El corredor que lo tenía todo

El club “Sportivo Betunia Malfatti” no es cualquier club. Con un nombre que homenajea a una monja, fundadora de un antiguo convento, es el club más antiguo de la provincia. En relación al atletismo, es uno de los más prestigiosos (históricamente) del país.

Pablo es un joven de 24 años, quien trabaja en una fábrica de productos eléctricos, del mismo pueblo que el club. Después de años de preparación, tendrá la oportunidad de formar parte de la nómina de atletas federados, encargados de representar a dicho club. Para ello, tendrá que ganar la carrera en la que tenía planeado participar. Al terminar primero, dejaría de ser un corredor amateur y estaría cobrando dinero por hacer lo que le gusta: correr.

El sueldo seguramente vaya a ser una miseria, porque por más historia que tenga, el club ya no es lo que era. Igualmente, a Pablo, nunca le importó mucho la plata, ni otras cosas que el común de las personas busca, con ansias, a lo largo de su vida. Desde siempre, le dio poca importancia a su novia, a su familia, a sus amigos y (menos todavía) a su trabajo. Correr es lo único que le interesa. Es su prioridad absoluta.

El “Sportivo” es el organizador de esta prueba. Buscan un nuevo atleta que los represente en una competencia internacional de 10 Km, a la cual fueron invitados en conmemoración por los 100 años de su fundación.

La largada sería el día 15 de Octubre, a las 10 de la mañana, en la pista de atletismo municipal. Los mejores corredores de su pueblo y de los pueblos aledaños estaban anotados. Decidieron que la carrera fuera un día de semana y a puertas cerradas porque de esa forma se aseguraban la poca participación de corredores «populares».

Pablo decidió pedir permiso con antelación en la fábrica, para tomarse el día y poder participar. Lamentablemente, no se lo permitieron. Ni siquiera sin goce de sueldo. La decisión de la empresa lo molestó mucho, a tal punto que desencadenó una pelea y su desvinculación total con la compañía.

Al ser el principal sustento económico del pueblo, prácticamente toda su familia estaba relacionada, directa o indirectamente, con la fábrica. Por lo tanto, éste hecho, les trajo muchos problemas laborales a todos. No se lo iban a perdonar nunca. Pablo se había convertido en la oveja negra de la familia.

Ya sin familia y sin trabajo, se dedicó a entrenar doble turno hasta el día de la carrera. Fueron un par de meses muy tranquilos.

El día esperado llegó volando. Se despertó, comió un buen desayuno y se subió a un colectivo que lo llevaría hacia la pista de atletismo. Lo acompañaba su novia Laura ya que le quedaba de camino al trabajo. Aunque debería haber viajado un rato antes, decidió acompañar a su novio en este momento importante para él. Fueron en silencio todo el viaje. Parecían dos desconocidos. Al momento de bajarse, Pablo miró a los ojos a su novia y supo que algo le pasaba, pero no dijo nada. Estaba cansado de sus constantes reproches y no quería perder la concentración, por lo que bajó sin siquiera saludarla.

A Laura la delataba su cara. Detestaba los problemas que les había generado esa carrera y estaba sumamente preocupada por cómo estaban las cosas en su vida. Después de que Pablo se quedara sin empleo, el único ingreso que tenían en su hogar era el suyo. Para colmo, no tenían a quién pedir ayuda. Ella no tenía a nadie y Pablo se había peleado con todos.

Además, había algo que no le había contado a su novio y era lo que más angustia le generaba: su reciente embarazo.

Las náuseas que sentía al levantarse generaron las primeras sospechas en Laura y un test de embarazo lo había confirmado esta misma mañana. Obviamente, no era algo buscado, era algo así como un accidente. No sabía cómo lo iba a tomar su pareja, así que prefirió esperar a que terminara la carrera para contárselo.

La carrera estaba a punto de comenzar. Los corredores terminaban de prepararse y ya se dirigían hacia la línea de largada. Pablo se quitó la campera, revisó si tenía algún mensaje en su teléfono y acto seguido guardó todo en su bolso. Estaba sumamente confiado. Él sabía lo que podía dar. Había estudiado los tiempos de sus rivales y se había preparado para superarlos. Hoy obtendría lo que hacía años anhelaba. Hoy se convertiría en un corredor profesional.

La largada fue como él la imaginaba: caótica. A los codazos tuvo que avanzar para obtener un lugar en el primer pelotón. Su estrategia consistiría en mantenerse con los punteros durante toda la prueba y dar el batacazo en el último kilómetro. A éste ritmo sin duda lo lograría.

La carrera se fue dando sin sobresaltos. Cada tanto, alguno de los corredores subía el ritmo y el resto lo seguía para no perder la punta. Así pasaban los kilómetros e iban quedando corredores fuera de combate. Faltando dos kilómetros, solo quedaban tres con serias posibilidades de ganar la carrera y entre ellos se encontraba él.

Mantuvo el plan al pie de la letra y faltando un poco más que dos vueltas empezó a acelerar. Los otros dos corredores lo seguían aunque se los notaba mucho más agotados. Entrando en la última vuelta, la distancia que separaba a Pablo del resto era bastante importante. No debía confiarse, así que continuó acelerando. Cada paso que daba lo alejaba más del resto y lo acercaba más a su sueño. Cruzó la meta en primer lugar con los brazos en alto.

Le colocaron la medalla, mientras recibía felicitaciones de muchas personas a quienes no conocía. La alegría que sentía era indescriptible. Había logrado su meta máxima.

Mientras buscaba en su bolso la campera, sintió que quería compartir este momento con alguien. Tomó su teléfono para llamar a Laura y fue muy grande su sorpresa al ver un mensaje de ella:

“Amor, debés estar corriendo y para cuando leas este mensaje ya deberías haber terminado. Más allá del resultado, quiero que sepas que estoy y voy a estar siempre a tu lado. En realidad vamos a estar a tu lado, porque (espero que te lo tomes bien…) ¡estoy embarazada!”

Una emoción muy grande lo invadió, casi la misma que al obtener la victoria en la carrera. Dejó caer el teléfono y empezó a reírse a carcajadas y a llorar a la vez. Si bien no lo esperaba, lo tomó como un buen augurio. Una nueva etapa de su vida estaba comenzando. Rápidamente levantó el teléfono y llamó a su novia para decirle que había ganado y que estaba contento por su futuro hijo. Era imposible comunicarse. El teléfono estaba apagado.

De rodillas, comenzó nuevamente a guardar, sin ningún tipo de orden, sus cosas en el bolso. Quería irse lo más rápido posible para estar con su novia y su bebé.

– ¿Pablo Russo? – Lo llamó una voz masculina desde atrás suyo.

– Si, soy yo – Se incorporó, de mala gana, girando su cabeza para ver quien lo llamaba.

Se encontró con dos policías, uniformados y con cara de pocos amigos. Lo irritaba muchísimo que lo hubieran interrumpido en un momento tan importante de su vida, pero lo intrigaba saber lo que querían.

– Tenemos que darle una noticia – Dijo con tono firme uno de los oficiales.

– Sí, ya sé que entré al Sportivo, hace… – Empezó a decir Pablo, pero uno de los policías lo interrumpió.

– No, no es de la carrera, es sobre su novia. Laura Conti.

– ¿Que pasa con Laura? ¿Está por acá? Estaba por ir a buscarla por que no me podía comunicar con ella… – Preguntó con cierto dejo de preocupación en la voz Pablo.

– Lamentamos informarle que el colectivo en el que ella viajaba chocó contra un camión. La atendieron en el servicio de urgencia. Quedó gravemente herida. No pudieron hacer nada.

– ¿Como? ¿Que me está queriendo decir? Recién recibí un mensaje de ella… ¡Tienen que estar equivocados!

– Lo siento mucho, pero su novia ha fallecido. Un compañero de su trabajo se acercó al lugar del accidente, la reconoció y nos informó donde usted se encontraba. Va a tener que acompañarnos.

Pablo, todavía incrédulo y devastado por lo que acababa de enterarse, siguió a los policías. Las piernas le temblaban. Se sentía, nuevamente, detrás del primer pelotón (como en la carrera), aunque, esta vez, en la meta lo esperaba una horrible pesadilla.

Escrito por Fede para la sección:

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