/El Curioso Impertinente (Segunda Parte)

El Curioso Impertinente (Segunda Parte)

Primera parte:

http://www.elmendolotudo.com.ar/2016/06/27/curioso-impertinente-primera-parte/

Con gracia y graciosos andares iba tras de su deshecho cuerpo nuestro curioso suicida. Camino al velatorio iba con su amigo, el de la blanca figura, asegurándose y reafirmándose a cada calle que pasaban para afianzar la posibilidad de volver a vida. Ya en el tanatorio, edificio funerario de vivos y muertos, observó a los tanatoestéticos, indiferentes de quien tuvieran delante, que intentaban ponerle guapo; pero, con el cráneo hundido, los huesos hechos triza y las entretelas por ahí asomando, poco pudieron hacer y le taparon con una sábana blanca, muy bonita esta, por cierto, para esconder la horrenda escena de asaduras, tripas e intestinos. Ya puesto en escena, a la vista y disfrute de todos los dolientes, vio por detrás del cristal velatorio una serie de caras largas en fila que daban pésames y pesares a una madre sin cara, con solo dos ojos desorbitados por la sal de las lágrimas y unas ojeras que cubrían toda la pena que se manifestaba en llantos constantes.

Eso de estar muerto tenía sus ventajas, sí; el cuerpo, no siendo habido ni sentido, no lloraba penitente de las apetencias físicas. Sólo había cierta sensación, lejos de estar satisfecha, que todavía pululaba ávida de su substancia vital. ¡La curiosidad! Estaba hambrienta de sabiduría, devorada del apetito por una famélica ambición que solo quería tragar saberes y sapiencias. Investido por el don de leer pensamientos y opiniones, cortesía del de la blanca figura, se concentró nuestro indagador muriente para empaparse de las mentes pensantes.

Empezó por la izquierda, su madre, desmayada del desespero que no esperaba por nada mejor. Pobre cosita, llena de culpa, llena de una amargura que no se podía explicar tan terrible suceso. Maldecía a Dios y todos sus santos por haberle quitado a su marido y su hijito del alma. Qué desdicha vivir sin nada por lo que vivir. Satisfecho, por la parte de su madre, quedó nuestro curioso. Al lado, su hermana, marchita y encorvada, se ahogaba en una corriente de preguntas sin respuesta. ¡Tan repentino! ¡Tan inesperado! La pobre se quería morir para, quizá, reencontrarse con su hermano en el otro mundo y poder pedirle perdón por la última ofensa.

«— ¡Muera la muerte! Que la felicidad se lleva y sólo el quebranto de los disecados corazones deja —así se daba al diablo la hermana—»

En la fila de caras largas se encontraban sus tías, cuatro de ellas, abanicos en mano, la mitad eran viudas y la otra mitad divorciadas; sus tíos todos murieron, unos en la guerra civil y otros en la guerra de las enfermedades terminales. Entre sus pensamientos, muy típicos de esa edad, encontró unos “ay de mi hermana”, “ay de mi marido” y “qué vida esta”.

— ¿Y dónde están los “ay de mi sobrino”? —le preguntó el curioso a la figura.

— Yo solo te diré que el que escucha para juzgar juzga, y el que escucha para aprender, aprende —y el curioso despreció la respuesta.

Por la puerta entró Marisa, su amiguísima del alma. Con ella iba a las cafeterías a tertuliar, que más bien terminaba en criticar. Se condolió con mi madre y se dispuso a mirar el picadillo corporal a través del cristal. «— ¿Qué has hecho? Señor… Y me llamaste esta mañana mismo para quedar… ¿Qué te ha pasado?» Quiso llorar, pero, viendo que el maquillaje era del malo, cambió de parecer y se contuvo para no hacer de la Macarena en Semana Santa. Miró de reojo los abanicos de las caras largas y los envidió, miró a la desalmada madre y se lamentó, miró y miró tanto que se incomodó mucho. «—Dios me libre, ¡qué calor! —se dijo.» Salió de la sala hecha un manojo de nervios y a la calle fue a hablar por el móvil y fumarse un cigarrillo. Por el camino se cruzó con Roque, su otro amigo, que venía con mucha prisa del trabajo de media jornada que tenía para pagarse los vicios de adolescente. Tras el protocolo de pesares y penurias se dispuso a mirar la bola de sesos. «—Uf, qué impresión. —dijo con unos escalofríos aturdidores, aunque solo vio la sábana». Se sentó con la cabeza gacha. «—Madre, cómo es la vida. Te llaman por la mañana y por la tarde se te matan. Pero esto, esto no me lo esperaba.» Ahí, bien sentadito, se lamentó de la vida varias veces y, entre pensamiento y pensamiento, temió verse asignado a compartir unas palabras en el funeral delante de toda esa gente. «— ¿Y qué diré yo? Qué apuro, qué apuro».

Se llenó la sala de más visitantes y el pobre curioso solo pudo escuchar más pulmonías sentimentales. El uno pensaba “me da vergüenza condolerme con esa madre llorosa”, el otro que “tampoco lo conocía yo tanto, pero todo sea por cumplir” y el de más allá se decía “yo vengo por la pobre mujer, porque del hijo no sé ni el nombre”. ¡Qué poco sentimiento! ¡Que poco de “qué haré yo sin él”!

— ¿Qué es esto? Que vienen a mi funeral a llorar por mi madre, por la vida, por el maquillaje, el calor, los discursos y por todos los muertos habidos y por haber menos por el difunto que tienen delante.

— Tu madre y tu hermana, eso es lo que importa —contestó la blanca figura, a lo qué el curioso se dijo «¡faltaría más!».

Revelado de la vida, el curioso impertinente se fue del tanatorio como el que escapa del infierno, pues como en el mismísimo funeral de Don Agapito Ronzuelos se las vio. «— Bien sabía Clarín de estas cosas, bien —pensó.»

— ¿Es el cielo verdadero, blanca figura? Pues ya que me he desquitado de la fragilidad del cuerpo humano y soy inmortal e inmune al daño físico, quisiera desquitarme de este terrible mundo lleno de putrefacción sentimental y olor a deceso social. Viendo lo visto, me tiraría espíritu abajo para terminar mi existencia y dejar de oír lo poco que esta gente tiene que decir de mí.

La figura, sin más deseo que el de satisfacer su curiosidad, pronunció su última invitación.

— ¿Quieres ver el cielo?

Pobre del que sí dijere. Pues, ¿no habéis leído lo que Sancho Panza dijo a Don Quijote? Dijo, “la mayor locura que puede hacer un hombre en esta vida es dejarse morir sin más ni más, sin que nadie le mate ni otras manos le acaben que las de la melancolía”. Pobre curioso impertinente, pues cuando uno se enamora de la muerte, muere.

Continuará…

ETIQUETAS: