El Mago

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El murmullo de la gente se fue callando hasta que dos o tres “shhh” enmudecieron la plaza. El mago metió sus manos por las mangas de su saco, se quitó y se puso nuevamente los guantes blancos, pasó sus manos por dentro de la galera, y en un movimiento ligero sacudió su mano derecha en el aire mientras con la otra dejaba la galera sobre una mesita y de la mano derecha salieron tres mariposas. La gente se quedó boquiabierta. Las mariposas no salieron detrás de una palma escondida, sino que… ¡aparecieron en la misma palma que tenía abierta frente a todos! El grupo de espectadores rompió en un aplauso.

El mago no hablaba. Volvió a agitar la mano y puso una cara como que algo había salido mal. Era evidente que era una gracia de él. Al rato volvió a sacudirla pero unas mariposas volaron por detrás de su nuca. La gente rió y aplaudió. Otras vez el murmullo, otra vez los chistidos pidiendo silencio.

El mago levantó las manos, las sacudió desde arriba. Parecía un titiritero haciendo bailar invisibles marionetas, pero de pronto hizo con la boca un sonido, “pppfffffssssss” y una nube de humo estalló adelante de todos, y un arbusto se materializó de inmediato. Otra vez los aplausos, salvo que esta vez una mujer se adelantó señalando el arbusto. “Este arbusto estuvo siempre ahí, ya me parecía que no lo habían quitado…” dijo, pero otra vez el murmullo y otra vez los chistidos, y una vez más el silencio.

El mago estaba quieto. No parecía estar concentrado, sino más bien, pensativo. Distraído. Se mantuvo quieto unos minutos hasta que despertó o algo así y volvió a mover las manos. Aplaudía y alejaba las manos como si estirase una viborita de plastilina invisible en sus manos. Dio dos aplausos y otra vez una nube de talco pareció blanquear a un perrito que dio unos ladridos y se paró al lado del mago. Nadie lo podía entender. Esta vez se escuchó que dos personas le preguntaron cómo lo hacía, pero el mago estaba como ausente. Y volvió a mover las manos.

Algunos de los presentes caminó por detrás para ver si allí estaban todas estas cosas que hacía aparecer. “¿Y el arbusto?” preguntaban los crédulos mientras sacudían las ramas para mostrar que estaba tan bien plantado como las demás plantas de la plaza. El mago no estaba triste, pero para nada estaba contento ni animado. Parecia nostálgico, o melancólico tal vez. Volvió a aplaudir pero esta vez sí miró a las personas. Ya no murmuraban, sino que hablaban abiertamente preguntándose cómo podía ser que hiciera aparecer esas cosas. El mago bajó las manos. Las puso a los costados.

“No, señores. Yo no hago aparecer cosas. Yo solo administré su atención para que ustedes no vean las cosas que ya estaban acá“. La gente no decía nada. Es que de alguna manera era cierto, las cosas estaban, el arbusto estaba enterrado, pero tampoco tenía sentido. “Es que solo vemos lo que queremos ver, y ustedes quieren ver a alguien que haga aparecer cosas… Tal vez sea la esperanza de encontrar las soluciones que ustedes no tienen a sus problemas…”.

Ya no era tan divertido y algunas personas se empezaron a alejar del grupo alrededor del mago.

“Si fuera cierto eso, ¿por qué no veríamos enseguida las soluciones a los problemas antes de hacerlas desaparecer?“, preguntó un señor de camisa blanca remangada. “Porque si viesen las soluciones se tendrían que hacer cargo del problema. Y nadie quiere hacerse cargo del problema”, dijo el mago, pero ya había desaparecido. Solo algunos algunos escucharon el final de la última frase.

Otra vez algunos más se alejaron del grupo. Pero solo unos pocos se quedaron ahí esperando que el mago vuelva a aparecer. Y esperaron varios minutos más, hasta que vieron que el perrito miró hacia donde estuvo antes el mago, movió la cola, se dio vuelta y se fue.

 

Mago1

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