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El Aviador

Volar. El hombre nació sin la capacidad, pero si con las fuerzas de querer hacerlo. Fue así, que la perseverancia lo llevó a conquistar los cielos.

Pronto los aires se vieron invadidos de pájaros de metal. De sueños concluidos que surcaban los cielos, acortando distancias y alargando esperanzas.

El aviador tenía 35 años y su alma era de niño eterno. Pero su pureza no le quitaba la experiencia suficiente con la que contaba, para echar en sus hombros aquella hazaña. Se vistió de honores e ilusiones al subirse a la cabina de su avión, y saludando con la mano, despegó.

Bajo sus pies el desierto se abrió como un mar. Sus ojos no alcanzaban a cubrir la inmensidad del lugar, y el aviador se sintió en casa. Tanto así, que sin quererlo, estrelló su pájaro de metal contra las amarillas arenas. El golpe fue seguro y decisivo. La vida del aviador estaba ahora, a la deriva del destino.

Conteo: algunas uvas, dos naranjas y una pequeña ración de vino. “De seguro moriré” pensó el aviador. Solo sol, aridez y calor extenuante lo abrazaban. Sin saber porque, el aviador recordó a ese niño que llevaba adentro siempre a flor de piel. Recordó las boas cerradas y abiertas. Recordó  que las personas grandes nunca comprenden nada por sí solas y es muy aburrido para los niños tener que darles una y otra vez explicaciones. Entonces el aviador, cerró los ojos.

– ¡Por favor… píntame un cordero! –

El aviador, despertó. Y desde ese día, nada fue igual. Desde que esa extraña vocecita lo invadió. Desde que El Principito entró en su vida y lo llenó de felicidad. Desde ese día, nada fue igual.

Volvió a tierra firme con 27 capítulos escritos en pura magia. Volvió con letras que dejaron una premisa de vida. Volvió con la mezcla justa de niño y adulto, esa que solo los privilegiados pueden apreciar.

El aviador ahora surcaba los cielos de los sueños.

Pero…siempre debe haber un pero.

Las guerras estaban a la orden del día en el mundo y su país lo reclamó.

¡Maldito aquel que convierte a un niño en un hombre a la fuerza! ¡Maldito aquel que le da un fusil a ese hombre!

El destino del aviador lo llevó, después de años, a sobrevolar las aguas en busca de un “enemigo”. Un “enemigo” creado por situaciones políticas e intereses desencontrados.

Ya no había honores e ilusiones. Había miedo.

Ya no había esperanza. Había ansias de que las cosas terminen.

Ya no tenia ese amor por los aviones. Tenia ganas de quedarse en casa.

El Aviador solo tenía ganas de volver a encontrarse con su principito.

Centellas en el fuselaje, golpes, sacudones y ruidos de metal retorcido. El pájaro de metal caía en picada.

El aviador se aferró a los tesoros que lo acompañaban siempre en viaje: Un brazalete con el nombre de su esposa y el original de aquellos 27 capítulos. Y el aviador lo entendió todo: El Principito lo estaba esperando al fin.

Sus ojos se llenaron con el azul del mar, y entre lagrimas sonrío.

Es tan misterioso el país de las lágrimas…

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