Caleidoscopio: «¿Quién sos en realidad?»

Era un camino de tierra, con cascotes, pozos y huellones resecos de algún camión que habría pasado el único día de lluvia que podría haber en ese desierto de sol ardiente. Solo algunos arbustos retorcidos, algún chañar cada tanto pintaba un poco de negro toda esa tierra pelada con sus aislados pastos llorones y sus polvorientos pedregales que florecían por cualquier parte como cereal de primavera. Habían andado decenas de kilómetros durante horas, bajando de la tercera a la segunda según la cantidad de baches, con las ventanas bajas para no recalentar el auto y porque iban tan despacio que aunque el aire fuese caliente, el aroma del campo podía más, hasta que llegaron a esa bifurcación. Dos caminos que se abrían en “Y” y se perdían en la planicie amarillenta, y ahí estaban.

Atrás el polvo estaba estático, como la foto de una bomba nuclear, con sus cúmulus nimbus de tierra que ellas mismas levantaron con el auto. Adelante, dos caminos iguales, el campo, el sol. Claire abrió la botella de agua, se tiró un poco en la cabeza y le tiró otro tanto a su hija.
—¡Ay, mamá!
—Es que no se puede aguantar este calor…
—¡Pero avísame!
Nervios. Volver eran otras dos horas y media solo de camino de tierra a sesenta kilómetros por hora. Era regresar y tener que volver al día siguiente al mismo sitio.
— Y ¿ahora qué hacemos? —preguntó Claire.
—Yo me animo a probar un rato por cualquiera de los dos caminos, pero si nos falla el auto y tomamos un camino equivocado, tal vez no nos encuentre nadie. Y no es joda, no sabemos a cuántos kilómetros puede estar la casa más cercana.
—Ni sabemos para qué lado estaría.
Se miraron cada una con una mueca exagerada de resignación.
—Volvamos, hija, en Fernández averiguamos bien y nos volvemos a largar.
—Pará…
Las dos se quedaron estáticas. El murmullo de un motor parecía ganarle al zumbido insoportable del silencio, pero la cortina de tierra todavía flotaba impenetrable en el aire, y estuvieron varios minutos en silencio sintiendo cómo aumentaba lentamente la intensidad del sonido, del único sonido.

Cuando empezaron a sentir que estaba cerca llegando invisible por dentro de la nube de tierra se dieron cuenta de que el auto estaba en la mitad del camino, Vittoria se metió y lo dejó pisando la banquina. El sonido de pronto creció mucho, parecía estar ahí, y a menos de veinte metros divisaron el capot, el parabrisa, hasta que la camioneta se corporizó finalmente turquesa sin brillo junto a ellos, y se detuvo.

—Buenos días, señoritas. ¿Problemas con el auto? —dijo el conductor ya bajándose.
—Buenos días, señor. En realidad estamos perdidas.
—¡Seguro! —dijo el hombre mirando el Audi Q3 estacionado al costado del camino.
—No vimos ningún cartel.
—Pero ¿qué es lo que andan buscando por acá? Esto es todo así, acá no van a encontrar negocios ni hoteles…
Madre e hija rompieron en una carcajada, y el hombre de la camioneta estiró su bocaza en una sonrisa y sus ojos se mimetizaron entre las arrugas de su cara.
—No, estamos buscando un pueblo que se llama “Las Mellizas”, nos dijeron que…
—¡Para allá voy yo!
—¡Qué bueno! ¿Podemos seguirlo?
—Ustedes vayan adelante mío, sino se van a perder en el polvo. Hay que ir todo derecho, no hay que tomar por ningún cruce. Todo derecho. Si yo veo que se salen del camino, les toco la bocina.

Vittoria cada tanto giraba sobre su asiento y fruncía su cara de pena viendo la camioneta sumergida en la nube de polvo que levantaba su auto. Unas casas y otras más después, más el camino entoscado con árboles era la entrada a Las Mellizas. Se detuvieron y la camioneta se les puso a la par.

—Muchas gracias, señor.
—Silverio Gómez, para servirlas.
—¿Le puedo hacer una pregunta? Estamos buscando a una persona que se llama Rafael Pranna, no sé si la conoce o sabe dónde podemos encontrarla.
—Ah, pero ¡cómo no lo pensé antes! ¿Ustedes vienen a ver al señor Pranna? Síganme que las llevo hasta la casa.

Las cuadras del pueblo eran de tres o cuatro casas con espacios entre ellas donde se veían gallinas, vacas y chanchos, las calles doblaban sin esquinas y sin veredas, y se entendía que el pasto era para ir de a pié y la tierra para los autos, pero no eran tan chico. Se podía ver perderse la calle varias cuadras donde camiones, camionetas y carros dormían estacionados la siesta eterna de un sol que no descansa. Levantando un poco la vista se veía un campanario bajo que estaría a tres cuadras saliendo de esa calle, pero no anduvieron mucho. La camioneta se detuvo frente a una casa de un solo volumen, de techo de chapa de una agua hacia un costado, con una tranquerita de caño y alambre de gallinero que daba acceso a un pequeño rectángulo de tierra donde el único pasto que crecía lo hacía al lado de una vieja bomba de agua manual en hierro forjado. Cuando ya se hubo ido la camioneta fue que escucharon algunos pájaros y el lejano ladrido de unos perros. La casa tenía un árbol detrás y un ramerío invasivo de matas retorcidas amarillas que ganaban por el costado hacia donde volcaba el techo. Tanques cortados de gasoil oxidados, neumáticos cuarteados y rollos marrones de alambre se acumulaban a la vera del alambre seguramente límite del terreno. Vittoria abrió la tranquerita porque su mamá estaba petrificada, con dos ojeras que antes no tenía, mirando ese sitio casi abandonado, y tocó la puerta que nadie abrió. Tanto silencio quitaba el aire. Parecía un lugar devastado y muerto.

—Mamá, ¿querés que esperemos en el auto? Pranna no está.
—A ver…

Y Claire pasó la tranquerita y se metió por detrás de las matas hasta que Vittoria la perdió de vista.

*

Tanto tiempo viviendo… ¿viviendo de qué? Miguel sentía que se acababa de abrir una tapa en su vida, que anduvo siempre por un túnel y le apareció de pronto una salida. Se sentía hasta un poco dolido. Sentía que no tuvo opción de elegir la vida que hubiera querido. Se había pasado los años resolviendo problemas de Brewster… no, de Brewster no, de Eduardo, se había pasado todos estos años de su vida resolviendo los problemas de Eduardo Cortés y no había pensado en qué hacer con su vida. Claro, era muy divertido inventar situaciones con el inmenso respaldo económico de Eduardo, pero ahora le caía encima su futuro, ¿qué quería construir, qué tenía ganas de hacer además de los laburos que hacía para Eduardo? El hombre dejó el últim fajo de billetes, lo miró a Miguel y sonrió.
—Está todo. Firmemos.

Cuando Miguel entró con la llave a su nueva casa por primera vez sintió como un leve mareo. No podía hacer carne que esa casa que acababa de comprar era ahora “su” casa. ¿Por qué esperé tanto…? Se preguntó. Anduvo por los ambientes vacíos, seis, siete, ¡tantos cuartos! Tan acostumbrado estaba a la vida en los lujosos hoteles, en las casas prestadas… Se sentía tan vacío que no lo soportó más y agarró el teléfono.

—¿Cami? Necesito que vengas a ver una obra de arte. No sé si es valiosa por su dueño o por su confección, así que necesito tu opinión.

Cortó. Le quería dar una sorpresa y mostrarle la nueva casa, pero ¿para qué una sorpresa a Cami? ¿Era ella acaso la mujer que lo acompañaría en esta nueva etapa? Le gustaba mucho, pero algo no le cerraba en todo esto todavía, y no sabía si eso era por tanta novedad en su modo de vida, o porque Cami era solo una llave, el picaporte a un lugar que él no conocía y que, después de pasar, volvería a quedar del otro lado de la puerta. No lo inquietaba tanto el ilusionarla con algo que pueda no ser, sino el que eso de pronto le importara.
—Me estaré haciendo un tipo sensible… —dijo en un susurro, y enseguida se rió de sus propias palabras.

*

—Tin, ¿qué hacés acá?
—Fran, ¿qué hacés acá?
—Yo estoy por trabajo —dijo Fran—, pero es que no puedo creer encontrarte en Roma…
—¿Tin? —preguntó Vero secándose las lágrimas.
—Vero, ¿te pasa algo? —preguntó Fran.
—¡Vero! Pero ¿ustedes se conocen? —preguntó Chango.
—Yo trabajo con Fran, Chango.
—¿Chango? —preguntó Fran.
—Sí, Fran, él es Chango. ¿De dónde sacaste el “Tin”?
—Tin es… bueno, era…
—Yo me llamo Valentín, Vero. Cuando era chico me decían Tin, y con Fran fuimos amigos hasta los doce años.
—¡Íntimos! Eramos íntimos, pero vos te fuiste del pueblo y nunca más volviste.
—Y vos no me fuiste a visitar nunca.
—Bueno, de pendejo no podés agarrar un colectivo y…
—Pero de grande tampoco fuiste.
—De grande ya había cambiado todo, Tin.
—No me digas Tin.
Con esa última frase Fran se dio cuenta de que Tin no estaba tan contento de verlo como él, aunque no había enojo ni molestia en su cara.
—¿Ahora te dicen Chango?
—Sí, soy el Chango. Por Valentín no me conoce nadie. Hasta mis tarjetas dicen Chango Carrero.
—Y ¿cuándo te cambiaron el nombre?
—A los catorce años, cuando empecé a trabajar.

Ni Chango ni Fran podían ver la cara desencajada de Vero mirando a uno y a otro. Su más puro objetivo sentimental, empleado raso de Brewster Argentina, y su vulgar candidato a chongo, directivo de Brewster Europa, ambos nacidos en el mismo pueblo, íntimos de la infancia… ¿Qué es lo que estabas tramando, Pranna? ¿Cuál era tu plan…?, pensó Vero mientras seguía con los ojos la conversación de aquellos hombres tan diferentes entre sí.

*

Ella salió del local con su pesado baúl y no le sorprendió encontrar a Tin en la puerta.
—¿Cómo andás, Changuito?
—No me digas Changuito, Margaux.
—¿Qué estás haciendo…? Ah, ya sé.
—No, no sabés.
—Sí, querés saber cómo hago mi trabajo para copiarlo.
—No, Margaux.
—Chango, ¿por qué siempre estás enojado?
—No estoy enojado.
—Bueno, no sé, con esa manera… no sé, siempre estás mal.

Era inevitable. Tin se sentía tan chiquito frente a Margaux que no podía esconder sus inseguridades. Con cualquier otro parecía tres años más grande, pero frente a Margaux parecía de varios años menos que los dieciséis que portaba. Bajó la mirada e intentó, al menos, borrar de sus labios la trompita.

—Margaux, ¿querés que te ayude?
—Gracias, Chango, pero puedo sola. Todos los días cargo este baúl.
—Me refiero que si querés que trabaje con vos.

*

Pranna se quedó parado, tenso en la mitad de la calle, media cuadra antes de llegar a su casa. Había dejado atrás un infierno reciente con mucho trabajo y ahora un Audi impecable estacionado en la puerta de su casa perdida en los desiertos de Santiago del Estero era el peor de los pronósticos. Sentía latente la tentación de escapar, de salir corriendo y perderse entre las casas, de hablar con los pobladores y que lo escondan con un “todos a una, Fuenteovejuna” hasta que se hubiera ido ese vehículo emisario del demonio y buscar otro pueblo, otro refugio a salvo de la gente de Brewster. Pero ¿qué podían querer? Si habían conseguido encontrarlo ahí podían encontrarlo en cualquier parte. Pensó en llamar a algunos para que lo acompañen, pero si habían venido a matarlo los hijos de puta serían capaces de masacrar a cualquiera. Su miedo no era la muerte, sino la tortura, que le quisieran sacar información a la fuerza, y él no traicionaría jamás a Margaux. Justamente por eso no recurrió a ella, para no enfrentarla con la dirección. Él siempre supo cuáles eran los riesgos, y era un hombre leal y de palabra. Pero Margaux tenía más herramientas que el pueblo de Las Mellizas para sobrevivir a lo que sea, y temió por el pueblo. El, ahora, su pueblo. Y muy lentamente empezó a caminar hacia su casa.

*

— Y ¿dónde estás trabajando, Fran?

En ese momento Vero entendió que, si bien no sabía de qué se trataba el caso “Francisco Martínez”, Fran aún debía permanecer oculto.

—¡Esperen! Esperen un segundo. Chango, sé que se mueren de ganas de ponerse al día. Hagamos una reunión para esta semana, pero yo tengo que irme volando y quiero que Fran me acompañe.
—¿A dónde, Vero?
—Fran, te cuento en el camino. No llegamos. —y sin dar lugar a más palabras— Chango, te llamo así se juntan esta semana. Nos vemos. Vamos, Fran.

Por algún motivo de nuestra cultura occidental esa reacción en una mujer para con un hombre está permitida y Chango solo respondió con un “Bueno, llamame” cuando Vero y Fran ya le daban la espalda. Mientras Fran intentaba seguirle los pasos a Vero, ella le susurró: “Fingí, pelotudo, que creo que te acabo de salvar de una grande”.

Chango los miró alejarse todavía desconcertado por el encuentro. Era evidente que Vero evitó que siguieran hablando a propósito, pero no podía entender por qué. ¿De qué laburaba Fran? ¿O estaba ocultando otra cosa? ¿Era Fran o era Vero la que ocultaba algo? Porque Fran parecía hasta más cómodo que él con la charla. Tomó el teléfono.

—¿Hola, Eduardo? Necesito pedirte un favor.
—¿Qué necesitás, Chango?
— ¿Podés averiguar si en Brewster Argentina Verónica Kawalsky tiene un empleado que se llama Francisco Martínez?
— ¿Francisco Martínez…? ¿Quién es?
—Un amigo mío de la infancia, pero me lo acabo de encontrar acá en Roma con ella y sospechosamente Kawalsky interrumpió nuestra conversación y se lo llevó, como si no quisiese que hablara.
— ¿Qué raro…? Y ¿qué crees que puede ser esto?
—No sé, pero si está en Brewster y me ocultan algo quiero saberlo.

*

—No, Changuito, yo trabajo sola. Pero ¿qué pasó con tu trabajo en la verdulería?
—Margaux, la verdulería está muy bien, pero ¡tu trabajo está mucho mejor! Vos ganás mucha plata y yo puedo ser tu empleado por pocos pesos…
—Sí pero, Changuito, vos a veces sos un poco especial y hay que decirte las cosas como para que te caigan bien…
—¡No, Margaux, podés decírmelas como quieras!
—Pero, Changuito, si vos sabés que lo que te digo es así, y que vos…
—Margaux, vas a ver que no, dale, vas a ver…
—Pero, Changuito…
—¡No me digas más Changuito!

El silencio no fue tan acusador como la mano que Tin se llevó a la boca. El grito le hizo soltar el baúl a Margaux que todavía lo miraba asombrada. Tin bajó la cabeza, dio media vuelta, agarró la bici y se alejó.

Anduvo pedaleando por las calles sin poder dejar de pensar en lo que le gustaba Margaux, y en lo lejos que estaba de poder estar con ella. Cada tanto se detenía para limpiarse alguna lágrima con la manga de su remera y volvía a pedalear rápido y sin rumbo. Pasó por la plaza, por la estación de servicio del centro, por el mercado de Alonso, por el club, por el boulevard, pero solo levantó la mirada cuando se vio frenando en la puerta de la casa de Margaux. Aunque pensaba en ella, su subconsciente fue tejiendo otra alternativa. Bajó de la bici, abrió la puerta de la casa y entró sin llamar. Como de costumbre, la casa era un páramo oscuro y desordenado, con un fuerte olor a humedad. Pasó por el cuarto de la madre de Margaux, algo irresistible para él, y abrió un poco la puerta pero la volvió a cerrar por el intenso olor a vómito que había en el dormitorio. Caminó hasta la cocina, salió al jardín y encontró a su amigo sentado sobre un tronco anotando. Se saludaron y estuvieron un momento en silencio.

—¿Y si hacemos un trabajo juntos? —preguntó Tin.
—La única que sabe hacer trabajos es la puta de mi hermana. Pero esta mañana le robé unos pesos, ¿querés que vayamos a tomar caña al boliche de la ruta?

*

—Fran, necesito que me cuentes de vos. ¿Quién sos en realidad? ¿Por qué te mandó Pranna para acá?
—Vero, no tengo la menor idea.
—Muy bien, entonces yo te voy a contar, y vos hacé lo que puedas. Chango trabaja para Brewster Europa, es director —Fran la miró y abrió los ojos—. Tiene una relación bastante fluída con Eduardo Cortés que es el presidente de Brewster…

Fran recordó que Pranna le había dicho en el último llamado telefónico que se quedara en Roma y que se cuidara de Eduardo Cortés. Chango trabajaba con el tipo del que debía cuidarse. Fran se moría de ganas de hablar con Vero, pero Pranna también le dijo que no hable con nadie del asunto.

—…nadie sabe bien para qué viniste a Roma a trabajar habiendo miles de tipos más capacitados en petróleo que vos. Al mismo tiempo no vi un amor fraterno entre vos y el Chango. Entonces… van a querer saber de vos. Y cuando buscan saber de alguien gastan plata. Y cuando gastan plata, toman decisiones. Ya que no querés que te ayude, te dejo solito con tu alma, pelotudo.

Fran la vio alejarse, caminaba ligera. Lo que más lo tensionaba era ¡no saber qué pasaba con él! De pronto era alguien que incomodaba en un mundo en el que nunca había querido estar, donde su protector había sido despedido. Ya no se escuchaban los tacos de Vero que estaba cada vez más lejos. Pero ¿quién era Vero? ¿Por qué podía confiar en ella? Ya estaba pasando la mitad de la cuadra, le costaba encontrarla entre otras personas, y Fran salió corriendo.

—¡Vero!
Vero se detuvo y lo miró con rabia.
—¡Tanto tardaste, hijo de puta! ¡No te das cuenta de que estás solo, tarado!
Vero tenía los ojos empapados. Otra vez.
—¿Por qué llorás?
—¿Y a vos qué te parece?
—No sé, hoy en el río también estabas llorando.
Pero esta vez Vero agarró de la camisa a Fran, se apoyó contra su hombro y rompió en un mar de lágrimas.
—Vero —dijo Fran—, oíme, Vero. Pranna me dijo que me quede en Roma y que me cuide de Eduardo Cortés, pero mi problema es que todo es de Cortés, ¡y es el presidente de la empresa! No tengo idea de qué hacer, ni por qué estoy acá. Y Pranna ya no está más.
—Yo lo conozco mucho a Pranna —dijo entre sollozos Vero—, y vamos a hacer literalmente lo que dice. Aunque no confíes en mí, yo te voy a ayudar.
—Yo… yo sí conf…
—¡Shhh! Te queda pésimo mentir, Fran.

*

Miguel Robles caminaba por el living vacío de su nueva casa. Cami no llegaba. No podía dejar de pensar en otra cosa que en Cami y lo que sentía por ella, ¡eso tenía que significar algo! Desde su infancia que no sentía algo así por una mujer. Desde la época en que la conoció a Margaux.

(Continuará…)

También podes leer:
Caleidoscopio: El Encuentro

El año pasado escribíamos:
Viaje a las estrellas