El migrante kurdo

CAPÍTULO 1 El migrante kurdo

Desolación. Eso reflejaban sus ojos profundos, su mirada cansada bajo aquellas cejas desordenadas y gruesas. Eran como abismales agujeros pardos, vivos, que intentaban encontrar reparo en el rostro de los transeúntes. Adar Rebari había llegado al aeropuerto de Ezeiza en Argentina con su hija Ashti y el pequeño Aylan, sin más que la documentación de viaje y una valija con algo de ropa.

Erme Abdullah, un primo residente en el País, se había convertido en el llamante que tramitó el permiso de ingreso, luego que desde Migraciones se decidiese flexibilizar el visado para extranjeros afectados por el conflicto armado en Siria. Hacía años que no se veían.

El inspector revisaba las visas humanitarias de los Rebari, al tiempo que Adar hacía señas nerviosas de necesitar un teléfono. Una mujer se lo facilitó, gesto que agradeció con un halo de sosiego bajo aquella mirada agobiada. Buscó entre los bolsillos de su camisa sucia y los pantalones desgastados, hasta que encontró aquel papel con un número escrito. Marcó el teléfono de Erme… una, dos veces. La tercera atendió. Una alegría inusitada lo calmó. Luego de tantos desencuentros su primo lo estaba esperando en alguna parte del aeropuerto. Estaba lejos de su país y él era lo único que lo unía a su tierra, a su sangre. Pero la situación económica de Erme había empeorado las últimas semanas y actualmente no podía darle asilo a toda la familia.

Horas después estaba sentado con sus hijos en migraciones, a la espera del alguien que le ayudase a tramitar sus documentos y a encontrar refugio en el país, o por lo menos establecer una conversación con aquella familia nativa, cuya lengua estaba prohibida en su propio territorio… una familia kurda.

Un funcionario entró y saludó a los Rebari. El semblante de Adar cobró vida al reconocer la lengua. Alguien iba a escuchar su problema y tal vez darle una solución. Pensó que quizás los expulsarían por no contar con destino cierto… entonces el temor del migrante le impidió reaccionar y devolver el saludo. Ashti lo hizo con una vocecita ronca. Aylan lloraba en silencio, con la vista perdida en un muñeco desgarbado y sucio. – Hay que atender a los niños – indicó el funcionario al muchacho que lo acompañaba, quién salió urgente de la sala.

La charla se fue dando pausada, hablaron sobre el visado humanitario para extranjeros afectados por el conflicto en Siria. Le pidió la documentación y le preguntó sobre su situación. Adar estaba nervioso y no sabía por dónde empezar. Había arribado con sus hijos a una tierra desconocida, escapaba de una guerra atroz que se desataba en la ciudad de Kobane, donde Jale Siedra, su mujer, luchaba junto a las milicias femeninas de la YPJ contra el régimen de ISIS.

El muchacho, que no superaba los treinta años, estaba abatido y desesperado. Huía de Siria con sus hijos gracias a los permisos de ingreso que había emitido su primo. Logró costear el pasaje de ida entregando todo su capital: un rebaño de ovejas y un viejo telar donde fabricaba productos. Jale, su esposa, pertenecía a la YPJ, sección femenina de las Unidades de Protección Kurdas, y se había quedado combatiendo en la resistencia contra los yihadistas, defendiendo Kobane, al norte de Siria. Por ser parte armada en el conflicto ella tenía el permiso de ingreso denegado en la Argentina, por lo tanto Adar debía proporcionar resguardo a sus hijos.

La decisión había sido terrible, de no haber estado en juego la vida de los niños, Adar se habría quedado luchando junto a su esposa. Jale no pudo ingresar a la Argentina, en cambio Adar no tenía antecedentes penales ni militares en las milicias Kurdas, sólo él podía venir. La ausencia de su compañera le arañaba el alma, producía un sabor amargo en la garganta, una sensación de asfixia, pero miraba a Ashti y a Aylan y entendía que era por el futuro de ellos.

El funcionario advirtió el estado de Adar. Tenía la necesidad de hablar de su situación, de la realidad que sufrían los kurdos y la decisión de abandonarlo todo, incluso el amor, por el porvenir de su familia. Dejó los formularios de lado y se dispuso a escucharlo paciente. Aquel hombre transmitía tristeza y desazón con solo mirarlo.

Entraron a la sala dos mujeres a buscar a los niños, Adar se puso de pié instintivamente entre las jóvenes y sus hijos, como un animal acorralado. El funcionario le explicó que era una psicóloga y una traductora, que los iban a atender mientras ellos conversaban. Aylan se asustó y sus llantos sonaron agudos. La voz de Ashti rompió el silencio para tranquilizar a su hermano – Aylan no llores, mamá está luchando por nosotros, está protegiendo nuestro futuro, nuestra casa – mientras le hacía cariños en el pelo.

Los hijos de Adar salieron de la habitación acompañados de las dos mujeres. El funcionario miró al muchacho y le dijo con voz serena – Estamos en Argentina, las políticas migratorias buscan ser parte de la solución ante este conflicto y tienen beneficios hacia los refugiados sirios, tus hijos van a estar bien, están en la oficina aledaña siendo atendidos – Sin bajar la mirada logró relajar al kurdo. – Me contabas sobre Jale – retomó. Adar bebió agua e intentó continuar su relato, sus miedos se percibían en cada palabra.

Para nadie es fácil la condición de inmigrante. No son vacaciones, no es un viaje de placer o negocios, no hay anhelo de fotos y momentos felices, presagios de risa y alegría, hambre de aventuras y descubrimiento. Se teme por el trato hostil, por fuerzas públicas coartando libertades, por expulsiones, celdas, burocracia asfixiante. Éstos temores, sumados al desarraigo, al salto al vació que implica partir, generan un cóctel de una mixtura estresante, muy difícil de sobrellevar. El inmigrante es un cuerpo separado del alma, un forastero, un ser vivo que respira y camina en una tierra ajena, mientras que su mente está aún en los lugares donde fue feliz, en los sitios donde creció, donde se formó, donde se hizo quién hoy es… quién hoy ya no es, quién no sabe qué será.

El kurdo no pudo contener las lágrimas, pero había algo ese hombre que lo escuchaba que le inspiraba paz. La facilidad para conversar lo calmaba, volver a conectarse con su lengua lo hacía sentir que estaba con un par. Pensaba que aún a miles de kilómetros de su hogar había alguien que tal vez caminó las mismas calles, los mismos lugares o suspiró los mismos olores. Por un instante fugaz palpó la satisfacción de un asilo al menos simbólico, de un hipotético hogar, de un porvenir en el horizonte. Luego de tantos momentos oscuros esta situación era un aliciente. Continuó el relato sobre su mujer, agregándole el peso que la historia ha ejercido sobre las espaldas de un pueblo tan maltratado como el suyo.

El funcionario estaba al tanto de todo el conflicto, conocía los incidentes y el triste desenlace, pero las palabras de Adar retrataban un cuadro crudo y real del presente en Siria. La enorme diferencia cultural no dejaba de sorprenderlo; era imposible no palpar el sufrimiento al escuchar al kurdo. No podía limitarse sólo a su trabajo indagatorio, el migrante precisaba amparo y un oído, además de refugio y protección.

La traductora jugaba con los niños mientras intentaba preguntarle datos sobre su origen. La psicóloga observaba atenta y tomaba apuntes en los formularios pertinentes. Un empleado entró con alimentos para los hermanos. Tenían un hambre voraz, su inocencia les impedía ocultarlo. Prácticamente devoraron la media tarde. Pidieron más. La escena era conmovedora. Aunque ambas estaban preparadas para abordar estos casos, el momento era muy intenso.

ISIS, El Estado Islámico, era enemigo de las mujeres y sus derechos. Adar contaba que los kurdos defendían de manera ferviente la igualdad de género, incluso compartían puestos en todas las instituciones. A diferencia del resto de los pueblos que habitaban la región, ellos habían diseñado un sistema de reparto de poder en el que los cargos jerárquicos eran asumidos por ambos sexos. Hoy les tocaba compartir el campo de batalla. Ante la imposibilidad de que Jale ingrese al país, sólo quedó que Adar permanezca con los niños y viaje en busca de asilo. Estuvo esperando mucho hasta que el consulado recibió el permiso de ingreso tramitado por su primo Erme Abdullah y le emitieron sus visas. Aquel familiar era su única esperanza.

El funcionario abordó el tema de la religión, como para intentar dilucidar el nivel de fanatismo de Adar, pero el kurdo le contó que esto iba mucho más allá de la práctica del islam y su adoración por Alá, la lucha de los kurdos no era solamente religiosa, sino también política; por un Estado libre y en paz, combatiendo la persecución bestial del Estado Islámico contra todos aquellos que no eran sunistas radicales.

La pareja se había conocido militando en el PKK, el Partido de los Trabajadores de Kurdistán. Cuando el partido se alzó en armas para instaurar la organización en el norte de Siria, fue considerado como agrupación terrorista, entonces Jale se alistó en la YPJ y Adar se dedicó a la agricultura en las montañas para buscar el sustento del hogar.

Era sorprendente cómo la pareja habían logrado inculcar el espíritu revolucionario y combativo en sus hijos, sobre todo en Ashti. Estaban convencidos de que su madre llevaba a cabo una batalla heroica, luchando por su pueblo ante la tiranía del Estado Islámico, defendiendo los derechos de los kurdos y combatiendo dictadores. La traductora pensaba en las diferencias culturales, en los distintos valores familiares que se impartían, en la importancia que se le daba a una vida y en el horror de la guerra. Vivíamos en el mismo mundo, sin embargo eramos tan distintos que le costaba procesarlo.

Luego de un par de horas, le explicaron la condición de refugiado a Adar. Iban a acercarlo a la comunidad Siria en Argentina y le iban a ayudar con sus hijos.

El funcionario fue claro al comentar esta condición y la necesidad de documentarlo.

Aquella jornada fue larga y terminó a altas horas de la tarde. Erme esperó paciente a su primo, dispuesto a colaborar en lo que solicitaba Migraciones para poder asistir a los Rebari, mientras se le iba la vida mirando una foto vieja y gastada donde salían lo cuartro, cuando eran familia, cuando eran felices, cuando estaban juntos…

CAPÍTULO 2 Partidos y separados

Avtomat Kaláshnikova modelo 1947. Así se llama hoy su Dios, su religión. Hoy le rinde culto a ese fusil porque es su única esperanza de libertad, es el verbo de sus sustantivos ideológicos. La rebelión hecha acción. Del papel al campo de batalla.

Jale Siedra mete la mano en uno de los bolsillos de su uniforme militar de las YPJ, entre grumos de tierra y pequeñas piezas de repuesto del AK-47, encuentra doblada en dos la foto de su familia. La abre mientras apoya el arma sobre la mesa metálica de aquella improvisada tienda de campaña en Helnej. Antes de desplegar el retrato de la familia Ribari observa alrededor. No quiere que nadie la vea llorar. Menos un enemigo.

En la foto están los cuatro, Ashti sonríe maravillosa, el blanco de los dientes le hace contraste con la oscuridad de su piel, teñida por el sol y por la suciedad propia de haber jugado toda la mañana entre el rebaño. Su mueca es espontánea. No hay que pedirle a un niño que sonría… tampoco que no llore o extrañe. Son sentimientos imposibles de impostar a tan corta edad. Aylan está en sus brazos, con apenas ocho meses. La foto es de hace algunos años. Jale tiene varios kilos más que ahora, doce y medio para ser exactos. Está concentrada en la fotografía. De civil, peinó su pelo temprano, entusiasmada por el evento de ser retratada junto a su familia por un profesional americano. “Postales de tiempos de guerra” se llamaría el trabajo. Ha prometido dejarle una copia de la foto. El periodista cumple. Maldice el doblez obligatorio que tuvo que hacerle a la imagen, hoy ajada y avejentada por el trajín de la guerra. La línea horizontal les parte el cuerpo a los cuatro, la vertical la separa de su marido… “partidos y separados, partidos como familia, separados por la distancia” piensa, mientras una lágrima fluye veloz arrancando en su ojo izquierdo y terminando en el cuello. Le da una cosquilla tierna y nostálgica. Pronto todo acabará e irá a por ellos.

Posa los ojos en él… su compañero. Recuerda su juventud, cuando recibió aquel folleto del Partido de los Trabajadores de Kurdistán: “Por la independencia de Kurdistán en mano de los trabajadores” decía el eslogan bajo una foto de una pareja de militantes con sus puños en alto. Un hombre y una mujer. Eso bastó.

Ruge en el ambiente la sirena anunciando un ataque aéreo. Los nervios ya no la invaden. La costumbre de los incesantes bombardeos por parte del Estado Islámico, o del Reino Unido, o de los kurdos, o del Ejercito Libre Sirio, o de Rusia, o de la Brigada Internacional de Liberación, o Turquía, o Francia han naturalizado éstos tiempos de guerra. Quita los ojos de la foto, mira su fusil. Está limpio, ensamblado y cargado. En un segundo lo puede tomar y abrir fuego contra cualquier cosa que ose irrumpir su espacio. Algo explota a lo lejos… es similar al estruendo de los fuegos artificiales, solo que más seco y destructivo. La sirena sigue aullando en soledad. No se vuelven a escuchar más explosiones. Regresa su atención a la foto.

Tenía 16 años… cuando entró a la sala donde se reuniría por primera vez como militante del PKK. Se sentó en la quinta fila. Escuchaba hablar de antifascismo y nacionalismo kurdo, de igualdad de género, de revolución. Estaba como en casa, había encontrado su lugar, quería pertenecer inmediatamente. Sentía que alguien la miraba, recorrió con la vista la fila en la que se encontraba. Todos estaban atentos. Siguieron las palabras del locuaz orador. Confederalismo democrático, ecología, paz, igualdad. No podía creer estar escuchando aquello. Continuaba sintiéndose observada, entonces giró rápidamente hacia atrás. Ahí estaban los ojos de Adar, fulminándola desde una columna. Esa mirada encendida de juventud, dos ojos oscuros y profundos bajo aquellas cejas revoltosas. Fue un instante de conexión, un momento en la vida, un espacio en el tiempo donde todo se detuvo, el sonido se volvió mudo, el ruido ensordeció, todo al rededor desapareció y solo quedaron ellos dos. Se habían encontrado… por fin. Jamás pudo separarse de la mirada de Adar, ni de él.

Es la misma mirada de la foto. Algunos años después. Más cansada, con más arrugas y fatiga, pero intensificada por la experiencia, la vida y el amor. La guerra endurece las facciones físicas, pero el alma a través de los ojos es la misma. La política los unió, era parte de ellos. Y cuando el partido se alzó en armas para impulsar la revolución, Jale se unió a las YPJ, un tiempo antes de la invasión del Estado Islámico.

Ya tenían hijos al estallar en conflicto Kobane, su pueblo natal. Años atrás, la guerra del Golfo les había arrebatado a los abuelos, entonces la pareja decidió que Adar se quedaría velando por la familia en las montañas hasta que la guerra terminase. La facción femenina del ejército había tomado relevancia preponderante en la batalla. Para un yihadista morir en manos de una mujer era sinónimo de arder eternamente en el infierno. El batallón femenino atormentaba y hacía retroceder a ISIS. Uno de los dos se debería quedar con la familia, y por el momento sería él. Creyeron que la batalla duraría algunas semanas y todo volvería a la normalidad, pero el conflicto se extendió en el tiempo.

Una madrugada de abril cayó una bomba en la escuela de Ashti. Murieron doce de sus compañeros. Adar corrió desesperado en cuanto escuchó las noticias. Llegó al lugar: Gritos, gente, tumulto, humo, destrucción. Olor a muerte y pánico en el ambiente. La gente se mezclaba con militares y bomberos para ayudar. El paisaje era atroz. Un periodista capturaba un peluche destrozado entre los escombros. Triste imagen que meses después se llevaría varios premios. Premios a la brutalidad humana. Las familias lloraban a sus criaturas mutiladas. Los niños lloraban lastimados o asustados. La desesperación le impedía sentir que se había herido las manos mientras levantaba partes de pared destrozada, rejas y vidrios. Entonces apareció entre el humo, de la mano de un civil, descalza, sucia y con las rodillas raspadas, la vista perdida en el horizonte, el cabello revuelto y el llanto cubriéndole el rostro, mezclándose con tierra, espanto y dolor. Un nudo enlazó la garganta de Adar, al punto de asfixiarlo. Corrió hacia ella y se fundieron en un abrazo eterno, donde el alma le volvió al cuerpo.

La situación había llegado a un límite. Esa misma noche habló con Jale. Se tenían que marchar. Por la mañana del día siguiente se comunicó con Erme, un primo que hacía años vivía en Argentina. Necesitaba que se presentara como llamante en la Dirección Nacional de Migraciones para iniciar los trámites pertinentes y así poder ingresar a la Argentina. Ya había elegido ése país para volver a empezar.

Para Jale las opciones eran mucho más complejas. Estaba en una encrucijada y debía elegir entre dos alternativas. Por un lado estaba su familia, el ataque a la escuela evidenciaba la viscosidad de la realidad, la densa mixtura bélica, política y religiosa que seguiría produciendo atentados, peligrando la vida de sus dos hijos. Por el otro su lucha, el motivo de su vida, el sentimiento ético y la necesidad de formar parte de una revolución que peleaba por los derechos en los que ella creía, por el reconocimiento de su nación, por su sueño político y social. Tenía que elegir entre combatir por sus ideas y el futuro de sus hijos o salvarles el presente y emigrar de su país, de sus raíces, e iniciar una nueva vida en otro lugar.

La duda la atormentaba y no la dejaba en paz, un volcán guerrero ardía en su interior y la incitaba al campo de batalla, pero el sentimiento e instinto maternal la aferraba a su familia.

Mientras Adar había comenzado los trámites para emigrar a Argentina, Jale debía renunciar al ejército y escapar con su familia o dejarlos partir y quedarse en el campo de batalla. El tiempo se agotaba. No estaba segura, su familia la necesitaba, pero en sus venas bullía el deber de procurarles un futuro. Debía quedarse o quizás apoyar desde otro lugar la batalla.

Pensó en sus hijos, en su familia, en que su lucha iba dedicada a ellos… decidió que no los podía abandonar, ellos eran todo en su vida, pagaría el costo del migrante. Entonces una noticia terrible limitó el destino de la familia Rebari: por ser parte armada en el conflicto, el permiso de salida estaba denegado para Jale.

Entonces tuvieron que tomar la decisión más difícil… quedarse juntos en Kobane, poniendo en riesgo no solamente sus vidas, sino la de sus hijos, o separarse y emigrar Adar y los niños hacia Argentina.

Los niños eran indefensos, Adar podría procurar un presente para ellos y volver por Jale, mientras que ella podía seguir luchando y defenderse. No solamente era profesional y capaz, sino que era una combatiente excepcional, había escalado rangos militares y era una experta en la guerra de guerrillas; una referente dentro del escuadrón femenino, al cual comandaba hacía siete meses.

Suenan otra vez las sirenas. Ahora el estallido es cercano. Previo a un zumbido que pasa a escasos metros de la tienda de campaña. Por entre la puerta se escuchan gritos y corridas, la detonación esparce piedras y escombros. Otra explosión. Ahora disparos. Dos mujeres soldado entran a la carpa a buscar sus armas, un AK-47 y un RPG-7, el polvillo de la destrucción entra junto a ellas. Un haz de luz intermitente deja ver que el ambiente está impregnado del mismo.

Las metrallas rugen desde alguna parte con su tartamudeo violento. “Jale, estamos bajo un ataque”, repite una de la kurdas para hacerla reaccionar. Algo explota tras la tienda, las tres mujeres son derribadas por la fuerza expansiva del explosivo, una de las paredes de lona comienza a arder, mostrando el horroroso espectáculo. Se aproxima un tanques de ISIS junto a una treintena de militares armados. Han ingresado al pueblo por las montañas. Están destruyendo todo a su paso. Las tres se ponen de pie. A una de las mujeres le sangra la cabeza, algo ha impactado contra ella. Quizás el mismo golpe. Esta mareada. Jale se refugia tras el escritorio de metal, la otra sale corriendo. Le grita que se ponga a cubierto a la desconcertada mujer que sigue en pié y aturdida. Se escucha una ráfaga de ametralladora. Tres detonan en el pecho de la chica, que cae muerta al lado de Jale, con sus ojos abiertos. La mira… a su lado aún está tirada la foto que no alcanzó a guardar. Sale de su escondite y dispara al azar. Son muchos. Vienen contra ella. Se acaba el cartucho, no sabe si ha dado en algún blanco, sólo siente los zumbidos de bala pasando a su lado. Se agacha, carga su fusil, aún está ahí la foto… los cuatro eran tan felices… “partidos y separados” piensa. Estira su mano y la agarra, ni siquiera alcanza a doblarla por los pliegues del tiempo, la aprieta y la arruga contra su bolsillo. Esta flanqueada por yihadistas. Nuevamente se pone de pie y dispara, los casquillos vuelan furiosos. Algo impacta contra su hombro. Siente un calor intenso en todo el brazo. Piensa en el tanque… podría destruir toda la resistencia. Aparece un enemigo entre la estructura ardiente de lo que queda de la tienda, dos tiros certeros lo derriban. Vienen otros detrás de él. Uno cae con la ráfaga desesperada de Jale. Otro logra esconderse. Siente gritos que se aproximan. Más estallidos. A lo lejos observa a sus compañeras que se acercan sigilosas hacia ella. Si el tanque avanza las va a divisar, en unos segundos destruiría a su batallón completo.

Abre fuego sobre la mesa. Siente gritos. De pronto aparece aquel enemigo escondido. Dispara contra ella. Le da en un pulmón. La sangre bulle a borbotones. Tose. El calor la invade. Siente sabor a hierro en la boca. Apunta y dispara violenta. Lo hiere de muerte. Recuerda que había explosivo en la tienda. Busca entre los escombros detrás. Tira su fusil y saca su revolver. Encuentra granadas. Toma dos y corre… no le quedan mas opciones. Los disparos vienen de todas partes, la persiguen como lobos hambrientos.

Entonces todo se ralentiza, siente que los pulmones le van a estallar. Con la mano que le queda libre va descargando aleatoriamente las 17 balas de su Glock, corre hacia el tanque. Si llega antes que avance puede salvar al escuadrón, arrojar las granadas bajo la oruga y esconderse a esperar ser rescatada. Son muchos. El polvo la ahoga, el humo la ciega… pero también la hace invisible. La ola de calor del fuego de una construcción incendiada le hace sentir el olor de la guerra, cuerpos ardiendo, horror. Hay gritos, desconcierto, la música del infierno de fondo. Corre desesperada. Le sangra el hombro y el pulmón. Otra bala impacta en su pierna. Cae al piso. Se pone en pie, continua rengueando contra su objetivo. Una sombra lúgubre se pasea de fondo… aunque intenta, no le puede disparar… tampoco le ve el rostro, pero siente miedo, como nunca antes. El paisaje se enfría y ennegrece a su paso, todo se torna oscuro.

Recuerda aquella tarde con Adar, cuando le contó que iba a ser padre, la alegría y el miedo. En esta época tener hijos para los militantes del PKK era un suceso complejo. Hoy lo estaba haciendo carne. Pero los ojos de felicidad de su marido eran tan puros… inolvidables. Recordó la risa traviesa de Ashti, a Aylan alimentándose de sus senos, creciendo libre, sano y feliz. La lucha, las palabras, la familia, la paz… de pronto todo comienza a iluminarse, un perfume de jazmines endulza su corrida. El tanque está a escasos metros de ella. Se queda sin balas. Por detrás alguien la ve y abre fuego contra su espalda. Se da cuenta mirándose el pecho que ha sido atravesada de lado a lado en varios sitios… no puede correr más del dolor y comienza a desplomarse a cada paso, lentamente, mientras siente que se desvanece. Con sus últimas fuerzas quita los pestillos de las granadas y se arroja contra las orugas del tanque.

Una explosión atronadora destroza las orugas del tanque, deteniendo la marcha infernal de la máquina de guerra… todo se eclipsa y se silencia, la sombra se va acercando a ella, frío y oscuridad… entonces a lo lejos ve una luz, se concentra… es el día de la foto, hace tanto tiempo, es ese momento preciso, llora… siente felicidad. Está en casa. Va hacia ellos.

CAPÍTULO 3 Soltar y aferrarse

Aún recuerdo sus manos temblando, su voz tiritando en cada oración. Ella intentaba decorar con recomendaciones y consejos un momento en el que toda palabra estaba de más. El aeropuerto internacional de Damasco fue el desgarrador escenario de nuestra despedida. Aylan estaba hundido en su cuello, creyendo que la fuerza inocente de su abrazo impediría nuestra partida. Buscando absorber hasta el último perfume de su piel. Ashti estrechaba sus piernas con más disimulo, pero con el mismo fin… no había recovecos para mí, que pretendía exactamente lo mismo que mis hijos… abrazar a Jale al punto de meterla adentro de mi pecho y llevarla conmigo para siempre a donde fuésemos a terminar.

Los niños no entendían el asunto, pero presentían que nos estábamos separando, que venía un tiempo de masticar soledades y hacerle frente a lo que el destino dispusiese… los cuatro, o los tres. Yo sabía que se avecinaban momentos duros, el presente era hostil y el futuro incierto. Y no podía quitar sus ojos de mi mente… su color oscuro, su mirada profunda que me desnudaba el alma, sus cejas infinitas envolviendo aquellos ojos chispeantes, vivos, combativos. Su porte armónico y liviano no acompañaba con su espíritu de guerrera. Solo yo sabía la fuerza que tenía Jale en la sangre, ella, mi mujer, mi compañera.

El tiempo pasaba lento, con ánimos de hacernos sentir con crudeza y ahínco el dolor. Los kurdos somos un pueblo acostumbrado a sufrir, pero hay emociones que escuecen el corazón del hombre más rudo. Muchas despedidas acompañaban nuestro abrazo, abrazo partido, era la unión entre cuatro familiares que representaba el adiós de tantos compatriotas, el dolor de tantos compañeros que transitaban el mismo y triste camino de la huida. Pocas bienvenidas, muy pocas… un sentimiento de pena reinaba en el aeropuerto de Damasco.

Recuerdo que anunciaron nuestro vuelo… el temporizador de la vida estaba llegando a su fin y ésta vez se aceleraba fugaz. Separar a los niños de su madre fue trágico y cruel como desmembrar un cuerpo, porque eso éramos los cuatro… un solo cuerpo, siendo divididos. Por única vez tuve un instante para refugiar a Jale en mi pecho, para abrazarla en todo su esplendor, para intentar con mi respiración pausada transmitirle algo de paz, algo de tranquilidad, pero fue inevitable romper en llanto junto a ella y que las lágrimas se fusionasen en nuestros rostros. Nuevamente Aylan y Asthi se anudaron a nosotros, intentando no romper la coraza familiar que siempre nos había resguardado, tratando de mantener los gajos de un fruto unido, intentando detener el tiempo… pero la realidad apremiaba y el destino ya estaba marcado.

Han pasado seis meses de mi llegada a este país. Erme, al no contar con recursos propios suficientes para asistir a mi familia, presentó el aval de una organización sin fines de lucro que asumió el carácter de garante, brindándonos refugio y alimento hasta que consiguiese sustento.

Hoy trabajo junto a mi primo en un depósito de insumos para panaderías. Una tarea ardua, pero digna. Gracias a la asistencia y a los documentos otorgados por Migraciones tengo obra social para mi familia y estoy “en blanco”, como le llaman los argentinos al trabajo registrado. Mis hijos están siendo educados por una maestra bilingüe que le da clases a varios niños sirios en la comunidad, a la que ellos también me acercaron.

Tuvimos contención psicológica y sentí el seguimiento que nos hicieron sin ningún interés más que nuestra tranquilidad. Al principio miraba con desconfianza a estas personas. Estoy tan acostumbrado al trato hostil que hemos recibido los kurdos, incluso en nuestra propia tierra, que no entendía porque me querían ayudar sin pedir nada a cambio.

El desarraigo es duro y difícil de superar. La soledad de estar lejos de Jale me ha sorprendido más de una vez llorando a escondidas, maldiciendo mi suerte. Extrañando a esa guerrera que fue mi compañera de vida.

A pesar del vacío personal que me aqueja, de la sensación de sentirme ajeno a todos, de polizón legal en un barco de terceros, he decidido no regresar a Siria.

La realidad allá sigue ardiente y peligrosa. El cese al fuego de hace un par de meses no alcanzó a detener la emboscada que le quitó la vida a mi heroica esposa. Ella se arriesgó por su batallón inmolándose contra la oruga de un tanque de ISIS. De haber avanzado, las hubiese liquidado a todas. Hoy es una mártir de la guerra, y los mártires kurdos son eternos, son héroes por siempre, porque para el pueblo kurdo, lo mártires no mueren. Ella es el orgullo de mi familia, mi orgullo, un ejemplo para nosotros y su nación.

Esta no es la vida que yo esperaba, que soñé, no es lo que construí durante tantos años, esto no estaba en mis planes… ni siquiera sabía que existía este país, pero hoy sus leyes me han abierto las puertas, sus políticas migratorias me han dado una oportunidad de vivir, de gozar los mismos derechos civiles, sociales y económicos que un Argentino.

Más allá del desarraigo atroz, entre tanta soledad y desamparo, he encontrado un lugar que me da la paz que necesito para que mi familia se desarrolle en armonía y tenga la oportunidad de crecer en calma. Aquí voy a lograr reanudar mi vida y darle otro sentido, un sentido nuevo. Estoy solo, mi corazón es un páramo desértico, un erial, un valle hostil y desteñido, pero el futuro que este lugar augura para mis hijos me sirve de esperanza para seguir, para no bajar los brazos, para buscar la felicidad a como dé lugar. Y ellos padecen su ausencia cada mañana, cada desayuno de los tres, dejamos su silla vacía y ellos la miran nostálgicos, añorando que algún día entre por esa puerta y se siente con nosotros. Los kurdos estamos preparados para el dolor, pero ellos son niños y no entienden nada de esto, no tienen porqué comprender ni aceptar que una guerra los dejó sin madre.

A veces intento imaginar que la vida es un juego, donde constantemente tenemos que apostar para poder continuar. En cada apuesta elegimos y con cada elección perdemos algo. Todos hemos perdido en esta guerra, yo perdí a mi esposa y mis hijos a su madre, pero elegí apostar por ellos, apostar por la vida porque nos queda algo por delante y es el futuro aquí.

Escrito junto a Ayelén Sepúlveda