Caleidoscopio: «Sentirse amado»

—Y ¿de dónde lo conocés a Miguel Robles, Claire?
—¿A Miguel…? De toda la vida, Rafa. Miguel era un chico que le hacía trabajos a Margaux cuando todavía éramos dos chicas pueblerinas. Miguel era muy atractivo, muy divertido. Era un tipo que no tenía maldad, pero sin ser un buenazo. Era muy trabajador, y lo único que le interesaba de la vida era estar bien. Cuando yo quedé embarazada del gordo Santurián a los diecisiete años, en aquel entonces la gente te miraba como si tuvieras lepra. El gordo era para todos un pícaro, pero yo era la puta, y a los diecinueve no aguanté más y me fui a vivir a lo de Margaux. Me fui del pueblo.
—¿A los diecinueve años? ¿Con un chico encima?
—Una chica. Una reina, Vittoria. Ella me hizo madurar antes, ver la vida de otra manera. Margaux y yo teníamos la misma mirada de las cosas, solo que Margaux parecía que vivía para crear un reino y gobernar el mundo. Se había criado con esa mirada alerta de que no la caguen, no la violen, no la secuestren… Ella sí que se crió sola. Lo que la diferenció de cualquier otro caso fue su inteligencia, era brillante, y cuando llegué, yo, que soy bastante básica…
— ¡Qué vas a ser básica vos, Claire! Si sos interesantísima…
—Ahora, hoy lo seré. Pero en aquellos años era una chica de pueblo, que quería que alguno se case conmigo para terminar con el estigma de la madre soltera. Ese era mi tormento, pobre Vittoria que padeció mis miedos…
— ¿Por qué le pusiste Vittoria, así, en italiano?
Vittoria que escuchaba la conversación mientras hacía mate se rió fuerte.
—¡Porque ya tenían aires de reinas! —gritó Vittoria desde la cocina.
—Sí, tiene razón —dijo Claire y también se rió—. La madre de Margaux le puso así porque deliraba con vivir en Francia como una condesa, y nosotras, por rebeldía, soñábamos con vivir en Italia. Lo gracioso es que éramos iguales a la madre pero creíamos que si cambiábamos de país seríamos diferentes —y se siguió riendo.
—¿Y Miguel? ¿Dónde entra en todo esto? —preguntó Pranna.
— Miguel fue el que me buscó en casa y me llevó a lo de Margaux, y por un tiempo me ayudó con mi vida allá.
— Y ¿nunca pasó nada con él? Me refiero a si fueron nnovios o…
—¡Claro que pasó! —dijo y miró a la cocina—. En otro momento te lo cuento…
—Miguel y mamá se acostaban ocasionalmente, pero mamá no quería saber nada con Miguel porque creía que la iba a embarazar y desaparecería —dijo Vittoria desde la cocina.
— ¿Quién te dijo esa estupidez? —le gritó Claire.
—Miguel.
—Mentiras de él. Miguel y yo… ¿Te contó que nos acostábamos ocasionalmente?
—Sí.
—Qué tipo pelotudo… ¿Ahora entendés por qué no pasó nada con él, Vittoria?
—Pero, Claire —dijo Rafa—, ¿qué hacía Miguel Robles en la empresa? Apareció de la nada y comenzó a armar una cosa que nunca entendí…
—No. Eso no lo sé, pero seguramente era un encargo de Eduardo. Cuando Margaux crece y se va a Buenos Aires a trabajar en una empresa de exportación de cereales, todos los que trabajaban para ella y que se quedaron en el pueblo empezaron a hablar solo con Eduardo, el hermano.
— ¿De qué hablaban?
—De trabajo. Margaux no dejó de proveer de ropa a los comercios del pueblo, ni de proveer insumos en las librerías, ni abandonó el arreglo con el camioncito de Silverio que distribuía mercadería a los almacenes alejados del pueblo. Todas esas cosas las derivó en los que trabajaban con ella, pero solo hablaba con Eduardo…
—¿Por qué? ¿Era en el único en que confiaba?
—No. Nunca confió en Eduardo. Nadie confía en Eduardo. Pero era la única manera de que Eduardo no la llamara cada dos por tres para pedirle cosas a cualquier hora del día. Entonces ella lo llamaba y le daba indicaciones para cada uno, y los fines de semana volvía al pueblo y controlaba todo. Durante la semana llamaba a sus clientes y los consultaba sobre el servicio. Margaux no tuvo vida. Trabajaba sin parar, como si tuviese terror de no hacerlo. Además, de esa manera seguía dando trabajo, que era otra de las obsesiones que tenía, bueno, no por generosidad sino para controlar a todos los que sabían o conocían de ella. Cualquiera que trabajaba para Margaux quedaba vinculado con ella de por vida, los volvía a llamar una y otra vez. Sus dos lemas fueron siempre “mejor malo conocido que bueno por conocer” y “a los amigos hay que tenerlos cerca, y a los enemigos más cerca”. Cuando se abrió de la exportadora…
Claire se detuvo y respiró hondo.
—Bueno, obviamente no sabés mucho sobre Margaux.
—No, nada, Claire. Por lo que me estás contando, no sé nada.
—A ver… Margaux estando en la exportadora comenzó a viajar a Europa porque era la que mejor hablaba inglés e italiano en la empresa, ella se dedicaba a la venta, pero era muy seductora y lograba excelentes acuerdos. Es brillante, había aprendido los idiomas en siete meses, y los hablaba perfecto, lo necesario lo hablaba perfecto. Allá empezó a hacer muchos contactos, varios de ellos que no le interesaban a la exportadora para la que trabajaba, a lo que entonces ella sugirió hacer una empresa paralela para tomar esos trabajos, con el visto bueno de sus jefes. Ellos, como todo el mundo, la subestimaron. En un año Margaux abría sus oficinas en Roma.
—¿Qué le dijeron sus jefes?
—No sé si tuvieron tiempo de decirle algo, Margaux se los devoró en meses. Creo que todavía no se dieron cuenta del error que cometieron. Pero Margaux, acordate sus obsesiones, los contrató y trabajan para Brewster. Ellos la toman como una salvadora cuando en realidad… Bueno, ella es así. Y yo la quiero mucho, así, como es. Una vez en Roma, imaginate, creció como yuyo en bebedero y en pocos años, cuando en una maniobra inmobiliaria hizo un arreglo con una empresa chica de insumos para el petróleo, ingresó en las ligas mayores. Devoró una vez más a sus socios y su nombre apareció vinculado al oro negro. De ahí en adelante ya no sé más porque sus negocios de cada día son millonarios y enormes. Ni sé lo que hace ni lo que tiene. Nos vemos cada dos semanas para hacer algún programa y joder un poco.

Para Pranna todo aquello no era algo que se pudiera digerir en un par de segundos. Claire le hablaba de Margaux con una familiaridad tan estrecha que se sintió inhibido. Nunca creyó que fuesen tan cercanas. Claire era todavía más simple y sencilla de lo que él creía.
—¿Y cuando se fue a Italia se los llevó a Eduardo y a Miguel?
—No, después. Cuando se fue me llevó a mí. Después, cuando quiso desentenderse de aquellos negocios del pueblo Eduardo le hizo una escena patética… No debería estar hablando así, pero es que a veces pienso que Margaux hizo con Eduardo lo mismo que con todos sus socios, lo destruyó y después los puso a trabajar para ella. Eduardo es aire…
—Eduardo me hizo mierda, Eduardo es el que…
—Sí, pero porque Margaux lo permitió.

Pranna se quedó mudo. No podía creer lo que estaba escuchando.
—¿Margaux lo permitió? ¿Arriesgué todo por ella, perdí mi familia, lo perdí todo por no mencionarla, por cuidar su nombre, y ella siempre supo lo que estaba viviendo…?
—No, no. Ella no supo lo que estabas viviendo. Yo tampoco. Ella me consultaba a mí y sabía que no estabas más en Brewster. Eso estaba contemplado, vos deberías estar ahora mismo en Roma, pero no en Brewster, sino en la mesa chica. Sos de las pocas personas en las que Margaux confía, lo que pasa es que, aunque te joda lo que te voy a decir, lo permitió para joderlo a Eduardo. Ella es así, no puede contra eso. Quería mostrarle a Eduardo que los muertos que él mata gozan de buena salud, pero cuando te perdió el rastro me mandó a buscarte. Y cuando me dijeron que habías estando durmiendo en la calle tuve miedo. Margaux no va a dejar eso así.
—¿Le dijiste a Margaux que estoy acá?
—No, no hablé con ella todavía.
Se quedaron un rato en silencio mientras Vittoria también callada cebaba los mates.
—Bueno —Rafa cambió el semblante—, volviendo al tema, explicame lo de Miguel.
—Ah, bien, cuando Margaux cierra sus negocios en el pueblo se lleva a Roma a Eduardo y a los que trabajaban con él: Miguel, Chango y Jorge, un pelotudo que murió a los seis meses de llegar pasado de falopa. Fiel a su consigna de tener a sus amenazas cerca les inventó una empresa que es como un embudo por donde pasan las cosas en las que quiere involucrarlos. Fue una idea genial, porque ellos se sintieron importantes y se cuidaron mucho de no perder su lugar ahí. El único que no entró fue Miguel, y justamente porque es fiel a él mismo. Nadie puede comprar a Miguel, él hace lo que le parece y punto. Justamente por eso Margaux se alejó de él, porque no lo puede retener. Miguel estuvo enamorado de Margaux en la juventud y se alejó de ella porque dice que Margaux solo ama el poder. Y es lo que parece, pero no es la verdad.
— Pero ¿qué hacía en Brewster Buenos Aires?
—Hacía un encargo para Eduardo, pero no sabemos bien qué porque Eduardo hace boludeces, nadie sabe qué piensa. Es un tipo que fantasea, delira, un paranóico que ve peligros por todos lados…
—¡Pero ese tipo es un peligro! ¿Cómo puede ser que Margaux lo de tanto poder?
Claire suspiró.
—Rafa, sería algo así como… Mucha gente tiene un perro que juega con sus hijos, pero nadie puede asegurar que el perro no los ataque alguna vez. Sin embargo lo hacemos. Y sin necesidad, solo porque nos gustan los perros. El mundo es la casa de Margaux, y Eduardo no puede morder a nadie. Sin embargo…
—Pero lo pone a la cabeza de Brewster, su empresa madre…
—¿Empresa madre? Brewster es la empresa que inventó Margaux para ellos. Margaux tiene miles de sociedades y acciones de empresas importantes, y hasta con los negocios invisibles como la venta de armas y el negocio de la salud. Su sede es la Mesa Chica en donde vos tenés una silla esperándote.
Claire tomó del mate y se tentó.
—Empresa madre… —dijo Claire en voz baja— ¡Para qué tendría Margaux una sede de su empresa en Buenos Aires…! —y se rió, y besó la bombilla, e hizo cantar el mate.

*

Llegó como siempre, temprano para lo que los directores de Brewster consideraban “temprano”, nueve de la mañana. Apenas cruzó la puerta Alfredo, el guardia, le advirtió sobre la llegada de Margaux a la oficina y, ante la preugnta de Chango, de la llegada del señor Martínez. Chango se subió pálido al ascensor y fue directo para la nueva oficina de Fran. Tenía que sacarlo a Fran antes de que Margaux lo viera. Si se encontraban, Fran quedaría para siempre en Brewster. Le vinieron a la mente todas las veces de su infancia en que ella le preguntaba por “su amigo” Fran. No era su amigo, y estaba muy cerca de terminar con él para siempre. La suerte que tenía de que Fran cayera en Brewster, en su tela de araña, era increíble. Llegó al piso, se bajó y le preguntó a la recepcionista.

—¿Francisco Martínez? Está con la señora Margaux Cortés en la oficina.
Chango sintió que su pecho gritaba por dentro “¡No!”, y dio la vuelta para ir a la oficina, pero la recepcionista se puso de pie.
—¡Señor Carrero, la señora pidió que nadie la moleste!
El miedo de la voz de la chica lo hizo detenerse. Él también lo tenía. Ya era tarde. Tomó el teléfono y desde una oficina vacía lo llamó a Eduardo.
—¡Oíme, Margaux está con Fran en la oficina! ¡Están hablando, Eduardo!
—Tin, escuchame, andá a tu oficina. No jodas, si ya se encontraron es tarde, no podemos hacer nada. No se te ocurra hacer nada porque si está Margaux de por medio yo no puedo hacer nada por vos.
—Pero, Eduardo, algo tenemos que poder hacer…
—Tin, este es nuestro límite. Te lo repito, si hacés algo yo no puedo ayudarte. Te lo estoy advirtiendo, Chango. No jodas, bajá a la oficina y que Margaux no te vea. Si llega a sospechar que estuvimos atrás de Fran nos saca todo.

Era cierto, ¡mierda que era cierto! pero Chango no lo podía aceptar. Caminó por el pasillo, trató de escuchar a través de una pared, volvía a caminar por el pasillo… hasta que el miedo creció tanto que, sin pensarlo, se encontró en el ascensor yendo a su oficina. Otra vez la vida le ponía la piedra de Fran en su zapato. Todos lo preferirían a él, todos lo buscarían a él… Cerró la puerta de la oficina, llevó sus manos a la cara, y lloró amargamente.

*

—Buenos días… ¿Alfredo era su nombre?
—Sí, señorita. Alfredo.
—Buenos días, Alfredo.
—Buenos días, señorita Kawalsky.

Cuando se bajó el ascensor Vero sacó pecho, entornó los ojos e hizo sentir sus tacos por todo el piso. Estaba muy elegante en su falda verde oscuro suelta hasta las rodillas, sus tacos casi negros, como el sobretodo que llevaba abierto más como una capa flameando hacia atrás y destacando sus dos tetas envueltas en la blanca seda de su camisa de cuello de punta larga, unas pulseras plateadas, una gargantilla simple y unos aros sobrios que se podían ver gracias a un rodete inflado y grueso que más bien parecía un elegante sombrero de piel. Para Vero la ropa no era una vestimenta, sino parte del mensaje que debía transmitir. Llegó a su oficina, cerró la puerta y su espalda se aflojó un poco, se sentó y esperó a que llegara algún mensaje de Fran. Tenía una mezcla de sensaciones que por momentos era muy linda y por momentos desagradable, como ahora. Se sentía tan estúpida por creer que podría enamorarse de Fran… ¡Y que él la quisiese realmente!

Hacía mucho que ya no creía más en el amor. Si lo pensaba un poco sabía que su base para pensar eso no era muy sólida. Esta vez, a diferencia de todas las otras veces, trató de pensar en ello, en el tiempo en que conoció a Sebastián y apostó a esa relación. Era chica, todavía creía en muchas cosas. Se había entregado totalmente y hacía todo por y para él. Claro, su karma de toda la vida de no ser muy demostrativa no la ayudaba mucho. Y ese karma venía de su juventud, cuando hacía de todo para divertir a su abuelo, siempre tan serio él, y sin ningún éxito hasta que lo escuchó decir hablando de una chica de una revista: “estas estúpidas que mueven un poco las manos y se sacuden el pelo nunca van a hacer nada interesante”. Y listo, para ella fue como un cambio de rumbo. Comenzó a comportarse, a mostrarse con sentido común, con lógica, y funcionó. Su abuelo la adoró. El crápula del viejo, famoso deudor, hombre egoísta y soberbio, prejuicioso, pero muy ocurrente, muy gracioso, y sobre todo muy pícaro con las mujeres la adoró y le transmitió, de la manera en que se educa en una familia, todo su saber. Se lo transmitió en cada gesto, en cada actitud, en cada aprobación. Sino sería inexplicable que aquel abuelo pudiese enseñar la hipocresía, que dice lo que no es. Por suerte no fue su único profesor y su padre le inculcó, de la misma manera, su ambición desmedida, su doble discurso en cuanto a los valores y principios, y su seducción, el uso de su encanto. Todos festejaban el atractivo alegre del padre, y callaban a rabiar los problemas con los hijos no reconocidos y las queridas de corazón roto. Verónica se fascinó viendo el poder que da el miedo de gente por cambiar las cosas. El miedo a lo nuevo, a lo diferente, el temor a la pregunta “¿y ahora qué?”. En ese tiempo conoció a Sebastián, seductor, simpático, un chanta como su abuelo, un hipócrita como su padre, y no se pudo resistir. Sin que ella lo advirtiera apareció en escena toda una escuela invisible a la que ella nunca había prestado atención: la doctrina materna. Su madre, ama de casa abnegada, religiosa, moral, mujer de palabra, negadora y coleccionista de culpas, siempre había defendido a su padre, incluso cuando llegó esa mujer con un chico de ocho años que era el calco de su papá. Se parecía más a él que sus hijos reconocidos, y sin embargo la sacó de la casa con la frialdad con la que abandonan a un perro en la ruta. Ella se ocupaba de “esas desvergonzadas que buscan tener alguna historia con tu padre”, le decía.

Vero reconocía que la misma religión idealizada de su madre la había ayudado a ella cuando encontraron a su padre desfigurado en el cruce de la ruta con la vía. La descripción del policía de la masacre ejecutada por el hermano de una de sus “queridas con hijo al pie” la había dejado desolada y vacía. Cuando Sebastián le dijo que ya no la quería ella no pensó si era cierto o no, sino que sintió que había perdido frente a las otras, y creyó que así le iba a pasar siempre porque así era la historia de las mujeres de su familia empezando por su mamá. En ningún momento recordó las veces que Sebastián le decía que las cosas no estaban funcionando, jamás le creyó cuando él le contaba que había trabajado todo el día incluso ante la presencia de conocidos testigos confiables. No. Ella ya conocía a los hombres y el encantador Sebastián la estaba dejando porque otra le quitaba el puesto. Entonces fue que decidió cambiar. Ya no tenía ganas de seguir perdiendo frente a otras mujeres. Esta vez se iba a transformar en miel para atraer a todos, a los solteros, a los casados, a los putos, a los ciegos, a los pintores, a los soñadores, a los ingenieros, a los miedosos, a los tímidos, a los asexuados, a los profesores… a todos, y se dedicaría pura y exclusivamente a ver cómo todos ellos corrían yéndola a buscar dejando atrás a las que, de ahora en adelante, van a ser las perdedoras.

Su inteligencia, herencia paterna, la hizo equilibrar su sentido de las cosas, y tanto afiló el borde de sus principios como trabajó para tener un cuerpo no tan perfecto como atractivo. Hizo de la ambigüedad una doctrina, y de la enajenación del valor de las cosas una causa moral. Todo valía lo que a ella le parecía, y después valía lo que el común de la gente pensaba. En sus manos el valor de las cosas, los hechos, las actitudes y las personas eran bonos de compra-venta que comercializaba según su conveniencia, y los motivos siempre llevaban en sus líneas frases hechas, una o dos elegantes frases hechas que reutilizaba cuando cambiaba su discurso, aprovechando la ambigüedad y el poco valor que tienen estas monedas literarias que compran y venden ideologías a cualquier postor.

Con el tiempo se moderó. Después de que dejó un tendal de familias destruidas sintió que eso no la llenaba, que a las putas a las que jodía quitándole el marido les estaba haciendo un favor sacándoles el lastre de estos hijos de puta, y que en definitiva los que la pagaban eran los hijos. “¡A la mierda y que se queden con estos tipos de mierda para siempre!”, fue la sentencia el día que decidió irse del pueblo a Buenos Aires.

Todo ese proceso hoy la enfrentaba con un proceso anterior, cuando ella no pensaba en los problemas de pareja de sus padres, cuando a ella no le importaba si su abuelo le prestaba atención. La Verónica de hoy se enfrentó con esa que, a los quince años vio en el cumpleaños de su amiga a uno de los chicos de un pueblo vecino que había llegado para jugar un campeonato de fútbol con otros pueblos de la zona, y que por cortesía había sido invitado al cumpleaños con los otros catorce jugadores. “¿Cómo se llama ese chico?” se preguntaban entre ellas. No era un galancito, sino que tenía actitudes de hombre, parecía más grande, más maduro. “Se llama Francisco Martínez”.

Una semana estuvieron Fran y su equipo en el pueblo con el asunto del campeonato. Vero iba con las chicas a las diferentes canchas donde se jugaban los partidos pero siempre se quedaban lejos, y nunca se animó a acercarse a él. Ella se quedó con las miradas que se cruzaron en ese cumpleaños y con la emoción que le producía su nombre. Francisco Martínez fue protagonista de muchos de sus sueños durante dos años, cuando el abuelo dio su sentencia sobre las mujeres que movían las manos.

Encontrar a Francisco Martínez en Brewster fue como un designio, algo que no pasa porque sí. Fran llegaba justo en el momento en que ella empezaba a asquearse de su mundo, de la vacuidad de la gente de poder, de lo poco que importaba la vida del otro, de lo fácil que era el mundo por la autopista de lo prohibido e inmoral, de la trampa y la exclusividad, pero al mismo tiempo Fran era un perdedor. O no, tal vez no lo era, pero eso sería parte de la novedad, de lo que necesitaba aprender. El chico con el que se casó mil veces con la luna de testigo en su primera adolescencia era lo opuesto a lo que había conocido en su vida, y aparecía cuando se estaba hartando de todo lo que había conocido en su vida. Pero era exactamente como todo lo que subestimó y despreció siempre.

Qué difícil es siendo exitoso pensar que tal vez hicimos todo mal. ¿Cómo se explica el éxito entonces? ¿Tan errados pueden ser los valores que tantas satisfacciones nos dieron todos estos años? Pero a estas preguntas Vero tenía una pregunta que las enmudecía: ¿no tendré miedo de cambiar y le estoy ofreciendo mi poder a alguno que pueda aparecer? Y después otra: ¿Me voy a perder la posibilidad de conocer al tipo con que soñé cientos y cientos de noches? Y todo volvía a tener sentido. Y las cosas parecían volver a estar bien.

*

—Rafa, vengo a buscarte para que seas parte del imperio. Margaux no te abandonó, y creeme que lo que te pasó no va a quedar impune. Eduardo se va a arrepentir de haberse metido con vos. Vení conmigo, cuando vos quieras, no tiene por qué ser ahora, pero vamos a Italia. Allá tenés una silla para vos.
—Claire, dejame pensarlo. Si te tengo que contestar ahora te diría que no, que me quedo. Es la primera vez en mi vida que me siento querido, pero querido desde el corazón. No hablo de afecto, hablo que afect… de cariño… no, hablo de…
—De amor.
—Sí, eso, amor. Es la primera vez que me siento querido de amor…
—Amado…
Y Pranna levantó la cabeza y la miró sorprendido a Claire. No entendía por qué pero la expresión “sentirse amado”, la que estaba por pronunciar en ese intento por explicarse le hizo un nudo en la garganta tan fuerte como si lo estuvieran estrangulando. Sentía que sus ojos no resistían, su cara se volvía agua, su nariz, su boca…, el pecho lo ahogaba. Abrió la boca y toda su cara reventó a llorar.

La tarde siguió pasando con Pranna agachado balbuceando cosas incomprensibles, Claire con un brazo en su espalda pasándole la mano por la cabeza, y Vittoria en el jardín, con los ojos rojos, respirando profundo, conmovida por ver a un hombre deshacerse por una palabra de amor.

Antes de que la tarde empiece a cambiar de colores Claire y Vittoria se subieron al auto.
—¿Seguro que saben…?
—Sí, no supimos llegar, pero ahora conocemos el camino.
—Bueno. Claire, bueno, y vos Vittoria, les agradezco mucho que hayan venido.
—Agradecele a mamá que era capaz de venirse sola.
—Claire, gracias.
—Rafa, prométeme que lo vas a pensar.
—Te prometo, Claire. Y no desprecio la oferta, sino que yo sé que hoy tengo esta oportunidad, pero si me voy a Italia ya no vuelvo más. Quiero pensar bien si quiero volver a estar donde estaba, aunque siendo diferente, o si quiero vivir este mundo, el de las carencias, pero donde la gente ama de otra manera. Donde la gente ama mejor…
—Dijiste “ama” y no estás llorando, Rafa. Te estás volviendo más frío —dijo Claire y se rieron.
—Claire, llamame en seis meses. Dame seis meses para pensarlo.
—¿Te llamo a lo de Carlocho…?
—Sí, a lo de Carlocho.
—Cuidate, Rafa. Te quiero mucho.
—Gracias, Claire. Espero tu llamado.

Y el Audi se alejó, y el pueblo de Las Mellizas volvió a ser lo que era.

*

—Así que pensabas que todo esto era de Eduardo Cortés… Bueno, es el presidente, sino era el dueño, tampoco estabas tan lejos. La dueña de Brewster soy yo, Fran.
—Pero, Fra… Margaux, ¿cómo puede ser?
—Te sorprendí, ¿eh…?
—¿Era un chiste?
—No, no, de verdad que todo esto es mío.
—Pero ¿cómo es posible que de ser una chica de pueblo hoy seas la dueña de un imperio mundial? ¿Lo heredaste?
—No, no lo heredé. De chica todo fueron necesidades, y la verdad que por algún motivo que más de un psicólogo se haría un banquete me puse la vida al hombro y salí a la calle. ¿Te acordás de Claire Ferrari?
—¿Clarita?
—Sí, Clarita. Ella también está acá, trabaja conmigo. Ella también la pasó difícil. Pero a pesar de todo seguimos juntas y amigas.
Fran se quedó un segundo en silencio.
—Esto es una joda, ¿no?
—No, Fran, esto…
—No. No, esto es una joda por mi primer día. Y a vos te trajo Chango porque sabe que…
Fran izo una pausa mínima.
—¿Sabe qué? —preguntó Margaux.
—No…, que sabe que me gustabas.
—¿Chango sabía que vos gustabas de mí?
—Basta, Margaux. ¿Lo de Margaux es verdad? ¿Es tu nombre?
—¿Desde hace cuánto tiempo Chango sabe que vos gustabas de mí? Te lo pregunto en serio, Fran.
—Desde chicos. Él te conoció porque me iba a ayudar a conocer cómo te llamabas.
—¿Él cuando llega a lo de Clarita era por vos? ¿Para averiguar mi nombre para vos?
—Sí, ¿no te lo contó nunca? Eran épocas lindas. Después le gustaste a él. Nunca me lo dijo pero era evidente, estaba todo el tiempo ahí. Lamentablemente coincidió con la muerte de sus padres y nos dejamos de ver. Decile que yo te conté, se va a morir de risa…
Margaux se quedó quieta, muda.
—Me parece que subestimé este encuentro. Creo que va a ser más intenso de lo que yo creía.
—Pero, contame, ¿vos trabajás con Tin? ¿Trabajan juntos acá? ¿O vivís en Italia y te dijo de venir hoy?
—Todavía no me crees que soy la dueña de esto, ¿no?
—Margaux, si fueses la dueña no estarías acá hablando conmigo. Me hubieras citado en un hotel en París con tu avión particular a disposición.
— Y ¿qué más? —Margaux marcó el teléfono.
—Y, no sé, odaliscas bailando en el vuelo, un traje para ponerme para recibirte, y…
—¿Hola? Quiero que prepares el avión, que lleves… ¿tres odaliscas te parece bien, Fran? —Fran levantó el dedo pulgar hacia arriba— Tres odaliscas, resérvame la suite del Four Seasons George V, con… ¿qué querés comer, Fran? Bah, no, pedí un copetín variado y abundante, llevame la muda de ropa que está en el bolso… ah… Sí, no, no lo busques, que Violetta me compre esa muda, ella sabe lo que hay adentro, y un traje azul oscuro del talle de… como el que le compramos a Jean Reno para mi cumpleaños… —Margaux lo miró a Fran de pies a cabeza— bah, un talle menos, con corbata, camisa, medias y zapatos… No sé, cuarenta y dos y medio ponele —“cuarenta y tres” dijo Fran sin voz y moviendo los labios— Cuarenta y tres… negros, sí… azules, las medias azules… sí… y que manden todo al hotel… sí, que ella elija los modelos, y… ¿me estoy olvidando de algo, Fran? —Fran negó con la cabeza— Y listo. Eso… Sí, ¿ya?… Ah, muy bien. Gracias.

Margaux cortó el teléfono y lo miró con una sonrisa amplia a Fran.
—¿Vamos yendo? —preguntó Margaux—Están sacando el avión del hangar.
—¿Vamos a París como Mauelita?
—No, un poco más cómodos que ella.
—Oíme, Margaux, decime si Chango está al tanto de esto porque este es mi primer día y…
—Vamos, tontito. Tenemos muchas cosas de qué hablar, y a Chango no sé si va a ser tan fácil encontrarlo ahora.

(Continuará…)

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