Caos y desorden

 

 

                                                                                                       El caos es un orden sin descifrar”, José Saramago.

               

Las 2 AM de una noche de enero, cerrada y asfixiante. La Luna sudaba y el sol escondido no podía dormir por el calor. Los mosquitos te daban charla y el mundo invariablemente se derretía.

Se me ocurrió comprar cigarrillos así que me fui para el kiosko de la Lili, eternamente abierto. En el camino me encontré al Gallego, borracho y con las mismas ganas de fumar que yo. El Gallego es un tipo especial, entrador y verborrágico, además le dicen flecha torcida: cuando sale no se sabe a quién va a clavar. No me extrañó que me dijera que estaba leyendo “Los viajes de Gulliver”… de Jonathan Switf le contesté y seguí diciendo: Gulliver fue un gigante entre enanos, un enano entre gigantes y habló con los caballos sapientes para luego ser tratado como un yahoo cualquiera. El Gallego asintió riéndose a mandíbula batiente. Se tambaleaba al caminar y con voz trapajosa farfullaba sobre Liliput y Blefuscu. Su mirada brilló y dijo: Ya sé qué chiste le voy a hacer a la Lili.

No había que ser muy sagaz para deducir cuál era el chiste. La Lili era una chica rubia y regordeta que medía muy poquito y tenía muy mal carácter. Por su escasa altura y por el diminutivo de su nombre, Liliana, el chiste rayaba en lo obvio, pero por eso no era menos efectivo: Lili… putiense, o sea del Reino de Liliput, en donde los habitantes no miden más de quince centímetros.

La Lili, refunfuñando y sudando a mares, abrió la ventanita por la cual atendía a los clientes por las noches. Sin saludar preguntó qué queríamos. La proximidad del chiste la hacía más petisa aún. Entonces, el Gallego hizo lo suyo: con vehemencia, casi gritando le dijo “Hola Lili…putita”. La muchacha lo miró estupefacta y, por un segundo, todo se congeló presagiando la tormenta. Y empezó a gritarle enfurecida al Gallego, que a su vez le quería explicar el gracioso chiste que no funcionó por un acto fallido. En eso salieron el padre de la Lili en calzoncillos y la madre en camisón y ruleros. La Lili decía: Me dijo putita, me dijo putita. Mientas intentaba sacar su cuerpo por la ventanita para ahorcar al Gallego, quien infructuosamente marcaba la diferencia entre putiense y putita. Se fueron prendiendo las luces de las casas vecinas. La madre, por su lado, gritaba: Lili, vos no sos ninguna puta, dejalas a las vecinas que hablen, mientras el padre vociferaba: Gallego te mato, corré porque te mato.

En ese momento decidí que lo mejor era irme, aunque fuera sin los cigarrillos, porque se había podrido todo. Mientras me alejaba se fueron sumando personas en busca de información; cuando doblé la esquina escuché la voz inconfundible de la Sra Angélica Rojas, alias “No te perdés una”, vecina ilustre, que sugería que llamaran a la policía. Un coro de voces aprobó la idea. Pobre Gallego, estaba cercado.

Cuando regresaba, dos casas antes de acostarme en mi cama sin fumar algo llamó mi atención en el piso. Un brillo prometedor, un tesoro. Era un paquete de cigarrillos con la mitad de su contenido, un Fontanares, que alguien había perdido en la calle. Cuando me tiré a fumar uno de los gloriosos cigarrillos todavía la seguía escuchando a la Lili gritar en la lejanía, mientras se acercaba con efecto Doppler el ulular de una sirena.

¿Quién iba a adivinar que todo terminase en semejante escándalo? Nada lo podía predecir. El azar disfrazado de lógica. Entraron en juego pequeñas variaciones en las condiciones iniciales que implicaron grandes diferencias en el futuro, o sea un desencadenamiento impredecible. Si el chiste se hubiese rematado como correspondía (Hola Lili…putiense) sólo habría sido una sonrisa y nada más, pero entraron en funcionamiento factores impredecibles que derivaron en un genial: Lili…putita y en un paquete de cigarrillos gratis. Caos y desorden. La vida tiene aires de misterio.

Ergo las posibilidades de lo que te puede ocurrir en la vida son infinitas, por eso siempre miro porno sin sonido, vaya a saber uno qué cosa puede llegar a pasar si no lo hiciese.

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