/El día que aprendí a teletransportar

El día que aprendí a teletransportar

 

El otro día desperté enredado por la rutina. Era un sábado lluvioso, gris. Uno de esos días donde sabes que sólo le falta algo a ese sinsabor que tanto nos gusta: Música.

Aún a medio vestir, saqué un disco del anaquel y lo puse a girar. La vieja púa golpeo los surcos del vinilo y en menos de lo que dura un instante la habitación se llenó de melodías.

Pasó el primer tema, el segundo y cuando el tercero empezó a sonar, las agujas de mi reloj decidieron no avanzar. El viento en el exterior dejó de soplar, las aves detuvieron su vuelo. Todo quedó estático en el mundo, todo excepto la música y yo.

Confundido me acerqué a la puerta, ojee un poco para notar que no estaba equivocado. Las personas, los animales… todo estaba inmóvil.

Volví con el corazón acelerado a mi cuarto, esperando encontrar una solución. Pero apenas atravesé el pórtico, entendí todo.

Aquella canción, el tercer tema de ese específico disco, era la que hacia acordarme a una persona en particular. Me di cuenta de la forma más extraña, debo decirlo, pues esa persona se había materializado en mi cuarto y me miraba fijo. Sonreía con aquella picaresca mueca y esos ojos llenos de futuro que parecía tener siempre. Me sentí extrañamente lleno de paz, como cuando la conocí por primera vez. Empecé a acércame de a poco; pero de repente el viento empezó a soplar, los pájaros a cantar y las personas a moverse: La canción había terminado.

Como un niño, corrí y volví sobre la canción. Las estrofas empezaron a sonar, y otra vez…el reloj estático y la materialización familiar. Hablé con la imagen, como si pudiera escucharme, durante los tres minutos que duraba la canción. Y me sentí en paz.

Entendí que había encontrado la forma de teletransportar a las personas de mi pasado. Que podía traerlas por un par de minutos a mi encuentro y rememorar tiempos, charlar lo que quedó inconcluso o solo contemplar, a través de la música, sus caras que creía olvidadas.

Con este pensamiento en mi cabeza, asalté mi anaquel de música. Busque los discos que me hacían recordar a mis amigos que ya no están, a mi viejo, incluso busqué los discos que me hacían acordar a mis exs. Uno a uno se materializaba en mi habitación aquella mañana de sábado gris. Charlé con varios, me reí con otros, lloré con algunos.

Cuando hube terminado, me encontré sumido en un desorden de tapas de discos y vinilos por doquier. Me hallé en un mediodía gris que ahora olía a recuerdos.

Caí en la cuenta de que todo había pasado en mi cabeza, de que la mañana se me había pasado escuchando música y nada más. Que en mi habitación siempre había estado solo. Obviamente…

Desde pequeños nos dicen que es imposible que las personas aparezcan de la nada de un lugar a otro. Que no existe tal cosa como la teletransportación o la materialización inmediata. Yo hoy los invitaría a escuchar más música.

ETIQUETAS: