El ramito de jazmines

Fue hace muchos años. Fue en diciembre, 23 de diciembre de hace muchos años. Yo llegaba con el auto por la av. del Libertador, en Buenos Aires, y en el Palais de Glace doblo en la contracurva para empalmar con Figueroa Alcorta. Golpeteaba el manubrio al ritmo de la música con las ventanas abiertas para respirar los aromas florales de aquel sensacional mediodía. Como en casi todos los semáforos de las avenidas de Buenos Aires, apenas frenamos un grupito de chiquitos salió de una placita a mi derecha hacia los autos detenidos. La madre se quedó sentada en el pasto armando los ramos de jazmines que los chiquitos se ocupaban de vender. Un hombre estaba parado mirando los autos de Figueroa Alcorta pasar. Fue hace muchos años. Una chiquita vestida de blanco, de carita oscura y dos trenzas se acercó seria hasta mí puerta. Yo abrí más aún la ventanilla y ella parándose al lado me mostró, muda, sin decir ninguna palabra, un ramito de jazmines.

Ese semáforo es corto, dura poco. Antes de que se pare en mi puerta ya la había visto salir de la placita hacia la calle junto con los otros chicos, y me sentí realmente agradecido de no tener aquellas necesidades. Pero esta chiquita estaba más que seria, estaba triste. En su cara no cabía ningún rasgo que lo pudiese aseverar pero era evidente. Había una monotonía, un hartazgo de hacer a cada cambio del semáforo la misma cosa… Ahora estaba parada de pie al lado de mi puerta, y tenía ese encanto que tienen los chicos despiertos, curiosos. No creo que a los chicos se los pueda llamar inteligentes, más allá de las pocas excepciones confirmadas. Los chicos son curiosos, inquietos, o cortos, dormidos. Y esta niña era curiosa, tenía una expresión fuerte en su carita, pero estaba seria, muda, y me mostraba el ramito.

Era un contraste injusto. Yo estaba muy contento y ella… ella tenía una vida más dura que la mía a sus… ¿siete años? Parada en la puerta los segundos se detuvieron todos a mirar a ese angelito vestido de blanco con un ramito de jazmines. Ahora lo cuento pero en ese momento yo no me di cuenta de nada, y en Buenos Aires se hizo un hecho el que es peligroso dar plata a los que piden en los semáforos. Y yo no me di cuenta de nada. Y en mi cabeza yo ya tenía incorporado que no le iba a dar a nadie que me pida en un semáforo.

Pobreza en la Ciudad

Era 23 de diciembre. Todo huele a jazmines en diciembre. Es una flor bendita. El nardo que huele hasta mejor tal vez no puede contra la belleza de sus pétalos blancos y perfectos, y al bajar la ventanilla la miré con mi mejor sonrisa. La niña mantenía abrazado el ramito de jazmines. Me miraba. Agarrándolo con su puño de juguete me lo mostró. Yo no me daba cuenta de nada.

—Muchas gracias, pero no, no lo llevo. Que tengas una muy feliz navidad —le dije.

Ella se quedó mirándome con la misma mirada dura, con el mismo ramito en su mini puño de deditos chiquititos. Lo escribo y vuelvo a estremecerme. En ese momento no me daba cuenta de nada. Se quedó ahí, parada, mirándome. Yo sonreía. Dios me perdone, pero sonreía. Ella miró la consola del auto, pensé que miraba la radio, por la música. El semáforo cambió, los autos empezaron a moverse.

En esa curva paran miles de autos. Es curioso pero hay varios enlaces para retomar Figueroa Alcorta desde Libertador, pero ahí se juntan muchos autos que vienen de la av. Pueyrredón, y el semáforo había cambiado y los autos empezaban a moverse, y yo sonreía, y ella miraba la consola del auto, y los autos se movían… y yo sonreía… Era un 23 de diciembre.

Cada tanto la recuerdo de pie en mi puerta con su ramito de jazmines. Sus labios apretados, su ramito, su vestidito blanco…, laburando. Trabajando para una plata que no iba a gastar en nada, que solo la tocaba un rato. Prefiero pensar que su mamá era buena, que hacían eso por necesidad y que si la madre hubiese podido elegir la tendría en un patio de pasto corto corriendo con sus amiguitas y sirviéndoles galletitas y nesquicks para el té. Porque si no era así, la otra realidad es que a la chiquita que no lleva plata la fajan. Y eso no lo puedo digerir bien, más que nada porque yo en ese momento no me di cuenta de nada, no me di cuenta de sus labios apretados, del abrazo al ramito de jazmines… No me di cuenta de sus ojitos mirándome…

El semáforo en verde, los autos de adelante empezaron a moverse, yo sonreía y la miraba de pie al lado de mi puerta. Cuando le voy a decir que tengo que tengo que arrancar, que los autos estaban arrancando… ella que miraba la consola del auto tiró el ramito arriba del manubrio y salió corriendo hacia la placita. “¡No!”, fue lo que me salió decir. Fue un “No” de darme cuenta de todo, de querer comprarle todos los ramos, de darle un beso, de abrazarla y de decirle Feliz Navidad hasta que ya no oiga nada más, hasta que se acostumbre y no le interese escucharlo más. Traté de doblar para la placita pero los autos ya avanzaban a mi costado y atrás me tocaban bocina. Sentí que todo se agitaba dentro mío, esa chiquita muda se conmovió con una frase y yo no me conmoví con toda su realidad de pie en la puerta de mi auto. No lo podía soportar, me sentía una bestia. Me resigné a no poder parar en la placita y decido girar en la primera para volver, pero los seis carriles de Figueroa Alcorta se ocuparon enseguida y de repente mis ojos se llenaron de lágrimas, no podía ver, no veía nada y tenía que volver, la puta, tenía que volver, tenía que decirle que no me di cuenta de nada. Ya no pensaba en retomar porque apenas si podía ver para adelante, pero tampoco podía estacionarme para buscarla. A cada refriegue de manga sobre los ojos peor era mi visibilidad y seguía lento en segunda guiándome por las manchas de lo que serían los autos de adelante. En un momento pasé el semáforo sin poder todavía parar, y las bocinas me acompañaban desde el semáforo anterior, y puse tercera y aceleré, y empecé a llorar, empecé a llorar con mucha angustia.

En casa esa tarde me preguntaba por qué, qué es lo que había pasado, y por qué me daba tanta angustia la situación. Y la realidad es que a veces uno no sabe lo que da. Y esa chica era capaz de enfrentar a su madre sin ramo y sin la plata solo en agradecimiento por un “Feliz Navidad”, por la necesidad de hacerme un regalo para mostrarme lo que significó para ella ese deseo, pero yo no fui capaz de nada, ni de mirarla, ni de “darme cuenta” de que era una niña de siete años un 23 de diciembre con un ramito de jazmines parada en la puerta de mi auto en un semáforo al sol del mediodía sin tener siquiera el ánimo de pronunciar una palabra.

A veces la recuerdo y me pregunto dónde estará hoy. Otras veces, como ahora, la recuerdo y no quiero ni pensar dónde estará, y se me hace un nudo en la garganta. Pero siempre que la recuerdo lamento muchísimo no saber su nombre. Ella se emocionó una tarde con mi “feliz navidad”, y ella a mí, siendo tan chiquita como era, me emocionó con su gesto para toda la vida.

 

014

Así te quiero imaginar.

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