Desgarradora carta de una víctima arrepentida

Escribo esto porque tengo miedo, escribo esto porque no sé qué hacer, escribo esto porque creo que no me lo merezco pero quizás… quizás alguien me pueda ayudar.

No soporto la idea de vivir sin Alma, mi pequeño pedazo de cielo, hace poco más de 3 añitos llegó a ser el sol de mi vida. Llegó gracias a un infeliz, que apenas se enteró que venía en camino se tomó el primer avión a Cobardelandia y nunca volvió, aunque por un tiempo estuve agradecida de que no haya vuelto, porque pensaba “mejor sola, que mal acompañada”, pero ahora… Ahora creo que hasta lo extraño, cobarde y todo.

Alguna vez fui hermosa, segura, independiente. Trabajé durante casi todo el embarazo y luego del parto, pude mantener a mi bebé sola, nunca le faltó nada; cuando cumplió su primer añito se lo pude festejar en un camping con quincho, pileta, asado, familia, regalos e invitados varios, entre los cuales estaba Juan.

Juan era un compañero de la oficina, simpático, amable, no teníamos mucha relación pero había invitado a todos los del trabajo para no quedar mal con nadie. Llegó temprano y se hizo cargo del asado, de ayudarme con todo lo demás, se quedó hasta el final y ese día noté que tenía los ojos azules más hermosos del mundo.

De vuelta al trabajo congeniamos más, hasta que me invitó a salir. Hacía tanto tiempo que no salía con nadie, el papá de Alma me dejó una desconfianza en los hombres que me hizo rechazar a todo el que me proponía algo; pero Juan era distinto, habíamos compartido ya 1 año de oficina, lo conocía y me había dado cuenta que tenía una mirada honesta, las mujeres confiamos mucho en las miradas.

Salimos durante un año, en el cual se fue apegando cada vez más a Alma y a mí, a mí se me soldó en lo más profundo del corazón, no podía imaginarme una vida sin él… En nuestro aniversario me propuso casamiento y obviamente acepté, ¡no podía estar más feliz!

Pasó la fiesta y llegó la convivencia, Juan era el marido ideal, atento, colaborador en todo, amoroso, y lo mejor, era un padre para Alma, a ella no le faltaba nada pero él igual le daba todo. Era la envidia de todas mis amigas y la adoración de toda mi familia.

Hasta que un día…

Tendría que haberlo visto venir, ¿cómo no me di cuenta?, pensé que era normal, pensé que era lógico, que ningún hombre podía ser perfecto, que él tenía razón, que me lo merecía.

Un sábado Juan salió a bailar y llegó borracho a casa. Alma dormía en su pieza, yo estaba acostada pero despierta. Lo sentí pelear con las llaves para encontrar la que abría la puerta de casa, lo sentí tropezar contra los sillones y caerse en el comedor, lo sentí putear a la llave de luz que no se dejaba encontrar y a la heladera supuestamente vacía. Juan era un borracho amoroso, no tenía de qué preocuparme. Me levanté y salí a saludarlo con una sonrisa y un abrazo, quería ofrecerle algo para comer pero cuando iba dispuesta a hacer eso y el levantó la cara para verme, sus ojos azules ahora eran violentos, rabiosos, hambrientos.

El celular empezó a sonar y mi confusión empezó a despertar, estaba en mi cama, adolorida, y no recordaba cómo llegué ahí. Alcancé a atender, era mi mamá preguntando por qué no habíamos ido a almorzar a su casa, le dije que nos quedamos dormidos porque no se me ocurrió nada más.

Juan dormía al lado mío, yo no sabía explicar mi dolor. Eran las 2 de la tarde, me levanté a ver a Alma y todavía dormía, la hubiera despertado pero no entendía por qué me dolía todo el cuerpo, así que fui al baño y encontré en el espejo mi cara hinchada, mi ojo morado, sangre seca que salía de mi nariz y mis labios; encontré mi cuerpo con moretones y más sangre que salía de mi vagina…

Imágenes empezaron a venir a mi cabeza pero no, no era posible, Juan no era así, Juan era un borracho amoroso y él no me habría lastimado, no podía ser. Los flashes seguían apareciendo y me parecía recordar el llanto desconsolado de Alma y que Juan me decía que iba a hacerla dormir. Casi todas las noches la hacía dormir, Alma se quedaba tranquila con él.

Me limpié, me maquillé, me vestí y salí a ver a Alma que seguía durmiendo como un angelito. No se me pasó por la cabeza despertarla, estaba tan confundida, no entendía qué me había pasado, por qué estaba así. La nube en mi cabeza y el dolor me obligaron a tirarme en el sillón y sin querer me quedé mirando fijo al techo.

Cuando Juan despertó, yo seguía atónita. Me dijo que pidiera una pizza al delivery del barrio, así que agarré el celular para llamar y vi que eran las 8 de la tarde. ¡Alma no se había despertado todavía!

Mi princesa, ¡no me alcanza la vida para pedirte perdón!, los médicos dijeron que llevabas horas sin respirar y yo hasta el día de hoy no lo puedo creer.

¿Cómo no lo vi antes? ¿Cómo pude permitir que te pasara esto bebé? Ahora recuerdo todas esas veces que Juan, con sus ojos azules llenos de amor, me explicaba que no podía salir ese día con mis amigas porque ya estaba grande para esas cosas. Recuerdo cuando hizo desaparecer todas mis minifaldas y remeras con escote y yo pensé que era gracioso; cuando me dijo que tenía que renunciar a mi trabajo para dedicarle más tiempo a mi familia y yo pensé que era tierno; cuando me dio ese cachetón despacito porque me vio charlando con un vecino en el almacén, aunque lo peor de todo es que todavía pienso, lamentablemente, que me lo merecía… Recuerdo cuando golpeó al quiosquero porque le vendió algo vencido, cuando lo despidieron y se desquitó con los muebles del living, cuando nos robaron y se desquitó con la pared y la puerta del baño…

Hija, alguna vez fui una mujer segura y una madre ideal; hoy soy la que aparece en las noticias como la culpable de tu muerte, y sé que esa gente tiene razón, fue mi culpa enamorarme de un cabrón. Fue mi culpa mirar para otro lado, es mi culpa tener que vivir ahora una vida sin vos. Pero qué digo vida, si las muertas somos dos…

Los hechos y personajes de este relato son puramente ficticios, cualquier similitud con la realidad es mera coincidencia.

Escrito por Marian para la sección:

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