Cuando el Bryan conoció a la Jenny

Catalogada por la prensa internacional especializada como una tradicional comedia romántica neoyorquina, se estrena en Mendoza la película: “Cuando Harry conoció a Sally”; que tiene por protagonistas a Meg Ryan (Sally Albright) y Billy Crystal (Harry Burns).

Ese 13 de setiembre de 1990 y como todos los jueves de estrenos, dos cuadras de cola certifican la gran expectativa generada en la sociedad mendocina, a partir de su nominación al Oscar como mejor guión cinematográfico en 1989.

Jenny con 22 años y como periodista de espectáculos, se encuentra entre las primeras de la fila, seguida de los más recalcitrantes conservadores y las más prejuiciosas costumbristas. Más atrás, Bryan, un latin lover de 25 años, uno de los últimos en obtener un ticket.

Con la sala del Cine Cóndor a full, un cartel de “localidades agotadas” y los espectadores en sus butacas —Jenny en primera fila y Bryan en la última— las luminarias de la sala se apagan y con el título “When Harry Met Sally” comienza el film, con diálogos en inglés y subtítulos en castellano.

Los espectadores disfrutan de la historia y se enganchan con la trama, hasta que los protagonistas ingresan al bar Katz’s Delicatessen a degustar unos emparedados. En ese momento, Sally finge un orgasmo delante de Harry y de los comensales, los que quedan paralizados y como estupefactos.

Dentro del cine, con un rumor en incremento y la reprobación generalizada, las mujeres comienzan a arrojar sus carteras y los hombres botellazos contra la pantalla grande, con el consiguiente desbande de una marea humana en dirección a la puerta de salida.

Bryan, viendo que se abalanzan sobre su persona, se levanta de su asiento y opta por saltar entre las butacas, tomando en dirección contraria a la multitud.

El director intenta prender las luces, pero en un movimiento desacertado, apaga el proyector y deja la sala a oscuras. Bryan llega hasta la segunda fila y decide sentarse hasta que retorne la calma.

De entre los gritos y las corridas, percibe el gemido de una mujer desde la primera fila, pero no es un sonido en pedido de auxilio, sino que está teñido de tintes sexuales. Aunque no ve su cara, nota que su camisa está abierta hasta sus pechos y su falda subida a niveles prohibidos en lugares públicos; mientras que, con su mano, acaricia su intimidad con sutiles movimientos horizontales y vertiginosos desplazamientos verticales.

El acomodador insta a Bryan a dejar la sala y logra salir a salvo del cine; pero, no se percata de la presencia de la mujer, la que después de acomodar su ropa, se dirige al lobby y luego a la salida.

Afuera, la muchedumbre enfervorizada y asqueada por la escena de Sally, es reprimida por la policía. Las ambulancias no dan abasto con la cantidad de heridos, colapsando el tránsito de calle Lavalle en la Capital mendocina, aunque no hubo que lamentar víctimas.

Esa noche y por el informe de Jenny, los titulares de los medios gráficos y de los noticieros de tv, dan cuenta del escándalo y piden la censura del impúdico film; convocando a una marcha del silencio en defensa de la familia. A su vez, la curia insta a la Legislatura provincial a sesionar en pos de una ley o a partir de un decreto del Ejecutivo para que sea prohibida.

En la madrugada, encabezada por el Gobernador y con la aprobación unánime de Legisladores oficialistas y opositores, la película es levantada de cartelera y catalogada como “Triple X” por decreto; terminando en el microcine Porky’s, cruzando calle Lavalle, en la vereda de enfrente.

Aquellos hechos dejaron una herida tan profunda y calaron tan hondo en una sociedad santificada, que fueron el principio del fin de los cines, los que con el correr de las décadas se transformarán en locales comerciales y playas de estacionamiento.

Al otro día, Bryan se dirige a Porky’s; pero, por una manifestación de la izquierda, que exige derogar aquel decreto del Ejecutivo, llega diez minutos después del inicio de la película.

Algunos hombres bloquean la entrada y otros descienden por las escaleras ofuscados, por lo que se hace lugar a los empujones. Mientras tanto, escucha sus comentarios en detrimento de un film carente de sexo explícito, en un lugar conocido por congregar a los más diversos personajes del “under sex” mendocino.

Bryan los ignora e ingresa. En una microsala iluminada por la luz de la pantalla… sólo un espectador, un hombre elegantemente trajeado, con bigote mostacho y profusa barba, en primera fila. Por lo que opta por sentarse detrás de él.

En el preciso instante en que Sally finge el orgasmo, Bryan nota que el hombre lleva su mano a sus genitales y comienza a frotarse. Aunque esas actitudes son comunes en Porky’s, ese gemido le es familiar y lo ha escuchado antes, un día antes.

Finalizada la escena y acomodando su vestimenta, el caballero se levanta de su asiento y sale del microcine en dirección a calle San Martín.

En la psiquis de Bryan, aquellos dos orgasmos con gemidos similares fueron producidos por personas diferentes, una mujer y un hombre. Ambos actos de autosatisfacción quedaron grabados en su mente, los disfrutó, haciéndolo dudar de su heterosexualidad.

Bryan termina de ver la película, sale y se dirige a calle San Martín. En la esquina, una pelea entre manifestantes oficialistas y opositores, infiltrados para desarticular la marcha y evitar una pueblada, lo obligan a ingresar al bar del que es habitué: Aranjuez.

—¡Un aguardiente doble con dos gotas de nafta súper! —dijo el Barman, sabedor del trago preferido por Bryan.

—Prefiero una primavera sin alcohol. —respondió Bryan.

Mientras ahoga sus penas en jugos multifrutales, Jenny sale del baño con una bolsa en sus manos; a su vez, frota su cara con un algodón sacando restos de “algo”. Bryan y Jenny se observan por unos segundos, no más, nunca más.

Treinta años han pasado y Jenny sigue sola, su profesión ocupa todo su tiempo. Bryan es propietario de varios gimnasios y, aunque, es el soltero más codiciado de Mendoza, dejó de tener sexo y se dedicó a seducir mujeres y hombres para escuchar los gemidos de sus orgasmos, a fin de encontrar a la mujer del cine o el hombre del microcine y entablar una relación con alguno de ellos.

En New York el bar Katz’s anuncia un concurso por el trigésimo aniversario del estreno de la película. Como premio para la pareja ganadora… compartir una velada con Billy Crystal y Meg Ryan, comer y beber lo que Harry y Sally comieron y bebieron ese 12 de julio de 1989 y, como postre y prenda, la ganadora deberá recrear aquel orgasmo de la blonda de ojos azules.

Porky’s, por haber sido la sala en donde se vio la película por única y última vez, es el encargado de recepcionar y enviar los sobres a los Estados Unidos.

Los disturbios no fueron olvidados por aquella sociedad mendocina que censuró una de las películas más emblemáticas de Hollywood, motivo por el cual, sólo se presentaron dos interesados. Ninguno cumple con los requisitos, por lo que sus solicitudes por separado serán desestimadas.

—¿Le parece que probemos suerte juntos? —dijo Bryan, deberíamos sacarnos una foto.

—¡Sííí, por supuesto! —dijo Jenny, recibiendo el sobre de Bryan y posando para la cámara.

Billy Crystal y Meg Ryan serán los encargados de mirar las fotos y escuchar los audios y, de entre millones de parejas participantes, seleccionar una.

¡El Planeta Hollywood se paraliza!

—¡And the winner is!… “Jenny y Bryan de Mendoza, Argentina” —dijo Rob Reiner, director de la película y del concurso.

La facha de Bryan es obvia; pero el orgasmo de Jenny es una incógnita, el que será develado en la mesa en la que treinta años antes lo había hecho Sally.

Los vencedores se encuentra en el aeropuerto provincial y abordan el vuelo de Aerolíneas Argentinas con destino a New York.

Al llegar, la prensa se agolpa en la entrada de Katz’s en pos de algunas palabras de Jenny y Bryan, pero ellos sólo quieren conocer a Billy Crystal y Meg Ryan.

Son presentados… luego se sientan alrededor de la legendaria mesa, Billy frente a Meg y Bryan frente a Jenny. El menú con emparedados y los comensales son los mismos de aquel día y año.

Por pedido de la gente, Meg Ryan finge aquel mítico orgasmo y revive del ostracismo a la eterna Sally; es inigualable, única, no hay forma de superarla.

¡Ahora sí!… es el turno de la mendocina.

Bryan extiende ambos brazos y Jenny toma sus manos, en señal de “buena suerte». Ella debe comenzar su actuación y fingir el orgasmo, por lo que deben soltarse. Los productores los instan a separarse, la gente comienza a impacientarse.

Bryan y Jenny se miran fijamente… él se levanta de su silla y ella deja un espacio entre su humanidad y el espaldar del asiento. Billy Crystal y Meg Ryan no entienden qué pasa; con sus manos hacen la “señal de corte” para ir a una pausa publicitaria. El director hace caso omiso y ordena seguir al aire.

Las amplias caderas de Jenny sobresalen del asiento, pero son contenidas por los aductores musculosos de Bryan. Ella abre sus extremidades al máximo y vence su resistencia, años de gimnasio no son suficientes para detener la fortaleza de la dama. Bryan estira sus brazos y comienza a subirle el vestido, con sus manos roza la parte externa de sus piernas y, a poco de su intimidad, cambia el itinerario por el interior de sus muslos.

En la calle, militantes demócratas y republicanos se manifiestan en contra de los mendocinos, exigen se tomen medidas y presionan a la Suprema Corte de Justicia para que detenga el evento. Por orden del Presidente se reúne el Congreso en video conferencia y promulgan una ley que prohíbe la continuación del concurso.

El portaaviones USS Ranger atraca en el puerto y un par de F14 Tomcat, piloteados por los comandantes Maverick y Iceman, sobrevuelan la zona en apoyo de agentes del FBI, que irrumpen en Katz’s para detener la escena y hacer cumplir la nueva ley, que incluye en su Artículo Nº 2, la pena de muerte.

Pero es tarde, demasiado tarde. Jenny implosiona de placer por igual cantidad de explosiones de pasión… un gemido y otro gemido… un orgasmo y otro orgasmo. En ese momento, la mente de Bryan recuerda a la mujer del cine y al hombre del microcine, confirmando que son la misma persona.

El éxtasis en ambos es total, la confusión en todos es absoluta. Bryan y Jenny son apresados.

Sin juicio previo, son encarcelados juntos y condenados a la inyección letal a partir de un cóctel mortal que contiene: cianuro, mercurio y ácido sulfúrico.

Diciembre es el mes establecido para la ejecución y, la Noche Buena, el día en que todo terminará para la pareja mendocina. Los teléfonos de las embajadas de Argentina y los Estados Unidos estallan con cruces de llamados.

Un misterioso memorándum propone un pacto. El papel no tiene firma ni sello, sólo el logo de una compañía multinacional. En el memo se exige la modificación de la Ley 7.722, que regula la actividad minera prohibiendo el uso de sustancias químicas tóxica en la minería metalífera, a cambio de la vida de: Jenny y Bryan.

Los días pasan en Mendoza y urge tomar una decisión. El 20 de diciembre es sancionado un proyecto de modificación para flexibilizar el uso de dichas sustancias y, el día 24, se promulga la Ley 9.209. Aquella multinacional obtiene lo que quiere, ahora debe cumplir con su parte del trato y devolver a: Jenny y Bryan.

La pareja es trasladada a un aeropuerto desconocido, una aeronave sin nación ni bandera los espera y los transportará a la base secreta que la multinacional posee en territorio mendocino. Los mantendrá cautivos hasta que comiencen con la extracción de minerales y que expire la concesión en resguardo de su inversión; es decir, Jenny y Bryan, están condenados a cadena perpetua.

Son lanzados en paracaídas sobre la cordillera, los radares no detectan el vuelo y los grupos comandos provinciales al no conocer su ubicación no logran rescatarlos. Pero, gracias a un viento Zonda en altura, se tornan invisibles por el tierral y son arrastrados por las fuertes ráfagas, cayendo fuera de la vista y del alcance del ceo de la multinacional. La pareja logra escapar y regresan a la ciudad.

Con la noticia de que Jenny y Bryan se encuentran a salvo en el cuarto piso de la Casa de Gobierno, comienzan las marchas en defensa del agua. Pero, como en la pueblada del año 1990, son infiltrados grupos de encapuchados y tirapiedras pagos para desarticular la manifestación, con el objetivo que “vecinos y vecinas” pacíficos sean etiquetados como violentos; pero esta vez no logran su cometido.

Las piezas del tablero comienzan a acomodarse y, el día 30, en una jugada magistral, es sancionada la Ley 9.210 por el Senado y la Cámara de Diputados provincial y, al otro día, es promulgada y publicada en el Boletín Oficial; declarando en su Artículo 1º: “Deróguese la Ley Nº 9.209 y restablézcase la plena vigencia en todos sus términos de la Ley Nº 7.722” según los expedientes: 73821 del Senado y 77080 de Diputados.

Aunque, los mendocinos y las mendocinas, jamás sabrán los verdaderos motivos de los sucesos ocurridos, sólo podemos decir que fueron los artífices para que el agua, la Jenny y el Bryan… fueran salvados de la pena de muerte por inyección letal con: cianuro, mercurio y ácido sulfúrico.—

Cartelera del 13/9/1990

Según el Archivo Digital del Diario Los Andes, Página 10, Año CVIII, Número 36.450; las películas vistas ese día en los cines de la Capital mendocina fueron:

— América (calle Lavalle 327): Mujer Bonita y Las Locas Federales.

— Atlan’s: Pasión Fatal, Chicos de Fuego y Exigencias Sexuales.

— City 1 (Galería Tonsa): Bagdad Café y Mi Pequeña Emma.

— City 2 (Galería Tonsa): Enfermero de Día, Camarero de Noche; y, Las Minas de Salomón Rey.

— Cóndor (Lavalle 71): El Regreso del Justiciero y Cuando Harry conoció a Sally (Estrenos. Cabe aclarar que no hubo incidentes y que, Bryan y Jenny, son personajes ficticios. El concurso en Katz’s es real con algunas variaciones).

— Gran Rex (Buenos Aires 63): Días de Trueno y Un Policía fuera de Serie.

— Lavalle (Lavalle 53): Duro de Matar y Cocodrilo Dundee.

— Mendoza (San Juan 1427): Función del Centro de Exhibiciones de La Escuela de Cine y Video con “Alsino y El Cóndor”.

— Opera (Lavalle 54): Sexo, Mentira y Video; y, Pesadilla.

— Porky’s 1 (Lavalle 32): Detective de Señoras, Cachetes Traviesos y Ardientes Noches de Lujuria.

— Porky’s 2 (San Martín 1672, Galería Ruffo, Subsuelo): Cachetes Carnosos, La Dama y el Perro; y, Medias de Seda Negra.

— Autocine El Cerro: Días de Trueno y Cementerio de Animales.

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