigilante, atenta a que no me robaran, a que no me violaran, a que no me dejaran afuera. Todo el tiempo, día y noche, sola o con gente, siempre alerta. Y recuerdo muy bien cuando a los catorce años entendí que la mejor manera de no vivir con miedo era yéndolo a buscar, enfrentarlo en su territorio. Y fue cuando el almacenero que siempre me acosaba un día sudó la gota gorda al verme entrar a su casa, atendida por su esposa. Yo había ido con la firme intención de hablar con ella, pero cuando vi el miedo de ese tipo, cuando vi la tensión, los nervios que tenía sentí un placer, un poder tan intenso que me acerqué a él y le dije “disculpe que lo moleste pero el alfajor que me vendió ayer estaba feo. Tenga cuidado con los otros, no vaya a ser que también estén feos”, di media vuelta y me fui saludando con una sonrisa a su esposa. Ese fue el suceso que cambió mi vida.
—¡Pero tuviste suerte, porque el tipo podría haber sido un hijo de puta y querer amenazarte para que nunca más hicieras eso!
—Yo nunca tuve suerte. Nunca.
—¡Cómo que nunca tuviste suerte! No se llega hasta donde estás vos sin suerte.
—Falso. Acá se llega a conciencia o escapando, como yo. La plata es un refugio, excelente y placentero, pero es un refugio. Ese suceso me sirvió para no escapar más del acoso del almacenero, sino de negociar, de permitir algunas cosas a cambio de otras. Esa confianza es el poder. No la plata, la confianza en uno mismo. Si yo lo hubiera seguido amenazando el hubiera hecho lo que decís vos, porque el miedo, su falta de confianza, habría deducido que mi existencia era un peligro, y algo hubiese hecho.
—Y ¿cómo negociaste con él?
—No, esas cosas son del pasado. No voy a hablar de los detalles de esos años tan difíciles de mi vida. Lo que te puedo decir fue que de esa amenaza inicial llegué a un acuerdo que me convenía y mejoraba mi situación anterior a ella. Y así, de cada amenaza empecé a sacar provecho. Y esa actitud…, qué increíble lo que he tenido que desarrollar en mi infancia, pero esa actitud hizo del miedo y la confianza mis mayores aliados.
— ¿Vos llegaste hasta acá con la extorsión?
—No, no. Siempre usé el miedo y la inseguridad de los otros. Jamás me ensucié las manos. ¿Para qué voy a generar un miedo si las personas ya los tienen? Solo observé, y luego me metí en los territorios del miedo. ¡Ahí hay tanto poder! Ahí está la esclavitud, la sumisión, las peores miserias del hombre. Y son miedos tan baratos… ¡La gente da su vida por tan poca cosa! Pero además yo nunca busqué algo determinado. Yo escapaba, y donde encontraba una puerta que me parecía que me iba a llevar a algo mejor, pasaba. Nunca lo dudé. Pasé.
—Y ¿nadie nunca se metió en tus miedos?

Margaux por un momento cambió su rostro duro por una expresión de sorpresa.
—¿Cómo? —y se rio con ganas, con auténticas ganas—. ¡Todos estaban adentro! ¡Yo vivía con miedo, Fran! ¡Vivía…! Hasta hace un tiempo en que me hice un replanteo de todo, de mi vida, de qué buscaba, de qué quería, viví toda la vida con miedo.
— ¿Con miedo a qué?
—A no tener red, a quedar afuera de un mundo mejor, a que me ganen. Para mí que me ganen significó siempre que me roben o me quiten algo. Para mí no existe perder, perder es morir. Para mí o ganás o te ganan, y el que te gana se queda con lo tuyo. Si se pudiese perder tal vez eso me daría más paz, lo he pensado muchas veces. Pero por más que intente recrear el concepto de perder no lo logro. Cuando me están por ganar algo en mí se transforma y redoblo la apuesta.
—Pero no es así. A veces se gana…
Pero Fran se calló. Margaux se había levantado y se alejaba de él. En ese momento cayó en la cuenta de que Margaux estaba absolutamente abierta en esa conversación que la desnudaba, que la exponía. Ahora que la veía cerrada la volvió a ver poderosa como cuando hacía y deshacía desde la butaca de su avión. El silencio duró un rato más. Y Marguax giró y lo miró.
—Me parece increíble que te esté contando todas estas cosas. Es la primera vez que lo hablo con alguien. Me siento profanada, entraste a mi mente por algún lugar que no conozco y conseguiste que saque cosas que son mías, que cuido que nadie sepa. Y cosas que no tengo por qué contar.
—No me cuentes, Margaux. Yo no necesito saber estas cosas. Solo que vos las hablaste y yo te pregunté.

Margaux lo miró a Fran. El silencio hacía tanto barullo que no incomodaba. Se sentó y siguieron en silencio. Fran comió algo, ella miraba un punto en la mesa.

—Sí, sí quiero contarlo. Quiero contártelo a vos. Por algún motivo siento que puedo confiar en vos. Eso… —Margaux levantó la mirada— eso sentí con vos cuando te conocí. Que podía confiar en vos. ¡Qué cosa más linda! No me olvido el día que te di la mano en la iglesia…
—¡Sí! ¡Yo también recuerdo ese día patente! Nunca voy a olvidar la osadía que tuviste…
—Osadía… Tenía necesidad. Nunca había… Ahora voy entendiendo cosas. Nunca había sentido esa confianza. Nunca. Esa complicidad… Claro, por eso tal vez siempre te he recordado. ¡Cómo necesitaba confiar en alguien…! Fijate que no pude cerrar la boca desde que nos sentamos en la mesa, y eso que no me gusta lo que te estoy contando, no me siento orgullosa, pero necesito que lo sepas todo. Necesito… necesito sentirme vulnerable y descansar en alguien. No puede ser que la vida no me haya dado ni eso, ¡que todo me lo tenga que conseguir yo! Estoy tan cansada, Fran… Desde que me puse a pensar en mi vida me di cuenta de que estoy tan cansada…
—Y si llegaste escapando hasta acá sin haberlo buscado, ¿por qué no salís?
—No entiendo.
—Claro, ¿por qué no dejás el imperio y vivís una vida más simple? Si me decís que el poder lo da la confianza…
—Es que no es así. Si en un mundo donde todos tienen pistolas y las cosas se consiguen a los tiros vos tenés un lanzamisiles que te pesa más que a los otros, que te incomoda para manejarte normalmente pero que puede hacer lo que cientos de pistolas al mismo tiempo, ¿vos lo dejarías para volver a tener una pistola?
—Bueno, no sé, no sé si es el mismo ejemplo.
—Además el lanzamisiles no se vuelve aire. Donde lo dejes otro lo toma. Y el mundo, ya no nuestras vidas sino el mundo se mueve según lo diga la gente que tiene los lanzamisiles. ¿No es acaso una responsabilidad llevar uno? ¿Quién lo tomaría si yo lo dejo? ¿No querrán matarme a mí y a los míos con la misma arma que yo resigné porque me pesaba?
—¿Pero vos hacés el bien con tu “lanzamisiles”? ¿Crees que estás haciendo un mundo mejor?
—No. No sé si hago el bien. Mi mérito es no hacer el mal. Además a mí me gusta lo que tengo, lo que me pasó fue que nunca me detuve a pensar en mí hasta hace un tiempo, y me di cuenta de que quiero cambiar muchas cosas. Pero no creo que para ello mi fortuna sea un impedimento. El poder es una responsabilidad, no es ni una ventaja ni un suplicio, es una responsabilidad que podría ser igual a la de un piloto de avión de quien dependen doscientas almas. Todos tenemos una responsabilidad ajena a nosotros mismos de una u otra forma.
— Perdoname pero te tengo que decir que no me suena creíble que una mujer que haya llegado hasta acá, que tenga tanto poder, de pronto se haya puesto buena y diga que…
— ¿Buena? Gracias, pero ¿por qué crees que me puse buena?
—No sé, contás tu historia como si fueses una víctima.
— ¿Una víctima? No creo en las víctimas. Solo en los que ganan y en los que pagan el premio del que gana. ¿Quién es la víctima? ¿El que paga hoy? ¿Sabés cuántas veces pagué? ¿Sabés cuántas veces se llevaron todo? Pero yo después gané, y me cobré, y volví a cobrar, ¿los que me pagan son víctimas?
—No sé, Margaux, no sé quiénes son los que te pagan.
—Los que me pagan son los que tienen. Los que tienen una automotriz o un quiosco de chocolates o tiempo, tiempo para pelotudear. Y yo, antes, también perdí ante ellos. Y perdí una automotriz, y perdí un quiosco, y perdí mi tiempo. Y se lo llevaron otros que hicieron con eso lo que se les dio la gana. ¿Victima? Andá a contárselo a ellos a ver si soy una víctima…
—Perdoname, no quise molestarte.

Margaux suspiró y volvió a mirar la mesa.

—No —dijo Margaux—, es que estoy caminando por senderos nuevos. Nunca he permitido que me interpelen como lo estás haciendo vos, y te ataco como si fueras un periodista de la BBC.

Otro silencio.

— Y ¿cómo es que me trajiste? ¿Me contás?

Margaux lo miró.

—La verdad que me doy cuenta de que somos muy distintos. Bah, no, yo cambié tanto que no puedo alcanzarte. Pensar en vos es una utopía.
—¿Por qué pensás eso?
—Porque tus preguntas son tan simples y tan lógicas que en cada respuesta me veo como un monstruo.
—No sos un monstruo —dijo Fran, pero sonó tan poco creíble que hasta él bajó la mirada.
— ¿Sabés lo que pasa, Fran? Vos sos como un niño. No digo que lo seas, pero tenés la pureza de un niño, parece que hubieras vivido aislado del mundo y que hablases con un espíritu lleno de paz. Pero al mundo no lo maneja gente como vos. Sería imposible, a los tipos como vos se los destruye en pocos segundos. Incluso la gente buena que uno ve por acá o por allá tampoco son como vos. Es más, no sé si es buena tu manera de ser, pero sea como sea, me encanta. Yo necesito a alguien como vos cerca de mío. Urgente lo necesito.
—Contame cómo es que me trajiste.
—Es que no lo vas a entender. Me estoy dando cuenta de que no lo vas a entender, y no quiero que te vayas creyendo que soy un monstruo, porque no lo soy.
—Contame…
—Quiero que sepas que yo soy como vos, pero que encontré otras herramientas, otros caminos, pero…
—Margaux —dijo Fran con serenidad—, contame cómo me trajiste.
—Bueno. Vos tenés que entender que yo todo lo que quise en mi vida lo tuve que conseguir. La suerte no me trajo nada a la orilla, y cuando me hice el replanteo sobre mi vida vos apareciste ahí, y salí a buscarte. Supe que trabajabas en una librería, y supe de tu situación. Entonces arreglé con Pranna…
— ¿Qué situación?
—De que te querías casar.
—Pero lo decís como si fuese un problema.
—Sí, a ver… Cuando digo que te fui a buscar digo que averigüé toda tu vida. Averigüé sobre Camila Llorente… bueno, todo. La cuestión es que le dije a Pranna…
—¡No, pará! Y ¿qué pasaba con que yo me estese por casar?

Margaux miró bajó la mirada. No recordaba que en su vida alguien la incomodase con alguna pregunta. No recordaba tener tanto miedo de perder algo que quisiese ganar. Tal vez esa era la novedad, acá nadie le ganaría, sino que podía llegar a perder a Fran para siempre. Perder…

—Yo… Yo armé un equipo para buscarte, Fran. Armé un plan, y le di máxima prioridad. Fue la primera vez que hice algo para mí. Algo que no era de supervivencia, sino que era… algo que me haría bien, algo que tal vez la vida que lo concediese. Armé un equipo de tres psicólogos independientes entre ellos, seis detectives privados entre los que había dos inspectores de policía argentinos y uno inglés que es brillante, un publicista argentino y otro estadounidense, una parapsicóloga de acá, francesa, y un gestor de gastos que se ocupó de la operatividad con los gastos y viáticos y cosas así. Armé ese equipo donde salvo los inspectores argentinos, todos eran independientes entre sí. Yo seguía el programa desde casa con un psicólogo. La parapsicóloga te lo cuento porque fue así, pero pifió todos los datos que le crucé y la saqué del equipo. Solo me quedó un dato por comprobar de ella, pero ya no era confiable para mí y la saqué. Pero hasta una parapsicóloga metí en ese equipo. Creo que fue lo más lindo que hice en mi vida. La emoción que sentía cuando me llamaban para decirme que tenían datos tuyos, que sabían cosas nuevas, que cruzaban información… ¡Qué feliz que fui! ¡Qué feliz!
—¿Y lo del casamiento?
—Ah, bueno. Los psicólogos observaron con mucho detenimiento a Camila y supieron que ella quería casarse para cumplir con el mandato femenino de tener un marido.
— ¿Supieron? ¿Los psicólogos supieron?
—Fran, te cuento las cosas como las viví. No, no podían saberlo. Lo dedujeron. Antes de que me dijeran eso yo ya había mandado a Pranna a que te ponga a trabajar en Brewster, que, mal que mal, fue la primera vez que le encontré sentido a la compañía. Pranna me informó de que parecías abrumado, como sedado frente a la vida. Las cosas te pasaban, no tenías una actitud activa frente a tu vida, y ahí fue cuando trabajamos en conocer más a Llorente, a Camila Llorente.
— ¿Pasiva? Yo no tenía una actitud pasiva.
—Vos “tenés” una actitud pasiva ante la vida, Fran. La tenés. Y no hubiera intervenido en eso si no fuera porque sé, y esto sí es de psicología, esto es así, la confirmación de que las personas que toman decisiones en ese estado no eligen abiertamente sino que simplemente dejan que las cosas pasen, hasta que despiertan, si es que lo hacen. Y cuando despiertan se replantean todas las decisiones que tomaron mientras estaban dormidos. Y mi intención era saber si a Camila le pasaba lo mismo. Y sí, le pasaba lo mismo. Así que decidí crear una situación que era muy probable que sucediera. Decidí que algo te pase. No importaba qué, algo. Preferiblemente bueno, algo bueno.
— ¿Y qué me pasó?
—Eso, que Pranna te descubriera —Margaux hizo el gesto con sus manos de las “comillas”— y que cambiases de trabajo. Que de una librería atendiendo gente pasases a una oficina con responsabilidades y mejor situación económica.
—¿Pero eso qué te podía aportar a vos? ¿Me pensabas manipular desde la empresa?
—No, yo no quería forzarte a nada. Quería que eligieras vos todo el tiempo. Para eso hice que te pasara algo donde vos tenías que elegir, y elegiste. Elegiste creer en Pranna e irte a trabajar a Brewster.
—Pero ¿quién no elegiría eso?
—Todos los que vivan esperando que les pase algo, o los que crean que eso puede ser un escalón para seguir yendo hacia donde quieren ir, que no era tu caso. Vos elegiste y tu nuevo trabajo te motivó mucho, te interesaste, parecía como que te despertabas pero en realidad estabas disfrutando de lo que te había pasado. Nada más que eso. Con mi equipo no sabíamos si ibas a ir por algo o si ibas a entusiasmarte nomás, y te entusiasmaste nomás.  Al mismo tiempo yo sé que todo lo que hago es seguido de cerca por Eduardo, mi hermano. Es un infeliz que vive envidiándome y odiando todo. Es en alguna medida peligroso, porque no tiene ningún código, es muy torpe, pero tampoco tiene escrúpulos. Estaba seguro que le iba a dar miedo que Pranna contratara a un tipo de la nada y lo pusiera a trabajar en Brewster, acordate que es una empresa que la hice para que ellos se sintieran dueños de algo, así que viven pendientes de todas las boludeces que pasan en la empresa. Pero no fue así, él no se enteró de eso porque vos entraste como un empleado raso, en cambio él se enteró de que una mujer había sugerido exportar arte argentino al exterior, y no le cerró. Bueno, a nadie le cerró. ¡Imaginate la sorpresa que tuvimos con el equipo cuando supimos que esa mujer era Camila!

Margaux bebió un trago, pero Fran se mantuvo en silencio.

—Yo creí que nos habíamos equivocado y que Camila estaba decidida a buscarte de la manera que sea, pero Eduardo, haciendo muy bien su papel de sorete, lo mandó a Miguel Robles para que se interiorizase de esta misteriosa mujer. Fijate cómo son las cosas que, sin que yo intervenga en nada excepto en seguir lo que pasaba, Eduardo eligió al tipo que menos le convino. Miguel es una persona muy eficaz, pero muy independiente al mismo tiempo, lo conozco de chica, del pueblo. Y Miguel sin proponérselo destapó lo que me habían dicho los psicólogos. Cami, cuando vio una madera flotando en el agua se subió sin dudarlo. Pero no lo hizo de mala mina, sino que cuando te empezaste a alejar de ella y se dio cuenta de que ya no habría casamiento… se despertó. Por eso tuvo la iniciativa de ir a Brewster con lo del arte. Probablemente para estar cerca de ti, o para averiguar, pero en cualquier caso lo hizo porque se despertó y eligió. Nadie la buscó a Cami para que fuera a confluir en Brewster.
— Pero ¿me estás diciendo que te metiste en mi relación con Cami?
—Jamás, Fran. Yo lo único que hice fue darte un laburo en Brewster. Nada más. Para que te des una idea de la poca intervención mía en el asunto, el mayor peligro era que conozcas a Chango, porque ahí te perdía. Por suerte nunca pasó.
—Sí pasó. Nos encontramos en el Tíber. ¿O vos también hablaste con Verónica Kawalsky para que lo impidiera?
—No. Pranna hablaba con Vero, yo no.
—¿Pranna habló con Vero sobre mí?
—Pranna la puso a Vero para que te apuntale, esa mujer es muy eficiente. Tan eficiente como ingobernable, como Robles. Los eficientes siempre tienen un plan B que es propio de ellos. Un salvoconducto por si las cosas salen mal.
—Pero… ¿Vero entonces está conmigo por un plan?
—Pranna le encomendó a Vero ocuparse de tu estabilidad. Ella alquiló el departamento cuando estabas mal con lo de Cami, Vero organizó varias cosas de logística en tus movimientos… Sí, Vero está a tu lado para ayudarte, estabas muy mal.
—¿Pero por orden de Pranna?
—Sí, por orden de Pranna.

Fran no pudo evitar la expresión de tristeza.

—Fran, como sea, no te enamores de Verónica Kawalsky. Esa sí que ha hecho cosas sucias. No es para vos —dijo Margaux y notó que todavía no se le iba esa mueca de dolor con que nos marca la cara el desengaño—. Haceme caso, sacátela de la cabeza. Hasta Pranna le tenía cuidado.

Fran recompuso su actitud.

—Seguí con la historia.
—Bueno, la cuestión es que Cami se subió a la balsa que Miguel le ofrecía, y ahí saltó el fracaso de lo que iba a ser tu matrimonio. Hiciste ese duelo exageradísimo…
— ¿Exagerado?
—Sí, Fran. Sos un maricón. Fue así de exagerado porque las cosas te pasan, no elegís nada. Y como vivís así tu vida, la pérdida de Cami en lugar de ser una elección o una aceptación fue un duelo. La lloraste como si el mundo ya no tuviera sentido. O no, la lloraste como si tu vida no tuviera más sentido. Cami seguía viva, y hasta podrías haber ido a buscarla, recuperarla, pero nunca lo hiciste, Fran.
—Sí, es que después descubrí que no sé bien qué siento por Cami. O qué sentía por ella.
—Bueno, entonces te repusiste y, como empleado de Brewster, pedí tu traslado a la sede de Roma. Vos podías negarte tranquilamente, pero no lo hiciste y llegaste. Una vez que llegaste ya te habían pasado muchas cosas, por lo que perfectamente podía pasarte que te encuentre, así que esperé unos días y me entero de que Chango te había ascendido. No sabés lo que me reí con eso. Chango te ascendió seguro que para enterrarte de alguna manera, no sé cómo, pero finalmente llegó el día esperado que es hoy, y acá estamos.
— O sea que manipulaste las cosas para que yo esté hoy acá con vos.
—No, no manipulé nada. Absolutamente nada. Justamente, para no manipularte fue que primero supe que estabas en ese estado de somnolencia, donde las cosas te pasan, entonces mi única intervención fue tomar la misma oportunidad que tenía cualquiera para que te pase algo.
— ¿Y para eso solo contrataste un equipo de profesionales?
—Sí, claro. Yo no te manipulé, pero una vez que estuviste en Brewster yo podía influir sobre tu entorno para que no te afecte nada de manera decisiva, como que te echen de la empresa, por mencionar una posibilidad, aunque no fue necesario. Yo no podía influir en tu decisión, quería respetar este estado tuyo donde las cosas te pasan, y no quería abusar de mi poder para influirte. Lo único que hice fue girar el caleidoscopio.
— ¿Cómo “girar el caleidoscopio”?
—Sí, lo único que hice fue eso. Con un solo movimiento cambié las figuras. ¿Vos me preguntabas si había llegado hasta acá con la extorsión? Bueno, no, yo llegué hasta acá moviendo el caleidoscopio. Un solo movimiento y la mirada atenta. Eso me lo enseñó un tipo con el que salí un tiempo, un vendedor genial. Él me decía que si tiro una piedra por una barranca va a hacer un solo camino y no otro. Que si yo tuviese la capacidad matemática como para tirarla exactamente por el mismo lugar y de la misma forma, volvería a hacer el mismo recorrido. Pero que si yo a esa misma piedra la tirase por el mismo lugar pero un poquito más fuerte, la piedra era capaz de caer a varios metros de distancia del resultado de la primera caída. Y decía que las personas son como esos caminos, predecibles. Que si tirás la piedra por un lugar se va a volver a chocar con los mismos obstáculos, solo que él veía a las personas como los obstáculos, no como la piedra. Si yo suelto la piedra hacia la derecha, conociendo los obstáculos puede llegar a la izquierda.
—Pero eso es lo mismo que tirar la piedra directamente hacia la izquierda, si se pudiese tirar de la misma manera es inevitable.
—Sí, si los obstáculos fuesen piedras. ¿Pero si son personas? ¿Quién puede afirmar que esa persona va a seguir estando en el mismo lugar cuando yo vuelva a tirar la piedra?
—Pero entonces no entiendo, parece imposible saberlo.
—Saberlo es imposible, pero intuirlo no. Y a las personas, Fran, a casi todas las personas de este mundo mañana las vas a encontrar en el mismo lugar o haciendo las mismas cosas, salvo que les pase algo. Entonces él decía que el mundo era como un caleidoscopio, que donde lo muevo un poco cambian todas las figuras. Y la figura realmente responde al azar, los que obedecen mecánicamente al movimiento son los elementos que la componen, las personas. Si la figura se mueve es porque alguien está moviendo el caleidoscopio. Si están quietas, es tu turno. Yo moví el caleidoscopio para el lado que me convenía, pero la figura es impredecible. Lo único que yo podía hacer era esperar a que se acomodaran las figuras a mi conveniencia o volverlo a girar, pero en tu caso solo me propuse moverlo una vez, y moverlo una vez significa “hacer que te suceda algo”. Nada más. Cuando ves muy seguido el caleidoscopio empezás a darte cuenta de que, más allá de que sea imposible saber cómo se mueven los elementos, lo podés intuir.
—¿Vos también estás adentro del caleidoscopio?
—Todos, salvo el que lo mueve.
—Y ¿cómo podemos estar a salvo del que mueve el caleidoscopio?
—No dejándote caer, no moviéndote por el envión del movimiento que afecta a todos. Los únicos que están a salvo del caleidoscopio son los que van a un lugar con decisión, no importa a dónde ni si después cambiarán de lugar. El que sabe a dónde va entonces siempre está en movimiento, nunca lo agarra el sacudón desprevenido. Si vos hubieras estado interesado en quedarte en esa librería nadie te saca ni con un millón de dólares de ahí, o volverías en la primera oportunidad.

Hubo un silencio breve. Se miraron. Margaux tenía una sonrisa contenida, Fran tenía un rictus parecido al de la tristeza.

—Por eso a los que trabajaron cerca de mí siempre los tengo cerca aunque ya no los necesite, porque son posibles enemigos, y pudiéndoles seguir el rastro, a la primera cosa sospechosa les cambio el escenario de sus vidas con un simple movimiento del caleidoscopio. Por eso a Brewster la llamé así, porque ahí es donde guardo a los tipos que trabajaron para mí y que representan algún riesgo para mí.
—¿Qué significa “Brewster”?
—David Brewster es el inventor del caleidoscopio. Vos no podías haber entrado a trabajar en un sitio más adecuado.
—La verdad, Margaux, no sé si felicitarte o mandarte a la puta que te parió.
—Sí, ese es mi gran miedo. Que ahora que te conté todo me dejes.
—¿Qué te deje? ¡Pero no lo dudes! Tu manejo sobre la gente es repugnante…
—No, Fran, no te confundas. Yo no manejo a nadie. Vos todo el tiempo pudiste hacer lo que quisiste…
—¡Pero si vos sabías perfectamente lo que yo iba a hacer!
—¡Porque aposté a tu previsibilidad y acerté, —Margaux levantó el tono de voz— pero eso no es responsabilidad mía! Al contrario, te estoy dando la oportunidad para que te veas, te conozcas. Yo podría haber manipulado todo pero no lo hice, y si vos estás acá es porque te dejaste caer hacia donde se movió el caleidoscopio. Yo podría haberte ido a buscar, como dijiste al principio, con un traje, un avión, tus odaliscas, pero eso habría influido en vos, en cómo me mirarías. ¿De qué otra forma habrías venido hasta mí sin prejuicios, sin pensar miles de cosas erróneas antes? Margaux Cortés, aquella “Fran” de cuando éramos chicos hoy millonaria te manda un avión a buscarte. ¿Qué habrías pensado?
—¡Es que no sé qué pensar ahora tampoco!
—Lo sé, pero la única diferencia que encuentro entre todas las alternativas que tenía, es que  de esta manera no me estás mirando como un dios mundial, y además que te estoy diciendo toda la verdad.
—¿Cómo sé que me estás diciendo toda la verdad? —Fran ya casi gritaba.
— Y ¿Cuándo te interesó saber toda la verdad? ¿Qué te importa si te digo la verdad, si tu decisión no depende de eso, sino de si estás o no ofendido? No te afectan las razones, solo estás pensando en el dolor que sentís, y aunque me haya tomado el trabajo de meses para que puedas mirarme lo más a la par tuya posible, me prejuzgás, me etiquetás de monstruo, me mirás como una manipuladora de personas… ¡Yo me moví en la vida, no tuve a tus papis para que me paguen los útiles de colegio!
—¡Yo no soy un pelotudo solo por haber tenido la suerte de tener padres que me pagaran las cosas en mi infancia! —gritó Fran.
— ¡Vos sos un pelotudo porque con todo lo que tuviste te quedaste a dormir en una librería!
— ¿Y qué carajo tiene que ver lo que yo haga con lo que tuve de chico? ¿Cómo me podés acusar de lo que tuve o dejé de tener cuando vos hoy tenés millones?
—¡Porque yo te quiero a vos y…!

Margaux se sorprendió a sí misma. La frase, el grito quedó congelado, como colgado en el aire. Fran quedó con la boca abierta y una respuesta absurda entre sus labios.

— Intento ser feliz con lo que conseguí en mi vida y no lo logro —continuó—. No hay nada. Entonces te busco, te abro los ojos al mundo, me pongo en una situación pareja para no asustarte como a todo el mundo de mi lugar de Mujer Poderosa… y no hay caso. No te vas a despertar. Y si no te despertás vas a seguir siendo niño. Un niño que va a encontrar una mujer buena, que se va a casar, que va a envejecer muy contento, pero que le dio la espalda a la oportunidad de abrir los ojos… ¿Vos me preguntabas por qué no dejo el imperio y vivo una vida más simple? Porque es una responsabilidad, una pesadísima responsabilidad. Nunca voy a pasar hambre, pero se ve que tampoco puedo tener las cosas simples y cotidianas que quisiera. Si me hubieran dado a elegir tampoco hubiera abierto los ojos, pero no, no pude elegir, y acá estoy, entre los dueños del mundo. Vos hoy estás en la misma encrucijada, ¿querés hacer cosas buenas? ¿Te interesa el hambre en África? ¿Te preocupan los chicos sin familia de las guerras de Medio Oriente? Acá tenés un lugar para hacer algo. En dos días tenés una oficina con gente a cargo y un presupuesto millonario para que empieces.

Fran no podía procesar tantas cosas. Su cabeza ardía.

—Pero, Margaux, yo no puedo decirte que me vengo a vivir con vos… Es que no sé, no te conozco, no sé si te quiero, o si te voy a querer, mejor dicho.
—Pero si yo no te pedí eso.
—Y ¿qué me querés pedir?
—¡Bueno, por fin una pregunta razonable!
—¡Para empezar, terminá con tus comentarios pelotudos, Margaux!
—¡Ahhh! ¡Qué placer escucharte hablar como un hombre!
—¡Oíme…!
—No, no, no fue con ironía, fue de verdad. Estaba esperando que me preguntes qué es lo que quería. Nadie puede pretender que alguien se enamore de otra persona porque sí. Jamás pretendí eso. No es lo que quería…
—¿Qué es lo que querías?
—Solamente que trabajes para mí, acá. Que seas mi consejero, nada más. Que pueda contarte mis problemas y que me respondas con tu alma sana, con tu espíritu fresco, con tu mirada de hombre de pueblo. Estoy dispuesta a que hagamos una oficina de ayuda humanitaria, si querés, o de abrir un restaurante, lo que vos tengas ganas. Te voy a pagar muy bien. Es que necesito a alguien sano en quién pueda confiar, y sos el único que conozco. El único, Fran…

Fran se dejó caer en la silla. Estaba agobiado.  No alcanzaba a entender lo que le estaba pasando. Una de las mujeres más poderosas del mundo le pedía que trabaje para ella solo para aconsejarle cosas. ¿Podía ser tan simple todo? ¿Acaso puede la vida llevarte hasta una situación así?

—¿Hasta cuándo te puedo contestar?
—Hasta dentro de diez minutos.
—¿Diez minutos? ¿Y por qué te tengo que responder ya?
—Si me acusaste de monstruo cuando te mostré cómo te dejaste caer con el caleidoscopio, creeme que lo último que voy a hacer es explicarte por qué quiero tu respuesta ahora. No hay más lugar para esta conversación en la situación en la que estamos. Necesito saber si te quedás acá o si decidís volver para que podamos seguir hablando.
—Dame un día…
—Nueve minutos, Fran.

Fran se levantó titubeando, nervioso, y la miró a los ojos a Margaux que tenía sus labios apretados y el entrecejo duro. No quería mirarlo a los ojos, no quería leer su mirada.

—No, Margaux. Este no es mi mundo. No lo soportaría mucho tiempo… Me vuelvo.

Margaux bajó la cabeza un rato sosteniéndose con una mano sobre la mesa, cuando la levantó llevaba una nueva expresión en el rostro. Tenía una cara firme, dura, lindísima. Una cara llena de seguridad, de bríos.

—Sí, está bien. No importa —hasta su voz era diferente, más sólida, sin titubeos.

Margaux tomó su bolso con ropa.

—Podés quedarte hasta mañana en el hotel. Antes de irte avisá en conserjería así te sacan el boleto a Buenos Aires, allá te espera una dirección en Brewster, en el puesto que quieras. Hablá con Javier Lozano, él se va a ocupar de todo. En el escritorio te dejo un sobre. ¿Te acordás que de la parapsicóloga me faltaba comprobar una sola pregunta de todas las que le hice? ¿Te acordás que le había pifiado todas? Bueno, te dejé la respuesta en el sobre. Y quedate con el traje.

Fran sintió un desgarro por dentro. Dudó de su decisión, pero ya era tarde, Margaux ni siquiera mostraba ganas de discutirlo, de hablarlo un poco más, y ante la nueva postura que había tomado ella sintió miedo de enfrentarla. Se veía muy fuerte, muy poderosa… y lo era. La indiferencia que mostraba ahora hacia él lo incomodaba, lo inhibía, recién se daba cuenta del tamaño de personaje con el que había estado discutiendo de igual a igual. Pero ya eran como dos desconocidos. Margaux abrió la puerta, y sin mirarlo ni despedirse, salió y la cerró.

Fran se levantó, fue hacia el escritorio y abrió el sobre. Escrito a mano decía:
“¿Usted cree que Fran se va a quedar acá conmigo, que voy a ser mejor persona y que al fin voy a ser feliz?”

Y seguía con la respuesta de la paparpsicóloga:
“Sí”.

Fran tuvo el impulso de romper el sobre, pero no se animó y empezó a llorar. Tomó el teléfono. “¿’Hola? ¿Vero…?”.

Se encontraron en un café cerca de las oficinas de Brewster. Fran viajó a Roma y Vero no le preguntó por su primer día de trabajo porque ya antes supo que Margaux se lo había llevado… a París, lo que, al no haber recibido un mensaje de Fran avisándole le provocó primero extrañeza, después rabia, y luego volvió a pensar si valía la pena el esfuerzo por enamorarse. La charla en el café no fue larga. Fran le dijo que sabía que trabajaba para Pranna y que por eso estaba al lado suyo, y a Vero le dio pereza explicarle cómo habían mutado las cosas desde aquel entonces y le dijo que sí, que trabajaba para él y que ya había terminado su trabajo. “Desde nuestra adolescencia hasta hoy te tuve en mi mente, Fran. Eras el chico con las que todas soñábamos. Hoy aprendí que los chicos viven hasta los 18 años. Después mueren”.

No hubo enojos, ni sonrisas. No hubo efusividades ni abrazos. Ni recuerdos. Fran titubeó hasta para llamar al mozo, y Vero decidida pagó el café, se levantó, “gracias por no engañarme, aunque no sepas hacerlo” le dijo, y se fue gatillando sus tacos hasta la calle, hasta la vereda, hasta la esquina del semáforo, y hasta que se perdió detrás de la pared de la ochava contraria.

A la mañana siguiente Fran viajó a Buenos Aires donde Lozano le había preparado el puesto de Director Comercial de Brewster Buenos Aires.

*

—¿Hola? ¿Pranna…? ¿Me oís?
—Sí, Claire, se escucha bajito porque hoy hay viento acá, es así. ¿Vos me escuchás?
—Sí, sí, bajito pero te escucho.
—Bien, ¿cómo andás?
—Bien, Rafa, acá está todo bien. Te llamo porque ya pasaron los seis meses.
—Los seis meses, sí…
—Sí, los seis meses, Rafa.
—Sí…
—¿Y…? ¿Qué decidiste? ¿Te venís?
—Claire…
—¡No! No, Rafa. Escuchame, acá te necesitamos. De verdad que te necesitamos, Rafa. No me digas que no, Rafa…
—Claire…
—Rafa, me voy a buscarte. ¡No jodas más con esto!
—Claire…
—¿Qué, Rafa? —respondió Claire entre sollozos.
—Me quedo, Claire.
—Rafa…
—Te quiero mucho, Claire, pero me quedo.
—Rafa, no voy a ir nunca, nunca a visitarte.
—Lo sé.
—Rafa, no jodas… Dale…
—Perdoname, Claire.
—Rafa… Rafa, bueno, está bien, está bien. Pero una cosa, Rafa… No es solo porque Margaux te necesita, hay… hay otra cosa, este… escuchame, no es solo por Margaux, ¿sabés? También es por mí, yo… ¿Me escuchás, Rafa…? También es por mí… ¿No lo querés pensar…?

Afuera soplaba el viento. Viento con polvo, viento caliente…, como suele soplar a media mañana en Santiago del Estero.

(Fin)

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