Días de pesca

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Todas las tardes salía y miraba el mar rugir lejano nutriéndose con la nariz levantada y los ojos cerrados las oleadas amargas de la sal en el viento. El cielo plomizo, como de costumbre, frío, frío y soledad, las primas de la melancolía que estaban instaladas hace tiempo en las orillas de aquella playa. Una playa en la que nadie nada por placer. Una orilla de ballenas, de focas, de fauna salvaje, de quejidos permanentes de las aves sobre la arena y sobre el agua. La pesca. La pesca del hombre, y de las aves, y de las focas.Y de los mismos peces. Todos viviendo de la pesca.

Se sacudió la arena del jean y se apretó mejor el pañuelo en el pelo. El sol no se molestaba nunca en pasar, pero su resplandor metálico se estaba muriendo. Como el día. Tomó con sus manos los márgenes del saco y se envolvió en él sin abrocharlo, cruzándose de brazos. Y el resplandor de plomo se apagaba en el cielo austral. Como tantas veces, como siempre, pensó si valía la pena tener un hijo. ¿Y si el barco no volvía hoy? ¿Y si esta vez…? ¿Y si esta vez no volvía? ¿Qué haría con un hijo en aquel paraje desolado?

El viento empezaba a soplar más fuerte, una costumbre cobarde que tenían las brisas serenas cada vez que se iba el sol. Tanto frío le disgustaba y pensó en volver a la casa. «Ya va a llegar, se retrasó un poco nomás». Y dio media vuelta y enfiló hacia la casa. Sabía que iba a salir mil veces más en los próximos quince minutos, pero el frío se hacía sentir. Se detuvo y volvió a mirar al mar y pensó en lo que estaban soportando aquellos hombres allá, en altamar, donde el frío era más recio, más arrogante. Y se volvió hacia la casa. La puerta cancel hizo un chillido y luego dio un paletazo al cerrarse detrás de ella.

Afuera, donde había estado parada, el viento ahora pasó de largo. Una ventana de la casa se pintó de amarillo y la cabecita de ella apareció mirando el mar. El cielo ya estaba más oscuro. Y empezó a llover.

Dias de pesca 3

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